Isabella fue despiadada con sus cuatro esposos: los humillaba, los despreciaba y hería su orgullo una y otra vez, tratándolos como si no valieran nada. Ella misma rompió cada vínculo que los unía a ella… hasta que ellos, convertidos en villanos aún más crueles que ella, se aliaron para vengarse. La sometieron a torturas que su cuerpo y su alma no pudieron soportar.
Solo en su último suspiro, Isabella sintió un arrepentimiento profundo y sincero. Y al abrir los ojos, volvió a un año atrás: justo antes de que rompiera sus lazos, cuando aún todo podía cambiar. Ahora tiene una sola meta: recuperar el amor de los hombres que ella misma destruyó.
¿Podrá Isabella reparar tanto daño y volver a ganarse el corazón de los cuatro?
¿Serán capaces ellos de perdonar lo que ella les hizo sufrir?
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Capítulo 10. Tercer cambio parte 1.
Unos minutos antes, en el balcón.
Kael miró a la chica del clan conejo con desconfianza, pero no pudo ser indiferente ante su llanto.
—Soy yo —respondió con voz seca—. ¿Qué quieres?
—Es mi hermano —dijo ella con dificultad—. Lo tienen en una habitación trasera… Roderick y sus amigos lo llevan allí. Dicen que… dicen que le enseñarán una lección por haberme defendido. Sé que eres fuerte… por favor, ayúdanos.
Kael apretó los dientes. El nombre de Roderick volvió a encender su ira, pero al ver la desesperación de la chica, pensó en Isabella: "Si ella quiere que sea mejor… si quiere que deje de ser el mismo…"
—Muéstrame —dijo al fin, y la siguió por pasillos poco iluminados, sin saber lo que le esperaba.
En ese momento, Luca apretó los dedos alrededor del tallo de la copa. Trató de mantener la compostura, de seguir hablando como si nada ocurriera, pero el zumbido en sus oídos iba en aumento y sus piernas empezaron a sentirse pesadas. Disculpándose con brevedad con su socio, se alejó despacio hacia un lugar más alejado, en una pared cercana, apoyándose contra ella para no caer. Su mente, siempre tan lúcida y alerta, empezaba a nublarse.
Su cuerpo ya no le respondía, y con cada respiración, sus instintos más salvajes empezaban a desbordarse. Mateo corrió hacia él al verlo desvanecerse.
—¿Luca? ¿Estás bien? —preguntó con voz temblorosa y urgente—. ¿Que bebiste?
—¡NO ME TOQUES! —bramó Luca con fuerza, llamando la atención de todo el salón—. ¡Aléjate de mí!
Mateo retrocedió de golpe: sabía que Luca solo reaccionaba así cuando estaba a punto de perder el dominio sobre sí mismo.
—Solo quiero ayudarte —insistió con voz suave pero desesperado—. Intenta calmarte, no puedes dejarte llevar aquí, rodeado de tanta gente.
—¿Crees que no lo sé? —respondió él apretando los dientes con tal fuerza que crujían. Su cuerpo empezó a deformarse, los rasgos humanos desaparecían para dar paso a su verdadera forma.
—¡Está perdiendo el control! —gritaron aterrorizados algunos invitados.
Damián escuchó el alboroto y en un instante se puso en guardia.
—¡Protejan a todos! —ordenó con voz de mando, pero al reconocer a Luca, su sangre se heló: sabía que esto no era normal.
Luca ya no pudo contenerlo más: la razón se apagó por completo y se transformó en una inmensa Cobra Blanca. Comenzó a atacar a todo lo que tenía cerca, ciego ante cualquiera no distinguía entre los presentes. Mateo no lo dudó y adoptó su forma de zorro para intentar detenerlo, pero la fuerza de Luca era arrolladora. En el primer movimiento, lo golpeó con brutalidad, hiriéndolo de gravedad.
Mateo cayó al suelo sin fuerzas. La enorme serpiente se preparó para asestar el segundo golpe definitivo, pero Damián se interpuso justo a tiempo, deteniendo el ataque con su propio cuerpo y salvando a Mateo en el último segundo.
El impacto sacudió a Damián hasta los huesos, pero no retrocedió. Se transformó al instante en su forma bestial un henorme lobo negro, resistiendo el ataque de la serpiente mientras rugía con fuerza.
—¡Luca, soy yo! —gritó con fuerza —. ¡Mira a tu alrededor! ¡Somos nosotros!
