Una mujer que dice no ama a su esposo. Pero se queda cada día odia menos a su esposo y ve que pueden ser un matrimonio con amor
Un hombre enamorado de su esposa feliz de que su sueño se volvió realidad aunque sabe que su esposa lo odia fingiendo cuando hay invitados o salen como la pareja perfecta, pero luego se da cuenta que su esposa se empieza enamorar de él.
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6 hermanos de viaje
LUNA
Mientras Thiago se encontraba fuera de la ciudad por su viaje de negocios, la casa Bianchi estaba lejos de ser tranquila.
De hecho, aquella mañana parecía que una pequeña guerra había comenzado.
Había maletas por todas partes.
Ropa sobre los sofás.
Bolsas de comida sobre la mesa.
Cobijas, juegos de mesa, almohadas y hasta una caja enorme de botanas que Santiago insistía en llevar aunque todos le habían dicho que era demasiado.
Los seis hermanos Bianchi tenían una tradición.
Una tradición que habían mantenido durante años.
Una vez al año se escapaban durante cinco días a la cabaña familiar, lejos de reuniones, negocios, teléfonos, empleados y obligaciones.
Solo ellos.
Sin padres.
Sin invitados.
Y, sobre todo...
Sin teléfonos.
Esa era la regla principal.
Durante esos cinco días nadie podía usar el celular.
Ni para contestar llamadas.
Ni para revisar mensajes.
Ni para entrar a redes sociales.
Nada.
El que rompiera la regla tendría que pagar el castigo al año siguiente.
Y el castigo era sencillo:
preparar toda la comida de los cinco días.
El año anterior, Mateo había perdido.
Y todos se habían asegurado de que no pudiera olvidarlo.
Por eso, aquella mañana, mientras los demás empacaban, Mateo se encontraba en la cocina.
—No puedo creer que todavía sigan recordándolo —murmuró mientras acomodaba recipientes de comida.
Gael apareció detrás de él.
—¿Cómo vamos a olvidarlo?
—Fue hace un año.
—Precisamente.
—Ya pagué mi condena.
Gael se rio.
—Todavía no. Primero queremos probar la comida.
Mateo puso los ojos en blanco.
Durante años, Mateo Bianchi había sido conocido por muchas cosas.
Era un empresario exitoso.
Uno de los hombres más jóvenes y poderosos de la familia.
Era elegante, inteligente, seguro de sí mismo y, según sus hermanos, demasiado atractivo.
Las mujeres prácticamente se peleaban por conseguir una cita con él.
Pero Mateo tenía un pequeño problema.
La cocina.
Un problema bastante grave.
Era capaz de quemar una ensalada.
Una vez había conseguido quemar unas tostadas.
Y, según Santiago, si le daban suficiente tiempo, probablemente lograría quemar el agua.
Por eso nadie confiaba demasiado en aquella comida.
Mateo colocó otro recipiente sobre la mesa.
—No se preocupen. Preparé todo ayer.
—¿Tú? —preguntó Benjamín desde la puerta.
—Sí.
—¿Estás seguro de que esto es comestible?
—Benjamín.
—Solo pregunto.
Luna apareció en la cocina con una mochila sobre el hombro.
—Gael, en la farmacia tenemos que parar. Hay que comprar medicamentos para el estómago.
Gael señaló a Mateo.
—Sí. Por si acaso.
Mateo se giró indignado.
—Luna, yo cocino rico y nadie va a sufrir con su estómago.
Todos se quedaron en silencio.
Luna lo miró.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
—Porque recuerdo la última vez que cocinaste.
—Eso fue hace mucho.
—Quemaste el pollo.
—Fue un accidente.
—También quemaste las verduras.
—Otro accidente.
—Y la olla.
Mateo suspiró.
—Eso fue una vez.
Santiago apareció detrás de Luna.
—¿Y el arroz?
Mateo lo señaló.
—¡El arroz no se quemó!
Santiago sonrió.
—Se convirtió en carbón.
Todos comenzaron a reír.
Mateo negó con la cabeza.
—Ya verán.
