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El Peso del Silencio

El Peso del Silencio

Status: Terminada
Genre:Grandes Curvas / Completas
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Luly U. A.

Helena Duarte siempre ha cargado con algo más que el peso de su cuerpo. Hija única de una de las familias más poderosas del país, creció rodeada de lujos, pero también de soledad, marcada por el bullying, el rechazo y la constante sensación de nunca ser suficiente.

Todo cambia cuando conoce a Dante Vasconcellos, un estudiante de Derecho de cursos superiores, apuesto, amable y aparentemente enamorado de ella. Por primera vez, Helena cree haber encontrado a alguien capaz de ver más allá de su apariencia. El romance avanza rápidamente: noviazgo, compromiso y una boda de ensueño.

Pero durante la luna de miel, Dante revela su verdadera cara.

Entre humillaciones silenciosas, manipulación emocional y una relación abusiva disfrazada de amor, Helena se embarca en una dolorosa búsqueda de aceptación, intentando desesperadamente convertirse en la mujer que su esposo desea.

Hasta que, en medio del caos, alguien aparece para ayudarla a comprender que quizá el problema nunca estuvo en su cuerpo.

NovelToon tiene autorización de Luly U. A. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20

Rodrigo

Pasé todo el fin de semana intentando ordenar mis ideas.

Sin lograrlo.

Helena no dejaba de aparecer en mis pensamientos.

No solo por la situación con su marido.

También por su sonrisa.

Por la ligereza con que se había reído durante el almuerzo.

Por su timidez cuando la elogié.

Por esa expresión triste, como si intentara convencerse de que merecía tan poco.

Aquello empezaba a afectarme de una forma equivocada.

Peligrosa.

La noche del domingo, acostado solo mientras Fernanda publicaba fotos en la costa, rodeada de influencers y fotógrafos, tomé una decisión:

Necesitaba alejarme.

En lo profesional.

Porque seguir entrenando a Helena de aquella manera no sería saludable para nadie.

Ni para ella.

Ni para mí.

Ni para mi relación.

Incluso había pensado ya en quién podría ocupar mi lugar. Marcelo era un excelente profesional y sin duda podría seguir acompañándola sin problemas.

El lunes desperté decidido.

Hablaría con Helena de manera cuidadosa y profesional.

Le explicaría que mi agenda había cambiado.

Que otro entrenador se haría cargo.

Que sería lo mejor.

Repetí aquello una y otra vez mientras conducía hacia la mansión.

Pero toda mi convicción desapareció en cuanto entré a la academia.

Helena estaba sentada en el suelo.

Llorando.

Se me heló el pecho al instante.

Al principio ni siquiera notó que había llegado. Estaba abrazada a sus propias piernas, con el rostro oculto entre los brazos.

Dejé la mochila en la banca y me acerqué rápido.

—¿Helena?

Levantó la cabeza, sobresaltada.

Y entonces lo vi.

La marca violácea en su cara.

La sangre me hirvió de inmediato.

Algo oscuro me subió por el pecho.

Me arrodillé frente a ella, incapaz de ocultar la tensión de mi voz.

—¿Qué pasó?

Intentó secarse las lágrimas deprisa.

—Nada…

—Helena.

Su mirada vaciló.

Y empezó a llorar aún más.

El estómago se me revolvió.

—Dante está fuera desde el sábado…

La voz se le quebraba.

—Sin dar explicaciones.

Volví a fijarme en la marca de su cara.

Demasiado grande.

Demasiado oscura.

Se me tensó la mandíbula.

—¿Él te hizo eso?

Silencio.

Helena bajó la vista.

Y esa ya fue respuesta suficiente.

Las manos se me cerraron en puños.

—¿Te golpeó?

Lloró con más fuerza.

Pero no trató de negarlo.

—Fue mi culpa…

La frase me golpeó como un puñetazo.

—No.

Mi voz salió firme.

Helena alzó la vista, asustada.

—Yo lo provoqué…

Me puse de pie despacio, intentando contener la rabia absurda que me embargaba.

—No tienes la culpa de nada.

Negaba con la cabeza una y otra vez.

—Se puso celoso…

Me pasé una mano por la cara, intentando mantener la calma.

Porque en ese momento quería encontrar a Dante y romperle la cara.

—Aunque estuviera celoso —hablé despacio—, no tiene derecho a ponerte una mano encima.

Helena comenzó a llorar con una desesperación todavía mayor.

Como alguien completamente destrozada por dentro.

—Solo quería hablar con alguien…

El pecho se me cerró con fuerza.

Parecía tan pequeña, sentada en el enorme suelo de la academia.

Tan lastimada.

Tan sola.

Y antes de darme cuenta de lo que hacía…

La abracé.

Por impulso.

Solo atraje a Helena hacia mí.

Se quedó helada por un segundo.

Luego se derrumbó.

Empezó a llorar contra mi pecho de una manera demasiado dolorosa de escuchar.

Mis brazos la estrecharon de forma automática mientras cerraba los ojos, tratando de contener mi propia rabia.

Porque ahora estaba completamente seguro:

Dante no solo estaba destruyendo a Helena en lo emocional.

Estaba yendo cada vez más lejos.

Y eso me asustaba.

Le acaricié el cabello despacio, intentando calmarla.

—Todo va a estar bien.

La frase salió en automático.

Aunque no sabía si era verdad.

Aquella mañana no hubo entrenamiento.

Ni un solo ejercicio.

Nos sentamos en la zona de la academia durante horas a hablar.

O mejor dicho…

yo escuché.

Helena habló de los últimos años.

De las humillaciones.

De Karen.

De los comentarios crueles.

De cómo había llegado a creer que debía adelgazar para merecer amor.

Y cada palabra hacía crecer más mi indignación.

Porque de verdad creía que ella era quien estaba mal.

Que tenía que cambiar para ser digna de cariño.

En un momento, pregunté en voz baja:

—¿Ya se lo contaste a alguien?

Negó de inmediato.

—Mis padres aman a Dante.

Claro.

Tenía sentido.

Hombres como él siempre sabían construir personajes perfectos para el mundo.

—Nunca me creerían.

La tristeza en su voz casi me destruyó.

Respiré hondo antes de hablar con cuidado.

—Helena… no puedo interferir directamente en tu matrimonio.

Asintió en silencio.

—Pero escucha lo que voy a decirte.

Esperé hasta que me miró.

—Si vuelve a ponerte una mano encima… lo denunciaré.

Sus ojos se abrieron de inmediato.

—Rodrigo…

—Hablo en serio.

Mi voz salió más dura de lo que pretendía.

—Eso no es amor.

Bajó la mirada otra vez.

Silencio.

Luego respiró hondo.

—No volverá a pasar.

Quise creerle.

De verdad.

Pero algo dentro de mí decía lo contrario.

Helena se limpió el rostro con las manos temblorosas antes de continuar:

—En cuanto vuelva... voy a ponerle fin a todo esto.

El corazón me flaqueó un poco.

—¿Estás segura?

Asintió despacio.

Seguía frágil.

Seguía lastimada.

Pero ahora había algo diferente en sus ojos.

Agotamiento.

Como alguien que por fin empezaba a darse cuenta de que ya no podía seguir viviendo así.

Y en ese instante, al ver a Helena sentada frente a mí, con el rostro marcado y los ojos enrojecidos de tanto llorar, comprendí algo demasiado peligroso:

No quería limitarme a protegerla como amigo.

Quería sacarla de esa vida.

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