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Murió mil veces y volvió a nacer otras mil, siempre sacrificándose por los demás y perdiendo todo lo que amaba. Esta vez, Elif renació con dieciséis años, cabello blanco con puntas doradas y ojos morados profundos, viviendo tranquila en un pueblo humilde, con el único deseo de ser feliz al fin. Pero la desgracia la arrastra hasta el Gran Palacio, donde gobierna el joven y ardiente Sultán Murad de diecisiete años. Allí, deberá sobrevivir a intrigas, envidias y reglas crueles usando todo lo que aprendió como doctora, espadachín, ingeniera, botánica y mucho más, demostrando que quien lleva siglos viviendo, nadie podrá vencerlo jamás.
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Capítulo 24 — La fiesta de las dos velas y el secreto que guarda el corazón
El día amaneció tan claro y hermoso que parecía que el mismo cielo quería celebrarlo. Era el día más esperado de todo el año: **el primer cumpleaños de Azat y Hürrem**. En todo el palacio no quedaba ni un rincón sin adornar: guirnaldas de rosas blancas y jazmines colgaban de cada pasillo, las fuentes echaban agua con pétalos de flores que flotaban suavemente, los músicos afinaban sus instrumentos desde antes de que saliera el sol, y en las cocinas se cocinaban dulces de miel, frutas confitadas y panes de leche en cantidades suficientes para alimentar a todo el pueblo que vendría a felicitar a los pequeños herederos.
Zeynep se despertó antes que nadie. Se sentó en el borde de la cama, mirando a Selim dormir a su lado con el rostro relajado, y luego dirigió la mirada hacia la cuna grande donde los gemelos dormían abrazados el uno al otro: **Azat con su cabello negro oscuro y brillante igual al de su padre**, **Hürrem con su pelo blanco y sus mechones dorados idénticos a los de ella**, respiraban al mismo ritmo, tranquilos, ajenos a toda la emoción que se respiraba fuera. Pasó una mano suavemente sobre su propio vientre, todavía plano, sin ninguna señal visible: llevaba ya **dos meses y medio esperando a Kaan**, y aunque nadie más lo sabía excepto Gül, cada latido suyo le recordaba que muy pronto serían seis en la familia.
—Hoy será un día perfecto —susurró bajito para que nadie la oyera—. Y mañana, cuando todo pase, se lo diré a tu padre. Te prometo que no será un secreto por mucho tiempo más.
Se levantó con cuidado para no despertar a nadie, y cuando salió al pasillo encontró a Gül esperándola ya con una taza de infusión caliente en las manos, preparada exactamente como le gustaba, para calmar las náuseas que siempre le daban al levantarse desde que estaba embarazada.
—Todo está listo, Sultana —le dijo en voz muy baja para que nadie más las oyera—. He ordenado que tu vestido tenga la cintura un poco más ancha de lo normal, así nadie notará nada. Si te mareas otra vez, me acerco y te digo que te he traído algo que mirar, y nos retiramos un momento sin que nadie sospeche. Hoy nada ni nadie arruinará el día de los príncipes.
Zeynep le apretó la mano con gratitud:
—No sé qué haría sin ti, Gül. Eres el ángel que cuida de todos nosotros.
Mientras tanto, en la habitación de al lado, Ayşe ya estaba despierta desde hacía rato. Con sus **siete años y medio** de responsabilidad de hermana mayor, se había puesto su vestido más bonito de color azul claro, se había peinado sola con dos trenzas y revisaba por tercera vez los dos regalos que había hecho con sus propias manos: un caballito de madera tallada para Azat, y una muñeca pequeña con el pelo blanco y dorado pintado con mucho cuidado para Hürrem.
—Hoy son los reyes —le dijo a su gatito de peluche que la miraba desde la cama—. Y yo soy su guardia principal. Nadie se atreverá a hacerles daño, ni a ponerles triste en ningún momento.
Cuando bajaron al gran salón de fiestas, ya estaban llegando los primeros invitados: gobernadores de todas las provincias que habían viajado días para estar ahí, los embajadores de los reinos amigos, y también cientos de familias del pueblo que habían sido invitadas especialmente para compartir la alegría. Los niños corrían por los jardines riendo, los músicos empezaban a tocar melodías alegres, y el olor a comida deliciosa llenaba todo el aire.
