Camila y Rafael viven un romance perfecto, entre tardes de complicidad, risas e historias compartidas, descubren un amor puro y profundo que avanza hacia el compromiso. Sin embargo, en las sombras, la envidia enfermiza transformada en amistad se vuelve una obsesión oscura.
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capitulo 19
La noticia de que Ana estaba viva había cambiado el panorama por completo. Rafael y Camila se reunieron esa misma noche en el apartamento de él, con Norma y Richard presentes, para planear los siguientes pasos.
—Ana es la clave
dijo Richard, mostrando unas fotografías en la mesa
—Es la hermana de Rubén, la única testigo que puede confirmar la conexión entre Fernando y los crímenes. Si ella habla, tendremos un caso sólido.
—¿Pero cómo logramos que Rubén coopere?
preguntó Camila
—el también tiene el tatuaje. Es tan culpable como Fernando.
—Sí, pero es el eslabón más débil
respondió Richard, quien lanzaba miradas furtivas a Norma.
—Si logramos que hable, podremos construir un caso contra Fernando. Pero no será fácil. Rubén está atrapado entre el miedo y la culpa.
Rafael intervino.
—¿Y si usamos a Ana? Si ella está dispuesta a verlo, tal vez eso lo impulse a hablar.
Richard asintió.
—He hablado con Ana por teléfono. Quiere ver a su hermano. Dice que está lista para hablar después de años de silencio.
Dijo Richard quien les dejo la dirección de Ana, se despidió no sin antes cruzar miradas nuevamente con Norma, quien se sonrojo al instante.
Ese día decidieron que Camila y Rafael irían a ver a Ana. Norma se quedaría en la ciudad para vigilar los movimientos de Fernando y Tadeo.
Al día siguiente, tomaron un coche alquilado y viajaron a un pequeño pueblo en la costa, donde Ana vivía bajo una identidad falsa. El lugar era modesto, una casita de madera con vista al mar, rodeada de árboles que la ocultaban de miradas curiosas.
Ana los recibió con desconfianza. Era una mujer delgada, de cabello castaño y ojos tristes, con cicatrices invisibles que se reflejaban en su mirada. Cuando Camila le estrechó la mano, sintió que la piel de Ana estaba fría, como si el calor de la vida aún no hubiera regresado a su cuerpo.
—vinieron
dijo Ana, con voz apenas audible
— Richard me dijo que ustedes también han sufrido por culpa de Fernando y que hay más víctimas.
Camila asintió.
—ese mounstro ha destruido muchas vidas
Ana la miró con curiosidad, pero no preguntó más. Los invitó a pasar y los sentó en la pequeña sala de su casa, decorada con conchas marinas y fotografías de paisajes.
—¿Quieres contarnos qué pasó?
preguntó Camila, con suavidad
—Solo si te sientes lista.
Ana tomó una taza de té entre sus manos, como si necesitara algo cálido que la anclara al presente. Respiró hondo y comenzó a hablar.
—Tenía sueños por delante cuando todo pasó
dijo, con la voz quebrada
—Rubén siempre había sido un buen hermano. Me cuidaba, me protegía. Pero cuando conoció a Fernando, todo cambió. Fernando lo manipuló, lo metió en cosas malas. Yo no sabía hasta qué punto.
Ana hizo una pausa, y Camila vio cómo sus ojos se llenaban de lágrimas.
—Una noche, Fernando llegó a casa. Dijo que Rubén lo había enviado a buscarme, que necesitaba hablar conmigo urgentemente. Confié en él porque era el amigo de mi hermano. Subí a su coche sin dudar.
Su voz se volvió un susurro.
—No me llevó donde Rubén. Me llevó a un almacén abandonado. Cuando entramos, vi a Rubén allí, esperando. Y a otros hombres, uno, que estaba en la esquina, con la mirada baja, sin hacer nada otros me miraron fijamente.
—¿Qué pasó entonces?
preguntó Rafael, con la voz tensa.
