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La Segunda Esposa de la Mafia

La Segunda Esposa de la Mafia

Status: Terminada
Genre:Mafia / Sustituto/a / Amor eterno / Tú no me amas / Completas
Popularitas:328
Nilai: 5
nombre de autor: Senja

Keyla nunca imaginó que una noche de terror la encadenaría al hombre más peligroso de la ciudad. Dominic Alfred, heredero del imperio mafioso más poderoso, la obliga a casarse para proteger un secreto. Lo que empieza como una prisión de lujo se transforma en un campo de batalla donde el orgullo, la pasión y un embarazo inesperado reescriben las reglas del juego.

Pero cuando la exnovia de Dominic regresa dispuesta a destruirlos, y el hermano de este cae en las garras de una mujer con sed de venganza, dos parejas descubrirán que el amor más intenso nace donde menos lo esperas: entre balas, mentiras y besos robados.

NovelToon tiene autorización de Senja para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2 ¿Todavía era virgen?

—Señor, esta es la habitación. La 404 —dijo Marco con una leve reverencia, sosteniendo la tarjeta electrónica que acababa de recibir del recepcionista.

Dominic estaba de pie frente a la puerta, el rostro inexpresivo y la mandíbula tensa.

—¿Estás seguro de que esta es la manera correcta, Marco? ¿Comprar a una mujer de esa familia de mala muerte?

Marco se encogió de hombros con discreción.

—Usted necesita desahogarse, señor. Y siendo sincero, después de escuchar los gritos de la señora Clara hace un rato, creo que le vendría bien algo mucho más tranquilo que una modelo que habla demasiado.

—Las mujeres son todas iguales, Marco. Solo quieren dinero y poder —siseó Dominic con frialdad. Le arrebató la tarjeta de la mano—. Espera aquí. Que nadie me moleste, incluyendo a mi esposa si llama.

—Entendido, señor. Que disfrute su noche.

La puerta se abrió. Dominic entró en la oscuridad, apenas iluminada por una tenue luz en el rincón de la habitación.

En un principio, su intención era simplemente sentarse, fumar y dejar que la mujer de adentro se acurrucara en algún rincón, porque no tenía el menor interés en satisfacciones carnales pasajeras.

Sin embargo, un débil quejido desde la cama detuvo sus pasos.

—Quema... que alguien me ayude... por favor... quema mucho...

Dominic se acercó. Allí, sobre las sábanas blancas ahora revueltas, una joven se encogía temblando violentamente.

El cabello largo le cubría el rostro, pero la piel expuesta de sus hombros estaba enrojecida, como si un fuego la consumiera desde dentro.

—¿Qué te pasa? —preguntó Dominic.

La joven alzó la mirada. Sus ojos se habían vuelto vidriosos y lánguidos por efecto de la droga que su madrastra le había forzado a tomar.

Al ver al hombre alto e imponente frente a ella, Keyla no huyó. En lugar de sentir miedo, gateó hacia él y sus pequeñas manos se aferraron al borde de la costosa camisa de Dominic.

—Por favor... ayúdame... no aguanto más... —gimió Keyla con voz ronca, cargada de sufrimiento y de un deseo incontrolable.

Dominic la miró con desprecio.

—¿Así es como seduces a los clientes? ¿Fingiendo que te quemas, eh?

—No... no es eso... me obligaron a tomar algo... por favor, la cabeza me va a explotar...

Sin previo aviso, las manos temblorosas de Keyla comenzaron a bajar la cremallera de su vestido rojo. Con movimientos torpes y desesperados, se quitó la tela hasta que cayó al suelo, dejando su cuerpo completamente desnudo.

A Keyla no le importaba la vergüenza; solo quería que el ardor en su piel desapareciera.

Dominic tragó saliva. Sus ojos, normalmente fríos como el hielo, captaron de pronto algo diferente. Observó los ojos de Keyla: ojos límpidos pese a la bruma de la droga, ojos que irradiaban una tristeza profunda y al mismo tiempo una inocencia que jamás había conocido.

Algo estalló dentro del pecho de Dominic. No era simple deseo, sino un impulso posesivo, salvaje.

Su mente voló hacia Clara: la mujer que siempre lo rechazaba, egoísta, fría. Y ahora, frente a él, había una joven que le suplicaba ayuda de la manera más primitiva.

