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BAJO EL PULSO DE LA GRAVEDAD

BAJO EL PULSO DE LA GRAVEDAD

Status: Terminada
Genre:Romance / Mujer poderosa / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Sinopsis del Argumento

​Diana Monasterio vive su vida bajo el pulso exacto de un quirófano: disciplina férrea, éxito absoluto y una reputación intachable dentro de la alta sociedad. A los 45 años, viuda y consagrada como una de las cardiocirujanas más respetadas del país, dirige su imperio médico con la misma frialdad con la que protege su vida privada. Sin embargo, su mundo milimétricamente ordenado se fractura el día que ingresa de urgencia la matriarca de la familia Blake, una paciente de 78 años al borde de la muerte.

​Al frente de la sala de espera está Samantha Blake, una experimentada y magnética jefa de división del FBI. Con 54 años, una presencia imponente y una vida vivida sin armarios ni complejos, Samantha deslumbra a Diana desde el primer segundo.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

MIRADAS Y REVOLUCIONES

La velada llegó a su fin entre abrazos calurosos y promesas de mantener la comunicación activa. Mariana y la hermana de Diana se despidieron con miradas cómplices en la puerta principal de la mansión, satisfechas por el rumbo que habían tomado los eventos. Poco después, el silencio nocturno envolvió la casa; los muchachos subieron a sus respectivas habitaciones y las luces de los pasillos principales se fueron apagando una a una.

Diana subió a la planta superior sintiendo una ligereza casi flotante. Al entrar en su espacioso dormitorio, dejó caer el bolso de diseñador sobre el sillón y se descalzó para caminar sobre la alfombra. Llevada por la distracción de un día desbordante de emociones, no se percató de que la gruesa puerta de roble de su habitación había quedado entornada, dejando una pequeña rendija de luz proyectada hacia el pasillo.

Apenas se acomodaba sobre las almohadas, el teléfono inteligente sobre la mesa de noche comenzó a sonar con el tono característico de una videollamada. En la pantalla resplandecía el nombre de Samantha.

Diana sonrió de inmediato y contestó.

La imagen de la agente del FBI apareció en alta definición. Samantha vestía una camiseta informal de algodón gris, descansando sobre el respaldo de su propio sofá. Tenía el cabello ligeramente despeinado y una mirada intensa pero cargada de una coquetería juguetona que hizo que a la cirujana se le acelerara el pulso.

—Buenas noches, doctora. Quería verificar si su comando de rescate no la había sometido a un interrogatorio demasiado riguroso —dijo Samantha con voz grave, inclinándose hacia la cámara con una sonrisa seductora.

—Llegas tarde, agente Blake —respondió Diana, soltando una risita suave que iluminó su rostro—. Sometida, interrogada y expuesta ante toda la familia. Aunque debo admitir que he sobrevivido.

—Me alegra saberlo —murmuró Samantha con un tono marcadamente coqueto, bajando la voz hasta convertirla en un susurro sensual—. Porque si hubieras necesitado cobertura, estaba dispuesta a presentarme en esa mansión y llevarte conmigo otra vez. Te ves absolutamente hermosa con el cabello así, Diana... Aunque confieso que me gustas aún más cuando te lo revuelvo.

Diana no pudo contener una carcajada sonora, limpia y cristalina, cubriéndose la boca con la mano mientras las mejillas se le encendían en un intenso rubor rojo. Estaba tan absorta en las palabras provocadoras de Samantha y en la ola de felicidad que la embargaba, que ni siquiera escuchó los pasos suaves en el pasillo exterior.

Esteban caminaba por el pasillo de regreso de la cocina con un vaso de agua en la mano. Al pasar frente a la habitación de su madre, le llamó la atención la rendija de luz y, sobre todo, el sonido de esa risa alegre que apenas minutos antes había presenciado en la mesa. Movido por la curiosidad, se acercó y empujó la puerta con suavidad.

—¿Mamá...?

La escena lo congeló en el sitio.

Diana estaba recostada en la cama, sosteniendo el teléfono en alto. En la pantalla se veía claramente el rostro de una mujer de porte imponente, atractiva y de mirada profunda, que le hablaba con una intimidad innegable. La expresión de su madre al ser descubierta pasó en un milisegundo de la risa radiante al desconcierto absoluto.

—¡Esteban! —exclamó Diana, bajando el teléfono precipitadamente, sintiendo que el aire se le escapaba del pecho—. Hijo... déjame explicarte...

Esteban se quedó parado en el umbral, con los ojos muy abiertos y el vaso de agua temblándole levemente en la mano. Su mente intentaba encajar las piezas de la nueva actitud de su madre, las risas, la cena y la presencia de esa mujer al otro lado de la pantalla.

—No, mamá... después hablamos —dijo Esteban con voz ahogada, retrocediendo un paso.

