Lilith Gray lo perdió todo dos veces: Primero a su familia en la masacre de la manada Darkfire, y luego su corazón, cuando el hombre que le juró amor eterno la rechazó al encontrar a su "Compañera" predestinada.
Seis años después, la niña frágil había muerto. Ahora todos la conocian como "La Aniquiladora", una guerrera de élite que solo vive para el deber y el combate. Su objetivo es claro: convertirse en la Guardiana Real del Rey Rowan, el Licántropo más temido y poderoso del mundo.
Pero en la ceremonia de su nombramiento, el destino le juega una última carta. Al primer roce, el vínculo se desata: el Rey no quiere solo su lealtad, la quiere a ella. Lilith deberá elegir entre su libertad como guerrera o el poder absoluto como la Reina que nunca buscó ser.
¿Podrá entregarse al hombre por quien tanto lucho en proteger?
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Capítulo 012: Desesperado
Rowan
Salí del hotel sintiendo que las paredes de cristal se me venían encima. El aire acondicionado de la recepción me resultaba sofocante, artificial, una ofensa para los sentidos que ahora mismo estaban en carne viva. Necesitaba espacio. Necesitaba que mi animal tomara el mando antes de que mi parte humana terminara de colapsar por el impacto del rechazo.
En cuanto mis pies tocaron el pavimento de la salida privada, no esperé a la limusina. Me arranqué la chaqueta de gala, escuchando el crujir de las costuras, y en un salto que desafió la gravedad, dejé que el cambio me desgarrara.
Onix emergió con un aullido que hizo vibrar los cristales de los rascacielos cercanos. Un lobo negro de proporciones monstruosas, con ojos como brasas ardientes. Corrí. Mis garras golpeaban el asfalto con una fuerza rítmica, esquivando el tráfico de la capital como una sombra letal hasta que el cemento dio paso a la tierra húmeda y las raíces del bosque real.
“¡NOS HA QUERIDO RECHAZAR!”, el grito de Onix en mi mente era un lamento que me desgarraba el pecho. “Nuestra Luna... nuestra mitad... ¡Vio asco en nosotros!”.
Pero no era el único que gritaba. Caius, mi licántropo, la entidad ancestral que habitaba en mi médula, rugía con una furia fría y cortante.
“¿Y qué esperaban, par de idiotas?”, ladró Caius, su voz resonando con una autoridad que nos hizo tropezar en plena carrera. “Mírense. Miren nuestra historia. Hemos pasado doce años revolcándonos en sábanas que no significaban nada. Hemos dejado que cientos de hembras dejen su rastro en nuestra piel por puro capricho. Ella es una Alfa. Ella tiene el caracter y olfato de una guerrera. ¡Nos ha olido! Ha olido la vida libertina que llevamos y nos ha juzgado. ¡Es su culpa por ser unos sementales sin honor!”.
El golpe de realidad de Caius nos dio de lleno. Me detuve en seco frente a un enorme lago cristalino que brillaba bajo la luz de la luna, a las afueras de la ciudad. El reflejo del agua me devolvió la imagen de Onix, un animal magnífico pero que ahora mismo se sentía sucio.
Es verdad… pensé, sintiendo una náusea profunda, ahora que ella encontraba a su destinado y resulta ser un rey que no había sabido guardar su fuego para ella sola. Me sentí pésimo. Un vacío me devoraba las entrañas.
Onix se acercó a la orilla y empezó a entrar en el agua gélida, restregando su pelaje contra las rocas, intentando lavar un rastro que no era físico, sino espiritual.
“Le rogaremos”, propuso Onix, con las orejas gachas y el hocico goteando agua. “Nos arrodillaremos ante ella si es necesario. Le llevaremos regalos, los tesoros más grandes del reino, flores, joyas... lo que sea para que nos perdone. Eso lo arreglará, Rowan. Las hembras perdonan si el macho se humilla lo suficiente”.
“Ella no es cualquier hembra, pulgoso”, siseó Caius, aunque ya no gritaba. “Pero tienes razón en algo: nos vamos a arrodillar. Porque un Rey solo se arrodilla ante su Reina, y ella lo es aunque nos odie”.
Regresé al palacio en mi forma de lobo, moviéndome por las sombras de los jardines hasta llegar a la entrada privada de mis aposentos. Allí, bajo la luz de un farol, me esperaba una figura que conocía tan bien como a mí mismo.
Clark.
Su rostro, usualmente relajado y cargado de una confianza tranquila, estaba grabado en piedra. Tenía una seriedad que nunca antes le había visto. ni siquiera en combate. Me detuve frente a él y dejé que el cambio fluyera a la inversa. El dolor de los huesos recolocándose me sirvió para anclarme a la realidad. Me puse en pie, desnudo, con el agua del lago aún goteando por mi cuerpo y el cabello pegado a la frente.
Clark no se inmutó; entre cambiaformas la desnudez es el estado más honesto. Sin decir una palabra, me lanzó una capa amplia de terciopelo que me cubrió por completo.
—¿Es verdad? —su voz fue un látigo—. ¿Ella es tu compañera?
Me ajusté la capa, sintiendo una tristeza pesada en mi voz.
—Sí, Clark. Es ella, por fin la encontré.
En ese momento, algo cambió en su rostro. Vi cómo sus rasgos se tensaban, cómo sus ojos evitaban los míos por una fracción de segundo y cómo su mandíbula se apretaba con una fuerza que amenazaba con romperse.
