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LA PÓLVORA

LA PÓLVORA

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:419
Nilai: 5
nombre de autor: Yesid Cabas

A los 17 años, Mila Sarmiento pierde a su hermano en una guerra que nunca fue suya.
En El Pozo, la justicia no existe. Solo existen las deudas, las traiciones y las balas.
Nail, un joven sicario, le enseñará a sobrevivir. Pero Mila aprenderá demasiado rápido.
Lo que comienza como una búsqueda de venganza terminará convirtiéndola en La Pólvora, la mujer más temida de Puerto Fiel.
El problema es que cuanto más poder consigue, más cerca está de descubrir una verdad que podría destruirlo todo.
Porque en este barrio, para sobrevivir hay que convertirse en aquello que juraste destruir.

NovelToon tiene autorización de Yesid Cabas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 9: EL PACTO

Pasaron ocho días antes de que Mila decidiera que no podía seguir esperando a que Nail "decidiera si era buena idea" buscarla, como él mismo le había dicho. Ocho días en los que la lata detrás del ladrillo se vació casi por completo, en los que don Aurelio volvió a tocar la puerta con su libreta forrada, en los que doña Nelly forzó su cuerpo cansado frente a la máquina de coser hasta que un mareo la tumbó una tarde en plena labor, obligando a Mila a correr a buscar al médico del centro de salud, que la revisó con la misma prisa cansada de siempre y recetó "reposo absoluto", una indicación que sonaba, en esa casa, casi como un chiste cruel.

Fue esa noche, viendo a su madre dormir con la respiración todavía irregular después del susto, cuando Mila tomó la decisión que llevaba días rondándole por dentro sin que se atreviera a nombrarla del todo.

Al día siguiente, no fue al billar. Fue directamente a la esquina donde sabía, por comentarios sueltos de vecinos, que los hombres de don Efraín solían reunirse a media tarde, antes de que empezara el movimiento más fuerte de la noche. Era una esquina que ella nunca había cruzado sin bajar la mirada, uno de esos lugares donde el aire mismo parecía más denso, cargado de una tensión que cualquier persona del barrio sabía leer sin que nadie tuviera que explicarle nada.

Los hombres que estaban ahí —cuatro, quizás cinco, apoyados contra una pared pintada con un mural desteñido de la Virgen del Carmen— la miraron acercarse con una mezcla de sorpresa y desconfianza. Una muchacha caminando derecho hacia esa esquina, sin comprar nada, sin pasar de largo con la mirada baja, era algo poco común.

—¿Perdida, mamita? —le preguntó uno de ellos, el más joven, con una sonrisa que no era exactamente amable.

—Busco a Nail.

El tono con que lo dijo, sin titubear, pareció desconcertar más que su presencia misma. Los hombres se miraron entre ellos, y el que parecía llevar más rango del grupo, un tipo de brazos gruesos cubiertos de tatuajes desteñidos, la evaluó de arriba a abajo antes de contestar.

—¿Y usted quién es pa' andar buscando a Nail así como así?

—Soy la hermana de Yeison Sarmiento.

El nombre pareció significar algo, aunque Mila no supo interpretar exactamente qué. Uno de los hombres bajó la mirada un segundo, casi con algo parecido a la incomodidad, y el de los tatuajes sacó un celular del bolsillo, se alejó unos pasos, y habló en voz baja durante casi un minuto entero antes de volver.

—Espere ahí —le dijo, señalando un andén cercano, sin más explicación.

Mila esperó casi media hora, de pie, sintiendo las miradas de los hombres posándose sobre ella de vez en cuando, sin que nadie más le dirigiera la palabra. Cuando finalmente vio a Nail acercarse por la loma, caminando con esa misma tranquilidad calculada que ya empezaba a reconocerle, sintió un alivio que no esperaba sentir con esa intensidad.

Nail no parecía contento.

—Le dije que no viniera a buscarme —dijo, en voz baja pero con un filo que Mila no le había escuchado antes, agarrándola suavemente del brazo para alejarla un poco del grupo de hombres que seguía observando la escena con curiosidad disimulada—. Esto no es un juego, Mila. Que la vean parada en esta esquina, preguntando por mí, la pone en la mira de gente que usted ni se imagina.