—Esteban, por favor... —intentó decir Diana, incorporándose de la cama.

—De verdad, mamá... después hablamos —repitió el joven, negando con la cabeza. Se giró rápidamente y se retiró hacia el pasillo, dejando a Diana con el corazón en la garganta.

El joven caminó a pasos rápidos, confundido y procesando el impacto de lo que acababa de presenciar. Antes de llegar a su propio cuarto, vio que la puerta de la habitación de Clara estaba entreabierta. Sin dudarlo, entró y la cerró tras de sí.

Clara, que estaba sentada en su escritorio estudiando con auriculares, se los quitó al ver la cara de desconcierto de su hermano.

—¿Qué te pasa, Esteban? Pareces un fantasma.

—Acabo de ver a mamá en su cuarto —soltó Esteban, bajando la voz—. Estaba en videollamada con una mujer... Le estaba hablando de una forma... no sé, supercoqueta, y mamá se estaba riendo como una adolescente. Clara, ¿tú sabes algo de esto? ¿Qué está pasando con mamá?

Clara miró a su hermano mayor con una serenidad pasmosa. En lugar de mostrar sorpresa o preocupación, una sonrisa dulce y comprensiva se dibujó en sus labios. Se levantó de la silla y se acercó a él, poniéndole una mano en el hombro.

—Esteban, escucha lo que te voy a decir —dijo Clara con firmeza y ternura—. Deja que mamá sea feliz.

—Pero Clara, es una mujer... y mamá siempre ha sido...

—¿Siempre ha sido qué? ¿Perfecta? ¿Infatigable? ¿Amargada por dentro mientras cumplía las reglas de todo el mundo? —lo interrumpió Clara suavemente—. Mírala, Esteban. Nunca hemos visto a mamá así. En toda nuestra vida jamás la habíamos escuchado reírse de esa manera, ni vestir como le gusta, ni respirar sin el peso del qué dirán. Si hay alguien en este mundo que se merece una oportunidad para amar y ser feliz, es ella.

Esteban guardó silencio. Las palabras de su hermana menor calaron hondo en su conciencia. Recordó la cena de esa misma noche, la calidez del abrazo de su madre y el brillo genuino en sus ojos. Exhaló un largo suspiro, asintió despacio y, sin decir nada más, le dio un beso en la frente a Clara antes de retirarse a su habitación a reflexionar.

A la mañana siguiente, el sol iluminó la ciudad con un resplandor limpio. En la residencia Monasterio, la rutina matutina comenzó como de costumbre, pero la mujer que bajó las escaleras ya no era la misma.

Diana no llevaba el acostumbrado e imponente traje sastre oscuro de corte rígido ni la pulcra coleta estirada. En su lugar, lucía una figura deslumbrante y renovada: se había enfundado un elegante suéter de seda de mangas tres cuartos en tono blanco marfil que resaltaba su piel, combinado a la perfección con un pantalón jean de tubo azul oscuro que perfilaba con precisión sus piernas. En los pies, los majestuosos stilettos de doce centímetros marcaban cada paso con un sonido firme y resonante. Completaba el conjunto con su cartera de marca de piel fina colgada del antebrazo y el cabello suelto cayendo en ondas naturales sobre sus hombros.

Al llegar al garaje, cruzó una breve mirada con Esteban, quien tomaba su café antes de ir a la universidad. El joven la observó de arriba abajo. Diana le sostuvo la mirada con calma y una sonrisa tibia. Esteban, tras dudar un segundo, le devolvió una sonrisa franca y le hizo un discreto gesto de aprobación con la cabeza. No hicieron falta palabras.

Minutos más tarde, el coche de la doctora Monasterio aparcó en su puesto reservado del Hospital Central.

Cuando las puertas automáticas del vestíbulo principal se abrieron, el impacto fue inmediato. Diana cruzó la entrada con el mentón elevado, una postura imponente pero accesible y una sonrisa radiante dibujada en los labios. El repiqueteo rítmico de sus doce centímetros de tacón sobre el suelo de granito resonó por todo el atrio.

Médicos residentes, enfermeras de turno, administrativos y colegas cirujanos se detuvieron en seco al verla pasar. Los murmullos cesaron de golpe. Acostumbrados a ver a la jefa de cirugía caminar con el ceño fruncido, la bata abotonada hasta el cuello y el aura distante de una eminencia inalcanzable, la visión de esta mujer imponente, vestida con jeans ajustados, suéter elegante y una calidez magnética, dejó a todo el personal con la boca abierta.

Diana avanzó por el pasillo central saludando con un leve asentimiento a cada persona con la que se cruzaba, sintiendo la brisa de la libertad recorrer sus venas y sabiendo que, a partir de ese día, el hospital y el mundo entero tendrían que acostumbrarse a la verdadera Diana Monasterio.

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