Isabel Montero abordó un avión y despertó horas después en la bañera de su propia casa. Para ella apenas había pasado un instante. Para el resto del mundo, llevaba quince años desaparecida.
Su esposo, Emiliano Salazar, envejeció buscándola y nunca dejó de creer que seguía viva. Pero sus hijos ya no son los niños que Isabel recuerda. Santiago se convirtió en un hombre frío y distante; Valentina se niega a aceptar que esa joven pueda ser su madre, y Sol esconde sus heridas detrás de la rebeldía y el humor.
Isabel regresó con el mismo rostro de hace quince años, a una familia rota y a una vida que otros intentaron ocupar. Ahora tendrá que recuperar el amor de sus hijos, descubrir quién manipuló a los Salazar durante su ausencia y enfrentar un secreto capaz de explicar por qué el tiempo se detuvo para ella.
Todos creen que Isabel volvió para reclamar su lugar.
Se equivocan.
Volvió para recuperar a su familia… y destruir a quien se la arrebató.
NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15
Cap 15 — ¿Divorcio?
Isabel vio a Emiliano conversar con una mujer joven en el evento de la universidad. La mujer llevaba un vestido negro ajustado, pelo suelto, y estaba inclinada hacia Emiliano de una forma que no dejaba mucho a la imaginación.
La conversación duró diez minutos.
Isabel contó cada uno.
—Mamá, esa mujer se parece a usted —dijo Santiago, sentado a su lado en la sección de invitados—. De espaldas, tiene la misma silueta.
Isabel no respondió.
—Papá lleva años fijándose en mujeres que se parecen a usted. Hay una gerente en la empresa que dicen que es casi idéntica. Papá le da trato preferencial.
Isabel lo miró.
—¿Estás diciéndome esto para informarme o para molestar a tu padre?
—Las dos cosas.
Isabel volvió a mirar hacia donde estaba Emiliano. La mujer seguía ahí. Seguía inclinada. Seguía sonriendo.
—Si tu padre y yo nos divorciáramos —dijo Isabel, con voz muy tranquila—, ¿con quién te irías?
—¡Isa!
La voz de Emiliano llegó desde tres filas atrás. Había salido de la sección VIP y había escuchado la última frase. Tenía la cara de alguien a quien le acaban de decir que su casa se está incendiando.
—Isa, ¿qué dijiste?
—No dije nada. Fue una pregunta hipotética.
—No hay nada hipotético en la palabra "divorcio." Esa palabra no se dice. Nunca. Ni en broma.
—No estoy bromeando.
Emiliano la miró. Luego miró a Santiago. Santiago tenía una expresión que, si Emiliano hubiera estado menos alterado, habría reconocido como satisfacción.
—Isa, ¿qué te pasa? ¿Quién te hizo enojar? Dime y lo arreglo.
—No necesito que arregles nada. Necesito pensar. Sola.
—Isa...
—Sola, Emiliano.
Emiliano se quedó parado en el pasillo del auditorio mientras Isabel se levantaba y salía caminando. Santiago lo miró desde su asiento.
—No la va a alcanzar quedándose parado —dijo.
—Cállate, Santiago.
Santiago no se calló. Pero dejó de hablar.
—————————————————————————————————
Mientras tanto, Valentina y Sol habían encontrado problemas.
Valentina había reconocido a la mujer del vestido negro cuando esta se cambió de ropa y apareció en el pasillo cerca de los baños. La siguió por curiosidad. La mujer, que ahora llevaba una falda de mezclilla, se cruzó con Valentina.
—¿Tú eres la que estaba hablando con el señor Salazar? —preguntó Valentina directamente.
La mujer la miró de arriba abajo.
—¿Y tú quién eres? ¿Su novia? Con esa cara de niña, no creo que le intereses.
—Es mi papá.
La mujer parpadeó. Pero no se detuvo.
—Pues tu papá debería enseñarte modales antes de dejarte suelta por ahí.
Valentina apretó los puños. Abrió la boca para responder. La cerró. La abrió otra vez.
—Y usted debería aprender a no meterse con familias ajenas.
—¿Familias? Por favor. Tu papá estaba solo cuando le hablé. ¿Dónde estaba tu mamá? Ah, espera. ¿Tienes mamá?
Valentina le dio una bofetada.
La mujer le devolvió el golpe. Las dos se agarraron del pelo. Sol, que venía del baño comiendo una barra de cereal, las vio pelear y corrió hacia ellas.
