—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.
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Capítulo 5
Capítulo 5: Háblame de tú
Maite iba en el camión de regreso a la residencia, parada, agarrada del tubo con una mano y con el celular en la otra, y llevaba tres respuestas borradas.
No, gracias. Borrado.
¿Por qué? Borrado.
Ya me disculpé yo sola, no hace falta. Borrado, porque ni siquiera era cierto.
El camión frenó en un semáforo y la constancia doblada en la bolsa de la chamarra le picó la costilla. Escribió otra vez, rápido, antes de arrepentirse.
Solo si pago yo.
Enviado. Las palomitas se pusieron azules casi al instante.
Pague las aguas.
La comida.
Las aguas, señorita Guzmán. Es mi última oferta.
Maite miró por la ventana para que nadie en el camión le viera la cara. Una señora con bolsas del mercado la estaba mirando de todos modos.
Trato. Pero no pase por mí a la cafetería.
¿Dónde, entonces?
Metro Zaragoza. A la salida. Doce y media.
Ahí estaré.
* * *
Esa misma noche empezaron las disculpas.
Primero Yesenia, en un video de cuarenta segundos, con la cara hinchada y la voz de haber llorado toda la tarde. Luego Brandon Lozano, a medianoche, con un texto tieso que parecía escrito por un abogado y que empezaba con A quien corresponda. Y el jueves a las siete de la mañana, en las historias de Daniela Solana, un cuadro negro con letras blancas:
Le ofrezco una disculpa pública a Maite Guzmán.
Nada más. Sin emojis. A Maite le pareció la cosa más cara que había visto en su vida.
Los comentarios en Confesiones UCN se voltearon como tortilla en comal. Karla y Fer borraron lo que habían escrito el miércoles. En la residencia, la muchacha del cuarto de al lado, que en todo el semestre no le había dirigido la palabra, le dijo buenos días en el pasillo. Maite contestó buenos días y se fue a clase con la sensación rara de que el piso ya no estaba chueco.
El viernes en la noche abrió el clóset tres veces.
No había mucho que abrir. Para el verano tenía tres cambios: jeans, jeans y jeans, con tres playeras. La blusa del miércoles había quedado con una sombra de frijol que no salió ni con cloro. Se le ocurrió pedirle una falda a su compañera de cuarto, luego se imaginó la cara que pondría su compañera de cuarto, y cerró el clóset.
Se iba a vestir como siempre. Ni modo.
* * *
A las doce y veinticinco ya estaba en la salida del metro. Él ya la esperaba.
Estaba recargado en una camioneta oscura, sin corbata otra vez, con una camisa blanca arremangada hasta los codos. Frente a él, dos muchachas con mochila de universidad se habían detenido a platicarle.
—Perdón, ¿es usted modelo o algo? —dijo una, riéndose.
—Estoy esperando a alguien —contestó él—. Más bonita.
Las muchachas voltearon a buscar a ese alguien. Maite se agachó a amarrarse una agujeta que no estaba desamarrada y se quedó ahí abajo hasta que se fueron. Tenía las orejas calientes. Cuando se levantó, él le estaba abriendo la puerta del copiloto.
No manejaba nadie más. Manejaba él.
Maite se subió. No dijo nada de la camioneta. Él tampoco.
Salieron de Monterrey hacia el sur, con la Sierra Madre enfrente. Cuarenta minutos hasta Santiago. Él preguntó por sus clases y ella contestó con monosílabos, con las manos metidas en las mangas de la sudadera, aunque hacía calor.
* * *
La Chona era una fonda de campo con techo de teja, mesas de madera y un comal de barro del tamaño de una llanta. En la puerta había un letrero escrito a mano: Cerrado por evento privado.
—Hoy la fonda es solo para ustedes —dijo la señora que les salió a recibir, secándose las manos en el mandil.
Maite miró las mesas vacías. Miró a la señora. Lo miró a él.
—¿Cerró la fonda?
—Me gusta comer tranquilo.
Tres muchachas se asomaban por la puerta de la cocina y se escondían cada vez que Maite volteaba. Trajeron caldo de gallina en platos hondos, enchiladas bañadas en salsa roja, tortillas recién hechas en una canasta con servilleta bordada. Maite agarró la cuchara con demasiada fuerza.
