NovelToon NovelToon
Volví a los diecisiete para salvar a mi esposo

Volví a los diecisiete para salvar a mi esposo

Status: En proceso
Popularitas:641
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

A los veintisiete años, Solana Estrada enterró al hombre que había sido su esposo durante apenas un año.
Lisandro Sotomayor murió en una explosión que iba dirigida a ella. Era un hombre frío, silencioso y difícil de comprender. Durante su matrimonio jamás le dijo que la amaba. Solana creyó que para él aquella boda solo había sido un acuerdo entre dos familias.
Estaba equivocada.
Después de su muerte, descubrió las fotografías que él guardaba en secreto, las velas que encendió por ella durante catorce años y todos los peligros de los que la protegió sin decir una sola palabra.
Lisandro la había amado desde que eran adolescentes.
Cuando Solana vuelve a abrir los ojos, tiene diecisiete años y está otra vez en su último año de preparatoria. Al otro lado del salón se encuentra Lisandro: el alumno más brillante de su generación, el futuro heredero del Grupo Sotomayor y el chico sombrío al que nadie se atreve a acercarse.
Él todavía está vivo.
Todavía no la conoce.
Y todavía no sabe que algún día morirá por ella.
Esta vez, Solana piensa cambiarlo todo.
Va a entrar en su mundo, derribar cada una de sus defensas y proteger al muchacho que siempre la protegió a ella. Pero alterar el destino tiene un precio. La familia Sotomayor está llena de secretos, su dulce prima esconde intenciones crueles y el hombre responsable de la explosión ya ha empezado a mover sus piezas.
Solana logró regresar diez años al pasado.
Ahora tendrá que conseguir que Lisandro aprenda a amarla sin destruirse por ella… y evitar que la historia vuelva a terminar con su muerte.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Capítulo 16: La bodega

La bodega de equipamiento deportivo era un cuarto de cuatro por cinco metros que olía a caucho viejo y a sudor acumulado de generaciones. Colchonetas apiladas contra la pared, redes de voleibol enrolladas como serpientes, pelotas de básquetbol amontonadas en un rincón y un estante metálico lleno de conos naranjas que nadie usaba desde 2019.

Y en el centro de todo eso, de espaldas a la puerta, Lisandro Sotomayor se estaba cambiando de camiseta.

Se la estaba quitando.

El movimiento era simple: brazos cruzados, manos en el borde inferior de la tela, tirón hacia arriba. Un gesto que millones de personas hacen todos los días sin que signifique nada. Pero cuando la camiseta subió y la espalda de Lisandro quedó al descubierto, esa espalda larga, de músculos definidos que no correspondían al estereotipo del primer lugar de la clase, el gesto dejó de ser simple.

La camiseta pasó por encima de su cabeza. La tiró sobre una colchoneta. Y durante tres segundos, tres segundos que se grabaron en mi retina con la precisión de una fotografía de alta resolución, lo vi.

Abdominales.

No los abdominales de un modelo de revista, que son producto del gimnasio, la dieta y el photoshop. Los abdominales de alguien que nada todos los días a las cinco de la mañana en la alberca municipal porque necesita agotar su cuerpo para que su mente lo deje en paz. Definidos sin ser excesivos. Marcados sin ser obscenos. La línea del oblicuo bajando desde las costillas hasta la cintura del pantalón como un camino que la vista no podía evitar seguir.

Me quedé clavada en el suelo.

No es que no supiera que existían. En la otra vida, conocí ese cuerpo de memoria. Cada línea, cada marca, cada centímetro. Pero verlos aquí —a los diecisiete, en una bodega que olía a caucho, con la luz del sol entrando por una ventana sucia y cayéndole en la piel como un reflector que alguien encendió para torturarme— era otra cosa.

Era recordar y descubrir al mismo tiempo. Era saber cómo se sentían bajo mis dedos y no poder tocarlos. Era tener la memoria de un cuerpo que todavía no era mío y que quizás nunca lo sería.

Tres segundos.

Luego giró la cabeza.

Y me vio.

Parada en la puerta. Con la boca abierta. Con los ojos donde no debían estar.

La reacción fue instantánea. Se bajó la camiseta limpia —una que tenía en la mano, preparada para el cambio— con un tirón brusco que casi le rompe la costura del cuello. La tela le cubrió el torso como un telón que cae al final de un espectáculo que duró demasiado poco.

—¿No sabes tocar la puerta? —dijo.

Las orejas. Rojas. Pero no rojas como las veces anteriores. Rojas como dos brasas. Como si alguien les hubiera prendido fuego por dentro. El rojo le bajaba por el cuello y le subía hasta las sienes, un incendio que sus lentes no podían ocultar ni su voz plana podía desmentir.

—No había puerta —dije.

