Pamela, orgullosa y arrogante, humilla en público al señor Fitwilliam, un supuesto “hombre viejo” que resulta ser un multimillonario frío, poderoso y mucho más peligroso de lo que aparenta.
Como castigo, su padre la obliga a casarse con él.
Ahora vive atrapada en un matrimonio forzado con el hombre al que despreciaba… y al que desafía a cada instante. Pero Fitwilliam no es de los que pierden el control. Ni de los que olvidan.
Entre orgullo y poder, solo una cosa es segura: uno de los dos terminará cayendo primero.
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capitulo 16: El imperio del viejo gruñón
Cuando Pamela bajó las escaleras, encontró a Maximiliano esperándola en el comedor. Teresa también estaba presente, sentada a la mesa como de costumbre.
La mirada de Maximiliano se posó inmediatamente en la ropa que ella llevaba puesta.
Frunció ligeramente el ceño.
Aquella vestimenta podía ser adecuada para una salida con amigas o para un centro comercial, pero no para una empresa.
Sin embargo, no dijo nada en ese momento.
Pamela fingió no notar su mirada y tomó asiento.
Al observar la mesa, descubrió que nuevamente había un desayuno saludable.
Frutas, jugo natural y alimentos que definitivamente no estaban entre sus favoritos.
Resignada, se sentó y comenzó a comer en silencio.
Teresa observó la escena con evidente satisfacción, mientras Maximiliano terminaba su café sin apartar del todo la atención de Pamela.
Cuando terminaron de desayunar, ambos se dirigieron al exterior de la mansión.
El chofer ya tenía el automóvil listo.
Pamela abrió la puerta trasera y se acomodó en el asiento de atrás como si nada.
Maximiliano, que estaba a punto de entrar al vehículo, se detuvo al verla.
Su expresión se endureció ligeramente.
Pero Pamela simplemente cruzó los brazos y miró por la ventana, ignorándolo por completo.
El automóvil avanzó por las calles mientras el silencio reinaba en el interior.
Pamela iba cómodamente sentada en la parte de atrás, mirando por la ventana sin prestarle demasiada atención a nada.
Después de varios minutos, la voz de Maximiliano rompió el silencio.
—Por cierto, hay algo que debes saber.
Pamela apartó la vista de la ventana.
Ya va a salir con otra de sus reglas... pensó para sí.
—Bueno, dígame... ¿ahora qué, señor Santorini? —preguntó con evidente desgano.
La mirada de Maximiliano se dirigió al espejo retrovisor.
—Esa ropa no es adecuada para la empresa.
Pamela miró su ropa y luego volvió a mirar al frente.
—Jajaja, qué gracioso eres. No pienso dejar de vestir como siempre solo porque ahora vaya a tu empresa.
Se cruzó de brazos.
—Y mucho menos porque sea tu esposa en este extraño matrimonio por orgullo o por lo que sea.
—Es en serio, Pamela —respondió con la voz tensa—. Esa ropa no es profesional.
La observó por el espejo retrovisor.
—Te guste o no, en una empresa hay normas. Y tendrás que aprenderlas.
—Wow, claro... se me olvidaba que donde esté el viejo gruñón siempre habrá reglas absurdas —respondió Pamela con sarcasmo.
Rodó los ojos.
—Pero te advierto algo, viejo. No pienso dejar que me controles hasta la forma de vestir.
Sonrió con desafío.
—Porque si cedo en eso, después vas a querer convertirme en una versión aburrida de ti.
—Me vas a dar mucho trabajo, Pamela —dijo Maximiliano con la voz tensa—. Pero solo te diré una cosa: hay reglas que deben cumplirse. Te gusten o no, tendrás que aprenderlas.
Pamela simplemente rodó los ojos y volvió la vista hacia la ventana.
No tenía intención de seguir discutiendo.
Jajaja... el hombre reglatico ataca de nuevo, pensó para sí.
Si cree que voy a empezar a vestirme como una ejecutiva aburrida, está muy equivocado.