Selim ya estaba allí, recibiendo a cada invitado con su dignidad habitual, pero en cuanto vio aparecer a Zeynep en lo alto de la escalera, toda su expresión se suavizó al instante. Para él, ella seguía siendo la mujer más hermosa que hubiera existido jamás: su pelo blanco con los mechones dorados brillaba como si tuviera luz propia, su vestido de seda azul y plata le sentaba perfecto, y sus ojos claros irradiaban una calma y una bondad que hacían que todo el mundo se sintiera en paz al mirarla. Bajó corriendo los escalones para tenderle la mano y ayudarla a bajar el último tramo:
—Te ves tan radiante que hasta el sol parece tener envidia —le susurró al oído, dándole un beso breve y respetuoso en la frente, como siempre hacían en público.
—Es por ellos —respondió ella sonriendo, señalando hacia donde Ayşe acababa de sacar a los gemelos de la mano de las nodrizas, caminando con ellos muy despacio para que no cayeran—. Hoy todo es por ellos.
Azat, en cuanto vio a sus padres, soltó la mano de Ayşe y corrió tambaleándose pero con toda su determinación hasta llegar a ellos, gritando a todo pulmón:
—¡Papá! ¡Mamá! ¡Fiesta!
Todos los presentes rieron de alegría al verlo. Selim lo levantó en brazos y el pequeño le agarró del cuello, riendo a carcajadas mientras su padre lo hacía girar suavemente por el aire. Poco después llegaba Hürrem, caminando más despacio, más observadora, con su manita pequeña agarrada fuerte del dedo de Ayşe. Cuando estuvo frente a Zeynep, levantó los brazos para que la cargara, y en cuanto estuvo en su pecho, apoyó la cabecita en su hombro y dijo bajito solo para ella:
—Feliz… a nosotros.
Llegó el momento más solemne de la celebración: la antigua ceremonia del **primer corte de cabello y la ofrenda de gratitud**. Según la tradición, se cortaba un pequeño mechón a cada niño en su primer año, se ofrecía a los dioses en señal de agradecimiento por haberlos traído sanos al mundo, y se pedía por una vida larga, justa y feliz. Selim tomó las tijeras de oro que solo se usaban para los herederos, y con una delicadeza que nadie creía posible en el gran guerrero que era, cortó un pequeño trozo del pelo negro de Azat. Luego se lo entregó a Zeynep, que hizo lo mismo con el mechón blanco y dorado de Hürrem, depositando ambos en un cofre de marfil tallado que guardarían para siempre.
—Os doy las gracias —dijo Selim con voz clara para que todos lo oyeran, mientras sostenía una mano sobre la cabeza de cada niño—. Por habernos enseñado que el verdadero poder no está en las espadas ni en los ejércitos, sino en el amor que une a una familia. Prometo delante de todos que este imperio será siempre un lugar donde podáis crecer seguros, libres y felices. Y prometo que cuidaremos a cada niño de esta tierra como si fuera nuestro propio hijo.
Zeynep añadió después, con su voz suave pero firme que llegaba hasta el último rincón:
—Que nunca conozcáis la guerra. Que nunca sintáis el hambre. Que nunca tengáis que esconderos por miedo. Que aprendáis a gobernar con el corazón antes que con la mano. Que seáis siempre mejores que nosotros, y que hagáis de este mundo un lugar más bonito de lo que lo encontramos.
Los invitados aplaudieron con tanto entusiasmo que las paredes parecieron temblar. Incluso los enviados de Karahisar, que habían venido con regalos de sus reyes, se inclinaron con respeto, reconociendo que esa familia tenía algo que ningún otro gobernante tenía: el amor sincero de su pueblo.
En medio de tanta alegría, de repente, Zeynep sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Una mareada mucho más fuerte que las anteriores la golpeó sin aviso, la visión se le nubló un instante y tuvo que apretar con fuerza los brazos alrededor de Hürrem para no dejarla caer. Notó que sus piernas flaqueaban, y justo cuando pensó que tendría que sentarse de golpe en el suelo, Gül apareció a su lado como si hubiera adivinado el peligro con varios segundos de antelación.
—¡Ay, Sultana! —exclamó en voz alta, lo suficiente para que los cercanos oyeran, pero sin alarma excesiva—. Había olvidado mostraros el bordado nuevo que han traído las mujeres de la montaña para los príncipes, es tan delicado que tenéis que verlo de cerca. Venid conmigo un momento, por favor.
