El imperio más codiciado de Italia que no le pertenece a nadie… excepto a él.
Ella heredó algo que no le pertenecía y él está dispuesto a quitárselo.
Entre pasiones calculadas y verdades que amenazan con destruirlos a ambos, la pregunta no es quién ganará… sino quién caerá primero en su propia trampa.
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Capítulo 18
Alejandro no respondió con palabras. Su mirada oscura se clavó en la de Fabiola con una intensidad que hizo que el aire en el *paddock* pareciera congelarse. Sin apartar los ojos de ella, se quitó el abrigo negro y lo arrojó sobre la mesa de los ingenieros, quedando solo en chaleco y camisa.
Se acercó al *Galván-V12*, abrió la puerta del copiloto y se deslizó en el estrecho habitáculo de fibra de carbono. El espacio dentro del prototipo era reducido; sus hombros casi se rozaban y el calor de sus cuerpos convirtió el aire interior en algo denso y sofocante.
—Si pretendías intimidarme ofreciéndome este asiento, Fabiola —murmuró Alejandro mientras se abrochaba el arnés de seguridad de cuatro puntos—, vas a tener que esforzarte mucho más.
Fabiola lo miró de reojo. Tenerlo a centímetros de distancia, sabiendo en secreto de lo que era capaz y con la imagen aún fresca de lo que presenció en el puerto, le producía una descarga eléctrica de adrenalina purísima. Mantener la fachada de arrogancia ejecutiva frente a un hombre que sabía que era un Don de la mafia requería un control de acero, pero ella no pensaba pestañear.
—Ajusta bien tu cinturón, Santamaría —dijo ella con una sonrisa helada—. Aquí dentro las amenazas de oficina no sirven de nada. Solo manda la física.
Fabiola presionó el botón de encendido. El motor *V12* rugió como una bestia salvaje recién liberada, retumbando en las paredes del auto. Engranó la primera marcha y el prototipo salió disparado hacia la pista, dejando dos marcas de neumático quemado sobre el asfalto mojado.
El auto devoró la primera recta a trescientos kilómetros por hora. El paisaje de las afueras de Turín se convertía en una mancha borrosa a los lados. Fabiola conducía con una agresividad calculada, cambiando de marcha en el punto exacto de revoluciones, buscando los límites de la adherencia en cada metro de asfalto húmedo.
Alejandro permanecía inmóvil a su lado. No se sujetó de la barra de seguridad ni mostró el más mínimo gesto de aprensión. En lugar de mirar la pista, mantenía la vista fija en el perfil de Fabiola: en sus nudillos apretados contra el volante de carreras, en la firmeza de su mandíbula y en la frialdad matemática con la que tomaba cada decisión al volante.
—Eres rápida —dijo Alejandro por el intercomunicador del casco, con la voz suave, como si estuvieran tomando un café en su despacho—. Pero estás conducíendo con una tensión distinta hoy, Fabiola. ¿Qué intentas demostrarme?
Fabiola rebajó dos marchas bruscamente para encarar la chicane del sector dos. Las fuerzas G los empujaron contra los laterales de los asientos.
—No te demuestro nada, Alejandro —respondió ella por el micrófono, ocultando tras su tono calculador el enorme secreto que guardaba—. Simplemente me aseguro de que entiendas con quién estás tratando. No soy una heredera frágil a la que puedas acorralar en una sala de juntas.
Alejandro entornó los ojos detrás de la visera, fascinado por la compostura de la mujer. Pensaba que Dominic había actuado a sus espaldas sin que nadie lo notara y que su fachada de inversionista impoluto seguía intacta ante los ojos de Fabiola. No tenía la menor idea de que ella había estado a pocos metros de él en el muelle, viéndolo actuar como el verdadero líder del crimen organizado.
—Nadie piensa que seas frágil, Fabiola —dijo Alejandro, inclinándose levemente hacia ella en medio de la aceleración del auto—. De hecho, es esa frialdad la que me resulta tan fascinante. Me pregunto cuánto aguantarás cuando la presión en Ginebra se vuelva insoportable.
—Aguantaré más que tú, Santamaría —espetó ella, encarando la temida curva ciega del sector tres sin tocar el pedal del freno.
Fabiola metió el volante con violencia a la entrada de la curva resbaladiza. El *V12* perdió la tracción trasera por un milisegundo; la cola del auto derrapó hacia el muro de hormigón a más de doscientos cuarenta kilómetros por hora. Un conductor normal habría pisado el freno por instinto, provocando un accidente fatal.
Fabiola no lo hizo. Mantuvo el pie a fondo en el acelerador, contravanteó con una precisión milimétrica y el prototipo corrigió la trayectoria raspando la pintura del alerón trasero contra la barrera de protección. Volaron chispas en la penumbra de la pista.
Alejandro ni siquiera pestañeó. Al salir de la curva, giró la cabeza hacia ella y soltó una risa baja, oscura.
—Impresionante —murmuró él—. Estás completamente loca, Fabiola Galván.
—Soy lo que necesito ser para mantener el control —sentenció ella, reduciendo la velocidad a medida que se aproximaban a la recta de pits para dar por terminada la vuelta—. Y por cierto... noté que tu sombra, Dominic, no vino hoy. ¿Se cansó de tus órdenes o lo enviaste a hacer más "gestiones" para ti?
Alejandro dibujó una sonrisa gélida, convencido de que su secreto estaba a salvo tras la mentira que había construido.
—Dominic ya no trabaja para mí —respondió Alejandro con voz neutra y pulcra—. Tuvimos una diferencia irreconciliable de criterios y decidió retirarse de la empresa anoche mismo.
Fabiola sostuvo el volante con firmeza, sintiendo una punzada de adrenalina pura al escucharlo mentir con semejante desfachatez. Sabía perfectamente que Dominic no se había "retirado", sino que probablemente ya estaba bajo tres metros de tierra por orden del hombre sentado a su lado. Pero no dijo nada. Guardó esa carta bajo la manga, saboreando el poder de saber la verdad mientras él creía tener el dominio absoluto.
Frenó el auto a cero justo frente a la línea de boxes.
Alejandro se desabrochó el arnés, se quitó el casco y se giró por completo hacia ella. Extendió la mano y, con la yema de sus dedos, le tocó la barbilla, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Conduces como un demonio, Fabiola —susurró Alejandro, acercándose a muy corta distancia—. Pero en Ginebra no habrá pista de carreras que te salve. Vas a tener que jugar bajo mis reglas.
Fabiola no retiró la cara. Le sostuvo la mirada con una sonrisa lenta, calculadora y llena de veneno, disfrutando el juego de engaños en el que acababa de tomar la ventaja.