Liam solo quería salvar a su hermano.
Cuando el profesor Duncan Ashford descubre al muchacho robando en su oficina, lo denuncia ante la universidad. Desesperado, Liam le ruega que retire los cargos. Su hermano podría ser expulsado y quedar marcado para siempre.
Entonces Duncan le hace una pregunta:
—¿Qué estarías dispuesto a dar para salvarlo?
Liam responde sin pensar:
—Lo que sea.
Acaba de cometer su primer gran error.
Duncan no es solamente un profesor. Es el líder de una poderosa familia yakuza, un hombre casado que nunca deja que nadie altere sus reglas.
Pero Liam ha despertado su interés.
Una noche. Un trato. Un precio que jamás imaginó pagar.
Y cuando Liam descubra quién es realmente el hombre al que le entregó su inocencia, será demasiado tarde para escapar.
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El compromiso
Liam quería una vida normal.
Quería levantarse a las siete, ir a clase, comer en la cafetería del campus, estudiar en la biblioteca hasta las nueve, volver a la residencia, cenar con su hermano, dormir. Quería que los jueves fueran solo jueves. Quería que el teléfono fuera solo un teléfono. Quería que su cuerpo fuera solo su cuerpo.
Pero el teléfono vibró un miércoles a las cuatro de la tarde, en medio de una clase de Fonética que Liam estaba intentando escuchar.
**Duncan:** *Hoy. 20:00. 7-3. Ven.*
Liam miró la pantalla. Miró la pizarra. Miró la pantalla otra vez. Guardó el teléfono en el bolsillo. Siguió mirando la pizarra sin verla.
A las ocho menos cinco, estaba frente a la puerta del 7-3.
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El departamento olía a café recién hecho y a papel. Duncan estaba en el escritorio, con el portátil abierto, escribiendo algo. Sin chaqueta. Sin corbata. La camisa remangada. El tatuaje asomando por los antebrazos como una enredadera paciente.
Levantó la vista cuando Liam entró. Sonrió. Una sonrisa pequeña, satisfecha.
—Llegas tres minutos antes. Bien. Siéntate.
Liam se sentó en el sofá. No esperó a que Duncan se lo pidiera. No se quedó de pie junto a la puerta. No cruzó los brazos. Se sentó. Se quitó la chaqueta. La dobló sobre el respaldo. Se aflojó el cuello de la camisa.
Duncan lo observó desde el escritorio. Ladeó la cabeza. Esa expresión de curiosidad casi tierna. De quien ve algo nuevo en un objeto conocido.
—Estás distinto hoy.
—No.
—Sí lo estás. No estás tenso. No estás mirando la puerta. —Se levantó. Caminó hacia Liam. Se sentó a su lado en el sofá. Cerca. Demasiado cerca—. ¿Qué cambió?
Liam miró sus manos. Las tenía sobre las rodillas. Abiertas. Relajadas. O al menos, eso intentaba.
—Nada. Solo... quiero que esto termine rápido.
Duncan sonrió. Le puso una mano en la rodilla. La apretó suavemente.
—¿Terminar rápido?
—Sí. —Liam tragó saliva—. Si lo hago bien, si... si no me resisto, si no lloro, si no te hago perder el tiempo... terminas antes. Y me puedo ir.
Duncan lo miró. El silencio duró tres segundos. Cuatro. Luego rio. Una risa baja, casi cálida.
—Qué práctico. Qué eficiente. —Le acarició la rodilla con el pulgar—. ¿Y cómo planeas hacerlo bien?
Liam se ruborizó. El calor le subió por el cuello. Por las mejillas. Bajó la vista.
—Vi videos.
Duncan se detuvo. La mano se quedó quieta sobre la rodilla de Liam.
—¿Cómo?
—Vi videos. —La voz le salió plana, clínica, como quien describe un procedimiento médico—. En internet. Para... para saber qué hacer. Para intentar cosas nuevas. Para que no... para que no sea tan largo. Para que no me duela tanto.
Silencio.
Duncan lo miró. Lo miró de frente. Con los ojos muy abiertos. Con una expresión que Liam no le había visto nunca. No era crueldad. No era diversión. No era esa atención fría, clínica, de siempre.
Era euforia.
Una euforia contenida, casi infantil, de quien acaba de recibir un regalo que no esperaba.
—¿Viste videos? —repitió Duncan. La voz le subió medio tono—. ¿Para mí? ¿Para... mejorar? ¿Para intentar cosas nuevas?
—No es para ti. —Liam lo miró. Los ojos secos. La mandíbula apretada—. Es para que termine rápido. Para que no tenga que estar ahí tendido dos horas. Para que... para que sea más eficiente.
Duncan rio. Una risa más fuerte esta vez. Casi alegre. Se echó hacia atrás en el sofá. Se pasó una mano por el pelo.
—Dios mío, Liam. —Sacudió la cabeza. Sonreía. Con los ojos. Con la boca. Con todo—. ¿Sabes lo que acabas de decir? ¿Sabes lo que significa?