Él, sin preguntar, jaló el plato de ella hacia su lado de la mesa y le quitó los huesos al pollo con cuchillo y tenedor, con calma, sin desperdiciar nada. Le regresó el plato.
—Así no se pelea con el caldo.
Ella comió. Estaba bueno. Estaba tan bueno que se le olvidó cuidarse, y en la segunda enchilada él alargó la mano con la servilleta y le limpió la orilla de la boca, un toque rápido, seco.
Maite se quedó quieta con el tenedor en el aire. Él siguió comiendo como si nada.
Cuando terminaron, ella sacó de la bolsa del pantalón dos billetes de cien doblados en cuatro y los puso en la mesa.
—Otro abono.
—No.
—Le debo tres mil seiscientos cincuenta.
—No me debe nada.
—Le debo tres mil seiscientos cincuenta —repitió ella, y empujó los billetes hacia él.
Él los empujó de regreso. Ella los volvió a empujar. Los billetes se quedaron a la mitad de la mesa, entre el salero y la canasta de tortillas.
—Hagamos un trato —dijo él—. La deuda se paga en especie. Una gallina de tu… de su mamá. En vacaciones.
Maite se le quedó viendo. Luego se le escapó una carcajada, fuerte, de las que no se piensan. Se tapó la boca. Por la puerta de la cocina se asomaron las tres muchachas al mismo tiempo.
—Trato —dijo, todavía riéndose—. Una gallina criolla de mi amá. Son las mejores de General Terán.
—No lo dudo.
Ella guardó los billetes. Él se recargó en la silla y la miró un rato sin decir nada, con una cara que ella no le había visto.
—Háblame de tú. Me haces sentir de setenta.
—No puedo.
—¿Por qué no?
Porque era el papá de Daniela. Porque era el hombre más rico de Monterrey. Porque le había cerrado una fonda entera para darle de comer. Maite abrió la boca para decir su nombre, Rodrigo, y el nombre no salió. Se le atoró en algún lado.
—¿Tío? —probó.
Él soltó una risa corta, de verdad, la primera que le oía.
—Tío está bien.
Afuera cantó un gallo, a destiempo. Él se quedó mirando el mantel. Cuando volvió a hablar, lo hizo más bajo.
—¿Puedo decirte nena?
Maite dejó de respirar.
—¿Cómo sabes…?
—Tu perfil es público. —No se disculpó. Tampoco apartó la vista—. Vi lo del naranjo.
Nadie le decía así desde hacía casi siete años. Desde que enterraron a su papá. Nadie. Ni su amá, que le decía mija. Ni sus amigas del pueblo. Nadie tenía por qué saber que esa palabra existía.
Se le llenaron los ojos antes de que pudiera evitarlo. Una lágrima se le fue derecho al caldo. Qué oso, pensó, y ni así se pudo aguantar la siguiente.
Él no le agarró la mano. Deslizó por la mesa una servilleta limpia y la dejó junto a su plato. Nada más.
Maite se secó la cara. Se sonó, sin elegancia. Lo miró.
—Sí —dijo—. Pero solo tú.
Él asintió una vez, despacio, sin quitarle los ojos de encima.
A la hora de pagar, ella se levantó primero y fue al mostrador.
—Las aguas —le dijo a la señora—. Dos de jamaica.
Sesenta pesos. Pagó con un billete de cincuenta y dos monedas de cinco, pidió el ticket y lo dobló con cuidado, esquina con esquina, para guardarlo en la funda del celular. Él le tendió la mano.
—¿Me lo das?
—¿Para qué quieres un ticket de sesenta pesos?
—Dámelo.
Se lo dio. Él lo dobló una vez más y lo metió en la cartera, detrás de las tarjetas.
En la camioneta, cuando ella ya tenía el cinturón puesto y creía que iban de regreso a Monterrey, él no tomó la carretera. Tomó un camino angosto que subía entre encinos, con un portón de fierro abierto a un lado y un letrero sin nombre.
—¿A dónde vamos?
—Todavía falta el postre. —Aceleró. El motor empezó a jalar hacia la sierra—. Pero no es aquí.