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Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Status: Terminada
Genre:Venganza / Época / Pareja destinada / Brujas / Venganza de la protagonista / Reencarnación / Completas
Popularitas:176.4k
Nilai: 4.9
nombre de autor: Liora Valcendra

Serena Bridge lo perdió todo: su rostro, su libertad, diez años de su vida.
Su prima le robó la cara con magia prohibida. Su esposo la encerró en una celda sin luz. Y cuando por fin murió, nadie lloró por ella.
Pero la muerte no fue el final.
Serena despierta en su cuerpo de dieciocho años, el día antes de su boda con el marqués Víctor Flores —el mismo hombre que la traicionará—. Esta vez no será la esposa obediente que agacha la cabeza. Esta vez tiene los recuerdos de una vida entera de sufrimiento… y un plan.
Recuperar su dote. Destruir a Isabella. Escapar del matrimonio que la condenó.
Lo que no esperaba era cruzarse con Alejandro Durán, el Duque de Hielo —un hombre al que toda la corte teme y nadie se atreve a mirar a los ojos—. Frío, letal, implacable. Dicen que no tiene corazón.
Pero cada vez que Serena está en peligro, él aparece.
Y cada vez que ella lo rechaza, él se acerca un paso más.
En una corte donde las alianzas cambian con el viento y la magia oscura acecha en las sombras, Serena descubrirá que la venganza tiene un precio… y que el corazón del Duque de Hielo esconde secretos más peligrosos que cualquier hechizo.

NovelToon tiene autorización de Liora Valcendra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

Capítulo 19: El marquesado en ruinas

Bastaron nueve días.

Nueve miserables días desde que Serena entregó los libros de cuentas y se retiró a su patio, y la mansión del marquesado Flores se desmoronaba como un castillo de arena bajo la lluvia.

Margarita estaba sentada en la sala de contabilidad, rodeada de libros de cuentas abiertos como cadáveres en una mesa de autopsia. Tenía el cabello recogido de cualquier manera, un mechón suelto pegado a la frente sudorosa, y las mangas arremangadas hasta los codos. Frente a ella, columnas de números que no cuadraban, cifras que se mordían la cola, gastos que superaban los ingresos con una arrogancia casi obscena.

Pasó la página. Más números rojos. Otra página. Más números rojos. Cerró el libro de golpe y se apretó las sienes con las yemas de los dedos.

—Foster —llamó sin levantar la vista.

El mayordomo apareció en el umbral con la postura impecable de siempre, aunque Margarita habría jurado que sus ojos traían una chispa de algo muy parecido a la lástima.

—Señora.

—Los gastos de cocina. Necesito que los recorten un treinta por ciento a partir de este mes.

Foster no se movió.

—Con todo respeto, señora, ya redujimos un veinte por ciento el mes pasado por instrucción suya. Si cortamos otro treinta, no podremos servir carne más de dos veces por semana. Y el carnicero del mercado central ya nos envió un aviso: la deuda pendiente supera las ciento veinte monedas de oro. Si no pagamos antes de fin de mes, dejará de suministrarnos.

Margarita lo miró con los ojos inyectados en frustración.

—¿Ciento veinte monedas? ¿Cómo es posible? ¿Acaso esta casa come oro?

—Cuando la señora Bridge administraba las cuentas, negociaba directamente con tres proveedores y obtenía precios preferenciales. También pagaba al contado, lo cual reducía los costos un quince por ciento adicional. Desde que asumió usted, hemos perdido esos acuerdos.

Margarita apretó los dientes tan fuerte que le dolió la mandíbula. Cada vez que alguien mencionaba a Serena, era como sal sobre carne viva.

—Bien —dijo con voz cortante—. Entonces suspendamos el tónico de hierbas de la vieja marquesa. Doscientas monedas de oro mensuales en un suplemento alimenticio. Es un lujo que no podemos permitirnos.

Foster abrió la boca, la cerró, y después asintió con una inclinación lenta.

—Como ordene, señora.

* * *

La tormenta tardó exactamente dos horas en llegar.

La puerta de la sala de contabilidad se abrió de un golpe tan fuerte que el marco tembló. La vieja marquesa entró como un vendaval envuelta en terciopelo borgoña, el bastón repiqueteando contra el suelo con la furia de un tambor de guerra. Detrás de ella, dos sirvientas se miraban con cara de funeral.

—¡Margarita! —La voz de la anciana llenó la habitación como un trueno—. ¡¿Quién te dio permiso de suspender mi tónico de hierbas?!

