En su vida pasada, Camila era una científica obsesionada con descubrir los secretos de la naturaleza. Ahora ha reencarnado como Xenia, una joven noble en un mundo lleno de magia… y para ella eso solo significa una cosa: nuevos experimentos.
Decidida a entender y dominar la magia como si fuera ciencia, convierte su vida en un laboratorio, creando pociones cada vez más imposibles y peligrosas.
Pero cuando el príncipe del reino empieza a aparecer constantemente en su laboratorio, Xenia descubre que, además de la magia, hay otro fenómeno que no logra explicar del todo: por qué el príncipe parece cada vez más interesado en ella… mientras ella solo piensa en su próximo experimento.
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Capítulo 11
La reunión terminó poco después.
Xenia aprovechó la primera oportunidad que tuvo para escapar.
Tras despedirse educadamente del emperador, prácticamente salió de la sala a toda velocidad. Había soportado suficientes emociones por un día: un emperador interesado en sus pociones, una posible oferta para convertirse en alquimista imperial y, por supuesto, Clark declarando frente a todo el mundo que era su alquimista personal.
Todavía le daba dolor de cabeza solo recordarlo.
—Xenia.
La voz de Clark sonó detrás de ella.
Xenia aceleró inmediatamente el paso.
—Iré a visitarte pronto.
Ella continuó caminando como si no hubiera escuchado absolutamente nada.
No funcionó.
—Xenia.
Más rápido.
—Xenia.
Mucho más rápido.
—¿Me estás ignorando?
Definitivamente.
La joven desapareció por el pasillo con tal velocidad que incluso algunos sirvientes se quedaron observándola confundidos.
Clark, por su parte, simplemente sonrió.
Parecía divertirse demasiado.
La única persona que no estaba nada contenta después de aquella reunión era Gideón Dorman.
Apenas Xenia abandonó la sala, el alquimista real fue a ver al emperador
Su orgullo llevaba demasiado tiempo soportando humillaciones.
—Majestad —comenzó cuidadosamente—, esa chica no es más que una novata.
Leonhart levantó una ceja.
—¿Y?
—¿Está realmente seguro de que es ella quien crea esas fórmulas?
El emperador lo observó en silencio.
Gideón continuó.
—Después de todo, es hija de un duque. Tal vez contrató a alguien para hacer el trabajo y simplemente se atribuye el mérito para obtener reconocimiento.
El ambiente se volvió frío.
Muy frío.
Leonhart apoyó lentamente el codo sobre el reposabrazos del trono.
—¿Estás insinuando que no tengo criterio para juzgar algo tan simple?
Gideón sintió un escalofrío.
—N-No es eso, majestad, pero...
—Porque eso es exactamente lo que parece.
La mirada del emperador se volvió helada.
Y por un instante Gideón recordó que aquel hombre no gobernaba un imperio por casualidad.
Inmediatamente inclinó la cabeza.
—Perdone mi falta de respeto, majestad.
Leonhart no respondió.
Aquello era peor.
Gideón permaneció inclinado unos segundos más antes de retirarse.
Una vez fuera de la sala, la máscara respetuosa desapareció por completo.
—Maldita mocosa...
Sus puños se cerraron con fuerza.
Todo era culpa de ella.
Ella era la razón por la que el emperador había dudado de él.
Ella era la razón por la que la corte comenzaba a murmurar.
Ella era la razón por la que su prestigio estaba siendo amenazado.
Y no iba a permitirlo.
Con expresión sombría, se dirigió a sus aposentos. Allí tomó una gruesa bolsa llena de monedas, se colocó una capa oscura y una capucha que ocultó parte de su rostro.
Tenía algunos asuntos que resolver.
Y algunas personas a las que pagar.
Dias despues completamente ajena a los pensamientos homicidas de Gideón, Xenia se dirigía hacia uno de los distritos comerciales de la capital.
Necesitaba ingredientes.
Muchos ingredientes.
Algunos de los experimentos que tenía en mente requerían materiales bastante específicos, y prefería seleccionarlos personalmente.
Normalmente aquella actividad la ponía de buen humor.
Normalmente.
Porque en esta ocasión había un problema.
Un problema sentado justo frente a ella.
Clark Viremont.
Xenia lo observó durante unos segundos.
Él le devolvió una sonrisa radiante.
Ella suspiró.
Profundamente.
Todo había ocurrido porque, justo cuando se dirigía a salir habían encontrado al príncipe llegando a la mansión Edevane.
Clark había afirmado que quería visitarla.
Xenia le había dicho que no.
Clark había ignorado su respuesta.
Y ahora estaba allí.
Sentado frente a ella.
Sonriendo.
Existiendo.
—¿Se puede saber por qué sigue aquí? —preguntó finalmente.
—Porque voy contigo.
—Esa no era una opción.
—Lo es para mí.
Xenia sintió un tic en el ojo.
Clark parecía extrañamente satisfecho observando su reacción.
Después de unos segundos de silencio, el príncipe apoyó el mentón sobre una mano mientras la observaba.
—Es la primera vez que salimos juntos.
Xenia ya sabía que aquella conversación no iba por buen camino.
—Ajá.
—Hasta parece una cita.
El silencio fue inmediato.
Clark esperó alguna reacción.
Y la obtuvo.
Xenia lo observó con absoluta seriedad.
—Si esto fuera una cita, significaría que uno de nosotros tiene muy mala suerte.
Clark parpadeó.
Luego sonrió.
Más.
—¿Eso significa que soy yo?
—No.
—¿Entonces eres tú?
—Yo soy la víctima que fue secuestrada por un príncipe desocupado.
