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Volví a los diecisiete para salvar a mi esposo

Volví a los diecisiete para salvar a mi esposo

Status: En proceso
Popularitas:641
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

A los veintisiete años, Solana Estrada enterró al hombre que había sido su esposo durante apenas un año.
Lisandro Sotomayor murió en una explosión que iba dirigida a ella. Era un hombre frío, silencioso y difícil de comprender. Durante su matrimonio jamás le dijo que la amaba. Solana creyó que para él aquella boda solo había sido un acuerdo entre dos familias.
Estaba equivocada.
Después de su muerte, descubrió las fotografías que él guardaba en secreto, las velas que encendió por ella durante catorce años y todos los peligros de los que la protegió sin decir una sola palabra.
Lisandro la había amado desde que eran adolescentes.
Cuando Solana vuelve a abrir los ojos, tiene diecisiete años y está otra vez en su último año de preparatoria. Al otro lado del salón se encuentra Lisandro: el alumno más brillante de su generación, el futuro heredero del Grupo Sotomayor y el chico sombrío al que nadie se atreve a acercarse.
Él todavía está vivo.
Todavía no la conoce.
Y todavía no sabe que algún día morirá por ella.
Esta vez, Solana piensa cambiarlo todo.
Va a entrar en su mundo, derribar cada una de sus defensas y proteger al muchacho que siempre la protegió a ella. Pero alterar el destino tiene un precio. La familia Sotomayor está llena de secretos, su dulce prima esconde intenciones crueles y el hombre responsable de la explosión ya ha empezado a mover sus piezas.
Solana logró regresar diez años al pasado.
Ahora tendrá que conseguir que Lisandro aprenda a amarla sin destruirse por ella… y evitar que la historia vuelva a terminar con su muerte.

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Capítulo 23

Capítulo 23: Clases particulares

—¿Puedo ir a estudiar a tu casa?

La pregunta salió un lunes por la mañana, caminando a la escuela, cuando Lisandro todavía tenía las vendas en los nudillos y yo todavía tenía la costra en la nariz. Dos semanas después del karaoke. Dos semanas después de "voy a protegerte" y "sí, me importas" y todas las cosas que cambiaron entre nosotros sin que ninguno de los dos tuviera el vocabulario para nombrarlas.

Lisandro no respondió de inmediato. Siguió caminando. Tres pasos. Cinco. Diez.

—¿Para qué? —dijo finalmente.

—Para estudiar. Tengo los exámenes del departamental en seis semanas y estoy en el puesto quinientos treinta y dos de seiscientos. Si no subo, me van a poner en regularización y mi mamá me va a matar.

—Quinientos treinta y dos.

—Sí.

—De seiscientos.

—Sí. ¿Algún problema?

Me miró por encima del hombro. La expresión de un hombre que acaba de escuchar que alguien reprobó el examen de conducir catorce veces y sigue intentando.

—¿Cómo es posible que estés en el puesto quinientos treinta y dos? —dijo, con una sinceridad que habría sido ofensiva si no hubiera venido acompañada de esa ligera inclinación de cabeza que significaba que de verdad no entendía.

—Es un talento especial.

—No lo es.

—Es sarcasmo, Lisandro.

—Lo sé. Pero tu situación académica no amerita sarcasmo. Amerita intervención.

—¿Eso es un sí?

Silencio. Tres pasos más.

—Las sesiones serán de estudio —dijo—. Estrictamente de estudio. Sin distracciones. Sin conversaciones que no sean sobre la materia. Sin…

—¿Sin mirar tus manos?

Se detuvo. Las orejas.

—Sin distracciones —repitió, con la mandíbula apretada.

—Hecho.

Le sonreí. La sonrisa de una mujer de veintisiete años que acaba de conseguir exactamente lo que quería y que sabe, con absoluta certeza, que la condición de "sin distracciones" tiene la esperanza de vida de un cubo de hielo en agosto.

La primera sesión fue un desastre.

No un desastre académico. Un desastre de otra clase.

El estudio de Lisandro era una habitación pequeña al fondo de su casa: un escritorio de madera oscura, una silla giratoria, un estante lleno de libros ordenados por altura, no por autor ni por tema, por altura, porque Lisandro Sotomayor tenía el tipo de mente que necesitaba que las cosas se vieran simétricas para funcionar, y una lámpara de escritorio que proyectaba un círculo de luz cálida sobre la superficie de trabajo.

