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Cinco años después, el magnate me quiere de vuelta

Cinco años después, el magnate me quiere de vuelta

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Maltrato Emocional / Embarazo no planeado / Malentendidos / Dejar escapar al amor / Enfermizo / Completas
Popularitas:394.8k
Nilai: 4.6
nombre de autor: Galaxy

Durante cinco años, Valentina lo dio todo por callar: un matrimonio que la humilló, una pierna que quedó coja, una hija sorda que crió sola… y un secreto que le partía el alma. Porque la pequeña Dulce no era hija de su despreciable exmarido. Era hija de Maximiliano Argüello, el magnate que la abandonó creyendo que ella lo había traicionado.

Cuando él regresa —más rico, más frío, más cruel—, le escupe las palabras que ella jamás olvidará:

—Esos ojos, cúratelos. Y a esa niña, déjasela a tu amante. No vaya a estorbarte para casarte con otro rico.

Valentina aprieta los dientes y sonríe. Que la desprecie. Que no sepa nada. Es mejor así.

Pero el destino es cruel con los secretos. Una prueba de ADN, un rumor envenenado, una enfermedad que ella esconde de todos… y de pronto el hombre que la trató como basura está de rodillas, con su hija en brazos, suplicando:

—Perdóname, Valentina. No sabía… No sabía nada. ¡No te mueras, por favor!

¿Y la verdad sobre su madre? ¿Sobre quién destruyó de verdad a las dos familias? Esa apenas empieza a salir a la luz… y hará temblar a toda la dinastía Argüello.

Demasiado tarde, magnate. Esta vez, la que decide soy yo.

NovelToon tiene autorización de Galaxy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Capítulo 16: "Nunca la toqué"

Joana se enteró de lo del camisón. Era cuestión de tiempo.

Llegó a la Casa de la Lluvia un sábado a media mañana, sin avisar, taconeando sobre el mármol como si la casa fuera suya, y encontró a Valentina en la cocina ayudando a Dulce a exprimir naranjas. La escena —la enfermera coja con delantal, la niña, el jugo— pareció enfurecerla más que cualquier otra cosa.

—Qué cuadro tan bonito. —Se cruzó de brazos en la puerta—. La criada y su engendro, jugando a la familia feliz en la casa de Maximiliano. Disfrútalo mientras te dura, querida. Porque en cuanto él se aburra de su obra de caridad, la que va a vivir aquí soy yo. —Sonrió—. ¿O crees que un Argüello se queda con una usada con hija ajena? Maxi y yo llevamos años. Vivíamos juntos en Estados Unidos. Pregúntale.

Valentina dejó el cuchillo sobre la tabla, despacio. Mandó a Dulce a su cuarto con un beso y un vaso de jugo, esperó a que la niña no pudiera oír, y solo entonces se enderezó.

—Si llevan años y viven juntos —dijo, con una calma que le costó—, ¿qué haces viniendo a marcar territorio a la cocina de la criada? Una mujer segura de su hombre no hace eso, Joana. Ya te lo dije una vez.

—Tú…

—Yo nada. —Valentina se quitó el delantal—. Y no me vuelvas a decir "engendro" a mi hija. Ni una vez más. Lo demás aguántamelo, soy grande. Pero con la niña no.

—¿O qué? —escupió Joana.

—O te vas a enterar de que esta criada también muerde.

Por dentro, sin embargo, Valentina no estaba tan firme como sonaba. "Maxi y yo llevamos años. Vivíamos juntos." Las palabras se le habían clavado más hondo de lo que quería admitir. Llevaba semanas durmiendo en una cama de la que Joana se decía dueña, comiendo de unos platos que Joana reclamaba, poniéndose —no— negándose a ponerse camisones comprados para Joana. ¿Y si era verdad? ¿Y si ella, otra vez, era nada más el entretenimiento de paso de un hombre que pertenecía a otra? El pensamiento le dolió de un modo que la traicionaba, porque a una no le duele perder algo que no le importa.

