⚠️NOVELA +18⚠️🔞
Tras la explosiva revelación de su verdadera identidad, Mía ha huido de la mansión Montenegro para refugiarse bajo la protección de su tía Beatriz, dispuesta a reconstruir su vida lejos del apellido que la destruyó y de la sombra de un padre al que solo puede ver como a un desconocido. Sin embargo, liberarse del linaje más poderoso del país no será una tarea sencilla.
En la cúspide del escándalo mediático y con su vida sentimental hecha pedazos tras la partida de Aitana, Henrry se enfrenta al abismo más oscuro de su existencia. Abandonado y acorralado por la opinión pública, su mundo colapsa definitivamente con la llegada de una nueva amenaza: Norma se presenta reclamando llevar en su vientre a un nuevo heredero Montenegro, respaldada por la despiadada Leonora, quien no dudará en usar a este futuro bebé como su última pieza de ajedrez para tomar el control definitivo de la familia.
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Capítulo 19
...MIA...
El frío del granito de la isla de la cocina me daba directamente en la espalda desnuda, pero casi no lo sentía por el calor sofocante que salía del cuerpo de Camilo.
Tenía mis piernas enredadas alrededor de su cintura y mis manos clavadas en sus hombros, aferrándome a él mientras marcaba un ritmo constante, fuerte y profundo que me estaba dejando completamente sin aliento.
La respiración entrecortada de los dos, el choque firme de nuestros cuerpos y mis jadeos sin filtro resonando contra las paredes. Estaba al borde del colapso, sintiendo esa presión eléctrica en el vientre que anunciaba que estaba a punto de caerme a pedazos en sus brazos.
—Camilo... —alcancé a gemir contra su cuello, apretando mis dedos en sus brazos para pedirle más.
Él aceleró la embestida, sujetando mis caderas con fuerza para no dejarme escapar, y justo cuando sentí que el mundo se me desvanecía en una ola de placer absoluto...
Unos golpes secos e insistente resonaron en la puerta principal del departamento, interrumpiéndonos.
Nos congelamos en el acto. Camilo se quedó inmóvil sobre mí, con el pecho subiendo y bajando frenéticamente y los ojos, fijos en la dirección del pasillo.
Yo apreté los ojos con fuerza, ahogando un gemido de frustración mientras trataba de procesar el ruido.
Camilo se retiró despacio, soltando una maldición entre dientes mientras intentaba recuperar el aliento.
Yo me incorporé de golpe, mareada por la descarga de adrenalina y el placer que me interrumpieron. Busqué a ciegas lo primero que encontré sobre el sofá: la camiseta gris de manga larga de Camilo. Me la pasé por la cabeza con torpeza; me quedaba gigantesca, cubriéndome apenas hasta mitad de las rodillas, pero era suficiente para no estar desnuda.
¡TOC, TOC, TOC!
Volvieron a tocar con insistencia.
Tragué saliva, me acomodé el cabello despeinado como pude y caminé a pasos rápidos hacia la entrada. Al abrir, me encontré de frente con Susana.
Tenía el rostro desencajado, el pelo recogido en un moño desordenado y unas ojeras moradas y profundas que delataban que no había pegado un ojo en toda la noche.
—¿Por el amor de Dios, Mía, pueden parar ya? —soltó Susana sin darme tiempo a respirar, alzando los brazos al cielo—. ¡Llevan horas en esto! No me dejan concentrarme y tengo exámenes finales hoy. ¡Si me repruebo esta materia va a ser enteramente tu culpa!
—Susana, yo... lo siento, no pensamos que... —balbuceé, sintiendo cómo el rubor me subía desde el cuello hasta las orejas.
—¡Es que no piensan! —reclamó fuera de sí—. ¡El edificio parece de papel!
Antes de que pudiera inventar cualquier otra excusa, se escucharon unos pasos pesados en el pasillo y una segunda figura se unió al espectáculo.
Era Carmen, la vecina del departamento del fondo. Venía con el rostro fatigado, cargando en la cadera a su hijo de dos años, que lloriqueaba agarrado a su camiseta.
Carmen era todo un enigma para el edificio. Todos sabíamos que trabajaba como camarera en un club nocturno y que además estudiaba enfermería, pero nadie lograba entender cómo alguien de su edad, con esos ingresos había podido comprar al contado un departamento de ese valor en este sector. No era rentado; el lugar era suyo, un misterio que alimentaba los chismes de pasillo entre los inquilinos.
—Susana tiene razón, Mía —intervino Carmen, ajustando al niño en su brazo y mirándome con severidad—. Mi hijo lleva despierto desde las cuatro por el escándalo. Tengo que irme a mi clase y al club en unas horas y de verdad no...
Carmen se cortó a mitad de la frase.
Sentí el calor del cuerpo de Camilo posicionándose justo detrás de mí. Se había puesto los pantalones a toda prisa y estaba descalzo, apoyando una mano en el marco de la puerta.
—Mía, ¿todo bien aquí...? —empezó a decir Camilo, pero su voz se apagó de golpe en cuanto fijó la mirada en Carmen.
