Morí una vez intentando salvar una vida. No pienso morir una segunda vez por culpa de unos traidores.
Cuando Saray Lagranh reencarna como Kaileris Enthal, la villana destinada a ser ejecutada en una novela que había leído, descubre que la verdadera culpable era su mejor amiga y que su prometido jamás estuvo de su lado.
Conociendo su trágico final, decide cambiar su destino de la forma más escandalosa posible.
"¿Mi ex prometido y mi ex mejor amiga me convirtieron en la villana? Perfecto. Entonces voy a convertirme en la mujer más influyente de este imperio. Y si para lograrlo termino casándome con el padre de mi ex prometido, mejor aún."
Entre intrigas nobles, planes de venganza, animales rescatados y una protagonista tan inteligente como sarcástica, Kaileris está decidida a demostrar que la mejor venganza no es destruir a tus enemigos...
Es convertirte en la persona que jamás podrán superar.
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¿No que no eras mi mujer, Kaileris?
La luz de la mañana no tuvo piedad. Los primeros rayos del sol se filtraron sin pedir permiso por los pesados ventanales del despacho, iluminando el glorioso desastre en el que se había convertido la habitación. Había cojines desparramados en el suelo, la alfombra fuera de su lugar y, sobre el diván de terciopelo, una estampa que habría hecho que toda la corte imperial se persignara de inmediato.
Me desperté con una pesadez maravillosa recorriéndome cada músculo del cuerpo. Intenté moverme, pero un brazo monumental, firme como una viga de acero y caliente como una maldita hoguera, me tenía firmemente anclada por la cintura contra un pecho ancho y desnudo.
Parpadeé un par de veces, aclarando mi vista, mientras el recuerdo de la noche anterior me golpeaba de golpe. La respiración pausada y profunda de Xilian rozaba la coronilla de mi cabeza. El General de Sangre, el hombre que hacía temblar a los ejércitos, dormía como un tronco a mi lado, con sus facciones peligrosas extrañamente relajadas en la quietud del amanecer.
(En sus pensamientos: Madre mía... la resistencia de este hombre debería ser considerada un arma de destrucción masiva. Literalmente me dio la revolcada de mi vida y aquí está, como si nada).
Xilian soltó una risa baja, un sonido vibrante que resonó directamente en mi espalda. Sus ojos rojos se abrieron lentamente, fijos en mí con una mezcla de pura satisfacción y burla. Se inclinó un poco, atrapando mi mirada mientras una sonrisa ladina aparecía en sus labios.
—¿Qué pasa? —se burló con voz ronca, arrastrando las palabras—. ¿No que no eras mi mujer, Kaileris? Recuerdo haber escuchado un discurso muy digno sobre las damas y la fuerza antes de que terminaras suplicando por más en este mismo diván.
Me removí incómoda, sintiendo un repentino calor en las mejillas y un tanto nerviosa por la intensidad con la que me miraba a plena luz del día. Traté de empujar su pecho para ganar algo de espacio, aunque el intento fue inútil.
—Ya me demostraste que sí, ¿de acuerdo? —respondí, apartando la mirada con fingida indignación— Así que mantén tu distancia, que me duele todo el cuerpo. Para la próxima me quedo callada y no te digo absolutamente nada.
Xilian soltó una carcajada profunda, un sonido que me hizo vibrar el pecho. Lejos de alejarse, atrapó mi barbilla con sus dedos, obligándome a mirarlo mientras sus ojos brillaban con una malicia deliciosamente peligrosa.
—Oh, no, mi reina. Eso no funciona conmigo —murmuró, acercando sus labios a los míos hasta que pude sentir su aliento caliente—. Si no me dices nada, te castigo. Y si hablas y lo que dices está mal, te castigo también. Y ya sabes perfectamente de qué manera, mi reina. La noche apenas fue una demostración de lo que pasa cuando me provocas.
(En sus pensamientos: Este maldito hombre es insaciable. Me tiene completamente acorralada, pero no puedo negar que su arrogancia me vuelve loca).
Se inclinó para darme un beso lento, posesivo y cargado de un magnetismo que me hizo olvidar por completo el resto del mundo. Sus labios se movían con una calma que no le conocía, saboreando el momento sin la prisa ni la furia de la madrugada. Cuando finalmente se separó, me dio una ligera palmada en la cadera antes de levantarse del diván con la total naturalidad de un hombre que dominaba su entorno, completamente desnudo y sin rastro de timidez.
Se puso los pantalones de uniforme que estaban tirados en una silla y me arrojó mi camisón de seda con una caballerosidad tardía.
—Quédate ahí. Mandaré a traer el desayuno. Hoy no vas a salir de esta habitación hasta que yo lo diga. Te hace falta descansar y a mí me hace falta tu compañía sin carruajes ni bailes de por medio.
Una hora más tarde, el despacho volvía a luce relativamente decente. Biron, como bien había predicho Xilian, entró con una bandeja de plata cargada de café cargado, panecillos recién horneados y frutas, sin mover un solo músculo de la cara, aunque sus ojos expertos sin duda notaron el desorden en los cojines del diván y mi ropa ligeramente desarreglada.
Yo ya estaba vestida con el camisón y una bata de seda que encontré en su armario, sentada con las piernas cruzadas en el diván mientras disfrutaba de una taza de café. Xilian se sentó a mi lado, sirviéndose un panecillo con una actitud tan relajada que me costaba asociarlo con el temible General de Sangre.
—No te queda mal mi ropa —comentó, mirándome de arriba abajo mientras una de sus manos se posaba en mi rodilla de manera posesiva—. Aunque admito que me gustas más sin ella.
—Cállate, Xilian —respondí, soltando una risa y dándole un golpe juguetón en el hombro—. Deja de ser tan cínico.
—Solo cuando tengo motivos suficientes para serlo —replicó, acercándose para robarme un trozo de fruta de mi plato—. La corte entera cree que eres una damisela en apuros y que yo soy un monstruo sin sentimientos. Si supieran lo que pasa detrás de estas puertas, colapsarían.
(En sus pensamientos: Si supieran que el gran lobo del norte se vuelve un gatito consentido cuando quiere afecto, las nobles se morirían de la envidia. Per este secreto me lo guardo solo para mí).
Me apoyé contra su hombro, disfrutando de la calidez de su cuerpo. Por un día, no había intrigas, no había emperatrices exigiendo mi cabeza, ni malditas aristócratas intentando humillarme. Era simplemente el espacio privado que habíamos construido entre las sombras, un refugio donde el fuego de la noche anterior se transformaba en una complicidad silenciosa y perfecta.
Xilian pasó su brazo alrededor de mis hombros, atrayéndome hacia él mientras mirábamos el amanecer terminar de pintar la capital a través del ventanal.
—Disfruta de la paz, mi reina —murmuró, besándome la sien—. Porque cuando decidamos abrir esa puerta otra vez, el mundo va a tener que arrodearse ante nosotros.
Consejo: No hablen por hablar porque el lobo se las puede comer. 😘 y Kaileris se dió cuenta , 🤣🤣🤣
la belleza cuesta y es doloroso /CoolGuy/