La puerta principal se abrió en ese momento. Maximiliano entró, todavía con las llaves en la mano, y leyó la escena en un segundo: Valentina pálida y firme, Joana roja y temblando.

—¿Qué haces en mi casa? —Su voz cayó sobre Joana como una losa. No subió el tono. No le hizo falta.

—Maxi, mi amor, vine a… —Joana cambió de cara al instante, dulce, victimizada—. Vine a verte y esta mujer me trató como…

—No me digas "mi amor". —Maximiliano avanzó, y cada palabra fue una piedra colocada con cuidado—. Escúchame bien, Joana, porque lo voy a decir una sola vez, y delante de ella. En cinco años en Estados Unidos rentaste el departamento de al lado del mío. Eso es todo lo que fuiste: la vecina. Nunca te dejé pasar de mi puerta. Nunca te toqué. Que volviera contigo en el mismo vuelo, que te dejara aparecer en una que otra foto, fue una concesión que le hice a mi madre, que te tiene cariño por razones que no me interesan. Se acabó la concesión.

Joana se había quedado blanca.

—Pero tú… tú dijiste que…

—Yo nunca dije que me iba a casar contigo. Búscate las palabras que quieras en la cabeza, pero de mi boca nunca salieron. —Sacó el teléfono, marcó, habló sin dejar de mirarla—: Ulises. La señorita Méndez ya se va. Y encárgate de que la revista que publicó la nota del aeropuerto publique un desmentido mañana. Con eso basta. Por ahora.

Era el tono con el que ese hombre destruía a sus enemigos en juntas de consejo. Joana lo conocía lo suficiente para saber que no era un farol. Recogió su bolsa con las manos temblando, le lanzó a Valentina una mirada de odio puro, y se fue taconeando mucho más rápido de lo que había llegado.

El silencio que dejó fue enorme.

Maximiliano se pasó una mano por la cara. Después se volvió hacia Valentina, y algo en él se aflojó.

—No es nada de lo que dijo —empezó, y por primera vez no sonó a orden ni a desprecio, sonó a un hombre que necesitaba que le creyeran—. Nunca la toqué, Valentina. No la quiero. No la he querido nunca. La única razón por la que toleré que anduviera cerca fue mi madre. —Dio un paso—. Lo único que ha habido en cinco años, lo único que ha habido en mucho más que cinco años, has sido…

Se detuvo. No lo dijo. Pero lo dejó colgando en el aire, tan claro que dolía.

Valentina sintió que el corazón le hacía cosas que no debía. Y se odió un poco por la oleada de alivio tibio que la recorrió al oírlo, porque significaba que sí le había importado, que durante semanas la idea de Joana en la cama de él le había estado mordiendo por dentro sin que ella se lo confesara ni a sí misma. Celos. Lo que sentía era eso, simple y humillante: celos. Y descubrir que no tenía motivo le aflojó los hombros de una manera que la asustó, porque una mujer que se alivia de no tener rival es una mujer que ya está peleando por algo.

Se obligó a mirar a otro lado.

—No me debe explicaciones, señor Argüello —dijo, en voz baja—. Soy un contrato. ¿Recuerda?

—Deja de decir eso. —Le tomó la barbilla, le levantó la cara, y por un instante el hielo se le fue por completo de los ojos—. No fue nunca solo un contrato. Lo sabes. Y un día vas a dejar de fingir que no lo sabes. —Bajó la voz hasta casi nada—. Nunca dije que me casaría con Joana. Nunca me voy a casar con Joana. Métetelo en la cabeza.

Valentina no contestó. No confió en su propia voz.

—¿Ya se fue la señora gritona? —Dulce asomó la cabeza desde el pasillo, con el vaso de jugo vacío y cara de espía—. No me cae bien. Le dijo cosa fea a mami. —Frunció el ceño, sentenciosa—. Y tenía mucho perfume. Olía como cuando se rompe el frasco.

A Maximiliano se le escapó, sin querer, una risa baja, la primera en mucho tiempo.

—Ya se fue —le dijo a la niña—. Y no va a volver.

