El día que cumplí dieciséis, mi propia tía me vendió para pagar una deuda de juego.
Maximiliano Villaseñor me arrancó de las manos de aquellos hombres antes de que pudieran hacerme desaparecer. Tenía treinta y seis años, un imperio a sus pies y una mirada capaz de congelar a toda una ciudad. Se convirtió en mi tutor legal, me dio un hogar y me enseñó que nadie volvería a tocarme sin enfrentarse primero a él.
Yo lo llamaba tío Max.
Él me llamaba niña.
Pero las niñas crecen.
A los dieciocho terminó la tutela. A los diecinueve lo besé y le confesé que llevaba demasiado tiempo deseándolo. Max me devolvió el beso durante un segundo… antes de apartarme como si amarme fuera el peor pecado de su vida.
—Te llevo veinte años. Fui tu tutor. No voy a destruir tu futuro.
Intentó protegerme de sí mismo. Me rechazó, me alejó y fingió que no ardía cada vez que otro hombre se acercaba a mí. Hasta que una mentira nos separó, un accidente destrozó su pierna y casi un año de distancia convirtió nuestro amor prohibido en una herida imposible de cerrar.
Ahora he vuelto.
Max camina con bastón, carga una culpa que no le pertenece y todavía cree que debe dejarme libre. Lo que no sabe es que ya elegí. No quiero al hombre correcto. Quiero al hombre que me crió, me protegió y lleva años perdiendo el control cada vez que lo llamo mío.
Y cuando el magnate más frío de México finalmente deje de resistirse, descubriré su secreto mejor guardado: jamás entregó su cuerpo ni su corazón a otra mujer.
Me estaba esperando a mí.
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Capítulo 18
Capítulo 18 — Alguien del pasado
— POV: Max —
Dejó a Dalia dormida en la casa, con doña Remedios de guardia y la orden de llamarlo por cualquier cosa, y se fue a la oficina porque no sabía estar cerca de esa niña sin hacer algo de lo que después iba a arrepentirse. La distancia era lo único que le quedaba. La cargaba como se carga un peso muerto: no porque quisiera, sino porque soltarlo lo aplastaría a él primero.
Amelia Rangel lo estaba esperando en su despacho a las siete de la tarde. Se había colado con una sonrisa y el apellido correcto, y cuando él abrió la puerta ya estaba ahí, sentada en el filo de su escritorio, con las piernas cruzadas y una copa del coñac de él en la mano.
—Maximiliano. —Alargó las sílabas como antes, como hacía dieciocho años, cuando ese nombre en su boca todavía significaba algo—. Estás igual. No, mentira. Estás mejor. El dinero te sentó bien.
—Ese asiento no es para las visitas —dijo él, y prendió la luz entera del despacho, la fría, la que no deja sombras ni permite intimidades—. Bájate de mi escritorio.
Ella se rio y no se bajó.
La conocía. Vaya que la conocía. Amelia había sido la primera —la primera de todo—, en los años en que él dormía en la bodega de su propio negocio y comía una vez al día para poder pagar la nómina. Ella lo había querido cuando parecía que él no iba a ser nadie. Y lo había dejado exactamente el día en que un hombre con más apellido y menos futuro le ofreció un pasaporte y una casa en otro país. "No naciste para hacerme feliz, Max —le dijo entonces, con las maletas ya hechas—. Naciste para trabajar. Yo no voy a esperar a que se te ocurra vivir." Y se fue. Y él trabajó, en efecto, hasta convertirse en esto: en el hombre cuya oficina ella ahora pisaba como si le perteneciera.
—Supe lo de tus empresas —dijo Amelia, girando la copa—. Supe todo, la verdad. Uno se entera hasta del otro lado del mundo cuando a alguien le va tan bien. Me casé, ¿sabes? Allá. Y me divorcié. Resulta que el apellido que me llevé no valía ni la mitad de lo que tú ibas a valer. —Soltó una risa breve, sin gracia—. Qué ironía, ¿no? Aposté al caballo equivocado.
—Apostaste —repitió él, sin inflexión—. Esa es la palabra correcta.
—No seas cruel. —Se bajó por fin del escritorio, pero para acercarse, no para alejarse. Caminó hacia él con esa lentitud estudiada—. Fui una tonta, sí. A esa edad una no entiende nada. Yo veía a un muchacho que dormía en una bodega y me daba miedo el hambre. No supe ver lo que tenías adentro. —Le puso una mano en el pecho, sobre la camisa, sobre el corazón que no se le aceleró ni un poco—. Ahora sí lo veo. Y todavía estás a tiempo de cobrarte lo que te debo.
