La Cocina de César es una apasionante novela Omegaverse donde un arrogante chef alfa acostumbrado a controlar todo se enfrenta por primera vez a un talentoso omega que, marcado por un pasado de abusos y sacrificios, se niega a caer bajo su encanto mientras trabajan juntos frente a millones de espectadores. ¿Podrá alguien como César un alfa nacido en cuna de oro conquistar a alguien como Hamlet quien no piensa unir su vida a ningún alfa?
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Despertando a mi realidad
— Agh... Mi cabeza...
Abrí los ojos muy despacio.
Todo estaba borroso.
El techo blanco de mi habitación parecía desconocido, como si hubiera pasado meses lejos de casa en lugar de apenas unos días. Me tomó varios segundos recordar dónde estaba.
La cabeza me pesaba como un bloque de cemento.
El cuerpo también.
Respiré profundamente.
Ya no sentía aquel calor insoportable que había consumido cada rincón de mi piel. Solo quedaba un agotamiento profundo, como si hubiera corrido durante kilómetros sin detenerme.
Moví apenas la mano derecha.
El tirón de la cinta adhesiva llamó mi atención.
Bajé la vista.
Una vía intravenosa seguía colocada sobre el dorso de mi mano. La bolsa de suero estaba casi vacía y, junto a ella, sobre la mesita de noche, había varias cajas de medicamentos perfectamente ordenadas, un vaso de agua, un termómetro, unas notas escritas con una letra elegante indicando los horarios de cada dosis y una botella de bebida isotónica.
Parpadeé varias veces.
No recordaba haber preparado nada de aquello y no recordaba tener dinero para indicarle a alguien que lo hiciera por mi.
Intenté incorporarme un poco, pero el cuerpo protestó.
Fue entonces cuando giré lentamente la cabeza.
Allí estaba.
César.
Dormido en el viejo sofá que apenas cabía junto a la ventana.
El mueble era demasiado pequeño para un hombre de su tamaño. Tenía las piernas dobladas de forma incómoda, un brazo colgando hacia el suelo y una manta deslizándose lentamente hasta quedar a punto de caer.
Su cabello negro estaba completamente despeinado.
Se veía tan sexy.
Y la barba comenzaba a marcarle la mandíbula.
No parecía el famoso chef impecable que aparecía todos los días en televisión.
Parecía simplemente... un hombre agotado. Y yo tenía el privilegio de verlo así. Sentí como mi corazoncito
Un hombre que llevaba demasiado tiempo sin dormir era difícil de creer.
Me quedé contemplándolo durante unos segundos.
¿Había permanecido aquí todo este tiempo?
Mi mirada recorrió nuevamente la habitación.
Había una bolsa con ropa limpia.
Fruta.
Caldo casero.
Unos papeles y una laptop a un lado de mi mesita como si hubiera trabajado desde allí.
Incluso flores frescas en un pequeño florero junto a la ventana.
Todo aquello no estaba allí antes.
Sentí un nudo en la garganta.
Los recuerdos comenzaron a regresar poco a poco.
La llamada.
El calor insoportable.
La bañera.
Las lágrimas.
Las palabras de César prometiendo que nadie volvería a tocarme sin mi consentimiento.
Después...
Imágenes sueltas.
Su voz hablándome con calma luego quejándose de que no es mi esclavo.
Sus manos sobre mí...
Recordé el aroma de sus feromonas calmando el caos que había dentro de mí.
Recordaba absolutamente todo.
( ¡De ninguna manera! )
Me mordí suavemente el labio inferior mientras apretaba con la mano la sábana.
—Qué vergüenza... —susurré para mí mismo.
Había perdido completamente el control.
Y César...
Él había visto mi peor momento. Y encima me había visto por completo.
Mi lado más vulnerable, mi desnudez.
Quería desaparecer debajo de las sábanas.
Intenté moverme con más cuidado para no despertarlo. Quería salir de allí a como diera lugar.
La cama crujió apenas.
Mierda...
Fue suficiente.
Los ojos ámbar de César se abrieron casi al instante.
Tardó apenas un segundo en ubicarse.
Después sonrió.
Maldita sea esa sonrisa de quien a ganado un touch down.
Una sonrisa pequeña pero maliciosa en todo su esplendor..
Pero increíblemente sincera.
—¿Ya despertaste o aún piensas seguir manteniéndose aquí como tu niñero, conejito?—murmuró, dejando a un lado unas notas que tenía sobre las piernas—. Bienvenido de vuelta, Hamlet.
— Hola...
—¿Ya decidiste regresar al mundo de los vivos, conejito?
No pude evitar bajar la mirada, completamente sonrojado. Estaba limpio, llevaba una pijama. Y ropa interior diferente a la que recordaba.
—Lo siento...
