Un matrimonio forzado. Un contrato escrito con odio. Un hombre que juró no sentir nada.
Para salvar a su familia, Aria acepta convertirse en la esposa de Dante Volkov, el hombre más peligroso y poderoso de la ciudad. Las reglas de Dante son claras: "En público, la esposa perfecta; en privado, no eres nada".
Lo que él no esperaba es que Aria no nació para ser sometida. Entre miradas cargadas de tensión, secretos oscuros y una atracción inevitable, la línea entre el odio y la obsesión comenzará a borrarse.
¿Quién caerá primero en su propio juego?
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Fuego cruzado
Aria tenía una cosa muy clara: no habría penetración esa noche. No estaba dispuesta a arriesgarse a dar ese paso crucial, y menos en el asiento trasero de un auto, siendo esta su primera vez con un hombre. Aunque carecía de experiencia práctica con alguien más, no era una ingenua; había explorado su propio cuerpo en la intimidad y sabía exactamente qué botones tocar para volver loco a un hombre.
Con la mano firme y experta, envolvió el miembro rígido y caliente de Dante. Empezó a deslizar su palma de arriba abajo con una presión constante y un ritmo frenético, mientras él ahogaba un gemido contra la piel de su pecho, devorando literalmente sus senos con la boca y las manos.
—¿Te gusta, Volkov? —susurró Aria cerca de su oído, acentuando el movimiento de su mano con un giro de muñeca.
—Me estás matando, carajo... —gruñó él con la voz completamente ronca, dejando una estela de besos ardientes desde el escote hasta su cuello—. Tienes una mano angelical para ser una mujer tan malvada.
—Aprende a comportarte y tal vez lo repita más seguido —se burló ella con un jadeo picante.
Decidida a no quedarse atrás en el placer, Aria tomó la mano derecha de Dante y la guió sin rodeos hacia abajo, pasándola por debajo del vestido negro hasta posarla directamente sobre su pantaleta húmeda.
Dante desvió los dedos por el borde de la tela de encaje y buscó su centro, rozando el clítoris de Aria con una torpeza necesitada que la hizo dar un brinco sobre su regazo.
—Maldita sea, Aria... estás hirviendo —murmuró Dante, ajustando la presión de sus dedos mientras comenzaba a acariciarla en un movimiento circular rápido—. Estás tan apretadita...
—Ah... habla menos y muévete mejor, Volkov —protestó ella con la voz entrecortada, echando la cabeza hacia atrás mientras el placer amenazaba con nublarle el juicio.
—¿Ah, sí? ¿Así que la señora quiere exigencias? —se burló Dante con una sonrisa oscura, intensificando el ritmo de sus dedos mientras la succionaba con más fuerza de un pezón—. A ver si te da el aire para seguir mandándome.
—Eres un... ah... un arrogante —jadeó Aria, apretando el paso de su mano sobre el miembro de él, sintiendo cómo la piel de Dante se volvía aún más caliente y tensa bajo su agarre.
—Y tú una destructora de paciencia —contraatacó él, metiendo un dedo con delicadeza pero con firmeza, haciendo que Aria soltara un gemido sonoro que retumbó en todo el vehículo—. Mírate... te encanta que rompa tus reglas.
—Ni en tus... mejores sueños... —respondió ella entre respiraciones agitadas, acelerando el movimiento de su mano hasta el límite, sintiendo que ambos estaban a un suspiro del abismo.
La fricción era insoportable, un juego de dominación y placer donde ninguno de los dos cedía. El ritmo de los dedos de Dante dentro de ella se volvió salvaje, combinándose con las caricias eléctricas que Aria le propinaba en el miembro, hasta que la ola los alcanzó al mismo tiempo.
Aria se arqueó sobre su regazo, apretando las piernas alrededor de la cadera de él mientras un orgasmo intenso la sacudía por completo, ahogando su grito en el cuello de Dante. Un segundo después, Dante soltó un gruñido gutural y profundo:
—¡Ah, sí... qué rico!
Dante se derramó con fuerza sobre la mano de Aria y el pañuelo que ella sostenía, mientras su cuerpo temblaba por la descarga.
El silencio volvió poco a poco al auto, interrumpido únicamente por las respiraciones pesadas y agitadas de ambos. Dante permaneció unos segundos con la frente apoyada en el hombro de ella, disfrutando del peso de Aria sobre su cuerpo.
Lentamente, Dante retiró la mano de la entrepierna de ella. Se llevó dos de sus dedos —húmedos por los fluidos de Aria— a la boca, probándolos con una lentitud descarada y una sonrisa socarrona.
—Exquisita —murmuró con la voz baja y profunda.
Antes de que Aria pudiera protestar por su atrevimiento, Dante la tomó de la nuca y la atrajo hacia él, sellando el momento con un beso profundo, caliente y sabroso, compartiendo el gusto de su propia pasión en medio de la penumbra del vehículo.