Dicen que el Rey de Varken nunca ha tenido que repetir una orden dos veces.
Dicen que con una sola mirada puede hacer temblar a generales experimentados, que ministros con décadas de servicio pierden la voz en su presencia, que incluso los nobles más altivos agachan la cabeza cuando él entra a una habitación. Dicen que es frío como el mármol de su trono, calculador como un ajedrecista que ya vio el final del juego antes de que el rival mueva su primera pieza.
Lo dicen con miedo. Lo dicen en susurros.
Y tienen razón.
Todo el mundo le teme.
Todo el mundo, excepto ella.
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capitulo 19
El golpe en la puerta llegó sin previo aviso, rompiendo de inmediato el momento suspendido en el que ambos seguíamos atrapados.
—¿Mi lady? —La voz de Marta sonó del otro lado, seguida de otro golpe suave—. Vi luz todavía encendida. ¿Está todo bien?
Sentí que el corazón me daba un vuelco de pánico absoluto. Miré a Kael, que ya se había separado de mí con una rapidez sorprendente, sus ojos recorriendo la habitación en busca de una salida con la misma eficiencia calculada que probablemente usaba para planear estrategias militares.
—Un momento, Marta —respondí, intentando que mi voz sonara lo más normal posible, aunque por dentro sentía que el corazón todavía me latía con la fuerza de una batalla recién terminada.
Kael ya se movía hacia el balcón sin necesidad de que yo dijera una sola palabra más, con esa agilidad silenciosa que sugería que esta no era, ni de lejos, la primera vez que tenía que escapar de una habitación de esta manera.
—Mañana —susurró, deteniéndose un instante antes de cruzar las puertas del balcón, con esa sonrisa torcida todavía instalada en su rostro—. Hablaremos mañana.
—Vete —susurré de vuelta, empujándolo suavemente hacia la salida, aunque la sonrisa que se me escapó claramente contradecía la urgencia de mis palabras.
Él desapareció entre las sombras del balcón con una rapidez asombrosa, justo cuando escuché el segundo golpe, esta vez más insistente, en la puerta de mi habitación.
—¿Mi lady? —repitió Marta, con un tono que ahora sonaba genuinamente preocupado—. Voy a entrar.
Respiré profundo, alisé rápidamente mi vestido, intenté borrar cualquier evidencia de pánico de mi expresión, y caminé hacia la puerta justo cuando Marta ya empezaba a abrirla por su cuenta.
—Estoy bien, Marta —dije, quizás demasiado rápido, abriendo la puerta del todo para que ella pudiera verme—. Solo... no podía dormir.
Marta me observó con esa mirada perceptiva que llevaba semanas demostrando ser mucho más aguda de lo que yo hubiera preferido, recorriendo la habitación con los ojos antes de volver a posarlos en mí.
—¿Está segura, mi lady? —preguntó, con una expresión que claramente sugería que algo no terminaba de cuadrarle del todo—. Parece... agitada.
—Solo cansada —mentí, intentando sonar lo más natural posible, aunque podía sentir mis propias mejillas todavía coloradas por lo que acababa de suceder—. Fue un día largo. La modista, la repostería, la cena con mis padres...
—Por supuesto —dijo Marta, aunque su tono no sonaba del todo convencido.
Sus ojos se desviaron brevemente hacia el balcón, donde las puertas, que yo misma había cerrado y asegurado horas antes, ahora estaban ligeramente entreabiertas, dejando entrar una brisa nocturna que de inmediato me hizo sentir un escalofrío de pánico renovado.
—¿Dejó las puertas abiertas, mi lady? —preguntó Marta, caminando hacia el balcón con esa eficiencia práctica tan característica de ella—. Pensé que las había cerrado antes de bajar a cenar.
—Debí haberlas abierto de nuevo sin darme cuenta —respondí rápidamente, siguiendo sus pasos—. El calor, ya sabes. A veces necesito el aire.
Marta cerró las puertas nuevamente, asegurando el pestillo con un movimiento práctico, aunque por un instante, juraría que sus ojos se entrecerraron ligeramente mientras observaba el balcón vacío, como si estuviera intentando recordar algo, o tal vez sumando pequeños detalles que, juntos, empezaban a formar una imagen que ella todavía no se atrevía a nombrar en voz alta.
