Sinopsis
Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.
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El día que casi pierdo la beca Cap 19
Después del semestre oscuro, mi promedio había quedado herido. No muerto, pero sí tambaleante. La beca exigía un mínimo de 8.5. Yo había bajado a 8.2. Un margen de error de solo tres décimas. Tres centésimas. Prácticamente nada.
El problema era que ya no podía darme el lujo de otra caída.
La advertencia llegó por correo electrónico un lunes por la mañana. Lo abrí mientras tomaba el desayuno, con el módem USB conectado a la computadora ruidosa. El ventilador rugía. La pantalla parpadeaba. El mensaje decía, en letras frías y oficiales:
"Estimada Sofía Ramírez: Su promedio actual se encuentra por debajo del mínimo requerido para mantener la Beca de Excelencia. Cuenta con un plazo de un semestre para recuperar el promedio. De lo contrario, la beca será revocada."
Revocada.
La palabra sonó en mi cabeza como un disparo. Sin beca, no había universidad. Sin universidad, no había futuro. Sin futuro, todo lo que había construido —el sol, las tortas, la computadora, las noches sin dormir— se derrumbaría como un castillo de naipes.
—¿Qué pasa, hija? —preguntó mi madre, viéndome palidecer.
Le mostré el correo. Leyó en silencio, moviendo los labios como hacía siempre cuando las palabras eran difíciles.
—¿Cuánto tienes que subir? —preguntó.
—Tres décimas. Parece poco. Pero es mucho.
—¿Y cómo se sube?
—Sacando notas altas. Muy altas. En todas las materias.
Mi madre asintió. Volvió a amasar. Pero esa noche, cuando creí que dormía, la escuché llorar en la cocina. Lloraba bajito, como si no quisiera que yo la oyera. Pero yo la oí. Y esa noche también lloré.
Al día siguiente, fui a ver al profesor Ricardo. Le expliqué la situación sin vueltas.
—Si no subo el promedio, pierdo la beca. No puedo perder la beca.
Él me miró con sus lentes de marco grueso. Por un momento creí que iba a decirme que lo sentía, que no podía hacer nada, que las reglas eran las reglas.
—Señorita Ramírez —dijo—, usted es una de las mejores estudiantes que he tenido. El semestre pasado fue una excepción. Una crisis puntual. No la define.
—Pero el promedio sí me define. Para la beca.
—Entonces hablemos de estrategia. ¿En qué materias le fue peor?
—En Literatura Comparada y Teoría Crítica.
—Bien. Ambas tienen posibilidades de recuperación. En la mía, le voy a dar un trabajo adicional. No es obligatorio, pero si lo entrega y es bueno, puedo subirle la nota final un punto.
—¿Un punto entero?
—Sí. Pero tiene que ser excelente. No bueno. Excelente.
Acepté sin dudar. Esa misma semana empecé a investigar para el trabajo. El tema era libre. Elegí escribir sobre la relación entre la literatura de la pobreza y la resistencia. Sobre cómo los que no tienen nada encuentran en las palabras una forma de dignidad.
Mientras escribía, pensaba en mi madre amasando. En don Rafael barriendo la vereda. En Lucía con su computadora prestada. En la señora de la farmacia que compraba tortas los martes. En todos ellos. Escribía con la rabia de quien ha sido mirada por encima del hombro. Con la ternura de quien ha sido sostenida por manos anónimas.
El trabajo me llevó tres semanas. Lo leí una vez, dos, tres. Lo corregí hasta que los márgenes quedaron llenos de anotaciones. Lo subí a la plataforma un viernes a la noche, con el ventilador rugiendo a mi lado y mi madre durmiendo en la habitación contigua.
La respuesta del profesor Ricardo llegó el lunes siguiente.
"Señorita Ramírez: He leído su trabajo dos veces. La primera, con atención. La segunda, con admiración. Es, sin duda, uno de los mejores ensayos que he recibido en mis años de docencia. No solo cumple con los requisitos académicos. Tiene alma. Le subo la nota un punto entero, como prometí. Además, le voy a proponer que lo presente en las Jornadas de Jóvenes Investigadores de la facultad. ¿Acepta?"
Acepté. Claro que acepté.
Pero el trabajo de Ricardo no alcanzaba. Necesitaba también recuperar Teoría Crítica. Ahí el profesor era otro. Un hombre seco, de pocas palabras, que no creía en segundas oportunidades.
—No doy trabajos adicionales —me dijo cuando fui a su oficina—. Las reglas son claras. Si no le fue bien en el examen, lo lamento.
Salí de su oficina con las manos vacías. Caminé hasta la biblioteca, me senté en un rincón y lloré. No pude evitarlo.
Lucía me encontró así. No preguntó. Solo se sentó a mi lado y me pasó un pañuelo de papel.
—El de Teoría Crítica es un imbécil —dijo.
—No puedo perder la beca por un imbécil —respondí, entre hipos.
—Entonces no la pierdas. Estudiá para el final. Sacate un diez. Aunque él no te quiera ayudar, tu puedes sola.
Tenía razón. Estudié como nunca. Me levantaba a las cinco de la mañana, repasaba apuntes mientras mi madre preparaba las tortas, leía en el colectivo, leía en los recreos, leía hasta que los ojos me ardían. Lucía me prestó sus resúmenes, sus libros, sus horas. Mi madre me dejaba té caliente en la mesa todas las noches.
El día del final, llegué temprano. El profesor seco me miró con indiferencia.
—¿Está preparada, señorita Ramírez?
—Sí.
El examen era difícil. Pero yo lo había estudiado todo. Cada pregunta, cada autor, cada concepto. Escribí durante dos horas sin levantar la cabeza. Cuando entregué, el profesor lo hojeó rápidamente.
No dijo nada. No sonrió. No asintió.
Una semana después, la nota: 10.
Diez. Perfecto.
Cuando vi la calificación en la pantalla de la computadora, grité. Mi madre salió corriendo de la cocina con las manos llenas de harina.
—¿Qué pasó?
—¡Me saqué un diez, mamá!
Me abrazó. Se me pegó la harina en la ropa. No me importó.
El promedio subió a 8.7. La beca estaba a salvo.
Esa noche, celebramos con torta de vainilla. Lucía vino. Don Rafael también. La señora de la farmacia trajo gaseosa. Doña Nelly, unas velas. Nos sentamos en el comedor, alrededor de la computadora ruidosa, y sople las velas como si fuera mi cumpleaños.
—Pedí un deseo —dijo mi madre.
—No hace falta —respondí—. Ya se cumplió.
Pero lo pedí igual. En silencio. Pedí que nunca más estuviera tan cerca de perder todo. Pedí fuerzas para seguir. Pedí que el sol, por más que quemara, no me venciera.
Afuera, el barrio dormía. Adentro, la computadora rugía. Y yo, Sofía Ramírez, seguía de pie.