Hubo un tiempo en que esa mano lo habría quemado.
Ahora no sintió nada. Peor que nada: sintió lo lejísimos que estaba de aquel muchacho hambriento, y lo cerca que estaba, en cambio, de otra cosa. De una cara chica y terca. De unas manos estiradas ofreciéndole una corbata azul que él había tirado al suelo para salvarla de sí mismo. De un "no quiero ser su obligación" dicho con hilo de voz desde una cama de hospital.
Era absurdo. Él tenía cuarenta años y un imperio y una vida entera de disciplina, y sin embargo lo que le pasó por dentro en ese instante, con la mano de su primer amor sobre el pecho, no tuvo nada que ver con esa mujer. Fue una punzada por otra persona. Por una niña a la que le había cerrado la puerta en la cara y que a esa hora estaría durmiendo en su cuarto, del otro lado de la ciudad, sin saber que él pensaba en ella hasta cuando otra mujer intentaba desnudarlo con la mirada.
Le quitó la mano del pecho, sin brusquedad, como se aparta un objeto mal puesto.
—Te equivocaste dos veces, Amelia —dijo—. La primera cuando te fuiste. La segunda cuando pensaste que ibas a poder volver.
—No seas rencoroso. —La sonrisa se le tensó apenas—. Éramos unos niños.
—No es rencor. —La rodeó y se sentó en su propio sillón, del otro lado del escritorio, poniendo el mueble entero entre los dos como una frontera—. Es que ya no me interesas. Es distinto. El rencor por lo menos se acuerda. Yo ni eso.
Ella se quedó de pie, con la copa a medias, y por un segundo la máscara se le movió. Debajo había otra cosa —algo que él había visto antes en gente a la que le quitaban lo que creía suyo—, y esa cosa no era amor. Era orgullo herido. Era cálculo.
—Chente —llamó Max, sin subir la voz.
La puerta se abrió al instante; Chente había estado del otro lado todo el tiempo.
—Acompaña a la señorita Rangel a la salida. Y que en recepción tomen nota: no vuelve a subir sin cita. Nunca.
Amelia dejó la copa en el escritorio, muy despacio, dejando un cerco húmedo sobre la madera. Recogió su bolso. Y antes de cruzar la puerta, se detuvo, y volteó, y lo miró con una curiosidad nueva, filosa, de arriba abajo.
—Qué raro estás, Maximiliano. —Ladeó la cabeza—. El Max que yo conocí no le decía que no a nada que se le ofreciera gratis. —Sus ojos se pasearon por el despacho y se detuvieron, no se supo por qué, en la foto que no había, en el hueco donde un hombre común tendría el retrato de alguien—. A menos que ya tengas a alguien en casa que te esté esperando.
No fue una pregunta. Fue una sonda, echada al agua para ver qué tan hondo llegaba.
Max no le dio el gusto de contestar. Ni de parpadear.
Pero algo debió de leer ella en esa quietud de más, porque su boca se curvó despacio, satisfecha, como quien acaba de encontrar exactamente la rendija que andaba buscando.
—Ah —dijo, suavecito, para ella misma—. Así que sí.
Y salió, con Chente detrás, taconeando por el pasillo con un ritmo que a Max, que sabía leer a la gente como leía un balance, se le quedó atravesado en la nuca mucho después de que las puertas del elevador se cerraran.
Se quedó solo en el despacho. Se sirvió el resto del coñac que ella había dejado, y no se lo tomó; lo miró girar en la copa, pensando en esa última sonrisa de Amelia, en el filo que traía debajo. Conocía a la gente rencorosa. Sabía que una mujer así no cruzaba medio mundo para irse con las manos vacías, y que había salido de ahí no derrotada, sino recalculando. Y sabía, también, hacia dónde iba a apuntar: hacia lo único que a él le había cambiado la cara sin querer.
Sacó el teléfono. Un mensaje de doña Remedios: "La niña sigue dormida, señor. Se tomó todo el caldo." Lo leyó dos veces. Tres.
Y por primera vez en semanas, el peso muerto de la distancia le pareció, no una protección, sino un error que iba a costarle caro.