Sin darle tiempo a reaccionar, le pasó el brazo por la cintura con mucha naturalidad y la ayudó a salir del salón caminando con paso lento, disimulando totalmente que la estaba sosteniendo para que no cayera. Selim miró un instante con curiosidad, pero como vio que ambas sonreían, volvió a su conversación con los gobernadores sin preocuparse. Ayşe se quedó cuidando a sus hermanos menores, sin enterarse de nada.
Cuando estuvieron solas en una habitación pequeña y tranquila del ala lateral, Zeynep se dejó caer suavemente en un sillón, respirando hondo para recuperar el color en las mejillas.
—Ha sido más fuerte esta vez —dijo con un hilo de voz, pasándose una mano por la frente—. Temo que si sigo así, antes de que termine el día todo el palacio se dará cuenta.
—Es normal —le respondió Gül dándole agua fría para beber y mojándole las sienes con un paño—. Llevas todo el día de pie, has comido muy poco por las náuseas, y llevas una vida dentro que te pide descanso. Pero no te preocupes: hemos llegado hasta aquí sin que nadie sospeche nada. Solo falta la cena y los fuegos artificiales. Aguanta un poco más, mañana mismo llamamos al médico más sabio del reino, lo confirmamos todo, y entonces se lo decís a Selim y a Ayşe. Será la noticia más bonita que reciban en toda su vida.
Zeynep asintió, recuperándose poco a poco. Después de unos minutos de descanso, ya estaba lo bastante bien como para volver. Cuando regresó al salón, nadie había notado su ausencia prolongada: todos estaban demasiado ocupados admirando cómo Azat intentaba comerse solo un dulce de miel y se manchaba toda la cara, y cómo Hürrem reía a carcajadas cada vez que su hermano hacía una tontería. Ayşe los limpiaba con un pañuelo, riendo también, y Selim los miraba con una expresión de felicidad absoluta que Zeynep nunca se cansaba de ver.
Pasó la cena, pasaron los bailes, y cuando la noche cayó por completo, todo el pueblo se reunió en la gran explanada frente al palacio para ver los fuegos artificiales que iluminaron el cielo entero de colores rojos, azules, dorados y blancos. Los gemelos, dormidos ya en brazos de sus padres, no los vieron, pero Ayşe aplaudía y gritaba de emoción cada vez que una nueva luz estallaba sobre sus cabezas.
—¡Es el día más bonito de toda mi vida! —les dijo a sus padres, agarrada de las manos de ambos.
Cuando por fin todo terminó y los invitados se fueron retirando felices, la familia se quedó sola un momento en el balcón, mirando las últimas luces que aún brillaban en el cielo. Selim rodeó a Zeynep por la cintura con un brazo, pegándola suavemente a su lado:
—Ha sido perfecto. Nada ha salido mal. Todo ha sido tal como lo soñamos.
—Sí —respondió ella, apoyando la cabeza en su hombro, con el corazón latiéndole fuerte por la emoción y por el secreto que guardaba—. Ha sido perfecto.
Estuvo a punto de decirle todo en ese instante, de abrirle el corazón y contarle que dentro de su vientre crecía ya un nuevo hijo, que pronto serían seis, que Kaan venía en camino. Pero se detuvo a tiempo. Quería que se lo dijera en el momento justo, con calma, sin cansancio, con el médico que lo confirmara primero, para que no hubiera ninguna duda, ningún miedo. Se dijo a sí misma: *mañana. Mañana por la mañana, en cuanto salga el sol, se lo diré. Será el segundo regalo más bonito de este cumpleaños*.
Sin saberlo, Selim le dio un beso en la coronilla, justo donde su cabello blanco se mezclaba con los mechones dorados, y susurró:
—No podría ser más feliz de lo que estoy ahora. Contigo, con ellos… tengo todo lo que siempre quise.
Zeynep cerró los ojos, sonriendo entre lágrimas de felicidad contenida, y acarició suavemente su propio vientre donde nadie podía ver:
—Todavía no sabes cuánta más felicidad nos espera, mi amor —pensó para sí misma—. Muy pronto lo sabrás. Muy pronto seremos seis.
Y mientras la luna iluminaba el palacio dormido, el tiempo seguía su curso: faltaban **seis meses y medio exactos** para el nacimiento de Kaan, seis meses y medio en los que la paz seguiría creciendo, los niños seguirían aprendiendo, y ese secreto dulce iría haciéndose cada vez más grande, hasta que fuera imposible ocultarlo y todo el imperio celebrara una vez más la llegada de un nuevo miembro de la familia que ya era amado incluso antes de nacer.
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**FIN DEL CAPÍTULO 24