Margarita se levantó del escritorio, pero no retrocedió.

—Madre, siéntese y escuche antes de gritar.

—¡No me digas que me siente! ¡Llevo tomando tónico de hierbas todos los días durante quince años! ¡El doctor Krause dijo que es esencial para mis huesos, para mi circulación, para mi...!

—¡Pues el doctor Krause no paga las facturas! —Margarita golpeó la mesa con la palma abierta. Los libros de cuentas saltaron—. ¡Yo sí! ¿Quiere saber cuánto dinero tiene esta casa, madre? ¿De verdad quiere saberlo?

La vieja marquesa entrecerró los ojos. Se sentó en la silla más cercana con la rigidez de quien concede una audiencia.

—Habla.

Margarita tomó uno de los libros y lo abrió de golpe.

—He despedido a ocho sirvientes en nueve días. Ocho. Recorté el presupuesto del jardín a la mitad, lo cual significa que los rosales del ala norte se están secando porque ya no hay jardinero que los riegue. Reduje el forraje de los establos, así que dos caballos están comiendo paja de baja calidad y el mozo dice que si seguimos así, se van a enfermar. Eliminé el presupuesto de flores frescas, el de velas aromáticas, el de incienso importado. —Levantó la vista del libro—. Y aun así no alcanza.

—Imposible —dijo la vieja marquesa—. Esta casa tiene ingresos. Las tiendas de Víctor...

—Las tiendas de Víctor llevan tres trimestres consecutivos perdiendo dinero. —Margarita dejó caer las palabras como piedras en un estanque—. El negocio de telas perdió cuarenta monedas de oro el último trimestre. La tienda de porcelana, sesenta. Y la casa de empeños del distrito este, que se suponía que era la más rentable, lleva seis meses sin generar una sola moneda de ganancia porque el administrador que Víctor contrató resultó ser un inútil que no sabe ni sumar.

La vieja marquesa se quedó muy quieta. El color abandonó su rostro como agua que se escurre de un vaso.

—Entonces... ¿cómo funcionó esta casa todos estos años?

Margarita soltó una risa amarga, seca, sin humor.

—¿De verdad no lo sabe? Serena. Serena Bridge, la nuera que usted desprecia, la que usted humillaba en cada cena, la que obligaba a servir el té de rodillas. Ella subsidiaba esta casa con su propia dote. Cinco años. Cinco años cubriendo los huecos, pagando las deudas de Víctor, negociando con proveedores, manteniendo a flote este barco que hace agua por todos lados. —Cerró el libro de cuentas con un golpe seco—. Y ahora que dejó de hacerlo, aquí estamos.

El silencio que siguió fue tan denso que se podía masticar.

La vieja marquesa apretó el mango del bastón hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Esa... esa muchacha...

—Esa muchacha era la única razón por la que usted podía permitirse su tónico de hierbas, madre.

* * *

La discusión duró media hora más.

Gritos, acusaciones, reproches que iban y venían como flechas envenenadas. La voz aguda de la vieja marquesa contra el tono cortante de Margarita, un duelo sin espadas pero igual de sangriento. Detrás de la puerta cerrada, los sirvientes escuchaban con los oídos bien abiertos y las bocas más abiertas todavía.

En la cocina, la cocinera removía una sopa aguada mientras murmuraba:

—Cuando la señora Bridge manejaba las cuentas, los salarios nunca se retrasaban. Nunca. Y en el Festival de la Cosecha nos daba una bonificación extra a cada uno. Diez monedas de plata, ¿se acuerdan?

Una criada joven asintió mientras limpiaba un plato.

—Ahora están recortando hasta las velas. Anoche casi me caigo en las escaleras del ala este porque el pasillo estaba completamente a oscuras. ¡A oscuras, por Dios! ¿En qué clase de casa noble se apagan las velas del pasillo?

El mozo de cuadra, que había entrado a buscar agua caliente, escupió al suelo.

—Mis caballos están comiendo basura. Si la yegua baya se enferma, que no me vengan a culpar a mí.

Todos callaron cuando Foster pasó por la puerta con paso medido. Pero incluso el mayordomo, que llevaba treinta años sirviendo a la familia Flores con la cara más inexpresiva del continente, tenía una arruga nueva entre las cejas.

* * *

Cuando la vieja marquesa y Margarita aparecieron en el umbral del patio de Serena, venían en silencio. Ya no gritaban. Ya no discutían. Caminaban juntas como dos soldados derrotados que marchan hacia la tienda del enemigo a negociar la rendición.

