Laura lo tenía todo: un esposo millonario, una carrera exitosa, y el amor de sus hijos. Pero el pasado no perdona. Y el suyo está a punto de volver para cobrarse el precio.
Un viaje soñado a Colombia se convierte en la peor de las pesadillas. Los Zetas los secuestran. Andrés, su hijo de cuatro años, es arrancado de sus brazos. Y Valeria, la ex esposa de Alfred, ha vuelto de la cárcel con una sola misión: hacerle pagar cada minuto que pasó encerrada.
En medio de la selva, sin armas, sin aliados y sin esperanza, Laura deberá tomar el mando. No es una heroína. Nunca quiso serlo. Pero cuando se trata de proteger a los suyos, no hay línea que no esté dispuesta a cruzar.
"El precio de tu amor 2: El regreso" — una novela de acción, romance y supervivencia. La espera terminó. La venganza comenzó.
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Capítulo 16: La Frontera.
CAPÍTULO 16: "La frontera"
Amaneció con un cielo plomizo, amenazando lluvia. Laura fue la primera en despertar. Apagó los restos del fuego con tierra y se asomó a la entrada de la cueva. La selva estaba quieta, como si contuviera la respiración.
—Vamos —dijo, volviéndose hacia los demás
—. Hoy llegamos.
— ¿Estás segura? —preguntó Patricia, frotándose los ojos.
—Sí, debemos estar cerca.
Salieron. La caminata fue silenciosa, nadie hablaba. Solo se escuchaba el crujir de las hojas bajo sus pies, y el canto lejano de los pájaros. Sofía no se separaba de su padre, y Andrés seguía en brazos de Laura. Su fiebre había bajado, pero aún estaba débil.
— ¿Mami? —susurró.
—Dime, mi amor.
— ¿Vamos a casa?
—Sí. Pronto.
— ¿Mi abuela nos espera?
—Sí. Ella te espera.
El niño sonrió. Era la primera vez que Laura lo veía sonreír desde el secuestro. El sendero se abrió. Laura reconoció el lugar. El GPS de su teléfono había vuelto a funcionar, con la última carga de la batería. La frontera estaba a menos de un kilómetro.
—Allí —dijo, señalando hacia adelante—. Después del río.
— ¿Lo cruzamos? —preguntó Daniela.
—Sí. Del otro lado, estamos a salvo.
— ¿Y los Zetas?
—No cruzan la frontera, porque es territorio de otro cartel.
— ¿Y si ese cartel también es malo?
—No. Ese cartel respeta el acuerdo.
— ¿Qué acuerdo?
Laura no respondió. No quería explicar que esa información se la había dado Iván, en una de las tantas veces que la había interrogado.
—Confía en mí —dijo.
Daniela asintió. Llegaron al río. El agua era turbia, de corriente rápida. Del otro lado, se veía un puesto de control y hombres con uniformes verdes.
— ¿Son militares? —preguntó Roberto.
—Es la policía fronteriza —respondió Laura.
— ¿Y si están con los Zetas?
—No lo están.
— ¿Cómo lo sabes?
—Porque Margaret contactó a la policía fronteriza, y ellos nos está esperando para protegernos.
Mintió. No sabía si Margaret había logrado contactarlos. Pero necesitaba que creyeran que sí. Alfred la miró, pero no dijo nada.
Comenzaron a cruzar. El agua les llegaba a la cintura. Laura levantó a Andrés en brazos para que no se mojara. Alfred iba a su lado, ayudando a Sofía. Patricia, Daniela y Roberto cerraban la fila.
— ¡Alto! —gritó una voz desde la otra orilla.
Laura levantó la vista. Un policía los apuntaba con un fusil.
— ¡No dispare! —gritó—. ¡Somos turistas! ¡Nos secuestraron!
— ¡Alto o disparo!
Laura se detuvo. El agua le golpeaba el pecho. Andrés lloraba.
— ¡Por favor! —gritó—. ¡Llevamos días caminando! ¡Mi hijo está enfermo!
El policía bajó el fusil.
— ¡Vengan!
Salieron del agua. Laura cayó de rodillas en la orilla y tosió. El agua le quemaba los pulmones.
— ¿Están bien? —preguntó el policía, acercándose.
—Sí —respondió Laura, sin soltar a Andrés—. Pero necesitamos ayuda.
— ¿Quiénes los secuestró?
—Los Zetas.
— ¿Y cómo escaparon?
—Por nosotros mismos.
El policía la miró largamente.
—Tienen suerte de estar vivos.
—Lo sé.
Les dieron mantas, agua, y los llevaron a un puesto de primeros auxilios. Laura se sentó en una silla de plástico, con Andrés en brazos. Alfred se arrodilló frente a ella junto a Sofía.
—Lo logramos —dijo.
—Lo logramos —repitió ella.
— ¿Lloras?
—No. Es el río.
Alfred sonrió.
—Te quiero.
—Yo también. El río nos separó de la selva. La policía nos separó de los Zetas. Pero lo que realmente nos salvó fue no habernos rendido. A pesar del miedo. A pesar del cansancio. A pesar de todo.