—Significa que quiero irme a casa.
—Significa que te comprometiste. —Duncan se inclinó hacia él. Le tomó la cara entre las manos. Le obligó a mirarlo—. Significa que aceptaste tu lugar. Que dejaste de pelear. Que estás *intentando*. Para mí. Para nosotros.
—No es para nosotros. No hay nosotros.
—Shh. —Duncan le puso un dedo en los labios—. No digas eso. No ahora. No cuando acabas de hacer algo tan... dedicado. Tan comprometido.
Liam cerró los ojos. Apretó los dientes. *Dedicado. Comprometido.* Las palabras le revolvián el estómago. Porque él no estaba dedicado. No estaba comprometido. Estaba *optimizando su propia destrucción*. Estaba buscando la forma de que doliera menos. De que durara menos. De que el cuerpo respondiera más rápido y la mente pudiera desconectarse antes.
Y Duncan lo veía como un regalo.
—Esta noche va a ser distinta —dijo Duncan, poniéndose de pie. La euforia le brillaba en los ojos—. Esta noche no voy a tener que pedirte nada. No voy a tener que obligarte. Esta noche vas a hacer todo lo que te diga porque *quieres* hacerlo bien. Porque te comprometiste.
—No me comprometí. Solo quiero que termine.
—Lo sé. —Duncan le acarició el pelo. Un gesto suave, casi paternal—. Y eso es lo más hermoso de todo. Que ni siquiera tú sabes la diferencia.
Liam abrió los ojos. Lo miró. Y en ese momento, con una claridad que dolía más que cualquier golpe, entendió que había perdido. No esa noche. No ese jueves. Había perdido el día que decidió que la única forma de sobrevivir era *hacerlo mejor*. Porque hacerlo mejor significaba aceptarlo. Y aceptarlo significaba que Duncan había ganado.
No con fuerza. No con amenazas. Con paciencia. Con tiempo. Con la certeza absoluta de que el cuerpo se adapta, la mente se rinde, y la resistencia se convierte en colaboración.
Duncan le tendió la mano.
—Ven. Enséñame lo que aprendiste.
Liam miró la mano. El anillo de oro brillando bajo la luz ámbar. Los dedos largos, seguros, pacientes.
La cogió.
Se levantó.
Y caminó hacia el dormitorio.
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Después, cuando Duncan se vestía, Liam estaba tumbado boca arriba, mirando el techo. Las sábanas arrugadas. El cuerpo caliente. La mente vacía.
Duncan se abotonó la camisa. Se ajustó el reloj. Se acercó a la cama. Se sentó en el borde.
—Muy bien —dijo. La voz suave. Satisfecha—. Muy, muy bien. Se nota que practicaste.
Liam no respondió. Miró el techo. La mancha de humedad en la esquina. El rectángulo azulado de la ventana.
—La próxima vez —continuó Duncan, poniéndose de pie—, quiero que elijas tú. Quiero que me digas qué quieres probar. Qué te gustaría. Qué posición. Qué ritmo. Quiero que seas tú quien dirija.
Liam giró la cabeza. Lo miró.
—¿Por qué?
Duncan sonrió. Con los ojos. Siempre con los ojos.
—Porque un amante comprometido no solo obedece. También propone. Y quiero ver qué se te ocurre cuando dejas de tener miedo.
Cogió la chaqueta. Caminó hacia la puerta.
—Jueves. Nueve. Y Liam... —Se detuvo en el umbral—. Gracias por el esfuerzo. De verdad.
Salió. La puerta se cerró. El cerrojo chasqueó.
Liam se quedó mirando el techo.
*Gracias por el esfuerzo.*
Como si fuera un trabajo. Como si fuera un proyecto de clase. Como si Liam hubiera entregado un ensayo y Duncan le hubiera puesto una buena nota.
Cerró los ojos.
Y pensó en los videos. En las horas frente a la pantalla, con los auriculares puestos, tomando notas como quien estudia para un examen. En la forma clínica, fría, desesperada, en que había intentado convertir su propia violación en una tarea que podía optimizarse.
Y lo peor no era haberlo hecho.
Lo peor era que había funcionado. Duncan había terminado antes. Liam había llorado menos. El cuerpo había respondido más rápido.
Y Duncan le había dado las gracias.
*Gracias por el esfuerzo.*
Liam se vistió. Se guardó los quinientos dólares en el bolsillo. Salió. El ascensor bajó. La calle lo recibió con aire frío.
Caminó hacia la parada del autobús. Se sentó. Miró sus manos.
Manos que habían visto videos. Manos que habían tomado notas. Manos que se habían *preparado* para ser usadas.
Y pensó que no había fondo. Que no había un punto en el que la caída se detuviera. Que cada vez que creía haber tocado el suelo, el suelo se abría un poco más.
El autobús llegó. Liam subió. Pagó el billete. Se sentó junto a la ventana.
Y no lloró.
Porque ya no quedaban lágrimas.
Solo quedaba el próximo jueves.