Y, aunque nadie lo sabía todavía, Mateo tenía razón.
Porque desde hacía seis meses había estado tomando clases de cocina.
En secreto.
Había comenzado después de aquella humillante derrota.
Al principio había sido terrible.
Muy terrible.
Pero había continuado.
Aprendió a cortar correctamente.
Aprendió a controlar el fuego.
Aprendió a preparar carnes.
Salsas.
Pastas.
Postres.
Y poco a poco había mejorado.
De hecho, en los últimos meses, algunas noches había cocinado para la familia sin decir que había sido él.
Todos habían pensado que la comida la había preparado el chef.
Y Mateo jamás había corregido el error.
Pero aquel viaje sería diferente.
Porque esta vez tendría que cocinar todo.
Y quería demostrarles que ya no era el desastre culinario de antes.
—¡Fuera, abajo! —gritó Santiago desde el segundo piso.
Luna levantó la cabeza.
—¿Qué pasa?
De repente, una maleta cayó por las escaleras.
¡PUM!
Luna se hizo a un lado.
—¡Santiago!
—¿Qué? —respondió él desde arriba.
—¿Qué aventaste?
—Una maleta con juegos de mesa.
Mateo apareció detrás de Luna.
—¿Y casi me pegas!
—Pero no te pegué.
—¡Porque Luna me gritó!
Luna cruzó los brazos.
—Hermano, casi le pegas a nuestro hermano.
Santiago levantó las manos.
—Lo siento. Por eso grité antes de aventarla. Para que nadie saliera herido.
—¿Y esa era tu solución? —preguntó Benjamín.
—Sí.
—Tu lógica es preocupante.
Gael comenzó a reír.
—¿Qué les pasa?
—Nada —respondió Santiago—. Vamos a divertirnos.
—Tú siempre dices eso antes de hacer algo estúpido —dijo Mateo.
—Y casi siempre tengo razón.
—Ese "casi" es lo que me preocupa.
Luna negó con la cabeza.
Sus hermanos podían ser un desastre.
Pero eran su desastre.
Y, por unos días, no quería pensar en nada más.
No quería pensar en Thiago.
No quería pensar en la boda.
No quería pensar en diciembre.
Quería ser simplemente Luna.
La hermana pequeña.
La niña que podía pelear con sus hermanos por una cobija y cinco minutos después estar riéndose con ellos.
Después de varias discusiones, maletas mal acomodadas, comida que tuvo que ser reorganizada y una pelea porque Santiago quería llevar siete juegos de mesa...
Finalmente partieron.
Dos camionetas.
Una con las maletas, comida y todo lo necesario.
La otra con los seis hermanos.
El viaje hasta la cabaña duraba aproximadamente dos horas.
Al principio todos hablaban.
Después discutieron sobre la música.
Luego discutieron sobre quién se había quedado con la mejor habitación el año anterior.
Después discutieron sobre dónde parar a comprar botanas.
Y finalmente...
Luna se quedó dormida.
Su cabeza cayó lentamente contra el asiento.
Mateo la observó por el espejo retrovisor.
—Se quedó dormida.
Gael miró hacia atrás.
—¿Quién la lleva cuando lleguemos?
—Yo —respondió Mateo inmediatamente.
—¿Tú?
—Soy el mayor.
—Yo también puedo cargarla.
Mateo lo miró.
—No.
—¿Por qué?
—Porque la última vez que la cargaste casi la tiras.
—Fue una vez.
—Una vez suficiente.
Santiago intervino.
—Yo la puedo llevar.
—Tú tampoco.
—¿Por qué?
—Porque eres un peligro caminando.
—Qué exagerado.
Mateo suspiró.
—Yo la llevo. Soy el mayor y no quiero que otra vez alguien la tire o la despierte.
Todos aceptaron.
Luna continuó durmiendo.
Y Mateo, mientras conducían, la observó de vez en cuando.
A pesar de todas las discusiones...
Todos tenían algo en común.
Luna era la pequeña.
La habían visto crecer.
La habían visto caerse, llorar, reír, enamorarse y romperse el corazón.