Un escritorio. Una silla.

—¿Dónde me siento? —pregunté.

—Traje otra silla —señaló una silla de madera del comedor, sin ruedas, sin respaldo acolchado, que había puesto al lado de la silla giratoria.

La silla estaba al lado de la suya. Al lado. No enfrente. Al lado. Lo que significaba que íbamos a compartir el escritorio. Codo a codo. Hombro a hombro. A treinta centímetros de distancia durante horas.

Estrictamente de estudio, había dicho.

Me senté.

Nuestros codos se rozaron.

Lisandro movió el suyo un centímetro a la derecha. Yo moví el mío un centímetro a la izquierda. Quedamos separados por dos centímetros de aire que vibraban como si fueran combustible a punto de arder.

—Empecemos con cálculo —dijo, abriendo un libro de texto con la misma voz que usaría para ordenar una ejecución—. Derivadas parciales. Capítulo siete. Página doscientos cuatro.

Abrí mi cuaderno. Mi cuaderno de notas de clase, que estaba lleno de garabatos, flechas, dibujos de flores en los márgenes y exactamente cero derivadas parciales.

Lisandro miró el cuaderno. Luego me miró a mí. La expresión de un cirujano al que le dan unas tijeras de cocina para operar.

—¿Esas son tus notas?

—Son mis impresiones artísticas del contenido de la clase.

—Esto es un dibujo de un gato.

—Es una interpretación abstracta del concepto de límite.

Me quitó el cuaderno de las manos. Sacó uno nuevo —sin usar, sin garabatos, con las páginas limpias y cuadriculadas— de un cajón de su escritorio.

—Usa este.

—¿Tenías un cuaderno extra listo para mí?

Las orejas. Leve. Pero ahí.

—Lo compré para un proyecto. No lo usé.

Mentira. Lo supe porque la etiqueta de la papelería todavía estaba pegada en la contraportada y la fecha de compra era de tres días antes: el mismo día que le pregunté si podía ir a estudiar.

Compró un cuaderno para mí. Tres días antes de que viniera. Como si supiera que iba a venir.

O como si quisiera que viniera.

No dije nada. Abrí el cuaderno nuevo. Tomé el lápiz que él me extendió, un lápiz mecánico de 0.5 milímetros, la misma marca que usaba él, con la punta afilada hasta la perfección.

Y empezamos.

Lisandro Sotomayor enseñaba como vivía: con precisión, con paciencia y sin el menor sentido del humor.

—La derivada parcial de f con respecto a x se obtiene tratando todas las demás variables como constantes. ¿Entendido?

—Creo que sí.

—No "creo que sí". Sí o no.

—… No.

—Bien. Otra vez.

Me lo explicó tres veces. Luego cuatro. A la quinta, algo hizo clic en mi cabeza y la ecuación dejó de parecer un jeroglífico y empezó a parecerse a algo que yo había visto antes, porque lo vi, en otra vida, cuando estudié administración en la universidad y el cálculo era una herramienta, no un misterio.

El problema no era que no entendiera. El problema era que mi cerebro de veintisiete años entendía los conceptos pero mi cuerpo de diecisiete no había aprendido la mecánica. Era como saber conducir pero haber olvidado dónde está el freno: la teoría estaba ahí, la práctica no.

Lisandro no sabía nada de esto, pero su método era perfecto para mi situación: repetición, precisión, sin atajos. Me hacía resolver ejercicios hasta que los dedos me dolían del lápiz y luego los revisaba uno por uno, señalando errores con la punta de su propio lápiz y explicando la corrección con frases cortas que no desperdiciaban ni una sílaba.

Era un buen maestro. Mejor que cualquier profesor que tuve en dos vidas.

Y era insoportablemente cercano.

Cada vez que se inclinaba para corregir un ejercicio en mi cuaderno, su aliento me rozaba la nuca. No era un aliento caliente ni un aliento frío, era un aliento neutro, limpio, que olía a la menta que masticaba mientras estudiaba y que me ponía la piel de gallina desde la nuca hasta la base de la columna.

Su brazo rozaba el mío cuando señalaba un error. Su hombro tocaba mi hombro cuando se acercaba para ver un número pequeño. Una vez, una sola vez, su mano se posó sobre la mía para corregir la forma en que sostenía el lápiz —"así no, así"— y el contacto duró dos segundos que me incendiaron el brazo desde la muñeca hasta el codo.