Clark soltó una carcajada.
Una carcajada sincera.
Sus ojos incluso parecieron iluminarse.
Xenia lo miró como si estuviera viendo algo extraño.
¿Por qué parecía tan feliz?
—Creo que eres la primera persona que me llama desocupado.
—Entonces debería sentirse honrado.
—Lo estoy.
—...
—Mucho.
Xenia empezó a sospechar que aquel hombre tenía algún problema.
Porque cada vez que ella intentaba desanimarlo, parecía ponerse de mejor humor.
Y eso era profundamente inquietante.
Mientras el carruaje continuaba avanzando por las calles de la capital, Clark simplemente la observó en silencio durante unos segundos.
La forma en que fruncía el ceño cuando pensaba.
La manera en que apartaba la mirada cuando algo le parecía molesto.
Y lo poco que parecía impresionarle el hecho de que él fuera un príncipe.
Era refrescante.
Extrañamente refrescante.
Y por eso mismo cada vez le resultaba más difícil dejar de buscarla.
Aunque, por supuesto, Xenia aún no tenía la menor idea de ello.
Cuando el carruaje finalmente se detuvo en uno de los distritos comerciales más concurridos de la capital, Xenia bajó primero sin esperar a nadie. Su destino era claro: una pequeña tienda de ingredientes donde llevaba semanas comprando hierbas, raíces y minerales para sus experimentos.
Clark descendió detrás de ella con total tranquilidad.
O, al menos, intentó hacerlo.
Porque apenas puso un pie en la calle, varias personas lo reconocieron.
Después de todo, no era común encontrarse a un príncipe caminando por el mercado.
Mucho menos siguiendo a una joven noble como un cachorro particularmente insistente.
Xenia ignoró las miradas y entró directamente al local.
El aroma a hierbas secas y flores medicinales llenó sus pulmones al instante.
—Buenos días, señor Rowan —saludó con una sonrisa mientras se acercaba al mostrador.
El anciano comerciante levantó la vista y sonrió ampliamente.
—¡Señorita Xenia! Justamente llegaron unas raíces de luna que podrían interesarle.
Sin embargo, antes de continuar, sus ojos se desviaron hacia la alta figura que acababa de entrar detrás de ella.
Clark estaba observando las estanterías con curiosidad.
—Vaya, hoy viene acompañada.
Su sonrisa se volvió ligeramente traviesa.
—Acaso...
—No —lo interrumpió Xenia inmediatamente.
El hombre parpadeó.
—¿No?
—Es solo un acosador que no deja de seguirme.
El silencio fue absoluto.
Un par de clientes cercanos casi dejaron caer lo que llevaban en las manos.
El comerciante abrió la boca.
La cerró.
Y luego miró a Clark.
Clark, por supuesto, se estaba riendo.
—Soy más que eso.
Lo dijo con un orgullo tan absurdo que incluso parecía convencido.
—Mucho más.
—Eso es discutible —respondió Xenia mientras comenzaba a revisar algunos ingredientes.
—Me hiere escuchar eso.
—Qué tragedia.
—Realmente eres cruel.
—Gracias.
Los ojos de Clark brillaron.
—De nada.
Xenia lo miró con sospecha.
Definitivamente tenía algún problema.
El señor Rowan observó aquel intercambio durante varios segundos.
Luego decidió que era mejor no hacer preguntas.
Terminó atendiendo a Xenia mientras intentaba fingir que no estaba presenciando algo extraño.
Media hora después, la joven ya había comprado varias bolsas de ingredientes.
Y como Clark había insistido tanto en acompañarla...
Le entregó todas.
—Sostenga.
—¿Qué?
—Las cajas.
Clark miró la montaña de paquetes.
Luego a Xenia.
Y después volvió a mirar las cajas.
—¿Me está utilizando como sirviente?
—No.
—Ah.
—Los sirvientes reciben salario.
Clark soltó una carcajada tan fuerte que algunas personas se giraron para verlo.
—Eres increíble.
—Lo sé.
Y así continuaron recorriendo el mercado.
O más específicamente, Xenia recorrió el mercado.
Clark cargó absolutamente todo.
A medida que avanzaban, las cajas comenzaron a multiplicarse.
Ingredientes.
Hierbas.
Frascos.
Minerales.
Libretas.
Herramientas.
Más ingredientes.
Y todavía más ingredientes.
Cuando salieron del cuarto establecimiento, Clark apenas podía ver por encima de la montaña de paquetes.
—¿Cuántas cosas necesitas para hacer una poción?
—Muchas.
—Empiezo a sospechar que solo me trajiste para cargar cosas.
—Qué observador.
—Gracias.
—Era sarcasmo.
—Lo sé.
Xenia volvió a sentir aquel tic en el ojo.
Aquel hombre era imposible.
Mientras caminaban por una de las calles principales, varias jóvenes nobles que paseaban por la zona se quedaron paralizadas al reconocer al tercer príncipe.
Algunas incluso se sonrojaron.
Pero lo que realmente las dejó impactadas fue verlo cargando cajas como un ayudante.
Y peor aún.
Siguiendo obedientemente a una joven de cabello corto que ni siquiera parecía prestarle atención.
—¿Estoy imaginando cosas? —susurró una.
—No.
—¿El tercer príncipe está... cargando compras?
—Sí.
—¿Y ella quién es?
—Creo que es Lady Xenia Edevane.
Las miradas comenzaron a multiplicarse.
Clark las ignoró todas.
Xenia también.
Bueno.
Xenia porque no le importaban.
Clark porque estaba demasiado ocupado observando cómo ella discutía con un vendedor sobre la calidad de unas flores mágicas.
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