Una sonrisa divertida apareció en sus labios.
Además, habla de profesionalismo cuando él se viste de negro todos los días como si fuera de camino a un funeral.
Y con ese pensamiento, siguió mirando por la ventana, ignorando por completo el sermón que acababa de recibir.
Poco después llegaron a la empresa.
El automóvil se detuvo frente al imponente edificio de Santorini Group.
Maximiliano descendió primero del vehículo. Luego entregó las llaves a uno de los empleados encargados de recibir y estacionar los automóviles.
Pamela también bajó del carro.
Apenas levantó la vista, sus ojos se abrieron ligeramente.
El edificio era enorme, moderno y elegante. Las fachadas de cristal reflejaban la luz de la mañana, dándole un aspecto aún más impresionante.
Por un momento olvidó incluso las ganas que tenía de llevarle la contraria a Maximiliano.
—Vaya... —murmuró observando el lugar—. Tengo que admitir que esto es impresionante.
Su mirada recorrió la entrada principal.
—No esperaba algo tan enorme.
A pesar de sí misma, se sintió sorprendida.
Era la primera vez que veía de cerca el imperio empresarial que Maximiliano había construido.
Maximiliano observó el edificio unos segundos antes de mirarla.
—¿Te sorprende el lugar? Lo realmente impresionante no es el edificio, Pamela. Es todo el esfuerzo, las horas de trabajo y las decisiones que hay detrás para mantener algo así en pie cada día —dijo mientras continuaba caminando, como si acabara de responder algo que para él era obvio.
Pamela observó su espalda durante unos segundos.
Aquella respuesta la tomó por sorpresa.
Ella, que nunca había trabajado ni se había interesado demasiado por el mundo empresarial, siempre había pensado que hombres como Maximiliano simplemente heredaban sus fortunas y pasaban los días sentados en una oficina dando órdenes.
Jamás se había detenido a pensar en todo lo que podía haber detrás de algo tan grande como aquella empresa.
Sin decir nada, aceleró el paso para alcanzarlo mientras ambos continuaban adentrándose en el edificio.
Apenas entraron al edificio, varias miradas se dirigieron hacia ellos.
No era extraño que los empleados observaran a Maximiliano cuando llegaba, pero aquella mañana no venía solo.
Los murmullos comenzaron casi de inmediato.
Muchos se preguntaban quién era la joven que caminaba a su lado.
Otros intentaban adivinar si era una nueva clienta, una socia o alguna persona importante para la empresa.
Pamela notó las miradas, aunque decidió ignorarlas.
Por su parte, Maximiliano continuó avanzando como si nada.
Minutos después, reunió a varios empleados del departamento correspondiente.
Su expresión seguía siendo tan seria como siempre.
—Quiero presentarles a Pamela Mendoza —anunció con calma—. A partir de hoy formará parte de la empresa y trabajará en el área de marketing y publicidad.
Los presentes intercambiaron miradas curiosas.
—Espero profesionalismo y cooperación de todos.
Eso fue todo.
No mencionó que era su esposa.
Ni una sola palabra.
La boda había sido completamente privada, celebrada únicamente con familiares y amigos cercanos, por lo que la gran mayoría de los empleados desconocía que el poderoso Maximiliano Santorini se había casado.
Como era de esperarse, muchos asumieron que Pamela era simplemente una nueva trabajadora.
Y mientras algunos la observaban con curiosidad, otros ya comenzaban a preguntarse cómo había conseguido entrar directamente a un puesto tan importante.
Mientras tanto, en la mansión Santorini, un elegante automóvil se detuvo frente a la entrada.
Del vehículo descendió una mujer de unos setenta años.
Su porte era impecable y su expresión transmitía firmeza y disciplina. A simple vista podía parecer una mujer rígida y difícil de impresionar, pero quienes la conocían sabían que detrás de aquella apariencia severa había un corazón noble y una profunda preocupación por las personas que amaba.
Con paso seguro, avanzó hacia la mansión.