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Le Propuse Matrimonio Al Demonio... El Ahora Será Mi Espada

Le Propuse Matrimonio Al Demonio... El Ahora Será Mi Espada

Status: En proceso
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Fantasía épica
Popularitas:5k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Él ahora será mi espada.
En su primera vida, Cassandra amó al hombre equivocado.
El príncipe heredero, su madrastra y su propia familia conspiraron contra ella hasta llevarla a una muerte cruel. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad.
Al despertar diez años atrás, Cassandra recuerda perfectamente el día en que comenzó su desgracia.
Esta vez no elegirá al príncipe que la traicionará.
Cuando el emperador le ofrece escoger a su futuro esposo como recompensa por su salvar a un miembro de la familia real, Rosalind señala al hombre que todos temen: Balkan Trudeau, el Demonio de Moldavia, heredero de un reino de guerreros que cabalgan dragones.
Él es cruel. Ella es vengativa.
Él descubre que su nueva prometida esconde un corazón tan oscuro como el suyo.
Y Cassandra solo necesita una cosa de su futuro esposo:
Que sea su espada mientras ella cobra cada deuda pendiente.

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El rumor que arde

Todo incendio empieza igual: con una sola chispa en un lugar seco.

La chispa la soltó, sin saberlo, la esposa de un mercader de especias, que se lo contó al panadero mientras pagaba el pan. El panadero se lo contó a un guardia de la puerta sur. El guardia se lo contó a una taberna entera, en voz baja, como quien confiesa un pecado delicioso. Y para el tercer día, el susurro ya tenía nombre; para el quinto, tenía alas; y para el séptimo, no había rincón de Solaria donde no se oyera, dicho entre dientes, con los ojos brillantes.

*El príncipe heredero no puede engendrar hijos.*

La red de Balkan no lo gritó jamás. Esa era su maestría: nadie de los suyos lo afirmó en voz alta; solo dejaron que lo *escucharan*, aquí y allá, en el mercado, en los baños, en los patios de los cuarteles, siempre en voz baja, siempre como un secreto que se les escapaba. Un rumor que se grita muere al día siguiente. Un rumor que se susurra… se reproduce solo.

En la corte, los mismos ministros que llevaban años sonriéndole a Edric y regalándole caballos y halcones empezaron a hacer otra cosa, mucho más peligrosa: empezaron a contar. Contaron los años de su matrimonio. Contaron los partos que no hubo. Contaron las concubinas que no quedaron encintas. Y los números, como siempre, no perdonaron.

El rey Aldric no se enteró por un ministro, ni por un espía, ni por un pasquín. Se enteró por su madre.

La emperatriz *La Mano Seca* no le dijo una sola palabra. Entró en su estudio al alba, dejó sobre la mesa un trozo de pergamino con una única pregunta escrita en su caligrafía de mármol, y se fue sin hacer ruido.

*¿Es cierto?*

***

El rey ordenó que los médicos reales examinaran al príncipe heredero.

Edric rugió. Negó. Rompió una jarra contra la pared y amenazó con hacer rodar cabezas hasta que alguien confesara quién había soltado semejante calumnia. Pero los médicos eran del rey, no de él, y las manos que lo examinaron no temblaban, y los ojos que lo miraron no se bajaban.

El veredicto llegó esa misma noche, en un pergamino sellado, con la frialdad de una sentencia leída sobre una tumba:

*El príncipe heredero es estéril. No engendrará descendencia. Nunca.*

Edric, a solas en su cámara, leyó el pergamino tres veces. Luego lo quemó, como si quemar el papel pudiera quemar la verdad. Y en el silencio de la habitación, nítida como si la tuviera al oído, sonó la voz de ella, con aquella dulzura que comentaba el clima:

*La última vez que sostuvieron mi garganta, estaban más calientes.*

Miró sus propias manos. Las giró. Las abrió y las cerró. Y entendió, demasiado tarde, que la mujer que había estrangulado en otra vida había alargado el brazo a través de la muerte para arrancarle el futuro.

—Ella lo sabía —susurró, con la voz rota—. Ella *siempre* lo supo.

***

El rey Aldric leyó el veredicto dos veces. Y no gritó. Eso fue lo peor.

—Un trono sin heredero es una silla —dijo al fin, sin alzar la vista del pergamino—. Edric. Desde hoy, dejas de ser mi heredero.

No hubo más palabras. No hizo falta. En Solaria, los reyes no destituyen con discursos: destituyen con silencios.

***

Los ministros, que necesitaban un heredero como el pulmón necesita el aire, se volvieron, casi en el mismo día, hacia el segundo príncipe.

**Darian.** El hijo de la reina. El favorito de la corte. El que sonreía en los torneos y repartía monedas a los huérfanos.

El rey, cansado, estaba a punto de nombrarlo cuando la emperatriz, con su voz de mármol, dejó caer una sola línea en medio del consejo.

—Es extraño —dijo, mirando al joven como quien mira una pintura que no termina de encajar en el marco—. Darian tiene la sonrisa de su padre. Pero no tiene ni la frente de su padre… ni los ojos de su madre.

El silencio que siguió fue el de un reino entero conteniendo el aliento.

—¿De quién son esos ojos? —preguntó la emperatriz. Y nadie, en toda la sala, supo responder.

El rey miró a Darian. Y por primera vez en diecinueve años, *lo miró de verdad*. Vio la sonrisa que era suya, sí. Pero detrás, en el fondo de los ojos del muchacho, vio algo que le heló la sangre de las venas: vio una familia que creía haber enterrado y vengado. La familia de la mujer que envenenó a su hermanita.

No dijo nada. Sonrió, incluso, y despidió al consejo con un gesto amable.

Pero esa noche, a solas, dio una sola orden:

—Traedme los registros del parto de la reina. Todos.

***

En el balcón de la residencia de la prometida del demonio, Cassandra apagó su té y encendió la noche.

—No solo quemaste a Edric —dijo Balkan, a su espalda, con las vetas carmesí latiendo como brasas sopladas—. Encendiste la mecha debajo de Darian.

—Edric era la puerta —Cassandra miró hacia el palacio, donde una sola luz seguía encendida en la torre real—. Darian es la casa. Y esa casa… la construyó Elara.

Balkan la observó un largo segundo.

—Cuando el rey lea esos registros —dijo, muy despacio— encontrará una partera que ya no existe, y una hermana que nunca dio a luz. Y se hará la única pregunta que un rey no puede hacerse dos veces.

Cassandra sonrió, con toda la honestidad de un monstruo.

—¿De quién es el niño que duerme en la cámara de mi heredero?

1
EspirituCreativo
Cassandra marca su camino... Pobre del que trate de pararla
Belky Gonzalez0
Ho Dios...Casandra es de temer.. me encanta 🥰
EspirituCreativo
🤭 Jaja lectora
Enderlay Correa
🤣🤣🤣 se la comió
EspirituCreativo
Gracias, ☺️
Enderlay Correa
muy buena me gusta
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