Una CEO implacable, fría y adicta al control que vive bajo la sombra de una traición pasada. Un técnico de mantenimiento alegre, gigante y de espíritu libre que contagia ritmo de salsa y sonrisas a cada paso. Cuando los mundos opue stos de Ariadna Riquelme y Jonathan Guedez chocan en los pasillos de un corporativo de lujo, el caos está garantizado. Entre hojas de cálculo imposibles, miradas que queman y un choque cultural inminente, Jonh pondrá de cabeza la perfecta y fría rutina de la jefa... demostrando que la armadura más dura a veces solo necesita un buen golpe de sabor y un corazón dispuesto a latir sin permiso.
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EL GLACIAR SE DERRITE POR COMPLETO
La semana había transcurrido en un torbellino de emociones. Ariadna, la CEO de acero, se había convertido en una mujer enamorada, radiante y feliz. El Corporativo Riquelme, contagiado por la alegría de su jefa, vivía una época dorada, con el "Viernes de Salsa" convertido en una institución y el buen humor como norma.
Llegó el viernes, y la pareja tenía su primera cita oficial como novios. El destino: el modesto local en La Candelaria donde todo había comenzado. La Fania All-Stars sonaba a todo volumen, y la pista de baile estaba abarrotada de parejas que se movían al ritmo de la salsa. Pero para esta noche, Jonh tenía un plan especial.
—Esta noche, Jefa —dijo Jonh, con una sonrisa pícara—. Vamos a cambiar de ritmo. Le voy a enseñar a bailar merengue. ¡Eso sí que es bailar con el alma!
La velada fue una mezcla de risas, música y baile. Jonh, con su paciencia infinita y su carisma arrollador, guió a Ariadna en los pasos básicos del merengue. Al principio, ella se sentía torpe, pero poco a poco, el ritmo contagioso del acordeón y la güira se apoderó de su cuerpo. Sus caderas, que habían dominado la salsa, ahora se movían con una gracia nueva y coqueta al ritmo del merengue.
Entre copa y copa de ron, y risas compartidas, la medianoche llegó sin que se dieran cuenta. El local empezó a vaciarse, y la música bajó de volumen.
—Ya es tarde, mi amor —dijo Jonh, con voz suave y tierna—. Vamos, te llevo a tu apartamento.
En el taxi, el silencio estaba cargado de una electricidad palpable. Al llegar al apartamento de Ariadna, en el piso 50, con una vista impresionante de la ciudad, ella le tomó la mano.
—No te vayas, Jonh —susurró Ariadna, con voz temblorosa—. Acompáñame.
Jonh, con un brillo de deseo en sus ojos, aceptó la invitación. Al cerrar la puerta, la tomó por la cintura y la besó con una intensidad que le cortó la respiración. Un beso salvaje, desesperado, hambriento, que quemó los diez años de frialdad y protocolo que habían separado sus mundos.
Jonh fue quitándole el vestido de seda rojo pasión, centímetro a centímetro, sin romper el beso. Sus ojos claros devoraban la belleza de Ariadna, que se entregaba a él con una pasión que desconocía.
—Eres solo mía, mi Glaciar —susurró Jonh contra sus labios, con una voz ronca y cargada de deseo.
Después de besar su clavícula y sus senos, con mordiscos suaves y tiernos, fue bajando lentamente. Sus manos exploraban cada centímetro de su cuerpo, y Ariadna respondía con un ardor que desconocía.
Al llegar a su vagina, la chupó con hambre, lamiéndola y mordisqueándola con pasión. Ariadna arqueaba la espalda, gimiendo de placer, y agarraba a Jonh por los cabellos, hundiendo su rostro más y más en su intimidad.
Cuando Jonh se quitó la ropa, Ariadna quedó sorprendida. Un "wuaooo" escapó de sus labios. La erección de Jonh era imponente, un monumento al deseo y la pasión.
—Me vas a matar —susurró Ariadna, con una mezcla de miedo y excitación.
Jonh, con una sonrisa pícara, la penetró fuerte y profundo. Un grito de dolor y deseo escapó de los labios de Ariadna, un grito que se perdió en el ritmo de la pasión.
Lo hicieron por todo el apartamento, en el sofá, en la alfombra, en la ducha, en la cama. Una noche de pasión desenfrenada, de cuerpos que se fundían en un solo ritmo, en un solo latido. El Glaciar había entrado en erupción, y la lava ardía con una intensidad abrasadora.
Cuando la luz de la mañana se filtró por la ventana, Ariadna, exhausta pero feliz, se acurrucó en los brazos de Jonh.
—Me pasó un camión de piedra por encima, Dios mío —dijo Ariadna, con una risa cansada—. No puedo levantar mis piernas. Eres un gorila, mi amor.
Jonh soltó una carcajada grave y contagiosa. La cargó y la llevó al baño, donde la bañó con ternura, lavando el sudor y el cansancio de la noche anterior. Después, la acostó en la cama y la arropó, y ambos cayeron en un sueño profundo hasta las tres de la tarde.
Jonh se levantó primero. Con el mismo amor y la misma dedicación con la que arreglaba los aires acondicionados, le preparó un almuerzo delicioso: arepas con perico, plátano frito y un café caliente. Se lo llevó a la cama, donde Ariadna, aún adormilada pero feliz, lo recibió con una sonrisa radiante.
Allí estuvieron haciendo el amor, una y otra vez, hasta que el domingo en la tarde el sol empezó a esconderse. Jonh se vistió, se despidió de Ariadna con un beso tierno y apasionado, y se fue a su casa, feliz y enamorado. Había sido un fin de semana inolvidable, un fin de semana que había sellado el destino del Glaciar y la Salsa.