—¡Oigan! ¡Oigan! ¡Suéltense!
Dos compañeros de la mujer aparecieron e intentaron sujetar a Valentina. Sol se metió entre ellos.
—¡No la toquen! —gritó Sol, empujando a uno contra la pared.
Los guardias de seguridad llegaron en treinta segundos. Sujetaron a Sol contra el piso con una vara de contención. Sujetaron a Valentina por los brazos. A la mujer no la tocaron. Ella era empleada de la universidad. Ellos no.
—¡Suéltenme! —gritó Sol desde el piso—. ¡Ella empezó!
—Todos cálmense —dijo uno de los guardias, presionando a Sol contra el suelo con la rodilla.
—¡Me estás lastimando, idiota!
Isabel llegó corriendo.
Lo primero que vio fue a Sol en el piso. Lo segundo fue al guardia presionándole la cabeza contra las baldosas. Lo tercero fue a la mujer con cara de víctima y las manos libres, preparando las uñas para arañar a Valentina.
Isabel le agarró la mano antes de que tocara a su hija. Con la otra mano, empujó al guardia que sujetaba a Sol.
—Suelte a mi hijo. Ahora.
El guardia la miró. Algo en la voz de Isabel le dijo que no era momento de discutir. Soltó a Sol.
Sol se levantó. Tenía la camiseta arrugada y una marca roja en la mejilla.
—¿Estás bien? —le preguntó Isabel.
—Sí. Pero ese tipo me aplastó la cara contra el piso.
Isabel miró al guardia. El guardia dio un paso atrás.
—Vámonos —dijo Isabel—. Todos. Ahora.
—¿Y ella? —Valentina señaló a la mujer—. ¿Se va a quedar como si nada?
—No se va a quedar como si nada. Pero nosotros no somos los que la van a castigar. La universidad lo hará. Y lo hará porque tu padre acaba de salir de una reunión con el rector sin despedirse, y el rector va a querer saber por qué.
Valentina la miró.
—¿Cómo sabes que papá salió sin despedirse?
—Porque está parado en la puerta de este pasillo con cara de querer matar a alguien.
Todos voltearon. Emiliano estaba en la puerta. Miraba la escena con una expresión que los guardias de seguridad reconocieron inmediatamente como peligrosa.
—Vámonos —repitió Isabel—. Antes de que tu padre haga algo que no se pueda deshacer.
—————————————————————————————————
En el carro, de camino a casa, el silencio duró exactamente cuatro minutos.
—¿Me puedes explicar qué pasó? —dijo Emiliano, agarrando el volante como si fuera el cuello de alguien.
—Una empleada de la universidad insultó a tus hijos y los guardias la defendieron a ella —dijo Isabel—. Ya está. Ya pasó. La universidad se encargará.
—¿Quién es esa mujer?
—La misma que estaba hablando contigo en el auditorio.
Emiliano parpadeó.
—¿La del vestido negro? Solo me preguntó a qué hora terminaba el evento. Le pedí que te llevara unos bocadillos. Eso fue todo.
—Eso fue todo para ti. Para ella, fue una oportunidad. Y para mí, fueron diez minutos viéndola inclinarse hacia ti como si estuvieran solos en el mundo.
—Isa, yo no...
—Lo sé. No hiciste nada. Nunca haces nada. Pero eso no quita que estoy enojada.
—¿Estás enojada conmigo por algo que no hice?
—Sí.
Emiliano abrió la boca. La cerró. Miró el camino. Decidió que el silencio era la opción más segura.
En el asiento de atrás, Valentina, Sol y Santiago miraban por sus respectivas ventanas, fingiendo no escuchar.
—Eso no fue nada —susurró Sol—. Deberían ver cómo pelean mis amigos con sus novias.
—No son novios —susurró Valentina—. Son esposos.
—Peor todavía.
—Cállense los dos —susurró Santiago.
—————————————————————————————————
Los siguientes tres días fueron los más largos de la vida de Emiliano Salazar.
Isabel no le hablaba.
No estaba enojada en el sentido explosivo. No gritaba. No reclamaba. No lloraba. Simplemente no le hablaba. Contestaba preguntas directas con monosílabos. "Sí." "No." "Está bien." "Como quieras."
Emiliano intentó todo.