Y aunque ella ya era una mujer adulta, para ellos seguía siendo la niña que tenían que proteger.
Especialmente ahora.
Porque sabían que su vida estaba cambiando demasiado rápido.
La boda se acercaba.
Y ninguno de ellos ignoraba que Luna no estaba completamente feliz con aquello.
Por eso habían organizado aquel viaje.
Necesitaba respirar.
Necesitaba olvidarse de todo.
Aunque fueran solo cinco días.
TRES DÍAS DESPUÉS
La cabaña se había convertido en su pequeño mundo.
Durante tres días habían hecho de todo.
Habían caminado alrededor del lago.
Habían jugado cartas.
Habían discutido por quién debía lavar los platos.
Habían hecho una competencia absurda para ver quién podía lanzar una piedra más lejos.
Y, sorprendentemente...
Ninguno se había enfermado del estómago.
Lo que significaba que Mateo estaba cumpliendo su misión.
Aquella tarde estaban sentados alrededor de una mesa exterior mientras comían.
Gael dejó los cubiertos sobre el plato.
Miró a Mateo.
—Ya dinos quién cocinó.
Mateo arqueó una ceja.
—¿Qué?
—La comida.
—Yo.
Gael soltó una carcajada.
—Ya saca a la cocinera.
Mateo negó con la cabeza.
—No hay ninguna cocinera.
—Entonces llama al chef.
—Tampoco hay chef.
Benjamín miró a Mateo.
—Espera...
Mateo sonrió.
—Yo cociné.
Silencio.
Los cinco hermanos lo miraron.
Luna también.
—¿Tú? —preguntó ella.
—Sí.
—¿En serio?
—En serio.
Gael negó con la cabeza.
—No te creo.
—Pues créeme.
—A ti se te quema el agua.
Mateo soltó una carcajada.
—Eso quedó en el pasado.
Santiago tomó otro poco de comida.
—¿Entonces aprendiste?
Mateo asintió.
—Hace seis meses.
Todos se quedaron sorprendidos.
—¿Seis meses? —preguntó Benjamín.
—Sí.
—¿Y nunca dijiste nada?
—Quería demostrarlo.
Gael volvió a probar la comida.
—Está buenísima.
Mateo sonrió.
—Lo sé.
—No seas presumido.
—Tengo derecho.
Luna sonrió.
—Estoy orgullosa de ti.
Mateo la miró.
—Gracias, Enana.
Y por primera vez en mucho tiempo, Luna se sintió completamente tranquila.
Sin presión.
Sin sonrisas falsas.
Sin cámaras.
Sin familiares hablando de la boda.
Solo sus hermanos.
Después de lavar los platos, se acomodaron en la sala para ver una película.
Luna se sentó en uno de los extremos del sofá.
Apenas habían pasado treinta minutos cuando sus ojos comenzaron a cerrarse.
Mateo la observó.
—Otra vez.
—¿Qué? —preguntó Gael.
—Se va a dormir.
—No.
—Sí.
Luna intentó mantenerse despierta.
—No tengo sueño.
Santiago soltó una carcajada.
—Llevas cinco minutos diciendo eso mientras tienes los ojos cerrados.
Luna no respondió.
Porque ya estaba dormida.
Gael la miró.
Una sonrisa traviesa apareció en su rostro.
—Tengo una idea.
Los demás lo miraron.
—No.
Gael frunció el ceño.
—Ni siquiera he dicho nada.
—Te conocemos —respondió Benjamín.
—Solo quería pintarle un pequeño bigote.
—No.
—Uno pequeño.
—No.
—Una ceja.
—Gael.
—Está bien, está bien.
Gael tomó un marcador.
Pero antes de que pudiera acercarse a Luna, Mateo lo agarró del brazo.
—Ni se te ocurra.
—Suéltame.
—No.
Santiago también se levantó.
—Yo ayudo.
—¡Traidor!
Entre los tres consiguieron quitarle el marcador.
Gael protestó.
—¡Solo era una broma!
Mateo señaló a Luna.