—No tenía otra opción.

—Siempre hay otra opción.

—No para mí. —Mila sintió que la voz se le quebraba un poco, no de tristeza sino de una frustración acumulada durante ocho días de puertas cerradas, de trabajos negados, de su madre desmayándose sobre una máquina de coser—. Mi mamá casi se desmaya ayer de tanto trabajar. Nos van a sacar del cuarto si no consigo plata para el quince. Nadie me da trabajo porque soy mujer, o porque soy muy joven, o porque tienen miedo de meterse en lo mismo que mató a mi hermano. Y usted es la única persona que conozco que de verdad tiene el poder de cambiar algo de esto.

Nail la miró en silencio un momento largo, con esa misma expresión evaluadora de la primera vez, pero esta vez, Mila creyó notar algo distinto detrás de la cautela: algo parecido al reconocimiento, quizás incluso a la lástima, aunque él se esforzara en no dejarla asomar del todo.

—¿Qué es lo que me está pidiendo exactamente?

Mila respiró hondo. Había ensayado esa frase mentalmente durante los últimos dos días, sabiendo que decirla en voz alta iba a cambiar algo en ella de manera irreversible.

—Quiero que me enseñe a defenderme. A usar un arma, si hace falta. No quiero seguir siendo la que se queda parada llorando mientras el mundo decide qué hacer conmigo. Quiero poder cuidarme a mí misma, y a mi mamá, sin depender de que alguien más decida tener piedad.

—Eso no resuelve lo de la plata.

—Eso vendrá después. Primero necesito dejar de tener miedo todo el tiempo.

Nail se quedó callado, mirando hacia la loma, hacia las casas apretadas que subían la montaña como si se estuvieran escapando de algo, y por un instante Mila creyó ver, cruzando su cara, el fantasma de alguna decisión antigua, algún momento parecido en su propia vida que lo había llevado a convertirse en lo que era.

—Usted no sabe lo que está pidiendo —dijo finalmente, con una voz más baja, casi como si hablara consigo mismo—. Una vez que uno aprende a defenderse de verdad, ya no hay vuelta atrás. Uno empieza a ver el mundo distinto. Empieza a confiar menos, a dormir con un ojo abierto, a calcular salidas de cualquier cuarto en el que entra. Eso no se desaprende, Mila. Eso se queda para siempre.

—Prefiero eso a terminar como Yeison.

Esa frase, dicha sin ningún dramatismo, con la crudeza simple de quien ya lo ha pensado demasiadas veces como para suavizarlo, pareció ser lo que finalmente inclinó la balanza. Nail asintió, despacio, como quien acepta algo contra su propio juicio.

—Está bien. Le voy a enseñar. Pero con mis condiciones, no las suyas. Nadie más se entera de esto. Ni Katiuska, ni su mamá, ni nadie del barrio. Y el día que yo le diga que pare, para. Sin preguntas.

—De acuerdo.

—Y una cosa más. —La miró fijo, con una seriedad que a Mila le pareció, por primera vez, casi vulnerable—. Esto no es un favor gratis, Mila. No le voy a cobrar con plata. Pero le voy a pedir algo, más adelante, cuando llegue el momento. Y usted va a tener que cumplirlo, sea lo que sea.

Mila dudó apenas un segundo antes de contestar, sabiendo que estaba aceptando algo que no podía medir del todo, un compromiso abierto con un hombre que apenas conocía, perteneciente a un mundo que le había arrebatado lo único que de verdad le importaba.

—De acuerdo —repitió, esta vez con más firmeza.

Nail le dio la hora y el lugar del primer encuentro —un terreno baldío en las afueras de la loma, lejos de ojos curiosos, al amanecer del día siguiente— y se fue sin despedirse, dejando a Mila parada en esa esquina que ya nunca volvería a mirar con la misma indiferencia de antes.

Caminando de regreso a casa, con el corazón latiéndole fuerte, Mila sintió que acababa de firmar un pacto cuyo precio real todavía no conocía. Pero por primera vez en semanas, sintió también algo que se parecía, aunque fuera remotamente, al control sobre su propio destino.

No sabía todavía cuánto de sí misma iba a tener que entregar a cambio.

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