Lo que encontraron las detuvo en seco.

El patio de Serena era otro mundo.

Rosales en flena floración trepaban por las celosías de madera blanca, salpicando el aire con un perfume dulce y pesado. Macetas de lavanda bordeaban el camino de piedra. Una chimenea baja crepitaba en la esquina del porche cubierto, proyectando una luz dorada y cálida sobre los muebles. Había una mesa con mantel de lino blanco, cubertería de plata, copas de cristal que centelleaban con un vino tinto oscuro como la sangre de rubí.

Y en el centro de todo, recostada sobre un diván tapizado en terciopelo crema, estaba Serena.

Llevaba un vestido de seda color durazno, el cabello suelto sobre un hombro, una manta ligera de cachemira sobre las rodillas. A su lado, una bandeja de plata de tres pisos exhibía una colección de dulces que habría hecho llorar a un pastelero de la corte real: milhojas de almendra con bordes dorados, crème brûlée de miel con la superficie caramelizada a la perfección, y macarons de frambuesa tan rosados y perfectos que parecían joyas comestibles.

Bianca, sentada en un taburete junto al diván, leía en voz alta un libro de poesía con la cadencia tranquila de quien no tiene una sola preocupación en el mundo.

—«...y las estrellas cayeron sobre el lago como monedas de plata arrojadas por un dios generoso...»

—Qué bonito —murmuró Serena, tomando un macaron entre dos dedos y mordiéndolo con delicadeza. Unas migajas rosadas cayeron sobre la cachemira. No se molestó en limpiarlas.

La vieja marquesa contempló la escena y sintió que algo caliente y ácido le subía por el pecho. Cólera. Humillación. Y debajo de todo, muy debajo, algo que se negaba a reconocer: envidia.

—Serena —dijo con una voz que intentaba ser dulce pero sonaba como vidrio agrietado—. Querida.

Serena levantó la vista del macaron. Sus ojos oscuros se posaron sobre la vieja marquesa con la misma expresión con la que habría mirado una mancha en el mantel.

—Marquesa. Lady Margarita. Qué sorpresa.

Margarita dio un paso adelante. Tragó saliva.

—Serena, hemos venido a hablar contigo. Sobre... sobre las cuentas de la casa.

—¿Qué pasa con las cuentas de la casa?

—Están... —Margarita buscó la palabra— ...complicadas.

—Vaya. Qué lástima.

La vieja marquesa se adelantó, apoyándose en el bastón con una dignidad que le costaba cada gramo de orgullo.

—Serena, seré directa. Necesitamos que retomes la administración del hogar. Tú sabes manejar los números, conoces a los proveedores, tienes experiencia...

—No.

La palabra cayó como una guillotina. Sin vacilación. Sin pausa. Sin el menor temblor.

La vieja marquesa parpadeó.

—¿Cómo dices?

—Dije que no. —Serena tomó su copa de vino y bebió un sorbo lento. El cristal brilló bajo la luz del fuego—. ¿Necesita que lo repita una tercera vez, marquesa?

Margarita se adelantó con las manos entrelazadas.

—Serena, por favor. Somos familia. Esta casa es tu hogar también, y...

—¿Familia? —Serena dejó la copa sobre la mesa con un sonido cristalino y preciso—. ¿Ahora somos familia, Lady Margarita? Qué interesante.

Se incorporó en el diván. La manta de cachemira cayó a un lado. Sus ojos eran dos brasas negras.

—Subsidié esta casa durante cinco años. Con mi dote. Con mi dinero. Pagué deudas que no eran mías, alimenté bocas que me escupían, mantuve a flote un barco que me habría dejado ahogar sin pensarlo dos veces. —Su voz era suave, casi amable, y eso la hacía más terrible—. Cuando estuve enferma con fiebre durante una semana, ¿alguien vino a preguntarme si necesitaba un médico? Cuando Isabella me humillaba en público, ¿alguien dijo una palabra? Cuando dormía en la habitación más fría de la casa mientras la concubina de mi esposo ocupaba el ala principal, ¿alguien, una sola persona en esta casa, pensó que eso estaba mal?

El silencio fue absoluto.

—Ahora que necesitan dinero, de repente soy familia. —Serena sonrió. Una sonrisa fina como el filo de un cuchillo—. No, marquesa. No, Lady Margarita. No voy a retomar nada. Pueden retirarse.