Él frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué te disculpas?
—Porque... —suspiré—. Te hice pasar por todo esto—Miré alrededor de la habitación. —Has estado aquí... ¿verdad?
César estiró lentamente la espalda haciendo una mueca.
—Creo que este sofá intentó romperme la columna unas cinco veces.
No pude evitar reírme por los nervios.
Fue una risa bajita.
— Si... Ese sofá no está hecho para hombres tan grandes como tú.
Él sonrió satisfecho.
—Mucho mejor.
—¿Qué?
—Prefiero escucharte riendo y bromeando antes que llorar.
Sentí nuevamente ese extraño calor en el pecho.
Aparté la mirada antes de que pudiera notarlo.
—No debiste quedarte.
—Lo sé. Pero no había nadie más que te cuidara.
— Debiste llevarme al hospital.
— No lo recuerdas, pero eso fue lo primero que me dijiste que no hiciera.
Levanté la cabeza confundido.
— Aún así estaba fuera de mis cabales.
— No lo hice por lastima o porque somos amigos si es lo que piensas.
—¿Entonces por qué lo hiciste?
Se encogió de hombros como si la respuesta fuera evidente.
—Porque quería.
Hubo un breve silencio.
—Dormiste aquí... dos días.
—Más o menos.
—¿Y el programa?
—Enzo cubrió algunas grabaciones. Yo resolví el resto desde el teléfono.
Abrí los ojos con sorpresa.
—¿Cancelaste trabajo por mí?
—No exageres.
—¡Eso es exagerar!
Él soltó una pequeña carcajada.
—Créeme. He cancelado cosas mucho menos importantes. Además el show puede continuar. Se hicieron ajustes y volvieron a repetir de los programas pasados que más encantaron.. Muchos los estaban pidiendo.
Me quedé sin palabras.
No entendía a ese hombre.
Era famoso.
Tenía dinero.
Influencia.
Una agenda imposible.
Y aun así había elegido pasar dos noches en un sofá viejo cuidando a un empleado.
Negué lentamente con la cabeza.
—No entiendo.
—¿Qué cosa?
—Por qué haces todo esto.
Él sostuvo mi mirada durante unos segundos mientras me acomodaba la sábana.
—Porque me importas.
Sentí que el corazón daba un jodido vuelco.
Por suerte él desvió la conversación enseguida.
—Aunque eso no significa que salgas gratis.
Parpadeé.
—¿Cómo?
Pensé que me descontaría su amabilidad de mi sueldo o algo así.
—Me debes varias cenas.
Lo miré confundido.
Él cruzó los brazos.
—Sin peros.
—¿Varias cenas?
—Muchas, más bien.
—¿Y por qué tantas?
—Porque dos días de niñero no salen baratos.
Sonreí sin poder evitarlo. Mi corazón quedó atrapado por ese chef y hasta ahora me daba cuenta.
—Pensé que ibas a pasarme una factura.
—Lo estoy haciendo.
—¿En cenas?
—Exactamente.
—Eso parece más una invitación.
Él levantó una ceja.
—Puede ser.
—¿Y si me niego?
—No acepto devoluciones. Mi tiempo es oro y lo dedique solo a tí
Negué con la cabeza riendo.
—Eres imposible de convencer que lo dejes pasar.
—Y tú demasiado terco para no darme lo que quiero y lo que necesito.
Suspiré resignado.
—Está bien.
—¿Está bien qué?
—Acepto.
Él extendió la mano.
—Trato hecho.
La estreché.
Su mano era cálida.
Firme.
Pero delicada.
No me soltó enseguida.
Yo tampoco retiré la mía.
Hasta que ambos parecemos darnos cuenta al mismo tiempo.
La soltamos casi de inmediato.
Los dos carraspeamos.
Los dos desviamos la mirada.
Y los dos terminamos sonriendo con una timidez completamente impropia de dos hombres adultos.
Justo en ese momento alguien llamó a la puerta.
—¿Puedo entrar? —se escuchó la voz de Dante desde el otro lado.
César y yo intercambiamos una rápida mirada. No recuerdo que haya llegado.
—Adelante —respondí.
La puerta se abrió lentamente.
Mi medio hermano apareció con una bolsa de pudines, café y té.
Al verme sentado, dejó escapar un largo suspiro de alivio.
—Al fin despiertas, cabeza dura. Hola Cesar ¿Té o café?
Me quedé sorprendido. No sé porque había regresado, pero algo me decía que esos dos se entendían demasiado bien por como se saludaron.
Solo espero que Dante no se le haya ocurrido hablarle de cesar de mi pasado porque no soportaría que ese hombre me tuviera lastima y me viera como alguien sin valor, sucio e insignificante... Alguien a quien puede usar y luego ser desechado.