—Bien. —Dulce asintió, satisfecha de su veredicto, y se fue otra vez tan campante.

Lo que ninguno de los tres vio fue la silueta junto a la ventana del jardín. Uno de los jardineros nuevos —contratado dos semanas atrás, recomendado por "una conocida de Doña Eugenia"— se alejó despacio del cristal, sacó su teléfono y escribió un mensaje rápido.

"Doña Eugenia: el joven acaba de echar a la señorita Méndez. Dice que nunca se va a casar con ella. Que la única en cinco años es la otra. Usted dirá."

Del otro lado de la ciudad, en la mansión Argüello, Doña Eugenia Vidal leyó el mensaje dos veces. Después dejó el teléfono sobre la mesa, muy despacio, y se quedó mirando un retrato de su difunto esposo con una expresión que no auguraba nada bueno para nadie.

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Mildred Álvarez
Ay autora supongo que cuando hablas de que murió y está enterrada desde hace 30 años te refieres metafóricamente sino como crió a Valentina sola y le aconsejó casarse con Bruno antes de partir en realidad físicamente de este mundo.
Elizabeth Medina
👏👏👏👏👏excelente desenlace-muy interesante.
Elizabeth Medina
excelente 👏por fin salió la verdad por fin se descubre a esta mujer tan desalmada que daño a su propia familia sin importar lo que sufrieron solo quería su beneficio
Elizabeth Medina
bueno bueno bueno Al fin esta reaccionando valentina 👏
Elizabeth Medina
mmmm seguirá con su terquedad de no dejarse ayudar,creo que es bueno tener orgullo y dignidad pero aquí se pasa porque esta de por medio su hija que se merece tener una familia .en estos momentos de gravedad debe darse cuenta .
Mildred Álvarez
Buey Valentina entre el silencioso que no quiere que sepan nada de quién pago tu operación que y sabe todo el mundo y él burro terco que te ama y te hace daño y todo por tu terquedad de mantener una dignidad retorcida es mejor que te quedes sola con tu hija porque si vamos a hablar de la compañía de tu madre tampoco es buey, tardó 30 años para perdonar a la mujer que amaba y que jamás lo traicionó solo por creer en chismes de otra que lo embarcó y lo sedujo así que él Santo no era porque le gustó el chisme y la chismosa y con ella se quedó.
Elizabeth Medina
pero que mujer tan terca tiene a su amiga y sus padrinos qué le quieren a su padre también porque tiene que ser tan cerrada si debe luchar por su vida por su hija uuufffff me desespera 😡
Mildred Álvarez
la dignidad no tiene nada que ver con la soberbia.
Mildred Álvarez
Esa Fabiola es una perra rabiosa, ojalá y la mates autora un persy así no merece estar con vida.
Mildred Álvarez
ahora sí estupido.
Mildred Álvarez
Que bey es Cristóbal,no como el idiota de Máximo
Mildred Álvarez
Que buy ojalá y pague la operación anonimamente
Mildred Álvarez
mujer terca y bruta con eso del orgullo estás abandonando a tu hija.
Mildred Álvarez
Ay ya autora porqué tanto sufrimiento para Valentina y ese burro bruto de Max que no entiende nada
Elizabeth Medina
valentina debió haber dicho la verdad a Maximiliano que dulce es su hija pero ahí esta ocultandolo para que pasara esto eya se lo busco
Elizabeth Medina
vieja malvada ya quiero ver que sea destruida por todos y pague todo el daño que hace😡😡😡
Mildred Álvarez
la terquedad y el orgullo son dos sentimientos muy malos
Mildred Álvarez
tranquila autora vas bien,muchas veces las historias reales son idénticas a ésta
Elizabeth Medina
da coraje que Maximiliano siendo un hombre tan inteligente para los negocios sea tan estúpido y no capte el engaño de su madre😡😡😡
Elizabeth Medina
uuufffff no que coraje da con estas historias que hacen tanto daño y se hacen pasar por débiles y ponen cara de mártir cuando están dañando a otros que son inocentes 😡😡😡😡
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