—Bien, mi lady —dijo finalmente, girándose hacia mí—. Si necesita cualquier cosa, no dude en llamarme. Estoy en la habitación contigua.
—Gracias, Marta. Buenas noches.
—Buenas noches, mi lady.
Ella se dirigió hacia la puerta, pero justo antes de salir, se detuvo un momento, mirándome con una expresión que mezclaba curiosidad genuina con algo más cercano a la diversión disimulada.
—Por cierto, mi lady —añadió, con un tono casual que de inmediato me puso en alerta—, ¿no le pareció escuchar voces hace un momento? Antes de tocar la puerta, me pareció oír... conversación.
Sentí que el corazón se me detenía un segundo completo.
—Debió ser mi imaginación, Marta —respondí, con la mayor naturalidad que pude reunir—. Estaba sola, hablando conmigo misma quizás. A veces pienso en voz alta.
Marta me observó un momento más, con esa expresión que claramente no terminaba de creerse del todo mi explicación, pero finalmente asintió, con una pequeña sonrisa que no supe interpretar del todo.
—Por supuesto, mi lady —dijo—. Eso debió ser.
Y aunque sus palabras sonaban a aceptación, la forma en que cerró la puerta detrás de ella, con esa sonrisa todavía instalada en su rostro, me dejó con la incómoda sospecha de que Marta sabía considerablemente más de lo que estaba dispuesta a admitir abiertamente.
Me quedé sola en mi habitación, todavía con el corazón latiéndome con fuerza, repasando mentalmente cada segundo de lo que acababa de suceder. El beso. Las manos de Kael en mi cintura. La promesa susurrada de "mañana" justo antes de desaparecer entre las sombras del balcón como si llevara toda la vida practicando escapes nocturnos.
Me dejé caer sobre la cama, todavía vestida, mirando el techo con una sonrisa que no podía borrar de mi rostro por más que lo intentara.
*Bueno, Vivián,* pensé, sintiendo que la risa se me escapaba sin poder evitarlo, *definitivamente esto no estaba en el plan original de "no me arrodillaré ante ningún rey".*
Aunque, para ser completamente honesta conmigo misma, en ese momento, arrodillarme no era exactamente lo que tenía en mente.
A la mañana siguiente, una invitación llegó junto con el desayuno: un sobre elegante, sellado con cera, dirigido a mí con una caligrafía cuidadosamente perfeccionada.
*Lady Cassandra la invita cordialmente a tomar el té en su residencia esta tarde.*
Levanté una ceja, releyendo la invitación una segunda vez, sospechando de inmediato que detrás de esa cordialidad aparente se escondía algo considerablemente menos amistoso.
—¿Va a ir, mi lady? —preguntó Marta, observándome mientras terminaba de leer.
—Por supuesto que voy a ir —respondí, con una sonrisa que ya anticipaba el tipo de tarde que me esperaba—. No voy a darle a Lady Cassandra la satisfacción de pensar que le tengo miedo a un té.
Decidí, con bastante claridad, exactamente qué ponerme. Elegí el vestido azul oscuro con detalles dorados, ajustado al cuerpo de una manera que la modista había aceptado hacer con cierta reticencia inicial, sabiendo perfectamente que causaría exactamente el tipo de impresión que necesitaba.
Marta me ayudó a arreglar mi cabello en ondas sueltas, y cuando finalmente me miré al espejo antes de salir, supe sin ninguna duda que estaba lista para lo que fuera que Lady Cassandra tuviera planeado.
La residencia de Cassandra resultó ser tan ostentosa como había imaginado, con jardines perfectamente cuidados y una decoración que claramente buscaba impresionar más que reflejar buen gusto genuino.
En cuanto entré al salón donde ya esperaba un pequeño grupo de damas, sentí cómo todas las miradas se dirigían hacia mí casi de inmediato, recorriendo el vestido que llevaba puesto con una mezcla de sorpresa y, en algunos casos, evidente envidia.
