Un matrimonio forzado. Un contrato escrito con odio. Un hombre que juró no sentir nada.
Para salvar a su familia, Aria acepta convertirse en la esposa de Dante Volkov, el hombre más peligroso y poderoso de la ciudad. Las reglas de Dante son claras: "En público, la esposa perfecta; en privado, no eres nada".
Lo que él no esperaba es que Aria no nació para ser sometida. Entre miradas cargadas de tensión, secretos oscuros y una atracción inevitable, la línea entre el odio y la obsesión comenzará a borrarse.
¿Quién caerá primero en su propio juego?
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CAPÍTULO 19: Una tregua con condiciones
El beso se interrumpió lentamente, dejando a ambos con la respiración agitada y la tensión a flor de piel. Las manos de Aria aún se aferraban a las solapas del saco de Dante, mientras él la sostenía por la cintura como si temiera que saliera corriendo.
Dante apoyó su frente contra la de ella, cerrando los ojos por un segundo para recuperar el control.
—¿Tan difícil es confiar en mí? —murmuró él con una voz ronca, casi vulnerable, que tomó a Aria completamente por sorpresa.
Aria parpadeó, sintiendo que el aire regresaba a sus pulmones de golpe. Lo miró a los ojos, recuperando de inmediato su armadura de hielo.
—¿Y lo preguntas? —respondió con ironía—. Me encerraste en tu casa, monitoreas mis pasos y me tratas como a un trofeo o una sospechosa. No se puede confiar en un carcelero, Volkov.
Dante apretó la mandíbula. Por primera vez en semanas, no quiso engancharse en una nueva batalla de palabras. Sabía que continuar discutiendo en esa oficina no los llevaría a ningún lado.
Dio un paso atrás, soltando su cintura con lentitud y reajustándose la corbata para recuperar la compostura ejecutiva.
—Esta noche hay un evento de la alta sociedad —anunció Dante, volviendo a su tono controlado—. Es una gala benéfica importante para el imperio Volkov. Mandé a pedir varios vestidos de diseñador a la mansión para que elijas uno. También hay maquillaje, joyas y todo lo que necesites. Puedo buscar a una estilista para que te ayude si quieres.
Aria se acomodó el cuello de la blusa, alisándose el vestido.
—No —respondió con firmeza—. Prefiero arreglarme yo sola. Aunque... pensándolo bien, preferiría no ir a ese evento. No tengo ningún interés en sonreírle a tus socios falsos.
Dante la miró fijamente.
—Eres mi esposa, Aria. Claro que vas.
Aria entornó los ojos, cruzándose de brazos.
—¿Ah, sí? ¿Es una orden?
Dante dejó escapar un suspiro pesado, pasándose la mano por la nuca. La frustración amenazaba con volver, pero hizo un esfuerzo por mantener la calma.
—Aria, no quiero seguir discutiendo... por favor —dijo él, usando una palabra que raras veces salía de su boca—. Si me acompañas esta noche y mantenemos las apariencias como una pareja unida, te dejaré en paz por un tiempo para que trabajes tranquila.
Aria alzó una ceja, intrigada por la oferta.
—¿En paz? —repitió.
—Sí —asintió Dante—. Te dejaré ir a tus restaurantes y gestionar tus asuntos sin que yo esté encima de ti todo el día. Claro que seguirás con supervisión de seguridad por tu propia protección, pero no será tan extremo. Sin encierros, sin interrogatorios. ¿Aceptas la tregua?
Aria analizó la propuesta rápidamente. Una tregua significaba libertad de movimiento, menos presión sobre sus rutinas y la oportunidad perfecta para coordinar con Mateo los nuevos movimientos de la Terminal Central sin la sombra constante de Dante respirándole en el cuello.
—Está bien —cedió ella, sosteniéndole la mirada—. Iré a tu famosa gala. Pero más te vale cumplir tu parte del trato, Volkov, porque no habrá segunda oportunidad.