Durante cinco años, Valentina lo dio todo por callar: un matrimonio que la humilló, una pierna que quedó coja, una hija sorda que crió sola… y un secreto que le partía el alma. Porque la pequeña Dulce no era hija de su despreciable exmarido. Era hija de Maximiliano Argüello, el magnate que la abandonó creyendo que ella lo había traicionado.
Cuando él regresa —más rico, más frío, más cruel—, le escupe las palabras que ella jamás olvidará:
—Esos ojos, cúratelos. Y a esa niña, déjasela a tu amante. No vaya a estorbarte para casarte con otro rico.
Valentina aprieta los dientes y sonríe. Que la desprecie. Que no sepa nada. Es mejor así.
Pero el destino es cruel con los secretos. Una prueba de ADN, un rumor envenenado, una enfermedad que ella esconde de todos… y de pronto el hombre que la trató como basura está de rodillas, con su hija en brazos, suplicando:
—Perdóname, Valentina. No sabía… No sabía nada. ¡No te mueras, por favor!
¿Y la verdad sobre su madre? ¿Sobre quién destruyó de verdad a las dos familias? Esa apenas empieza a salir a la luz… y hará temblar a toda la dinastía Argüello.
Demasiado tarde, magnate. Esta vez, la que decide soy yo.
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Capítulo 16
Capítulo 16: "Nunca la toqué"
Joana se enteró de lo del camisón. Era cuestión de tiempo.
Llegó a la Casa de la Lluvia un sábado a media mañana, sin avisar, taconeando sobre el mármol como si la casa fuera suya, y encontró a Valentina en la cocina ayudando a Dulce a exprimir naranjas. La escena —la enfermera coja con delantal, la niña, el jugo— pareció enfurecerla más que cualquier otra cosa.
—Qué cuadro tan bonito. —Se cruzó de brazos en la puerta—. La criada y su engendro, jugando a la familia feliz en la casa de Maximiliano. Disfrútalo mientras te dura, querida. Porque en cuanto él se aburra de su obra de caridad, la que va a vivir aquí soy yo. —Sonrió—. ¿O crees que un Argüello se queda con una usada con hija ajena? Maxi y yo llevamos años. Vivíamos juntos en Estados Unidos. Pregúntale.
Valentina dejó el cuchillo sobre la tabla, despacio. Mandó a Dulce a su cuarto con un beso y un vaso de jugo, esperó a que la niña no pudiera oír, y solo entonces se enderezó.
—Si llevan años y viven juntos —dijo, con una calma que le costó—, ¿qué haces viniendo a marcar territorio a la cocina de la criada? Una mujer segura de su hombre no hace eso, Joana. Ya te lo dije una vez.
—Tú…
—Yo nada. —Valentina se quitó el delantal—. Y no me vuelvas a decir "engendro" a mi hija. Ni una vez más. Lo demás aguántamelo, soy grande. Pero con la niña no.
—¿O qué? —escupió Joana.
—O te vas a enterar de que esta criada también muerde.
Por dentro, sin embargo, Valentina no estaba tan firme como sonaba. "Maxi y yo llevamos años. Vivíamos juntos." Las palabras se le habían clavado más hondo de lo que quería admitir. Llevaba semanas durmiendo en una cama de la que Joana se decía dueña, comiendo de unos platos que Joana reclamaba, poniéndose —no— negándose a ponerse camisones comprados para Joana. ¿Y si era verdad? ¿Y si ella, otra vez, era nada más el entretenimiento de paso de un hombre que pertenecía a otra? El pensamiento le dolió de un modo que la traicionaba, porque a una no le duele perder algo que no le importa.
La puerta principal se abrió en ese momento. Maximiliano entró, todavía con las llaves en la mano, y leyó la escena en un segundo: Valentina pálida y firme, Joana roja y temblando.
—¿Qué haces en mi casa? —Su voz cayó sobre Joana como una losa. No subió el tono. No le hizo falta.