Día uno: le mandó flores. Tres docenas de rosas rojas. Isabel las puso en un florero en la sala y dijo "bonitas" sin mirarlo.
Día dos: le cocinó. O intentó cocinar. Don Refugio tuvo que intervenir cuando Emiliano casi quema la cocina tratando de hacer pasta. Isabel comió la pasta que Don Refugio salvó y dijo "gracias" sin mirarlo.
Día tres: le escribió una carta. A mano. Tres páginas. Le tomó cuatro horas porque no había escrito algo a mano desde la universidad y su letra era espantosa. La dejó en su almohada con un chocolate encima.
Isabel la leyó. Emiliano lo supo porque la encontró doblada cuidadosamente en el cajón de su mesita de noche, no en la basura. El chocolate estaba a medio comer, lo que significaba que al menos algo le había gustado. Pero no dijo nada al respecto.
Día cuatro: intentó recitarle un poema que encontró en internet. Se lo aprendió de memoria. Se paró frente a la puerta de su cuarto, respiró hondo, y empezó a recitar. Isabel abrió la puerta a la mitad de la segunda estrofa.
—Emi, ese poema es de una canción de despecho.
—¿Qué?
—Habla de un hombre que se va porque la mujer lo engañó.
Emiliano miró su teléfono. Releyó las letras. Se puso rojo.
—La página decía "poemas de amor."
—Es amor. Pero del que termina mal.
Emiliano se fue caminando por el pasillo sin decir una palabra. Isabel cerró la puerta. Desde adentro, se escuchó algo que podría haber sido una risa.
Los hijos observaban todo con fascinación.
—¿Papá acaba de intentar cocinar? —dijo Sol, mirando el desastre en la cocina.
—Sí —dijo Don Refugio, limpiando la estufa.
—¿Papá sabe cocinar?
—No, joven. Evidentemente no.
—¿Y por qué lo intentó?
—Porque está desesperado.
Valentina se sentó en la barra de la cocina con un vaso de jugo.
—Es increíble. El hombre que despide ejecutivos con una llamada de teléfono no puede lograr que una mujer le hable.
—No es cualquier mujer —dijo Santiago, pasando por la cocina—. Es Isabel.
—————————————————————————————————
Al cuarto día, Isabel lo perdonó.
No porque Emiliano hiciera algo especial. Sino porque, a las once de la noche, lo encontró dormido en el sillón del estudio con la carta que le había escrito abierta sobre el pecho. Se había quedado dormido releyendo su propia carta, como buscando qué más podía decir.
Isabel lo tapó con una cobija. Le quitó los zapatos. Y cuando se dio la vuelta para irse, Emiliano le agarró la mano sin abrir los ojos.
—No te vayas —murmuró, medio dormido.
—No me voy a ningún lado, Emi.
—¿Segura?
—Segura.
Emiliano no soltó su mano. Isabel se sentó en el piso, recargada contra el sillón, con la mano de Emiliano en la suya. Se quedaron así un rato largo.
—Nunca vuelvas a decir la palabra "divorcio" —dijo Emiliano con los ojos cerrados.
—Nunca vuelvas a dejar que una mujer se te acerque así en público.
—Hecho.
—Hecho.
—————————————————————————————————
Al día siguiente, Sol entró al estudio buscando un cargador para su teléfono. Abrió el cajón del escritorio de Emiliano y encontró una memoria USB que no tenía etiqueta.
La conectó a su computadora por curiosidad. Contenía archivos. Muchos archivos. Fotos de la familia tomadas desde lejos. Registros de entradas y salidas de la Casona. Horarios. Notas sobre las rutinas de cada miembro de la familia. Todo organizado por fechas.
Sol se quedó mirando la pantalla con la boca abierta.
Alguien estaba espiando a la familia Salazar. Y esa persona tenía acceso a la casa.
Sol sacó la USB y bajó las escaleras corriendo.
—¡Papá! ¡Mamá! ¡Tienen que ver esto!
Isabel y Emiliano miraron el contenido juntos. Emiliano apretó la mandíbula hasta que se le marcaron las venas. Isabel leyó cada archivo sin decir una palabra.
Cuando terminó, levantó la vista.
—Hay un espía en la Casona.
Tres hijos que ya no me odian. Un marido que haría cualquier cosa por mí. Una enemiga que todavía no sabe lo que viene. Y ahora, un espía que encontrar.
La primera batalla está ganada. Pero la guerra apenas empieza.