—Regla número uno.
Gael suspiró.
—No hacerle bromas a Luna.
—Exacto.
Gael levantó un dedo.
—¿Y si ella no se despierta?
—Sigue siendo la regla.
Gael miró a los demás.
—Entonces la segunda.
Benjamín sonrió.
—No decirle que no a Luna.
—Exactamente.
Esas dos reglas eran prácticamente sagradas dentro de los Bianchi.
Habían sido establecidas años atrás.
Y Gabriel había sido muy claro.
Regla número uno: no hacerle bromas a Luna.
Regla número dos: no decirle que no a Luna.
No importaba si tenían veintitantos años.
No importaba si eran hombres de negocios.
No importaba cuánto poder tuvieran.
Cuando se trataba de su hermana pequeña, seguían siendo seis hermanos peleando por proteger a la princesa de la familia.
Y Gabriel había dejado claro que quien rompiera una de esas reglas recibiría un castigo.
El lago.
La piscina.
O cualquier otro método que sus hermanos consideraran apropiado.
Gael sabía perfectamente que todos se pondrían de acuerdo para lanzarlo al agua.
—Está bien —murmuró—. No le hago nada.
Mateo sonrió.
—Buena decisión.
—Pero ustedes son unos aburridos.
—Y tú sigues vivo gracias a nosotros.
Gael se levantó.
—Voy a vengarme.
—Hazlo y te lanzamos al lago —respondió Santiago.
Gael caminó hacia la puerta.
—Cobardes.
Benjamín tomó una almohada y se la lanzó.
—¡Fuera!
Gael esquivó la almohada.
—¡Esto no termina aquí!
Todos comenzaron a reír.
Y Luna siguió dormida.
Completamente ajena al caos que ocurría a su alrededor.
LUNA
Los cinco días pasaron demasiado rápido.
Quizá porque por primera vez en semanas no había pensado demasiado.
No había contado los días restantes para su boda.
No había pensado en el vestido.
No había pensado en Thiago.
No había pensado en las palabras que tendría que decir frente a cientos de personas.
Solo había sido Luna.
La hermana pequeña.
La hija.
La amiga.
La mujer que se reía hasta que le dolía el estómago por culpa de las estupideces de sus hermanos.
Y cuando llegó el momento de regresar, Luna sintió una pequeña tristeza.
La cabaña había sido un refugio.
Un lugar donde podía olvidarse de que afuera la esperaba una vida que no había elegido.
Pero esa vida seguía ahí.
La boda seguía acercándose.
Y la ciudad los esperaba.
Sus hermanos comenzaron a guardar las últimas cosas.
Mateo revisó que no quedara comida.
Santiago recogió los juegos.
Benjamín comprobó las habitaciones.
Gael, milagrosamente, no había roto ninguna regla.
Y Luna observó el lago una última vez.
—¿Lista? —preguntó Mateo.
Ella asintió.
—Sí.
Mateo la miró durante unos segundos.
—¿Estás bien?
Luna sonrió.
Esta vez no fue una sonrisa fingida.
—Sí.
Mateo le revolvió el cabello.
—Entonces vamos.
Los seis caminaron hacia las camionetas.
Durante el viaje de regreso hablaron sobre todo lo que habían hecho.
Gael insistió en que el próximo año él cocinaría.
Todos gritaron al mismo tiempo:
—¡NO!
La carcajada de Luna llenó la camioneta.
Por unos minutos, nada más importó.
Pero mientras la ciudad comenzaba a aparecer a lo lejos, Luna supo que aquellos cinco días habían llegado a su fin.
Ahora tendría que volver a su realidad.
A los preparativos.
A las familias.
A las apariencias.
A la boda más esperada por la sociedad.
La boda que todos llamaban perfecta.
La boda entre Luna Bianchi y Thiago Del Monte.
Y mientras las camionetas avanzaban hacia la ciudad, ninguno de los hermanos sabía que, en algún lugar de la misma ciudad, Thiago ya había terminado su viaje.
Y que su regreso estaba mucho más cerca de lo que Luna imaginaba.