Sabina Montenegro, una joven viuda que guarda muchos secretos y todos hablan mal a sus espaldas. Ernesto Montenegro, el sobrino de su difunto esposo llega, a diferencia de los otros, no viene a quitarle la herencia, viene por la verdad y se topa con secretos muy duros sobre Sabina y no puede evitar que algo más florezca entre ellos.
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Capítulo 3 El silencio de una madre
Cuando Dominga regresó tres días después, Sabina la esperó en la puerta. Estaba pálida, con ojeras profundas y las manos amoratadas de tanto apretarlas contra su propio pecho.
—Mamá —dijo, con la voz quebrada—. Necesito decirte algo.
Dominga la miró con fastidio. Venía cansada del viaje, con el luto de su propia madre a cuestas. Pero algo en el rostro de su hija la detuvo.
—¿Qué pasó? ¿Se quemó la comida?
—No. Es papá. Él… —Sabina tragó saliva. Las palabras pesaban como piedras—. Me hizo algo malo, mamá. Algo muy malo.
Dominga enarcó una ceja. Durante un instante, algo tembló en su expresión: una chispa de alarma, de horror quizá. Pero luego sus ojos se endurecieron.
—¿Qué dices, muchacha? —escupió—. ¿Acaso quieres manchar el nombre de tu padre?
—No es mentira —insistió Sabina, y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas—. Me agarró por la fuerza. Me dolió mucho. Tengo moretones, mira…
Mostró sus brazos, donde las marcas de los dedos de Anselmo aún no habían desaparecido. Dominga las vio. Por un segundo, Sabina creyó que su madre la abrazaría, que le creería.
Pero Dominga levantó la mano y le cruzó la cara con una bofetada tan violenta que Sabina cayó al suelo.
—¡Mentirosa! —gritó—. ¡Desgraciada, malagradecida! Tu padre es un hombre de bien. Tú lo provocaste, seguro. Ya estás en edad de despertar tentaciones, con esa carita y esos modos. ¡Esto es tu culpa!
Sabina se quedó en el suelo, con la mejilla ardiendo y el alma hecha pedazos. No entendía. No podía entender. Había sido su madre. La mujer que la parió. La que debería protegerla.
—Pero, mamá…
—¡Cállate! —Dominga la levantó del cabello—. Si vuelves a decir esto, te arranco la lengua yo misma. ¿Entendiste? Lo provocaste. Tú tienes la culpa. Y de esto no se habla más.
Esa noche, Sabina no durmió. Se quedó mirando el techo de su cuarto mientras escuchaba los ronquidos de su padre en la habitación contigua. Algo se rompió dentro de ella.
No fue el miedo. No fue la tristeza. Fue algo más profundo: la certeza de que en ese mundo no había justicia, no había piedad, no había nadie que la salvara.
Así que decidió salvarse sola.
La venganza
Los ataques se repitieron. Cada vez que Dominga viajaba a ver a la abuela —que murió ese otoño, pero los viajes continuaron con el pretexto de arreglar la herencia—, Anselmo buscaba a Sabina.
A veces era en el establo. Otras, en el cuarto de las herramientas. Una vez, en el mismo corredor donde los vecinos podían ver.
Dominga lo supo. No podía no saberlo. Pero prefirió mirar hacia otro lado, convencerse de que era una fantasía de su hija, o tal vez justificar que la niña «se ofrecía». En el pueblo, algunas mujeres murmuraban: «Esa niña tiene ojos de bruja. Es peligrosa».
Sabina dejó de llorar. Dejó de sentir miedo. Un día, mientras limpiaba la cocina, descubrió que sus manos ya no temblaban cuando escuchaba los pasos de su padre. Algo había nacido en su pecho: una frialdad absoluta, una claridad quirúrgica.
No voy a matarlo, pensó. Eso sería muy rápido. Quiero que sufra. Quiero que nunca pueda volver a hacerle esto a nadie.
Tramó su plan durante semanas. Esperó la noche indicada: Dominga había partido esa misma mañana a la ciudad para vender unos animales. Isidro estaría fuera hasta tarde. Los pequeños dormirían. El momento perfecto.
Anselmo llegó ebrio, como siempre. Entró al cuarto de Sabina tambaleándose, con la camisa desabrochada y la mirada turbia.
—¿Dónde estás, preciosa? —murmuró—. Ven con papá.
Pero Sabina no estaba en la cama. Estaba detrás de la puerta, con un grueso palo de encino en las manos. Cuando él pasó a su lado, ella no dudó. Descargó el golpe en la nuca con toda la fuerza de sus doce años.
Anselmo cayó de rodillas, desconcertado, intentando girar la cabeza. Sabina no le dio tiempo. Volvió a golpearlo en el hombro, luego en la espalda, hasta que él cayó boca abajo, gimiendo.
—¡Te voy a matar, maldita! —alcanzó a gruñir.
—No —respondió ella con una calma helada—. No vas a matar a nadie nunca más.
Con cuerdas de tender la ropa, le ató las muñecas a la cabecera de la cama. Luego los tobillos. Anselmo forcejeó, pero el alcohol y los golpes lo habían dejado débil. Sabina hizo nudos que aprendió en el establo, nudos que ni los caballos podían desatar.
En el fogón de la cocina, un machete llevaba horas calentándose entre las brasas. La hoja brillaba de un rojo anaranjado, terrible. Sabina lo tomó con un trapo para no quemarse y regresó a la habitación.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Anselmo, y por primera vez su voz tembló.
Ella no respondió. Bajó sus pantalones con una frialdad que le heló la sangre a él. Y entonces, con la precisión de un carnicero, aplicó el machete al rojo vivo donde ningún hombre quiere sentirlo.
El grito de Anselmo atravesó las paredes de la casa. Despertó a los niños, alarmó a los vecinos. Pero ninguno llegó a tiempo.
Cuando Isidro entró a la habitación horas después, encontró a su padre inconsciente, atado a la cama, con un charco de sangre y un olor a carne quemada que se quedó en las paredes para siempre.
Sabina estaba sentada en la cocina, con las manos en la falda, la mirada perdida en el fogón apagado.
—¿Qué hiciste? —gritó Isidro.
—Lo que ustedes no hicieron —respondió ella—. Protegerme.
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