Un paseo escolar a una isla prohibida se convierte en una pesadilla mortal. Una empresa secreta oculta experimentos genéticos con dinosaurios modificados, y cuando alguien libera a todas las criaturas, los barcos huyen en pánico… olvidando a cinco estudiantes abandonados a su suerte.
Dan, un chico de 16 años con una inteligencia que nadie imagina, deberá ocultar su verdadero potencial y sus poderes sobrenaturales mientras él y sus compañeros luchan por sobrevivir. Entre la selva llena de depredadores, secretos terribles, peleas, traiciones, miedos y lazos que se rompen o se fortalecen, tendrán que aprender a confiar los unos en los otros… antes de que se conviertan en la próxima presa.
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CAPÍTULO 6: DÍAS SIN ESPERANZA
Pasaron cuatro días más. Cuatro jornadas largas, pesadas, grises, donde el tiempo parecía no avanzar y al mismo tiempo irse demasiado rápido. Cada mañana nos despertábamos con la misma esperanza pequeña y frágil: *hoy sí vendrán, hoy nos verán, hoy nos sacarán de aquí*. Cada atardecer esa esperanza se moría un poquito más, aplastada por la realidad del bloqueo, el silencio de las radios y el cielo siempre vacío.
Varias veces oímos motores muy lejos, muy arriba. Aviones comerciales o militares pasando en las rutas aéreas, a once o doce mil metros de altura, demasiado lejos para distinguir señales, demasiado lejos para que nuestras llamadas o humo llegaran siquiera a rozarlos. Pasaban, seguían su camino y desaparecían, indiferentes al infierno que había allá abajo. Álex se pasaba horas mirando al cielo con los puños apretados, maldiciendo en voz baja, y cada vez que una sombra pasaba rápido y se iba, su rabia crecía un poco más.
Dan organizaba todo sin que nadie se lo pidiera: raciones de comida y agua, turnos de guardia diurnos y nocturnos, rutas de exploración cortas y seguras, defensas improvisadas con estacas y alambres alrededor del almacén. Hacía planes, calculaba riesgos, recordaba detalles que todos los demás olvidaban a los cinco minutos. Para ellos yo era solo **el chico muy observador, muy listo, muy despierto**. Nadie imaginaba ni por asomo que mi mente procesaba el mundo a una velocidad que la ciencia no podía explicar, muy por encima de cualquier medida conocida.
—Cada día que pasa se ponen más despiertos y más organizados —comenté una tarde mientras revisábamos las trampas sencillas que habíamos puesto alrededor—. Ya no atacan por impulso. Ahora prueban, estudian, esperan el momento débil. Están aprendiendo nuestras rutinas mejor que nosotros mismos.
Esa tarde lo supimos de verdad.
Estábamos volviendo de buscar madera seca para el fuego cuando el suelo empezó a temblar de forma continua y rítmica. *Pum… pum… pum…*, cada vez más fuerte, más cerca, como un martillo gigante golpeando la tierra una y otra vez. Los pájaros salieron volando en bandadas inmensas de entre los árboles, los animales pequeños huían despavoridos en todas direcciones.
—¡A LOS ÁRBOLES MÁS GRUESOS, RÁPIDO, NO EN EL CAMINO ABIERTO! —grité.
Salimos corriendo y nos agarramos fuerte a troncos de más de dos metros de diámetro. Y entonces lo vimos llegar, saliendo de entre la vegetación con una fuerza demoledora: el **TRICERATOPS COLOSAL**.
Doce metros de largo, casi cinco de alto, un peso cercano a las quince toneladas. No era el animal tranquilo y herbívoro que aparecía en los libros. GenEvolution lo había convertido en una **MÁQUINA VIVA DE DESTRUCCIÓN TOTAL**. Sus tres cuernos eran el doble de largos que los originales, afilados como puntas de lanza y duros como el acero templado. Su escudo óseo cubría todo el cuello y la espalda alta, tan grueso y duro que ni las balas comunes lograban atravesarlo. Su piel era como goma endurecida y armadura, impenetrable a golpes, cortes o fuego leve.
Y lo más terrorífico, su marca única: **NUNCA HUYE ANTE NADA. SI SIENTE AMENAZA, CARGA DE FRENTE, SIN PARAR, SIN DESVIARSE, HASTA APLASTAR, ROMPER O DERRIBAR LO QUE TENGA ENFRENTE, SEA LO QUE SEA**. No sentía dolor en casi ninguna parte del cuerpo. Era pura fuerza bruta, ciega e imparable.
Cargó directo contra un grupo de árboles medianos que estaban en su camino. Los partió por la mitad como si fueran simples palillos de helado. Arrasó con un resto de muro de hormigón de veinte centímetros de grosor y lo redujo a escombros de un solo cabezazo. Pasó a escasos quince metros de donde estábamos agarrados con todas nuestras fuerzas; el viento que levantó solo con correr nos golpeó fuerte en la cara, y el ruido de sus cascos contra la piedra nos dolió en los dientes. No nos miró siquiera. Para él, nosotros no éramos ni siquiera un obstáculo pequeño. Solo éramos aire.
Cuando por fin se alejó y el suelo dejó de vibrar, bajamos de los árbolos temblando, sin palabras. Vimos el rastro de destrucción que había dejado atrás: árboles partidos, tierra removida, estructuras hechas pedazos en línea recta perfecta.
—Nada… absolutamente nada lo detiene —susurró Javier, pálido como la muerte—. Si nos ataca en campo abierto, estamos muertos antes de darnos cuenta.
Esa noche la desesperación se instaló de verdad entre nosotros. Se cumplía ya una semana completa atrapados. Ninguna señal, ninguna ayuda, ninguna noticia. Álex estalló de nuevo, pero ya no era solo rabia contra mí: ahora era rabia contra todo, contra la isla, contra la empresa, contra la mala suerte, contra el mundo entero. Dijo que estábamos muertos en vida, que nadie vendría nunca, que lo mejor era rendirse. Leo le contestó que rendirse era morir de una vez, Mia intentaba calmar los ánimos, Bruno lloraba en silencio.
Yo me quedé en silencio en mi rincón, mirando las llamas del fuego. Por dentro recorría una y otra vez todas las rutas, todos los sistemas, todas las posibilidades de salida. Y en ninguna, absolutamente en ninguna, aparecía una forma de irnos por nuestros propios medios. **La isla estaba diseñada desde cero para ser una prisión de la que nadie saliera sin autorización**.
Me acerqué a la ventana alta otra vez. Allá abajo, entre las sombras, se movían siluetas. No solo una. Varias, de tamaños muy distintos. Se habían acercado más que nunca. Sabían que estábamos ahí. Sabían que estábamos cansados, tristes, desanimados. Y esperaban.
Por primera vez lo dije en voz alta, bajito, solo para mí:
—No vamos a salir de aquí pronto. Quizás nunca, si no cambia todo por completo. Tenemos que dejar de esperar que vengan a salvarnos. **Tenemos que aprender a ser los dueños de este lugar, o moriremos intentándolo**.
saludos.