En el mundo de la Fórmula 1 no existen los amigos, solo rivales. Gael Rainer es la promesa de Mercedes: frío, calculador, imparable. Mara Varela es el orgullo de Ferrari: brillante, valiente y dueña de cada secreto de su equipo.
Se encontraron en una noche donde no existían los colores ni las reglas. Una noche de pasión que lo cambió todo. Pero cuando amaneció y se reveló la verdad, comprendieron que su amor es una traición para todos: para sus equipos, para sus familias, para el mundo entero.
Entre la velocidad de la pista y el silencio de los escondites, deberán elegir: ¿obedecer las leyes que los separan o arriesgarlo todo por una vuelta que nunca debió existir?
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CAPITULO 10 LUCES ROJAS OJOS AZULES
Llegué al puesto de estrategia justo cuando el silencio se apoderaba de la sala. El aire olía a plástico caliente, café recién hecho y esa tensión eléctrica que precede a cualquier arranque. Delante de mí, pantallas gigantes mostraban la pista dividida en sectores, los tiempos por vuelta, la temperatura de los neumáticos y la posición de cada escudería: Ferrari, Mercedes, Red Bull, todos ahí, luchando décimas de segundo que valían más que cualquier medalla. Me coloqué los auriculares y ajusté el micrófono, sintiendo cómo el corazón se me aceleraba pero manteniendo la mano firme sobre el panel.
La clasificación comenzó y la pista se llenó de rugidos furiosos. Los coches pasaban como sombras rojas, azules y doradas, rozando los límites de la asfalto, buscando el milímetro perfecto. Yo escuchaba la voz de Charles Leclerc en mis oídos, tensa y ansiosa:
—Necesito una vuelta más rápida. Puedo bajar ese tiempo. Déjame intentarlo otra vez.
Desde el muro le respondí con calma, midiendo cada palabra:
—Charles, los datos dicen que no es seguro. El agarre baja en la curva tres. Puedes mantener la posición sin arriesgar.
Su respuesta llegó cortante, impaciente:
—Tú no sabes lo que se siente ahí adentro. No tienes experiencia. Yo sé lo que puedo hacer.
Intenté insistir, pero él ya había acelerado. Vi cómo el monoplaza rojo se lanzaba al límite, cómo se acercaba peligrosamente al coche de Max Verstappen. En la pantalla todo pasó en un parpadeo: un roce, un desvío brusco, una nube de humo y asfalto levantado. No hubo choque grave, pero el daño estaba hecho: Charles perdió tiempo, posición y la calma. Y por el canal de radio se escuchó la voz furiosa de Max reprochándole la maniobra imprudente.
Cuando terminó la sesión, los números quedaron claros: George Russell se llevó la primera posición. Gael Rainer quedó segundo. Y Carlos Sainz logró el tercer puesto. Elena Moretti bajó la mirada a la hoja de resultados y luego nos miró a todos con esa expresión que no admitía excusas.
—Llegamos en los primeros tres lugares —dijo con voz firme—. Es un buen resultado, pero lo de Charles es inaceptable. No importa la experiencia, no importa quién seas: aquí se siguen las órdenes. Si el panel dice que no, es no. Y tú no lo aceptaste.
Mientras tomaban las fotografías oficiales en la línea de boxes, vi cómo Carlos me buscó con la mirada y me dedicó una sonrisa sincera. Luego se acercó a mí, quitándose el casco y dejándolos sobre una mesa.
—Tú me trajiste suerte, Mara —dijo bajito, con esa calidez que lo caracteriza—. Gracias.
—No hay de qué —respondí sonriendo—. Siempre me han dicho que soy de buena suerte.
Me acerqué entonces a donde estaban George y Gael.
—Buen trabajo, chicos —dije con respeto—. Fue una clasificación increíble.
Gael me miró con esa intensidad suya, una media sonrisa apenas dibujada en sus labios.
—Así estuvo —dijo él—. Mañana será otra historia. Que te vaya bien.
—Adiós —me despedí, y me fui directo al comedor para desayunar algo ligero antes de la reunión.
Apenas terminé, Elena me llamó a su oficina. Al entrar, vi a Charles sentado en una silla, con la mirada baja y los hombros caídos, arrepentido. Al verme levanto la vista y dijo con voz sincera:
—Mara… lo siento mucho. Te pido una disculpa. Fui imprudente y no te escuché.
—Yo también lo siento —le respondí sentándome frente a él, cruzando una pierna sobre la otra con naturalidad—. Debí ser más firme contigo. Pero entiendo cómo es allá fuera. Cuando vas a más de doscientos cincuenta kilómetros por hora, cuando sientes la fuerza G aplastándote contra el asiento, es muy difícil seguir instrucciones. Una vez me subí a un monoplaza de fórmula dos… y sentí que el pecho se me iba a romper. Es demasiado para cualquiera.
Charles me miró sorprendido.
—¿Tú te has subido a uno?
—Sí —me reí suavemente—. Al principio ni siquiera quería ser mecánica. Terminó pasando lo que tenía que pasar. Supongo que era mi destino. Algún día te cuento cómo fue.
En ese momento intervino Elena:
—Charles, he decidido que para el resto de la temporada Mara estará contigo en el panel de estrategia.
—¿De verdad? —preguntó él, alzando la vista—. Me vendría muy bien.
—Si ella quiere —añadió Elena mirándome.
Sonreí y asentí con firmeza.
—Está bien. Seremos equipo. Tengo contrato por tres años aquí, así que podemos aprender juntos todo lo que haga falta.
Me levanté y regresé a mi habitación. Pasaron unas horas y entonces escuché unos golpes suaves en la puerta. Fui a abrir y era él. Gael se apoyó en el marco, con esa calma que lo define, y sonrió apenas.
—Muchas felicidades por tu primer choque—dijo—. Por poco no llegamos, Carlos casi nos quita el segundo lugar. Pero está bien.
—¿No te cansas? —le pregunté riendo, dejándolo pasar.
En lugar de responder, me tomó por la cintura con una mano firme y me atrajo hacia él, bajando la cabeza para besarme despacio en el cuello. Un escalofrío me recorrió entera y me dejé llevar, rodeándole el cuello con los brazos. Me cargó sin esfuerzo y me llevó hasta la cama, donde se despojó de su ropa con movimientos seguros y tranquilos. Yo me arrodillé delante de él, mirándolo a los ojos mientras lo hacía mío con la boca, sintiendo cómo sus dedos se posaban suavemente en mi cabeza guiando mis movimientos.
Gael soltó un suspiro profundo cuando llegó al límite, y su cuerpo se tensó un instante antes de relajarse por completo. Me miró con esa oscuridad tierna que solo él me mostraba y yo le dije con sinceridad:
—La verdad… me da asco el sabor.
Él soltó una risa baja, me tomó del mentón con suavidad y me llevó a beberlo de nuevo despacio, hasta que no quedó nada. En ese preciso instante escuchamos unos golpes fuertes y una voz llamando desde el pasillo:
—¿Mara? ¿Estás ahí? Soy Carlos.
Nos miramos con los ojos muy abiertos, el corazón a punto de salírsenos del pecho. Me levanté de un salto, agarré a Gael del brazo y lo empujé apresuradamente hacia el baño, cerrando la puerta apenas con un clic mientras me acomodaba la ropa y trataba de recuperar el aliento.