Mentira. Había puerta. Pero no tenía cerrojo, y yo la empujé sin tocar porque pensé que lo encontraría sentado leyendo, no quitándose la ropa como si la bodega de equipamiento fuera un vestidor privado.

El silencio que siguió fue de esos que podrían cortarse con un cuchillo, servirse en platos y venderse como el momento más incómodo del año.

Lisandro me miraba. Yo lo miraba. La camiseta sucia, tirada sobre la colchoneta, era la prueba del crimen. El sol seguía entrando por la ventana sucia, ajeno a la catástrofe emocional que estaba causando.

Y entonces me reí.

No una risa elegante ni discreta. Una carcajada. De esas que te salen del fondo del estómago cuando la tensión es tan absurda que tu cuerpo elige la risa antes que la combustión espontánea.

—Lo siento —dije entre risas—. De verdad lo siento. Vine a rescatarte de Fernanda y me encontré con… con esto.

Le hice un gesto vago hacia su torso. Él bajó la mirada como si quisiera verificar que la camiseta efectivamente lo cubría. Lo cubría. Pero el daño estaba hecho.

Bufó.

Un bufido exasperado. El bufido de alguien que no tiene capacidad para procesar que una chica lo acaba de ver sin camiseta y que en vez de disculparse y salir corriendo, se está riendo como si fuera la cosa más graciosa del mundo.

—¿Rescatarme? —repitió.

—De Fernanda. Te vi esconderte.

—No me estaba escondiendo.

—Te metiste en una bodega y cerraste la puerta. Eso es la definición literal de esconderse.

No respondió. Se cruzó de brazos —sobre la camiseta puesta, gracias al cielo— y me miró con una expresión que decía "no me voy a rebajar a discutir esto contigo" pero que sus orejas traducían como "estoy tan avergonzado que quiero que la tierra me trague".

—Bueno —dije, limpiándome una lágrima de la risa—. Tu secreto está a salvo conmigo.

—¿Cuál secreto?

—Que te escondes de Fernanda Prado en una bodega.

—No me escondo de nadie.

—Y que debajo del uniforme de primer lugar hay…

—Estrada.

Su voz. La forma en que dijo mi apellido, cortante, seca, como una puerta que se cierra de golpe, me hizo parar. No porque me intimidara sino porque reconocí el tono. Era el tono de alguien que ha alcanzado el límite de su capacidad para manejar una situación y que necesita que la otra persona deje de hablar antes de que algo se quiebre.

—Está bien —dije, levantando las manos—. No dije nada. Nunca estuve aquí. Esto nunca pasó.

Otra pausa.

—¿Me viste? —preguntó. En voz baja. Sin mirarme.

Sabía a qué se refería. No a si lo vi en la bodega. A si lo vi. Sin camiseta. Los abdominales. La espalda. Todo.

Podía mentir. Decirle que llegué justo cuando se estaba poniendo la camiseta limpia. Que no vi nada. Que mi carcajada era por otra cosa.

Pero no le mentí a Lisandro Sotomayor en otra vida y no iba a empezar en esta.

—Sí —dije—. Y antes de que te pongas peor: no es nada que no tenga la mitad de la humanidad. Relájate.

No se relajó. Pero la tensión en sus hombros bajó de "terremoto inminente" a "réplica moderada", lo cual era un progreso.

—Voy a salir primero —dije, caminando hacia la puerta—. Espera dos minutos y sales. Nadie va a saber que estabas aquí.

—No me importa lo que piensen.

—Ya sé. Pero a tus orejas sí les importa.

Me fui antes de que pudiera responder.

Media hora después, escondida detrás de las gradas del campo deportivo, presencié el espectáculo.

No estaba espiando. Estaba ahí porque quería ver los últimos eventos del torneo desde un ángulo que no me obligara a socializar con nadie. Tenía una paleta de caramelo que compré en la tiendita, de mango, porque en este país hasta el caramelo es de mango, y estaba lamiendo la superficie con la concentración de alguien que no tiene nada mejor que hacer.

Entonces vi a Fernanda.

Venía caminando por el borde del campo con esa determinación de tanque de guerra que la caracterizaba. El pelo liso le brillaba bajo el sol como un anuncio de champú. Los zapatos hacían clic-clic sobre el cemento. Y sus ojos estaban fijos en un punto al otro lado del campo: Lisandro, sentado en las gradas superiores con un libro, ajeno al mundo.

O eso pensaba ella.

Fernanda subió las gradas. Se sentó a su lado. Demasiado cerca. A una distancia que en cualquier país latinoamericano significaba "esto es una declaración, no una conversación".