La vieja marquesa abrió la boca. La cerró. Apretó el bastón con tanta fuerza que la madera crujió. Giró sobre sus talones y salió del patio sin decir una palabra, con la espalda tan rígida como si le hubieran clavado una vara de hierro en la columna.

Margarita la siguió un momento después, con los ojos enrojecidos y los labios temblando.

Cuando sus pasos se perdieron en la distancia, Bianca cerró el libro de poesía y soltó una risita que había estado conteniendo.

—Dios mío, señora, ¿vio la cara de la vieja marquesa? Parecía que había mordido un limón podrido. Creí que le iba a dar un soponcio ahí mismo.

Serena no rio.

Miraba el fuego. Las llamas danzaban en sus pupilas, anaranjadas y rojas, consumiendo leño tras leño con una hambre paciente e implacable.

—En mi vida pasada —dijo en voz baja, tan baja que Bianca tuvo que inclinarse para oír—, era demasiado blanda. Demasiado buena. Creía que si daba suficiente, si soportaba suficiente, algún día alguien lo reconocería. Algún día alguien diría: «Serena ha sufrido bastante, merece algo de cariño.» —Tomó el último macaron de la bandeja y lo miró—. Nunca llegó ese día.

Bianca guardó silencio.

—La gente pisotea a los bondadosos, Bianca. Los exprimen hasta la última gota y después los desechan como trapos viejos. —Mordió el macaron. La frambuesa estalló en su lengua, dulce y ácida a la vez—. En esta vida no voy a consentir a nadie.

Afuera, en algún lugar de la mansión, se oyó el sonido distante de otra discusión. Otra puerta cerrada con violencia. Otro sirviente quejándose en voz baja.

El marquesado Flores se hundía.

Y Serena Bridge, recostada en su diván de terciopelo con una copa de vino en la mano y el fuego bailando en sus ojos, no tenía la menor intención de arrojar un salvavidas.

Pero alguien más estaba observando el hundimiento.

Esa misma noche, un mensajero con capa oscura cruzó las calles de la capital bajo la lluvia, llevando una carta sellada con cera negra hacia el distrito militar. El escudo grabado en el sello era inconfundible: una espada y un escudo cruzados.

La casa Durán quería saber por qué el marquesado Flores se estaba desangrando.

Y Alejandro Durán siempre obtenía sus respuestas.

1
Refugio Vizcarra
ajá, esa es mi pregunta también.
Roxana Gardilcic
una historia, linda, emocionante , muy bien escrita, me gusta mucho lo descriptiva que es sin ser agobiante. felicitaciones
Rosario Zapata
cabron es poco ese victor es una escoria asquerosa 🤮🤮🤮🤮🤮
Fernanda Perez
gracias
gracias
Rose M
burna interesante. Algo confusa en tiempos y personajes pero muy entretenida
Arantza
Bonita historia, y excelente trama. Solo algunas incongruencias en el desarrollo. Pero por lo demás es excelente.
Pa Tr
no eran 12 años? 🤔
Pa Tr
Ya se tenía que haber ido la tonta al final le hace daño ya verás 🤔
Fernanda Perez
donde vive
quien es Leopoldo
Gris Lopez
ahora si creo que fue hecho con IA...😱 ....ningún autor cambiará hechos tan cruciales en la historia...(que decepcionante....debería haber algún programa para detectar esto y que contenido así no entren a la aplicación )....
Fernanda Perez
no estoy entendiendo varias cosas
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
Espero que tengas un buen plan para no volver a caer ante ese par de desgraciados que te hicieron la vida imposible en tu anterior vida
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
interesante 😸😸😸😸
Maria Cantillo
bonita historia
Maria Cantillo
bueno las cosas van tomando curso
Maria Cantillo
bueno Isabella Victor te vio eres una persona mala el te dió todo lo que le negó a Serena y aún así lo dejaste inválido sin valor dignidad prefiere pagar que morir envenenado y al fin tuvo algo de sentido común firmó algo que se llamaba matrimonio pero solo era una carcel para Serena y para la familia beneficios
Maria Cantillo
gracias por compartir todo esto bendiciones
Lucia Calderón
Historia interesante, con bien léxico ehilp discursivo
Maria Cantillo
tipa que aprendido fue todo lo contrario a los valores y se justifica en que Serena tiene la culpa de nacer en esa familia la envidia es unal terrible
Maria Cantillo
arriba Serena suéltate de ese Victor que condene al tal Leopoldo por las 3000 muertes hagan justicia
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