Ana cerró los ojos, como si las imágenes fueran demasiado dolorosas para mirarlas.
—Fernando me dijo que tenía que hacer lo que él dijera, o le haría daño a mi familia, tenía miedo, tenía mucho miedo. Luego me ató a una silla. Me dijo que si cooperaba, no pasaría nada malo. Pero... no cooperé. Traté de luchar, de gritar, y entonces él... me golpeó.
Camila sintió que el corazón se le encogía. Había vivido eso en su otra vida. Sabía exactamente lo que Ana había sentido.
—Me violó
continuó Ana, con lágrimas corriendo por sus mejillas
—Me violó mientras Rubén miraba. Rubén no hizo nada, solo miraba, como si estuviera paralizado.
—¿Y Rubén?
preguntó Camila
—¿Él te tocó?
Ana negó con la cabeza.
—No. Rubén no me tocó. Pero tampoco me defendió. Eso fue lo que más dolió. Que mi propio hermano me viera sufrir y no hiciera nada.
—¿Qué pasó después?
preguntó Rafael quien nuevamente estaba grabando todo al igual que hizo con Luisa.
—Recuerdo también que Fernando me inyectó algo
dijo Ana
—No sé qué era, pero me dejó medio inconsciente. Recuerdo fragmentos, el dolor, el frío, el asco de sentir sus manos sobre mí. Y luego, cuando desperté, estaba en un hospital. No sabía cómo había llegado allí. Me dijeron que un transeúnte me había encontrado tirada en la calle.
—¿Denunciaste?
preguntó Camila.
—Lo intenté
respondió Ana, con amargura
—Fui a la policía, les conté todo. Pero cuando mencioné el nombre de Fernando, todo cambió. Me dijeron que era una mentirosa, que estaba inventando todo para llamar la atención. Que si seguía insistiendo, me meterían en problemas.
—Alguien en la policía lo protege
dijo Rafael
—si
Ana asintió.
—Por eso desaparecí. Porque supe que si me quedaba, Fernando me encontraría y me mataría. Así que me fui, cambié mi nombre y empecé de nuevo. Pero el miedo nunca se fue. Cada noche, sueño con ese almacén. Con sus manos. Con su voz.
Camila se levantó y se sentó junto a Ana, tomando sus manos entre las suyas.
—Yo sé lo que se siente y nadie merece pasar por eso.
dijo, con la voz llena de empatía
Ana la miró con sorpresa.
—¿usted también?
—Es complicado
respondió Camila
—Pero lo importante es que estamos aquí, juntas, y vamos a detenerlo. Vamos a hacer que Fernando pague por todo lo que te hizo, y por todas las mujeres que lastimó.
Ana rompió a llorar, y Camila la abrazó. Fue un abrazo largo, sanador, el abrazo de dos mujeres que habían sobrevivido al infierno.
Cuando Ana se calmó, Rafael habló.
—Necesitamos que testifiques. Y necesitamos que Rubén también hable. ¿Crees que puedas verlo?
Ana dudó por un momento.
—No sé si estoy lista. Pero si es necesario para atrapar a Fernando, lo haré.
—Vamos a organizar un encuentro
dijo Rafael
—En un lugar seguro. Richard nos ayudará.
La noche cayó sobre la costa, Camila y Rafael se despidieron de Ana con la promesa de volver pronto. En el camino de regreso, Camila no podía dejar de pensar en la historia de Ana. tantas mujeres dañadas por el mismo hombre, y eso la llenaba de rabia y determinación.
—No vamos a permitir que siga haciendo esto
dijo Camila, con voz firme
—Vamos a detenerlo cueste lo que cueste. Dile a Richard que le busque un lugar seguro a Ana y la cuide mientras seguimos investigando, ella está en peligro.
Rafael tomó su mano y la apretó con fuerza.
—le diré ya mismo y Juntos, Camila. Siempre juntos lo detendremos.