Pero Luca no veía nada: la sustancia en su sangre nublaba cada recuerdo, cada vínculo, dejando solo el instinto de destruir. Sus colosales fauces se abrieron de nuevo, y el sonido de sus escamas rozando el suelo heló la sangre de todos los presentes.
Isabella, que había quedado paralizada un segundo, reaccionó de golpe. Abriéndose paso entre la multitud que huía aterrorizada, corrió hacia ellos sin importarle el peligro.
—¡No le hagan daño! —gritó al ver que algunos guardias se preparaban para atacar a la serpiente—. ¡Es mi esposo! ¡No le hagan daño!
Damián la vio acercarse y sintió que el corazón se le detenía.
—¡Aléjate, Isabella! ¡Es peligroso!
—¡No! —respondió ella con firmeza, deteniéndose justo frente a la bestia que tantas veces ella misma había despreciado—. ¡Luca! ¡Soy yo! ¡Isabella!
La enorme serpiente se detuvo un instante. Su cabeza inmensa se acercó lentamente hacia ella, como si una parte muy profunda de su ser reconociera esa voz, ese aroma que le era tan propio… y tan querido. Pero la confusión volvió a apoderarse de él, y soltó un siseo ensordecedor, agitando el cuerpo con violencia.
Isabella no se movió. La cola de Luca se abalanzó sobre ella con fuerza bruta, pero Damián se lanzó de golpe y la apartó, recibiendo el golpe en su lugar.
—¡Isabella, aléjate! —rugió Damián, y sin dudarlo un segundo se abalanzó contra Luca, dispuesto a detenerlo aunque tuviera que lastimarlo.
Mateo, herido y con dificultad, se puso de pie y saltó por encima de ella para atacar a Luca. Entre los dos, lograron hacerle heridas profundas, pero la furia ciega de la serpiente no cesaba. Los tres estaban gravemente malheridos, sangrando y luchando entre sí, sin que ninguno pudiera ganar.
Isabella sintió que el corazón se le partía en pedazos. No sabía qué hacer para detener la masacre, una punzada que creía olvidada la atravesó y el miedo de perderlos la invadió por completo. Sin más opciones, decidió arriesgarlo todo una vez más, recurriendo al vínculo que los unía.
—¡¡DETÉNGANSE TODOS!! —ordenó con voz potente y tajante—. ¡¡AL SUELO, AHORA MISMO!!
Una fuerza invisible y aplastante los golpeó al instante: los tres cayeron al suelo y quedaron inmóviles, sometidos por la autoridad del pacto. Sabía que usar así su dominio ante tanta gente era la humillación más grande que podían recibir, la misma que ella les había impuesto tantas veces… pero no tenía otra forma de salvarles la vida. Creía que era lo correcto.
Mientras tanto, lejos del salón, cerca de un bosque, Kael seguía a la chica del clan conejo, hasta que de pronto se detuvo y la tomó del brazo con brusquedad.
—Espera —dijo con desconfianza—. Me dijiste que tu hermano estaba en una habitación trasera… ¿y esto te parece una habitación?
La chica dejó caer la máscara de inmediato y sonrió con malicia.
—Así es —dijo con frialdad—. Te mentí. Te traje aquí solo para darte la lección que te mereces: ofendiste a quien no debías.
En cuanto terminó de hablar, varias figuras de hombres bestia surgieron de entre los árboles rodeándolo por completo. Kael había caído en una trampa. Sin perder tiempo, lo atacaron al unísono, pero él era superior: con unos pocos movimientos rápidos y precisos los derribó a todos sin esfuerzo. Se acercó a la chica y la tomó del cuello con dureza.
—¿Quién te envió? —preguntó con voz helada—. ¡Habla! ¿Quién fue?
—S…Suéltame… —tartamudeó ella.
Pero en ese mismo instante, una presión inmensa y opresiva lo golpeó de lleno, derribándolo al suelo y dejándolo inmóvil. Había sentido la orden de Isabella. Kael apretó los dientes con toda su fuerza, resistiéndose con todo su ser, pero el vínculo era más fuerte que su voluntad: no podía moverse ni un centímetro.
Los hombres que él había derribado se levantaron y cayeron sobre él golpeándolo sin piedad. Kael no podía defenderse, no podía contraatacar, solo recibir cada golpe mientras una rabia inmensa y una desolación profunda crecían en su pecho. "Isabella… ella planeó todo desde el principio," pensó con el alma destrozada. "¿Cómo pude ser tan tonto? Era imposible que alguien como ella cambiara…"