Perséfone renació con un único propósito: corregir el error que destruyó su vida anterior. Pero no esperaba que la misma familia que juró protegerla volviera a condenarla.
Una mentira de Afrodita despierta la furia de Apolo, el dios del sol. Ciego de rabia, la golpea hasta dejarla al borde de la muerte, mientras Zeus y Deméter permanecen en silencio.
Cuando Perséfone cree que volverá a morir, alguien detiene el golpe.
Hades.
El temido dios del inframundo desafía a los olímpicos, descubre la mentira y salva a la mujer que todos abandonaron. Herida y desesperada, Perséfone toma una decisión que cambiará su destino: seguirlo voluntariamente al reino de la muerte.
Allí descubrirá que el monstruo que todos temen puede convertirse en su refugio, mientras ella devuelve flores a su oscuridad y vida a su corazón.
Pero Apolo descubrirá demasiado tarde a quién perdió.
Y esta vez, Perséfone no piensa regresar, porque allí encontró el amor que siempre mereció de verdad.
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La verdad desnuda
Afrodita salió despavorida de la habitación, con el corazón golpeándole desbocado contra las costillas, tan fuerte que temía quebrársele en cualquier momento. Sus pasos resonaban desesperados sobre el suelo de mármol, y el sonido de sus propios talones le parecía el juicio mismo persiguiéndola. Sabía, con una certeza helada que le recorría la espalda, que aquel grito de Apolo no había nacido de la fiebre ni del dolor de la enfermedad. Había nacido de la comprensión. De la verdad, esa verdad que ella había construido sobre mentiras, que ahora se derrumbaba con el estruendo de un palacio entero viniéndose abajo.
Se detuvo en medio del pasillo, apoyando una mano temblorosa contra la columna de mármol blanco. El aire del Olimpo, siempre tan puro y tibio, de repente le pareció irrespirable, denso y asfixiante. Con manos que no dejaban de temblar, intentó pensar, buscar una excusa, una historia nueva tan perfecta como la anterior, algo que pudiera arreglar lo que acababa de romperse. Pero su mente, siempre tan rápida para la mentira, ahora estaba vacía, bloqueada por el pánico. No había nada que pudiera ocultar lo evidente. No había forma de esconderse de la verdad cuando esta te miraba directamente a los ojos con la furia de un dios ofendido.
Y entonces, la puerta se abrió de golpe.
El sonido fue seco, definitivo, como el cierre de una tumba. Apolo apareció en el umbral. Ya no llevaba su túnica dorada, ni su corona de laurel, ni el brillo arrogante que siempre lo había acompañado. Estaba desaliñado, con el cabello revuelto, la piel pálida y cubierta por un sudor frío, y sus ojos —aquellos ojos que siempre habían sido cálidos y brillantes como el sol de mediodía— ardían ahora con una furia fría, profunda y terrible, una ira que no necesitaba gritar para ser devastadora. Se quedó allí, inmóvil, enmarcado por la luz que él mismo gobernaba, y la miró de arriba abajo, despacio, con una expresión de asco tan profundo que le dolió más que cualquier golpe.
—¿Dónde está la receta, Afrodita? —preguntó, y su voz era baja, controlada, peligrosa como el silencio antes de la tormenta—. ¿Por qué corres? ¿Por qué no me miras a los ojos? ¿Por qué tiemblas como una criminal cuando solo te pregunto por algo que juraste haber preparado tú misma durante seis meses enteros?
Ella retrocedió, chocando contra la columna fría, y sintió cómo el mármol helado le traspasaba la túnica.
—Es que… hay muchas hierbas… tantas… —tartamudeó, su voz perdiendo toda su dulzura habitual, volviéndose aguda y quebradiza—. Necesito buscar el pergamino… lo anoté en algún lado, seguro está en el gabinete de hierbas, o tal vez en mi tocador… hay tantas cosas que se me mezclaron en la cabeza, nada más, eso es todo…
—Mientes. —La palabra cayó entre ellos como un hachazo, cortando el aire, dejando un silencio tenso y doloroso—. Nunca hubo pergamino. Nunca hubo receta. Nunca hubo nada tuyo. Tú no sabes distinguir una hoja de ortiga de una flor de luna. No sabes cuál raíz seca y cuál envenena. Nunca entraste al jardín de las plantas medicinales. Nunca preguntaste por nada que no fuera tu propio reflejo en el espejo. Fue ella. Siempre fue ella.
Afrodita sintió que las piernas le fallaban. El color se le escapó del rostro hasta quedar blanca como la cera, sus labios se abrieron sin emitir sonido, y por primera vez en su vida, su belleza no le sirvió de nada. No había encanto que pudiera desarmar lo que él acababa de comprender.