No podía escuchar lo que decía desde donde estaba. Pero podía leer su lenguaje corporal: la inclinación hacia él, la mano que le tocó el brazo, él se lo quitó como si el contacto quemara, la barbilla levantada, los labios moviéndose rápido. Estaba hablando mucho. Demasiado. Con la intensidad de alguien que ha preparado un discurso y que no va a irse sin decirlo completo.

Lisandro no la miraba. Tenía los ojos en el libro. No estaba leyendo, yo lo sabía porque sus ojos no se movían, estaban fijos en un punto de la página como si la página fuera una pared contra la que apoyar la mirada para no tener que ponerla en otra parte.

Fernanda siguió hablando. Un minuto. Dos. Tres.

Luego se calló.

Esperó.

Lisandro cerró el libro. Despacio. Lo puso sobre su rodilla. Giró la cabeza hacia ella.

Y habló.

No podía escuchar las palabras, pero no necesitaba escucharlas. Las leí en la forma en que Fernanda se echó hacia atrás, como si la hubieran empujado sin tocarla. En la forma en que su cara cambió, de esperanza a desconcierto a humillación en un recorrido de menos de tres segundos. En la forma en que sus ojos se llenaron de lágrimas.

Sea lo que sea que Lisandro le dijo, fue cortante. Definitivo. Sin la menor apertura para réplica o negociación.

Fernanda se levantó. Las piernas le temblaban. Bajó las gradas con pasos rápidos, torpes, de alguien que necesita poner distancia antes de derrumbarse. Cruzó el campo sin mirar a nadie. Desapareció por la puerta del edificio principal.

Sola. Llorando.

No me interesas. No insistas.

No necesité escucharlo para saberlo. Conocía a Lisandro. Conocía la forma en que rechazaba a las personas: sin crueldad pero sin piedad, con la eficiencia quirúrgica de alguien que no ve el sentido de prolongar algo que no tiene futuro.

En otra vida, me rechazó así la primera vez que le dije que me gustaba. Mismo tono. Misma frialdad. Misma falta absoluta de tacto.

La diferencia era que en otra vida me destrozó. Y aquí, sentada detrás de las gradas con una paleta de mango y el sol de la tarde en la cara, lo que sentí no fue compasión por Fernanda.

Fue satisfacción.

La satisfacción culpable de ver a la persona que mandó a un matón a llenar de agujas la colchoneta de tu amiga recibir un rechazo que se había buscado con cada acto, cada insulto, cada maniobra.

Lamí la paleta. Sabía a mango y a victoria.

Lisandro bajó de las gradas. Caminó por el borde del campo con el libro bajo el brazo y la mochila en el hombro. Pasó junto a las gradas donde yo estaba escondida.

No estaba escondida. Estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, perfectamente visible para cualquiera que mirara en esa dirección. Y Lisandro miró.

Se detuvo.

Sus ojos fueron a mi cara. Luego a la paleta de mango en mi boca. Se quedaron ahí un segundo de más. Un segundo que no tenía justificación óptica ni razón estratégica. Un segundo que, en el vocabulario limitado de las interacciones humanas de Lisandro Sotomayor, equivalía a quedarse mirando una pintura en un museo.

La paleta. En mis labios. La forma en que la punta del caramelo descansaba sobre mi labio inferior mientras yo lo miraba desde abajo, con los ojos entrecerrados por el sol.

Parpadeó. Una vez. Dos.

Se fue.

Caminó cinco pasos. Se detuvo.

—No deberías escuchar conversaciones ajenas —dijo, sin darse vuelta.

Sonreí. La paleta me sabía mejor que nunca.

—No estaba escuchando. Estaba disfrutando.

No respondió. Pero sus hombros se movieron. Un movimiento mínimo, casi imperceptible. El tipo de movimiento que hace un cuerpo cuando contiene algo, una risa, un suspiro, un sonido que no debe salir.

¿Se estaba riendo?

¿Lisandro Sotomayor, el chico que no se reía nunca, que no sonreía nunca, que trataba las emociones positivas como si fueran enfermedades contagiosas, se estaba riendo?

No pude verle la cara. Solo la espalda. Solo los hombros que temblaban. Solo la nuca ligeramente inclinada hacia adelante, como si estuviera mordiendo el interior de su mejilla para no dejar salir lo que fuera que estaba conteniendo.

Y luego siguió caminando.

Y yo me quedé sentada en el suelo, con la paleta de mango derritiéndose entre mis dedos y una certeza que me calentaba el pecho como un trago de chocolate caliente:

La coraza se estaba quebrando.

Grieta a grieta. Día a día. Paleta de mango a paleta de mango.

Y cuando finalmente se rompiera, no si, cuando, lo que iba a salir de adentro iba a ser mucho más de lo que este mundo estaba preparado para recibir.

Pero yo sí estaba preparada.

Porque ya lo había visto una vez.

Y esta vez no iba a perderlo.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play