“¡MÍRALO!”, rugió Caius de repente, despertando con una violencia incontrolable. “¡SU AROMA! ¡SU REACCIÓN! ¡ESE TRAIDOR ESTÁ ENAMORADO DE NUESTRA MATE!”.
El pensamiento fue como una descarga eléctrica. Los años de amistad, la lealtad, todo se borró bajo el velo rojo de la posesividad licántropa. Si él la había tocado, si él la había mirado con deseo mientras la entrenaba...
—¡TRAIDOR! —grité.
Mi voz y la de Caius se combinaron en un estruendo sobrenatural. Me abalancé sobre mi mejor amigo con la velocidad de un rayo, estrellándolo contra el suelo de piedra. El impacto fue seco. Le propiné un golpe en la mandíbula y lo sujeté del cuello, con mis colmillos humanos alargándose y mis ojos inyectados en sangre.
—¡¿CÓMO TE ATREVISTE A MIRARLA?! ¡ES MÍA! ¡LA ESTUVISTE CODICIANDO EN TU CAMPAMENTO! —rugía, apretando más su garganta.
Clark no me devolvió el golpe. A pesar de ser un Beta poderoso, no usó su fuerza para atacarme. Con una maniobra ágil y defensiva, deslizó su cuerpo, usando mi propio peso para apartarme y rodar hacia un lado, poniéndose de pie de un salto, jadeando.
—¡Rowan, detente! —gritó, con la palma de la mano extendida—. ¡No sabía que era tu mate! ¡Escúchame!
“¡Mátalo!”, pedía Caius.
Sin embargo, algo inusual ocurrió. Onix se mantuvo en silencio. Mi lobo, que suele ser el más impulsivo y agresivo, estaba extrañamente tranquilo, observando. Él tenía un contacto espiritual inteso con Kairon, el lobo de Clark.
“Escúchalo, Rowan”, susurró Onix, dándome un soplo de calma en medio de la tormenta. “Kairon no muestra culpa. Muestra dolor y respeto. Él jamás nos traicionaría. Escucha lo que tiene que decir”.
Me quedé jadeando, envuelto en la capa, con los puños temblando por la fuerza necesaria para no volver a saltar sobre él. Clark se limpió un hilo de sangre de la comisura de los labios y me sostuvo la mirada, sin miedo, pero con una tristeza profunda.
—Es verdad que sentí atracción por ella, Rowan —confesó con voz ronca—. Es Lilith Gray. ¿Quién no se sentiría atraído por una mujer así? Desarrollé un romance en mi cabeza durante estos años, sí. La admiré, la protegí y... sí, me gustó. Pero te juro por mi honor y por mi lobo que no sabía quién era ella para ti.
Hizo una pausa y dio un paso adelante, bajando la guardia por completo.
—Pero ahora que sé que es tu compañera, mi Reina... eso se fue. Ya no existe. El respeto que te tengo y el vínculo de lealtad que nos une es más fuerte que cualquier deseo. Yo daría mi vida por ti, y ahora la daré por ella. No solo soy tu Beta, Rowan... soy tu amigo. He estado contigo en las trincheras tanto como en los burdeles. No te traicionaría por una mujer, ni aunque fuera ella.
Una ola de vergüenza me inundó de golpe, tan fría como el agua del lago. Bajé la cabeza, ocultando mis ojos de él. Tiene razón. Es Clark. Mi hermano de almas. El hombre que me ha cubierto la espalda más veces de las que puedo contar.
—Perdóname… —susurré, y mi voz se quebró un poco—. Perdóname, amigo. Hoy fue demasiado. El hecho de que ella quisiera rechazarme... el asco que vi en sus ojos... me sacó de juicio. No sé cómo razonar. Mi mente solo la ocupa ella, y la idea de que alguien más la haya deseado me vuelve un animal salvaje.
Clark se acercó y puso una mano firme en mi hombro, apretándolo con la misma lealtad de siempre.
—Te entiendo, hermano. El vínculo de mate es una locura, y más para un Rey Licán que ha esperado tanto. No te culpo por el ataque, pero no vuelvas a dudar de mí. Mi lealtad a la corona y a ti es inquebrantable.
Asentí, sintiendo que el peso en mi pecho disminuía un poco, aunque el dolor por Lilith seguía ahí, latente.
—Ahora ve a darte una ducha —dijo Clark, recuperando su tono de mano derecha—. Quítate el olor al lago y a la desesperación. Cuando salgas, hablaremos con calma. Tenemos que planear cómo manejar a la prensa y, sobre todo, cómo vas a manejar a esa mujer mañana en el examen final. Porque te advierto algo, Rowan: ella no es de las que se dejan ganar con flores y joyas. Si quieres a Lilith Gray, vas a tener que luchar contra ella, no por ella.
—Lo sé —respondí, caminando hacia el interior del palacio—. Y eso es lo que más me aterra.
Entré en mi habitación, dejando que la capa cayera al suelo. Mañana sería el día que definiría mi vida. Tenía a mi Beta de vuelta, tenía a mis bestias en alerta, pero me faltaba lo más importante: el perdón de la única mujer que podía hacerme sentir un rey de verdad. Y esta vez, la corona no me iba a servir de nada.
golosa /Drool/
Haber de qué cuero, sale más correas /Proud/
el terminará postrándose...serás tú /Tongue/