Un acuerdo que no eligió. Un desconocido que debe aceptar. Y un lazo que el tiempo ni la muerte pudieron romper.
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CAPÍTULO 11 Una nueva rutina
A la mañana siguiente desperté con su brazo todavía firme sobre mi cintura, sin haberse movido casi en toda la noche.
Cuando abrí los ojos, él ya estaba despierto, mirándome fijamente como si hubiera estado vigilando desde hacía rato, asegurándose de que seguía ahí, respirando a su lado.
No me dio los buenos días con palabras tiernas, solo me miró con seriedad y dijo:
—Ya es hora de levantarse.
No te quedes mucho tiempo en la cama, los médicos dijeron que debes moverte poco a poco para que tu cuerpo recupere la fuerza.
Se levantó primero y luego me ayudó a mí, sosteniéndome del brazo con firmeza para que no perdiera el equilibrio al poner los pies en el suelo.
No me dejó hacer nada sola:
me trajo el agua fresca, me ayudó a lavarme la cara con mucho cuidado y hasta eligió la ropa que debía ponerme, una prenda suave, cómoda y bien abrigada.
—No te pongas nada que te apriete ni te moleste —ordenó con tono tajante—.
Todavía te estás recuperando de algo muy grave, no quiero que te sientas mal por nada.
Cuando bajamos al comedor, Cristian y Alana corrieron hacia nosotros con los brazos abiertos, pero él los detuvo suavemente antes de que me abrazaran con demasiada fuerza.
—Despacio, pequeños —les dijo con una suavidad que solo tenía con ellos—.
Mamá todavía está delicada, hay que cuidarla mucho.
Durante el desayuno no dejó de vigilarme ni un segundo.
Me sirvió la comida con paciencia, me cortó la fruta en trozos muy pequeños y me miró con atención para asegurarse de que comía todo lo necesario.
—Necesitas recuperar fuerzas rápido —me dijo cuando vio que dejé la cuchara un momento—.
No dejes nada en el plato, aunque comas despacio.
Después se sentó frente a mí, apoyó los codos en la mesa y me miró fijamente a los ojos con esa expresión que no admitía ninguna discusión.
—A partir de ahora todo cambiará en esta casa —dijo con voz segura—.
Yo me encargo de todo.
Tú solo te preocupas por sanar y por estar bien.
Nada de esfuerzos innecesarios, nada de cargar cosas pesadas, nada de levantarte temprano si no es necesario. Y recuerda lo que te dije ayer:
No me iré de tu lado.
Si necesitas algo, lo que sea, solo llama.
Estaré ahí antes de que termines de hablar.
Pasó la mañana y él no se alejó mucho de mí.
Se quedó cerca, revisando papeles o arreglando cosas en la sala, pero siempre con la mirada puesta en mí. Cada vez que me levantaba para ir a otro lado, él ya estaba ahí ofreciéndome su brazo antes de que yo pudiera dar un paso más.
Cada vez que tosía o me quejaba de algún pequeño malestar, se acercaba de inmediato preocupado, aunque intentara disimularlo con órdenes secas y preguntas directas.
Esa tarde, mientras los niños jugaban tranquilos en la alfombra de la sala, se sentó a mi lado en el sofá y me tomó la mano sin pedir permiso, entrelazando sus dedos con los míos con mucha calma.
—No volveré a cometer el error de dejarte sola —dijo bajito, casi para sí mismo—.
Ese susto que me diste me enseñó que no puedo confiar en que todo estará bien si no estoy yo para cuidarlo.
Ahora yo me aseguro de que así sea, pase lo que pase.
Y aunque seguía siendo el hombre duro y mandón que conocía, ya no había ninguna duda:
su forma de cuidarme había cambiado para siempre, y esta vez no había vuelta atrás.