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INERCIA

INERCIA

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Padre soltero / Autosuperación / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SherlyBlanco

INERCIA
(Dinastía Fontane — Libro II)
Por: Sherly Blanco
Un corazón roto por el luto y un alma blindada por el pasado están a punto de descubrir que hay fuerzas que ni el tiempo ni la culpa pueden detener.
A sus treinta años, Juliana ha logrado construir una vida perfecta sobre los cimientos del orden, la danza y la entrega absoluta a su hija Athenea. Tras las tormentas que sacudieron a la dinastía Fontane, su academia de ballet es su refugio y su escudo. Ella tiene una regla clara: su corazón no volverá a arriesgarse, y aunque la presencia de Andrés le acelera el pulso, se repite a sí misma que aún no es el momento.
Por su parte, Andrés ha caminado entre las sombras del dolor desde la trágica partida de Juliette. Convertido en un hombre maduro, disciplinado y protector, su único faro ha sido la crianza del pequeño Andreis Julián. Sin embargo, su devoción por Juliana no ha hecho más que crecer con los años. Ya no es el joven inmaduro de antes; ahora es un hombre dispuesto a luchar día

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Capítulo 18: Tierra Fértil y Luces en la Noche

El sol del sábado por la mañana bañaba las colinas de las afueras de la ciudad con un verde intenso y brillante. El aire fresco de la zona campestre de las afuera de la ciudad se sentía completamente distinto al bullicio de la ciudad. Andrés conducía con una mano en el volante y la otra entrelazada firmemente con la de Juliana, quien miraba por la ventana con una sonrisa que no le cabía en el rostro. Los niños se habían quedado pasando el fin de semana con los abuelos, Joaquín y Julia, lo que les daba a ellos dos, por primera vez en meses, un espacio de intimidad absoluta.

El vehículo se detuvo al lado de un camino flanqueado por árboles altos. Al bajar, el aroma a tierra húmeda y a pasto recién cortado los recibió. Andrés caminó hacia el lado del copiloto, le abrió la puerta a Juliana y la guio de la mano hacia el centro de un lote amplio, con una topografía suave que caía ligeramente hacia un mirador natural desde donde se alcanzaba a ver el valle.

—Es acá, Juli —dijo Andrés, deteniéndose y abriendo los brazos para mostrarle el horizonte—. Este es el terreno que vi.

Juliana caminó unos pasos, sintiendo la brisa fresca mover los mechones sueltos de su cabello. Miró a su alrededor: el espacio era enorme, privado y lleno de una paz que le inundó el pecho de inmediato. Se giró hacia él, con los ojos brillando.

—Andrés, es precioso... Se siente una energía tan limpia.

El arquitecto se acercó a ella por la espalda, rodeando su cintura con delicadeza y apoyando la barbilla en su hombro, imitando la cercanía que tanto habían extrañado.

—Imaginatelo, Juli —susurró él en su oído, señalando con la mano hacia el frente—. Justo ahí, donde da el sol de la mañana, quiero levantar el salón de danza para vos. Con grandes ventanales de piso a techo para que tengas toda la luz del mundo mientras ensayás. En esa otra esquina, el estudio de Athenea, y en el centro, una sala enorme con chimenea para los días fríos, donde podamos ver crecer a Andreis Julián. Todo construido desde el primer ladrillo sobre esta tierra nuestra.

Juliana se dio la vuelta entre sus brazos, rodeando su cuello con las manos. Ver la ilusión en los ojos de Andrés y la entrega con la que había diseñado un futuro exclusivamente para ellos disolvió cualquier rastro de duda.

—Me encanta, mi amor —confesó ella con la voz suave, rozando sus labios con los de él—. Es el lugar perfecto para nuestros nuevos cimientos. Estoy lista. Compremos el lote.

Andrés no pudo contener la alegría. La levantó un poco del suelo en un abrazo fuerte, sellando el acuerdo con un beso largo y profundo bajo el sol de la mañana. No había contratos, no había presiones; era la inercia del amor maduro reclamando su lugar.

Al caer la noche, el ambiente campestre se transformó. Andrés había reservado una pequeña cabaña boutique de diseño moderno, oculta entre los árboles de la misma zona, que contaba con una terraza privada y un jacuzzi climatizado al aire libre.

El aroma a pasta fresca —el plato favorito de Juliana— y una botella de vino tinto decoraban la mesa iluminada apenas por la luz de unas velas tenues. Cenaron entre risas, recordando anécdotas de la academia, hablando de los morochos que esperaba Lucía y de las ocurrencias del pequeño Máximo Alejandro, disfrutando de la ligereza de ser simplemente ellos dos, un hombre y una mujer redescubriéndose.

Más tarde, la noche se volvió más íntima. Juliana salió a la terraza vistiendo una bata de seda negra que contrastaba con su piel. Su muñeca izquierda lucía el tatuaje de la bailarina con las palabras «Just be» completamente sano, brillando bajo la luz de la luna. Andrés la esperaba de pie, contemplando las luces difusas de la ciudad a lo lejos, vistiendo únicamente un pantalón de algodón oscuro.

Al sentir sus pasos, él se giró. La fijeza con la que la miró hizo que a Juliana se le acelerara el pulso. Ya no eran los jóvenes impulsivos de hace años; eran dos adultos que habían cruzado tormentas y que ahora elegían estar juntos con total lucidez.

Andrés se acercó despacio, acortando la distancia con una reverencia casi sagrada. Extendió su mano y acarició con la yema de sus dedos la muñeca tatuada de Juli, para luego subir con suavidad por su brazo hasta acunar su rostro.

—Sos la mujer más hermosa de este mundo, Juliana —dijo con una voz grave, cargada de una devoción que le erizó la piel—. Pasé cinco años soñando con este momento, temiendo que nunca llegara. Gracias por no haberte rendido, gracias por volver a mí.

—Ya no estamos rotos, Andrés —susurró Juli, buscando el calor de su pecho maduro—. El pasado ya no tiene poder sobre nosotros.

Andrés desató con extrema lentitud el lazo de la bata de seda, dejando que la prenda cayera al suelo y exponiendo la silueta perfecta de la mujer que siempre había amado. La tomó en sus brazos con una mezcla de fuerza y ternura infinita, llevándola hacia la gran cama de madera de la habitación principal, donde la luz de la chimenea proyectaba sombras danzantes en las paredes.

Esa primera noche romántica no tuvo la urgencia del despecho ni el freno del miedo. Fue un encuentro pausado, un lenguaje de caricias lentas y besos profundos donde Andrés se encargó de adorar cada milímetro de su piel, demostrándole con el cuerpo lo que ya le había prometido con palabras. Sus manos se buscaron en la penumbra, entrelazándose con fuerza. Juliana se entregó por completo, perdiéndose en los brazos del hombre que había aprendido a madurar para estar a su altura, sintiendo que los pedazos de su historia finalmente encajaban a la perfección.

Hicieron el amor bajo el arrullo del viento de la montaña, borrando con caricias las viejas ausencias y sembrando, en el calor de esa cama, la promesa de una eternidad que apenas comenzaba a florecer.

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