El ambiente en el pasillo se congeló por completo. Susana se quedó mirando a ambos, confundida por el cambio repentino de tono.
Carmen abrió los ojos de par en par, perdiendo el color del rostro por completo. Apretó a su hijo contra su pecho con una rigidez casi instintiva.
—¿Cami...? —murmuró Carmen, con la voz apurada y apenas audible, dejando caer toda la autoridad con la que me estaba reclamando hace un instante.
Camilo dio un paso imperceptible hacia adelante, tensando la mandíbula mientras la reconocía.
—Carmen... —dijo él, con una voz helada que no le había escuchado jamás.
Miré a Carmen y luego a Camilo, completamente descolocada por la forma en que ella lo había llamado.
¿Cami? Nadie le decía así.
Para todo el mundo era Camilo, o para la gente de la universidad... bueno, Sanchez. Pero el tono con el que Carmen pronunció su nombre sonó a una familiaridad íntima, antigua.
—¿Se... se conocen? —pregunté, pasando la mirada de uno a otro, tratando de disimular la picadura instintiva de celos que me recorrió el estómago.
Carmen pareció reaccionar de golpe. Tragó saliva con torpeza, acomodó al niño en su cadera y dio medio paso hacia atrás, evitando fijar la vista en Camilo.
—Nos... nos cruzamos en la universidad hace unos años —dijo ella apresuradamente, intentando recuperar el tono serio, aunque la voz le tembló en la última palabra—. No sabía que te encontraría por aquí, Camilo.
—Tampoco sabía que este era tu edificio, Carmen —respondió él. Su voz era neutra, pero por la forma en que su mano apretaba el marco de la puerta supe que estaba ocultando algo. Había un aire extraño entre los dos.
—Bueno, da igual —interrumpió Susana, visiblemente impaciente por el giro dramático pero sin ganas de perder el tiempo en chismes—. El punto es el mismo. Mía, por favor, un poco de consideración. Necesito estudiar y Carmen necesita descansar. ¿Pueden bajarle dos rayitas a su pasión?
—Sí, Susana... de verdad, perdón —alcancé a decir, sintiéndome ridícula parada ahí con la camiseta gigante de Camilo mientras la mente me daba vueltas a mil por hora.
Carmen no dijo nada más. Solo me echó una última mirada cargada de incomodidad y lástima, se dio la vuelta y caminó a pasos rápidos de regreso a su departamento.
Susana soltó un bufido, me dedicó una mirada de advertencia y se encerró en el suyo.
Cerré la puerta despacio, dejando que el pestillo pasara con un chasquido seco. Me giré para mirar a Camilo, que seguía de pie en el pasillo interior, mirando fijamente hacia la nada con la mandíbula apretada.
—¿"Cami"? —solté al fin, cruzándome de brazos mientras la camiseta me colgaba de los hombros—. No sabía que eran tan cercanos.
Camilo no respondió de inmediato. Pasó una mano pesada por su rostro y soltó un largo suspiro, rompiendo la postura rígida en la que se había quedado congelado. Se me acercó despacio, buscando mis ojos.
—Fue hace mucho tiempo, Mía. Ni siquiera sabía que ella vivía en este edificio —dijo, intentando que su voz sonara despreocupada, aunque el tono le salió más rasgado y evasivo de lo normal.
—No parece que para ella fuera «hace mucho tiempo» —insistí, dando un paso atrás cuando intentó estirar la mano para tocarme la cadera—.Te miró como si hubiera visto a un fantasma. O como si le debieras algo.
—Coincidimos en un par de clases en la universidad y salimos unos meses, eso fue todo. Nunca hubo nada serio entre los dos —explicó, desviando la mirada un segundo hacia la puerta antes de volver a mí—. Te juro que ni me imaginaba que viviera aquí, y mucho menos que tuviera un hijo.
Me quedé mirándolo en silencio, procesando cada una de sus palabras. Sabía que Camilo tenía un pasado y que no me pertenecía cada capítulo de su vida antes de mí, pero la coincidencia me dejó una sensación extraña y amarga en el pecho.
—Ella te conoce bastante, ¿verdad? —pregunté en un murmullo, dejando caer los brazos a los lados mientras tiraba del dobladillo de su camiseta para cubrirme un poco más—. Por la forma en que te nombró... no sonó a que fueras solo un compañero de clases.
Camilo dio el paso que nos separaba y me tomó suavemente de la cintura, pegándome a su pecho para cortar la distancia. Sentí el calor de su piel todavía agitado, pero sus ojos denotaban una seriedad absoluta.
—Nadie me importa más que tú , Mía. Carmen es parte de mi pasado, pero la persona que está aquí contigo, en este apartamento y en tu vida, soy yo. No le des vueltas a algo que no tiene pie ni cabeza.
Apoyé las manos contra su pecho, sintiendo los irregulares de su corazón. Aunque quería dejarme convencer por la firmeza con la que me sujetaba la cintura, no pude evitar echar un vistazo hacia la puerta cerrada del departamento.