Él no parecía notarlo.

O sí lo notaba y había decidido que ignorarlo era más seguro que reconocerlo.

Estrictamente de estudio, me repetí. Sin distracciones. Lo prometiste.

Pero ¿cómo no te distraes cuando la persona que amas está a treinta centímetros de tu cara y huele a jabón de madera y te corrige las derivadas con la misma voz que usaba para decirte buenas noches en otra vida?

No me distraje. O me distraje pero no se notó, porque mis ejercicios estaban bien hechos y mi letra era legible y mis respuestas, si no correctas, al menos eran coherentes.

Las sesiones se volvieron rutina. Tres tardes por semana: lunes, miércoles y viernes, de cuatro a siete. Yo llegaba con el recipiente de comida y el cuaderno nuevo. Él abría la puerta sin saludar, se sentaba en la silla giratoria y empezaba la clase como si fuera una reunión de trabajo programada.

Cálculo. Física. Química. Las tres materias donde mi puesto era más bajo. Lisandro las dominaba todas con la facilidad de alguien que nació para resolver ecuaciones y que encontraba en los números una paz que el mundo de las personas no le daba.

Al cabo de dos semanas, mi puesto subió del quinientos treinta y dos al trescientos cuarenta.

Ciento noventa y dos puestos. En catorce días. Con seis sesiones de tres horas.

—Trescientos cuarenta —leyó Lisandro en la lista de resultados que el profesor Calderón pegó en el tablero de anuncios. Me miró. La mandíbula se apretó. Los ojos se entrecerraron un milímetro detrás de los lentes.

—¿Qué? —dije—. ¿No me vas a felicitar?

Ajustó los lentes con el dedo índice. Murmuró algo.

—¿Qué dijiste?

—Nada.

—Dijiste algo. Te vi mover los labios.

—Dije "bien hecho" —lo dijo como si las palabras le quemaran la lengua al salir—. ¿Contenta?

Contenta no era la palabra. Radiante. Porque "bien hecho" dicho por Lisandro Sotomayor —que no felicitaba a nadie, que no reconocía logros ajenos, que consideraba que el elogio era un desperdicio de aire— era el equivalente a una ovación de pie de cualquier otra persona.

—Mucho —dije—. ¿Me vas a dar un premio?

—El premio es que ya no estás en regularización.

—Quiero un premio de verdad.

—No hay premios de verdad.

—Una paleta de mango.

Las orejas. El recuerdo de la paleta de mango detrás de las gradas, yo lamiéndola mientras él pasaba, la mirada que se quedó un segundo de más, debió cruzarle la mente porque el rojo le subió del cuello a los lóbulos como si alguien le hubiera echado pintura.

—Cómprate tu propia paleta —dijo, y se fue caminando por el pasillo con los hombros un poco más tensos que antes.

Sonreí. Me dolía la cara de tanto sonreír últimamente.

Pero la rutina no duró.

Porque nada con Lisandro duraba sin que la grieta apareciera.

Fue un jueves. El cuarto jueves desde que empezamos las sesiones. Yo llegué a su casa a las cuatro, como siempre, con el recipiente de comida y el cuaderno, y toqué la puerta.

No abrió.

Toqué otra vez. Tres veces. Cuatro.

Nada.

Le escribí por WhatsApp: "Estoy afuera."

Visto. Sin respuesta.

"¿Lisandro?"

Visto. Sin respuesta.

"¿Estás bien?"

Visto. Sin respuesta.

Al día siguiente, en la escuela, lo vi al fondo del pasillo. Caminé hacia él. Cambió de dirección. Se metió por otro pasillo, bajó las escaleras y desapareció antes de que pudiera alcanzarlo.

Me evitaba.

El sábado no respondió los mensajes. El domingo, cuando fui a dejarle comida, el recipiente se quedó en la puerta sin que nadie lo recogiera hasta tres horas después, cuando yo ya no estaba mirando.

El lunes, en la escuela, cambió de ruta para ir al salón. Tomó el pasillo largo, el que nadie usa porque tiene goteras, en vez del corto que pasaba frente a mi casillero. En el comedor, se sentó en la mesa más alejada posible y se fue antes de que yo llegara.

Martes. Lo mismo.

Miércoles. Lo mismo.

