Su padre debía millones.
Él necesitaba una esposa.
Ella fue la garantía.
Cuando Alessia Lombardi es obligada a casarse para pagar la deuda millonaria de su padre, descubre que su nuevo esposo no es solo un hombre frío y poderoso, sino el heredero de una de las organizaciones más peligrosas del país. El contrato es claro: un año de matrimonio, sin amor y sin sentimientos. Pero nadie les advirtió que el odio puede transformarse en algo mucho más intenso.
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Capítulo 13
...Punto vulnerable...
Thiago no repitió lo que había dicho.
Pero la frase quedó instalada en el aire como una sentencia:
El siguiente movimiento será personal.
No discutimos el tema.
No era miedo lo que sentía.
Era claridad.
Si querían desestabilizarlo, no atacarían su estructura.
Atacarían su equilibrio.
Y yo me había convertido en parte de ese equilibrio.
Esa noche la seguridad se duplicó.
Rotaciones nuevas.
Perímetros reforzados.
Cámaras revisadas en tiempo real.
Thiago no delegó.
Supervisó cada cambio como si estuviera reconfigurando un tablero antes de la jugada decisiva.
—Estás esperando algo específico —le dije mientras observaba cómo reorganizaba los turnos en la pantalla del despacho.
—Sí.
—¿Qué?
—Un error.
Giró apenas hacia mí.
—Quien mueve piezas bajo presión termina revelando patrón.
Eso significaba que no reaccionaría primero.
Esperaría.
Provocaría.
Yo crucé los brazos.
—Y mientras tanto, ¿qué hago yo?
—No te separas de la casa.
Negué con la cabeza.
—Eso sería exactamente lo que buscan.
Sus ojos se afilaron.
—No voy a exponerte como anzuelo.
—No soy anzuelo. Soy variable de control.
Silencio.
La discusión no era emocional.
Era estratégica.
—Si me encierras —continué— confirmas que soy tu punto débil. Si actúo normal, obligas al enemigo a tomar riesgo mayor.
Thiago me observó largo rato.
Evaluando si mi lógica compensaba el peligro.
—Normal no existe ahora —dijo finalmente.
—Entonces dame protocolo.
Esa frase cambió algo.
No pedí protección.
Pedí preparación.
Thiago caminó hacia la caja fuerte empotrada en la pared. La abrió.
Sacó un arma compacta. Negra. Ligera.
La colocó sobre el escritorio entre nosotros.
—Seguro lateral aquí.
Munición completa.
Disparas al centro. No a extremidades.
No dudé en tomarla.
El metal estaba frío.
—No voy a usarla a menos que sea necesario.
—Si la necesitas, no dudes.
No hubo dramatismo.
Solo transferencia de responsabilidad.
La mañana siguiente decidí salir.
No sola.
Pero sin escolta visible.
Thiago no estuvo de acuerdo.
Aun así, permitió una vigilancia discreta a distancia.
El objetivo era claro:
Observar quién reaccionaba.
Fui al café que frecuentaba antes del almacén.
Misma mesa.
Mismo pedido.
Nada debe parecer alterado cuando se quiere detectar alteraciones.
Los primeros quince minutos fueron normales.
Demasiado normales.
Luego lo vi.
Un hombre sentado cerca de la ventana.
No bebía su café.
No usaba el teléfono.
No leía.
Observaba.
No directamente.
En reflejos.
En superficies.
Entrenado.
Mi pulso no cambió.
Terminé mi bebida con calma calculada.
Cuando me levanté, él lo hizo también.
Confirmación.
Caminé hacia la salida sin apresurarme.
Afuera, la calle estaba activa. Tránsito moderado.
Perfecto para diluir movimiento.
Escuché pasos detrás de mí.
A distancia constante.
No aceleré.
Giré en la esquina hacia una calle menos concurrida.
Error deliberado.
Si solo observaba, no seguiría.
Si tenía instrucciones, sí.
Los pasos continuaron.
Saqué el teléfono.
No para llamar.
Para activar el protocolo silencioso que Thiago había configurado.
Tres toques específicos.
Ubicación enviada.
No miré atrás.
El hombre acortó distancia.
Ahora estaba a menos de cinco metros.
—Alessia —dijo.
Mi nombre.
Eso lo cambiaba todo.
No corrí.
Me giré lentamente.
No lo reconocí.
—No deberías estar aquí —continuó.
Su voz era neutra. Profesional.
No improvisado.
—¿Y dónde debería estar? —pregunté con serenidad medida.
Sus ojos evaluaron mi postura.
Mis manos visibles.
Mi expresión firme.
—Le estás dando ventaja a quien quiere verte caer —dijo.
Interesante elección de palabras.
No “a quien quiere matarte”.
Caer.
—¿Quién te envía? —pregunté.
Una leve sonrisa apareció.
—El que aún no sabes que es tu verdadero enemigo.
Demasiado teatral.
Demasiado calculado.
Sonido de frenos.
Un vehículo negro se detuvo al final de la calle.
El hombre lo vio antes que yo.
Su expresión cambió apenas.
No esperaba interrupción tan rápida.
Los hombres de Thiago descendieron.
Armas discretas pero visibles.
El sujeto dio un paso atrás.
No intentó correr.
Eso fue lo más alarmante.
—Dile a Thiago —dijo antes de que lo rodearan— que el juego ya empezó de verdad.
Viktor lo sujetó contra el vehículo.
Registro rápido.
Sin armas.
Sin identificación.
Profesional limpio.
Yo me mantuve quieta.
Respiración estable.
Cuando Thiago llegó minutos después, no preguntó si estaba bien.
Me miró.
Buscando algo más profundo que integridad física.
—Sabían que vendrías aquí —dije antes de que hablara.
Su mandíbula se tensó.
—No fue seguimiento improvisado.
—No.
Silencio.
Miró al hombre retenido.
Luego a mí.
Y entendió lo mismo que yo.
Esto ya no era solo infiltración.
Era un mensaje en fases.
Primero el almacén.
Luego la fractura interna.
Ahora exposición directa.
Escalada progresiva.
—No intentaron tocarte —dijo Thiago en voz baja.
—Todavía no.
Sus ojos se oscurecieron.
—Quieren que dude. Que reaccione antes de saber contra quién disparar.
Asentí.
—Y si reaccionas mal, legitimas su siguiente movimiento.
Thiago dio la orden de trasladar al hombre.
Interrogatorio formal.
Pero mientras lo subían al vehículo, una certeza incómoda se instaló en mi mente:
El desconocido no parecía asustado.
Parecía seguro de que no era la pieza principal.
Y eso significaba algo más grave.
El enemigo no solo estaba cerca.
Estaba coordinando.
Y ahora sabía exactamente cómo presionar.