—Maxi, mi amor, vine a… —Joana cambió de cara al instante, dulce, victimizada—. Vine a verte y esta mujer me trató como…
—No me digas "mi amor". —Maximiliano avanzó, y cada palabra fue una piedra colocada con cuidado—. Escúchame bien, Joana, porque lo voy a decir una sola vez, y delante de ella. En cinco años en Estados Unidos rentaste el departamento de al lado del mío. Eso es todo lo que fuiste: la vecina. Nunca te dejé pasar de mi puerta. Nunca te toqué. Que volviera contigo en el mismo vuelo, que te dejara aparecer en una que otra foto, fue una concesión que le hice a mi madre, que te tiene cariño por razones que no me interesan. Se acabó la concesión.
Joana se había quedado blanca.
—Pero tú… tú dijiste que…
—Yo nunca dije que me iba a casar contigo. Búscate las palabras que quieras en la cabeza, pero de mi boca nunca salieron. —Sacó el teléfono, marcó, habló sin dejar de mirarla—: Ulises. La señorita Méndez ya se va. Y encárgate de que la revista que publicó la nota del aeropuerto publique un desmentido mañana. Con eso basta. Por ahora.
Era el tono con el que ese hombre destruía a sus enemigos en juntas de consejo. Joana lo conocía lo suficiente para saber que no era un farol. Recogió su bolsa con las manos temblando, le lanzó a Valentina una mirada de odio puro, y se fue taconeando mucho más rápido de lo que había llegado.
El silencio que dejó fue enorme.
Maximiliano se pasó una mano por la cara. Después se volvió hacia Valentina, y algo en él se aflojó.
—No es nada de lo que dijo —empezó, y por primera vez no sonó a orden ni a desprecio, sonó a un hombre que necesitaba que le creyeran—. Nunca la toqué, Valentina. No la quiero. No la he querido nunca. La única razón por la que toleré que anduviera cerca fue mi madre. —Dio un paso—. Lo único que ha habido en cinco años, lo único que ha habido en mucho más que cinco años, has sido…
Se detuvo. No lo dijo. Pero lo dejó colgando en el aire, tan claro que dolía.
Valentina sintió que el corazón le hacía cosas que no debía. Y se odió un poco por la oleada de alivio tibio que la recorrió al oírlo, porque significaba que sí le había importado, que durante semanas la idea de Joana en la cama de él le había estado mordiendo por dentro sin que ella se lo confesara ni a sí misma. Celos. Lo que sentía era eso, simple y humillante: celos. Y descubrir que no tenía motivo le aflojó los hombros de una manera que la asustó, porque una mujer que se alivia de no tener rival es una mujer que ya está peleando por algo.
Se obligó a mirar a otro lado.
—No me debe explicaciones, señor Argüello —dijo, en voz baja—. Soy un contrato. ¿Recuerda?
—Deja de decir eso. —Le tomó la barbilla, le levantó la cara, y por un instante el hielo se le fue por completo de los ojos—. No fue nunca solo un contrato. Lo sabes. Y un día vas a dejar de fingir que no lo sabes. —Bajó la voz hasta casi nada—. Nunca dije que me casaría con Joana. Nunca me voy a casar con Joana. Métetelo en la cabeza.
Valentina no contestó. No confió en su propia voz.
—¿Ya se fue la señora gritona? —Dulce asomó la cabeza desde el pasillo, con el vaso de jugo vacío y cara de espía—. No me cae bien. Le dijo cosa fea a mami. —Frunció el ceño, sentenciosa—. Y tenía mucho perfume. Olía como cuando se rompe el frasco.
A Maximiliano se le escapó, sin querer, una risa baja, la primera en mucho tiempo.
—Ya se fue —le dijo a la niña—. Y no va a volver.
—Bien. —Dulce asintió, satisfecha de su veredicto, y se fue otra vez tan campante.
Lo que ninguno de los tres vio fue la silueta junto a la ventana del jardín. Uno de los jardineros nuevos —contratado dos semanas atrás, recomendado por "una conocida de Doña Eugenia"— se alejó despacio del cristal, sacó su teléfono y escribió un mensaje rápido.
"Doña Eugenia: el joven acaba de echar a la señorita Méndez. Dice que nunca se va a casar con ella. Que la única en cinco años es la otra. Usted dirá."
Del otro lado de la ciudad, en la mansión Argüello, Doña Eugenia Vidal leyó el mensaje dos veces. Después dejó el teléfono sobre la mesa, muy despacio, y se quedó mirando un retrato de su difunto esposo con una expresión que no auguraba nada bueno para nadie.
di la verdad de una y ya....