La cortina de su ventana estaba cerrada. No entreabierta. No abierta. Cerrada. Como el viernes del rechazo preventivo, pero peor. Porque el viernes del rechazo fue una reacción impulsiva, se asustó de lo que sentía y cerró la puerta. Esto era diferente. Esto era sistemático. Planeado. Cada movimiento calculado para evitarme sin que pareciera que me evitaba.

Pero yo lo conocía de dos vidas. Y en las dos, el patrón era el mismo.

Acercamiento. Grieta. Huida.

Se acercaba. Se daba cuenta de que se estaba acercando. Se aterraba. Huía.

La noche del karaoke lo acercó más de lo que su sistema podía tolerar. Las semanas de sesiones de estudio, la cercanía del escritorio, los roces de codos y alientos y hombros, todo lo empujó hacia un borde que su mente identificaba como peligro y que su instinto de supervivencia le ordenaba abandonar.

No estás huyendo de mí, pensé. Estás huyendo de lo que sientes cuando estás conmigo. Y eso te aterra más que Kevin Ramos, más que una puerta cerrada, más que cualquier cosa en este mundo.

Porque Kevin Ramos era un enemigo externo. Lo que sientes por mí es un enemigo interno. Y contra los enemigos internos, tus puños no sirven.

Catalina, que tenía un sexto sentido para detectar mis crisis emocionales, me abordó en el patio el jueves.

—¿Qué pasó con Sotomayor?

—Fase de huida.

—¿Perdón?

—Nada. Se alejó.

—¿Otra vez? ¿Después de todo lo que pasó?

—Así funciona, Cat. Se acerca, se asusta, se va. Se acerca, se asusta, se va. Es un ciclo.

—¿Y tú qué vas a hacer?

—Romper el ciclo.

El viernes, a la hora del almuerzo, ejecuté mi plan.

No lo busqué. No lo intercepté. No lo acorralé. Simplemente entré al comedor, localicé su mesa, la más alejada, la del rincón, la que había elegido específicamente para que yo no me sentara, y me senté frente a él.

Con mi charola. Con mi guisado. Con la tranquilidad de alguien que se sienta en su propia sala.

Lisandro levantó la vista del libro. Me vio. La mandíbula se apretó.

—Hola —dije—. ¿Cómo estuvo tu semana? La mía estuvo rara. Llovió el martes, que es raro para octubre, y el miércoles la señora de la tiendita me vendió un jugo de naranja que sabía a cloro. ¿A ti te ha pasado? Que el jugo sepa a cloro. Creo que lavan los vasos con demasiado detergente.

No respondió. Me miró con la expresión de alguien que está viendo cómo un incendio se acerca y que no sabe si correr o quedarse.

—La sopa de hoy está buena —continué—. Tiene zanahoria. Y fideos. La de ayer no tenía fideos. ¿No crees que la sopa sin fideos es una tragedia? Es como un libro sin páginas. Existe pero no sirve.

Silencio.

Comí un fideo. Lo mastiqué con calma.

—El profesor Calderón dejó tarea para el lunes. Integrales triples. No entiendo nada. Pero bueno, eso no es novedad.

Lisandro no se levantó.

Eso era lo que yo necesitaba. Que no se levantara. Porque levantarse habría significado admitir que mi presencia le importaba lo suficiente como para huir de ella. Y Lisandro Sotomayor, a pesar de todo, seguía siendo un chico que se negaba a admitir que algo le importaba.

Así que se quedó. Terminó de comer. Leyó su libro, o fingió leerlo, porque las páginas no cambiaban. Y yo hablé. Sobre el clima, sobre la sopa, sobre la tarea, sobre nada. Sobre todo lo que no era importante, porque lo importante ya lo habíamos dicho en un hospital a la una de la mañana y no necesitaba repetirse.

Al final del almuerzo, me levanté con mi charola.

—Nos vemos el lunes —dije.

Y caminé hacia la puerta.

—Estrada.

Me detuve.

Su voz, detrás de mí, baja, forzada, como una puerta que se abre contra su propia bisagra oxidada.

—No estaba huyendo de ti.

Me di la vuelta. Lo miré. Sentado en su silla, con el libro cerrado y las manos sobre la mesa, las manos con las cicatrices de los nudillos que ya estaban sanando pero que no iban a desaparecer nunca.

—Lo sé —dije—. Estabas huyendo de ti mismo.

No contestó.

Pero esa noche, la cortina se abrió.

Y el lunes, las clases particulares se reanudaron.

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