—No sabes lo que estás pidiendo, pequeña —siseó Dominic. Le tomó la mandíbula, obligándola a mirarlo.

—Haz... lo que sea... con tal de que este ardor se detenga... —susurró Keyla con un hilo de voz, y sus lágrimas cayeron sobre el pulgar de Dominic.

—Tengo que atenderte... para que mi familia se salve... te lo suplico...

Al escuchar las palabras "atender" y "familia", la ira de Dominic alcanzó su punto máximo. Odiaba cómo funcionaba este mundo, y odiaba que de repente deseara tanto a esta joven.

De un tirón brusco, Dominic empujó a Keyla de vuelta a la cama y se colocó sobre ella.

Selló los labios de Keyla con un beso brutal. Los devoró, absorbiendo cada rastro de alcohol y desesperación que quedaba en ellos.

Keyla gritó dentro de aquel beso, sus manos aferrándose a los anchos hombros de Dominic, buscando un asidero en medio de la tormenta que la azotaba.

Cuando Dominic la penetró de una sola embestida, un alarido desgarrador llenó la habitación.

—¡Aaah! Duele... para... por favor, duele mucho... —sollozó Keyla, su cuerpo rígido como una tabla. Sangre fresca se extendió sobre las sábanas blancas.

Dominic se quedó paralizado. Su respiración agitada golpeaba el cuello de Keyla.

—¿Todavía eras virgen?

En toda su vida, Dominic no había tocado a otra mujer que no fuera su esposa. Y sabía perfectamente que Clara jamás le había entregado un regalo tan especial como este.

Esta joven era la segunda mujer en su vida, pero la primera que le entregaba su pureza sin condiciones, aunque fuera bajo coacción.

—Duele... pero no pares... —balbuceó Keyla, la droga despojándola de todo raciocinio—. Sigue...

Dominic ya no pudo contenerse. La estrechez que envolvía su miembro parecía aprisionar su alma entera.

Se movió con un ritmo cada vez más intenso, descargando toda su frustración contra Clara, contra su madre y contra el mundo a través del pequeño cuerpo de Keyla.

Cada gemido de ella se convirtió en una nueva adicción.

Se sentía sediento, terriblemente sediento, y solo la joven debajo de él podía saciar esa sed.

* * *

Mientras tanto, afuera de la puerta, Marco estaba recargado contra la pared jugando con su teléfono. De pronto, el aparato vibró con fuerza.

El nombre de Clara apareció en la pantalla.

Marco exhaló un largo suspiro y deslizó el botón verde.

—¿Sí, señora Clara? —respondió con un tono forzadamente cortés.

—¡Marco! ¿Dónde está Dominic? ¿Por qué no me contesta el teléfono? ¡Pásaselo ahora mismo! —gritó Clara con tal potencia que no hacía falta el altavoz.

Marco alejó el teléfono un poco de su oreja y se estremeció.

—Ay, señora. El señor Dominic está en... una reunión de emergencia. Muy urgente. No se le puede interrumpir.

—¿Qué reunión a estas horas? ¡Sé que está enojado por lo de hoy, pero que no sea infantil! ¡Dile que vuelva a casa ahora!

—Pues me temo que esta reunión va a necesitar toda la noche, señora. Ya sabe, hay muchos asuntos técnicos que resolver... de forma manual —respondió Marco conteniendo la risa.

Se imaginó la cara de Clara, probablemente con una mascarilla facial carísima puesta, mientras los celos le carcomían las entrañas.

—¿De qué hablas, Marco? ¿Me crees idiota? ¡Dime dónde están!

—Estamos en... ay, la señal está malísima, señora. Crrr... crrr... Parece que entramos en una zona sin cobertura. ¡Hasta mañana por la mañana!

¡Clic!

Marco cortó la llamada y bloqueó temporalmente el número de Clara. Recostó la cabeza contra la pared, escuchando los tenues quejidos que se filtraban por detrás de la puerta 404.

—Pobre señora modelo —murmuró Marco meneando la cabeza—. No quiere ni que su marido la toque, y ahora él está saboreando un postre mucho más dulce. Como bien dicen: no presumas de lo que tienes, que luego alguien te lo toma prestado sin pedir permiso.

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