romántica
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El mensaje que lo cambio todo
Fernanda había guardado el número de Andrés en su teléfono.
No le había escrito.
No lo había llamado.
Simplemente había guardado aquel contacto y después había dejado el teléfono sobre la mesa, como si de esa manera pudiera convencer a su corazón de que aquello no significaba nada.
Pero sí significaba algo.
Durante varios días, cada vez que tenía un momento libre, miraba el número.
A veces abría la conversación y pensaba en escribirle.
“Hola.”
Borraba.
“¿Cómo está?”
Borraba nuevamente.
“Soy Fernanda.”
También lo borraba.
No sabía qué decir.
Y, sobre todo, no sabía si debía decir algo.
Porque la verdad era que Andrés también había comenzado a aparecer en sus pensamientos.
Ella podía estar cocinando y recordar su voz.
Podía estar estudiando y, de repente, recordar aquella conversación en el carro.
Podía estar leyendo o escribiendo y pensar en aquella sonrisa que él le había dedicado antes de despedirse.
Y eso la hacía sentirse culpable.
—No debería estar pensando en él —se repetía.
Andrés era el jefe de Pedro.
Aquello era complicado.
Demasiado complicado.
Era una situación que podía traer problemas para todos.
Por eso Fernanda intentaba ocupar su mente.
Jugaba con su hijo.
Lo ayudaba con las tareas.
Ordenaba la casa.
Estudiaba.
Leía.
Escribía.
Buscaba cualquier cosa que pudiera mantenerla ocupada.
Pero cuanto más intentaba dejar de pensar en Andrés, más aparecía su recuerdo.
Aun así, Fernanda no le escribió.
Hasta que un día todo cambió.
Aquella tarde su hijo no estaba en casa.
Había ido a pasar unas horas con sus abuelos, algo que ocurría de vez en cuando. Fernanda sabía que regresaría más tarde, así que se había quedado sola con Pedro.
Por eso, cuando comenzó la discusión, su hijo no estaba allí.
No podía escuchar lo que estaba ocurriendo.
No podía ver lo que iba a suceder.
Y Fernanda, aunque estaba asustada, agradeció profundamente que su hijo estuviera lejos de aquella situación.
Pedro tenía una manera de comportarse que Fernanda conocía demasiado bien.
Con ella podía ser frío, egoísta y hasta cruel.
Pero cuando estaba frente a la familia de Fernanda parecía convertirse en otra persona.
Le gustaba quedar bien.
Quería que las hermanas de Fernanda pensaran que era un buen hombre.
Si alguien de su familia necesitaba algo, muchas veces estaba dispuesto a ayudar.
Pero cuando era Fernanda quien necesitaba algo, la historia era diferente.
Ese día Fernanda se enteró de que Pedro le había prestado dinero a una de sus hermanas.
Al principio pensó que había entendido mal.
—¿Le prestaste dinero a mi hermana?
Pedro respondió con naturalidad.
—Sí.
Fernanda lo miró sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba.
Ella sintió molestia.
No era por el hecho de ayudar a su hermana.
Lo que le dolía era la diferencia.
Cuando ella necesitaba algo, Pedro siempre tenía una excusa.
Cuando ella le pedía ayuda, muchas veces tenía que insistir.
Pero para quedar bien con su hermana, había encontrado rápidamente el dinero.
—¿Y conmigo qué pasa? —preguntó.
Pedro la miró con indiferencia.
—No empieces.
—No estoy empezando nada. Solo quiero entender por qué cuando yo te pido algo siempre dices que no puedes, pero cuando mi hermana te pide dinero se lo das inmediatamente.
—Porque quise ayudarla.
—¿Y a mí no quieres ayudarme?
Pedro comenzó a molestarse.
—Es mi dinero.
Fernanda sintió que aquellas palabras le dolían.
—También vivimos juntos.
—Yo trabajo para conseguirlo.