—Lady Evelyn —dijo Cassandra, levantándose para recibirme con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos—. Qué... atuendo tan particular y atrevido.
—Tiene que serlo —respondí, sentándome en el lugar que me indicaron con total naturalidad—. Seré reina pronto, y una reina debe marcar tendencia, no seguir arrastrando estilos que llevan generaciones sin cambiar. Alguien tiene que traer nuevas modas a esta corte.
—Es ciertamente diferente —agregó Diana, sentada a un lado, observando el vestido con esa expresión calculadora que ya empezaba a resultarme familiar—. Algo... atrevido para alguien en su posición, ¿no cree?
—Justamente por mi posición es que puedo permitírmelo —respondí, sirviéndome una taza de té con calma—. ¿Quién mejor para establecer nuevos estilos que la futura reina de Varken? Imagino que pronto todas ustedes estarán pidiendo cortes similares a sus propias modistas.
Cassandra entrecerró los ojos apenas.
—Debe ser difícil, Lady Evelyn, adaptarse a tantas... costumbres nuevas en tan poco tiempo —comentó, con un tono que pretendía sonar comprensivo pero que claramente no lo era—. Apenas lleva un mes despierta de su enfermedad y ya está cambiando tradiciones que llevan generaciones establecidas.
—No tan difícil como uno pensaría —respondí, sin perder la sonrisa, notando con cierta diversión interna cómo Cassandra había elegido cuidadosamente sus palabras, refiriéndose a mi mes "despierta" en lugar de cuestionar directamente cuánto tiempo llevaba viviendo en Varken—. Resulta que cuando algo no tiene sentido, cambiarlo es considerablemente más sencillo que aferrarse a él solo por costumbre.
—Qué filosofía tan... práctica —dijo Diana, con una risa ligera que claramente buscaba sonar condescendiente.
—Prefiero llamarla sentido común —respondí—. Aunque entiendo que pueda resultar poco familiar para quienes prefieren las tradiciones aunque les hagan perder la respiración literalmente.
Varias de las damas presentes ahogaron una risa disimulada, lo cual claramente no agradó ni a Cassandra ni a Diana.
—Escuchamos que estuvo en la repostería nueva ayer —continuó Cassandra, cambiando de táctica con una sonrisa que se volvía cada vez más forzada—. Acompañada de Su Majestad, según entendimos. Qué casualidad tan conveniente, considerando lo poco tiempo que llevan comprometidos.
—Fue exactamente eso, una casualidad —respondí, sin alterar el tono—. Aunque agradezco su interés en mi agenda diaria. Es casi como tener una segunda Marta siguiéndome los pasos.
La sonrisa de Cassandra se tensó visiblemente.
—Solo nos preocupamos por usted, Lady Evelyn —agregó Diana, con un tono que claramente intentaba sonar dulce—. La corte puede ser un lugar complicado para quien no está... familiarizada con sus reglas no escritas.
—Aprecio la preocupación —respondí, tomando un sorbo de mi té con toda la calma del mundo—. Aunque, hasta ahora, no he tenido ningún problema entendiendo exactamente qué tipo de reglas no escritas existen en esta corte. Algunas son simplemente más obvias que otras.
El comentario aterrizó exactamente donde quería, y por la expresión que cruzó el rostro de Cassandra, supo perfectamente a qué me refería.
—Bueno —dijo finalmente, recuperando la compostura con un esfuerzo visible—, esperamos que disfrute el té, Lady Evelyn.
—Estoy segura de que lo haré —respondí, con una sonrisa que dejaba claro que ninguna de sus indirectas había logrado el efecto que buscaban—. Las tardes con buena compañía siempre son agradables, sin importar cuán... interesante resulte la conversación.
Y mientras la tarde continuaba, con Cassandra y Diana lanzando indirectas cada vez más sutiles que yo devolvía con la misma precisión calculada, no pude evitar pensar que, después de todo lo que había aprendido en este mundo —desde magia de hielo hasta protocolo real— quizás lo que mejor había perfeccionado era exactamente esto: la habilidad de sostenerme firme, sin doblegarme, frente a cualquiera que intentara hacerme sentir menos de lo que era