—No… no digas eso… —susurró, con lágrimas que ahora sí eran reales, nacidas del miedo—. Yo te amaba… te cuidaba… siempre estuve a tu lado…
—¿Amarme? —Apolo dio un paso hacia ella, lento, pesado, y ella se encogió contra la pared, sintiendo el calor de su ira mucho más abrasador que cualquier calor de su divinidad—. ¿Llamas amor dejarme creer que mi salvación venía de ti, mientras ella… Perséfone… la que yo golpeé, la que yo humillé, la que arrojé a la oscuridad… era quien se levantaba antes del amanecer para prepararme la infusión que me devolvía la vida? ¿Llamas amor robarle su obra, su conocimiento, su esfuerzo, y dejar que yo la culpara por todo lo que tú fingías hacer? ¡Ella me sanaba en silencio, sin pedir nada, sin esperar gracias, y tú te llevaste todo el crédito, todos los elogios, todo mi amor! ¡Me la quitaste! ¡Me hiciste odiarla por algo que ella hacía por mí!
—¡No sabía que te importaría tanto! —gritó ella, y la máscara cayó por completo, dejando ver la voz chillona, egoísta y mezquina que siempre había ocultado bajo su dulzura—. ¡Ella siempre estaba en segundo lugar! ¡Tú mismo la llamaste sombra! ¡Tú dijiste que era fría, que no tenía luz, que nunca sería nada comparada conmigo! ¡Yo solo tomé lo que era mío por derecho! ¡Nadie la valoraba! ¡Ni siquiera sus propios padres!
—¿Por derecho? —Apolo soltó una risa, seca, rota, llena de un dolor tan hondo que dolía escucharla—. ¿Tu derecho era la belleza sin bondad? ¿Tu derecho era la mentira sostenida por la cobardía de todos los que te rodeaban? Tu derecho era vacío, Afrodita. No había nada dentro de ti. Nada. Y yo… yo fui el mayor idiota de todo el universo por no verlo. Por preferir la luz brillante de una mentira sobre la oscuridad cálida de la verdad. Yo la condené por ser ella misma, y te coroné a ti por ser lo que no eras. ¿Qué clase de dios soy? ¿Qué clase de hombre soy?
Se acercó un poco más, y ella vio en sus ojos no solo rabia, sino una vergüenza tan profunda que casi podía tocarse.
—Yo la lastimé. La hice sangrar. Le dije que no valía nada. Y cada golpe, cada palabra cruel, cada desprecio… todo fue por ti. Por tu mentira. Y mientras yo la destrozaba, ella… ella seguía cuidándome. Seguía sanándome. ¿Cómo pude ser tan ciego? ¿Cómo pude no ver que la luz que me curaba no venía de mí, ni de ti, sino de ella?
Le dio la espalda de golpe, como si su presencia le quemara la piel, y miró hacia la ventana, hacia el sol que él gobernaba y que de repente le pareció demasiado brillante, demasiado falso, demasiado cegador.
—Vete —dijo, y su voz fue tan fría que ella sintió que se congelaba allí mismo—. Sal de mi palacio. Sal de mi vida. No quiero verte nunca más. No quiero escuchar tu voz, ni ver tu rostro, ni que tu sombra toque lo que es mío. Si te acercas a mí otra vez, te arrancaré la lengua con la que mentiste, y te arrancaré los ojos con los que engañaste. Vete antes de que olvide que alguna vez fuiste mi esposa y te dé el castigo que mereces.
Afrodita no esperó a que repitiera la orden. Con un último mirada llena de odio y humillación, se dio la vuelta y corrió, corrió tan rápido como pudo, lejos de él, lejos de la verdad, lejos de todo lo que había creído suyo. Las puertas del palacio se cerraron tras ella con un estruendo sordo, y el silencio cayó sobre la estancia, pesado, espeso, lleno de todo lo que ya no podía ser borrado.
Apolo se quedó solo. Se dejó caer en el borde del lecho, cubriéndose el rostro con las manos, y por primera vez en siglos, el dios del sol lloró. No por la enfermedad que volvía a roerlo desde dentro, no por la traición de Afrodita, sino por la imagen de Perséfone: arrodillada en el jardín, cuidando las hierbas; de pie bajo la luz del sol, escuchando sus insultos sin defenderse; tendida en el suelo, sangrando, mientras él la golpeaba sin saber que la vida que él disfrutaba venía de ella.
Recordó cada detalle que había ignorado: cómo ella siempre se apartaba cuando él tomaba la infusión, como si no quisiera que supiera que era suya; cómo Afrodita nunca pudo decirle ni una sola hierba de la receta; cómo, después de aquel día en que la expulsó, la enfermedad regresó poco a poco, porque ya no había nadie preparándola para él. Todo encajaba, cruel y perfecto, formando un retrato de su propia estupidez que le destrozaba el pecho más que cualquier dolencia física.
—¿Qué hice? —susurró al vacío, con la voz rota—. ¿Qué hice, mi flor?
Y en la soledad de aquella habitación, bajo el sol que ya no le daba calor, comprendió que no había sido Afrodita quien le había quitado a Perséfone. Había sido él. Solo él. Con su orgullo, su ceguera, su desprecio. Y ahora… ahora tendría que ir a buscarla. Tendría que bajar a la oscuridad que él mismo la había obligado a habitar, y pedirle perdón. Y rezar, con toda su alma, para que aún estuviera a tiempo.