—Y yo también hago mi parte aquí.
Pero Pedro no quiso escucharla.
La discusión comenzó a subir de tono.
Fernanda le explicó que conocía a su hermana y que existía la posibilidad de que tardara en devolverle el dinero.
—Si ella no te devuelve, ¿qué vas a hacer?
—Ese es mi problema.
—No. También puede convertirse en un problema para nosotros.
Pedro golpeó una mesa.
—¡Ya basta!
Fernanda se asustó.
Pero continuó hablando.
—Lo único que quieres es quedar bien con mi familia.
Pedro se acercó.
—Cállate.
—No.
Aquella palabra cambió completamente el ambiente.
Pedro perdió el control.
La discusión se volvió cada vez más fuerte.
Fernanda intentó alejarse.
Pero él la sujetó.
En medio del forcejeo, la hizo caer al suelo.
Fernanda sintió miedo.
Intentó levantarse.
Pero Pedro volvió a sujetarla y comenzó a apretarle el cuello.
Por unos segundos, Fernanda sintió que no podía respirar.
Intentó soltarse.
Movió los brazos.
Luchó con todas sus fuerzas.
Finalmente consiguió liberarse.
Se levantó como pudo y salió corriendo.
Mientras corría, lo único que podía pensar era en su hijo.
Por suerte, él estaba con sus abuelos.
No había visto nada.
No había escuchado los gritos.
No había tenido que presenciar aquella escena.
Fernanda no quería que su hijo creciera pensando que aquello era normal.
Llegó a un lugar donde pudo detenerse.
Estaba temblando.
Respiraba con dificultad.
Las lágrimas comenzaron a caerle por el rostro.
Miró sus manos.
Después tomó su teléfono.
No sabía a quién llamar.
No quería llamar a su familia.
No quería explicar lo ocurrido.
No quería que nadie la viera de aquella manera.
Entonces recordó a Andrés.
Recordó su llamada.
Recordó que él le había dicho que quería escucharla.
Que quería saber cómo estaba.
Que podía hablar con él.
Fernanda abrió sus contactos.
Allí estaba su nombre.
Se quedó mirando la pantalla durante varios segundos.
Sabía que aquello podía traer problemas.
Sabía que era el jefe de Pedro.
Sabía que quizá no debía involucrarlo.
Pero en aquel momento no necesitaba pensar en el futuro.
Necesitaba que alguien la escuchara.
Necesitaba sentir que no estaba sola.
Con las manos temblorosas, escribió:
“Hola.”
Envió el mensaje.
Pasaron unos segundos.
Entonces apareció una respuesta.
“Sabía que me ibas a escribir.”
Fernanda se quedó sorprendida.
Escribió:
“¿Cómo sabes quién soy?”
La respuesta llegó rápidamente.
“Porque estuve esperando tu mensaje durante varios días.”
Fernanda sintió que las lágrimas volvían a llenar sus ojos.
No sabía qué decir.
Andrés había estado esperando.
Eso significaba que él también había pensado en ella.
Finalmente escribió:
“Necesito hablar con alguien.”
Andrés respondió casi inmediatamente.
“Estoy aquí. ¿Qué pasó?”
Fernanda miró el teléfono.
Por primera vez desde que había salido corriendo de su casa, sintió que podía respirar un poco.
No sabía qué iba a ocurrir después.
No sabía si estaba cometiendo un error al buscarlo.
Pero en aquel momento solo sabía una cosa:
Necesitaba contarle a alguien lo que había sucedido.
Y Andrés estaba dispuesto a escucharla.
Mientras tanto, su hijo seguía en casa de sus abuelos, completamente ajeno a lo que había ocurrido.
Y Fernanda, con el corazón destrozado y las manos todavía temblando, comenzó a escribirle a Andrés todo lo que acababa de pasar.
Sin imaginar que aquella conversación sería el comienzo de un cambio que terminaría afectando para siempre la vida de los tres.