Un amor de adolescentes que a pesar de los años sigue pendiente
NovelToon tiene autorización de Flor Aguilar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El primer amor
Desde aquella tarde junto al río, Valeria y Mateo ya no pudieron fingir que eran solamente amigos.
Habían hablado de lo que sentían, aunque ninguno sabía exactamente qué significaba estar enamorado. Tenían quince años y todavía les quedaba mucho por aprender de la vida. Para ellos, el amor era esperar con ilusión la hora del recreo, buscarse con la mirada cuando entraban al salón y caminar juntos después de clases aunque sus casas quedaran en direcciones completamente diferentes.
Era algo sencillo.
Era algo hermoso.
Y, precisamente por eso, ninguno imaginaba cuánto podía doler perderlo.
A la mañana siguiente, Valeria llegó temprano a la escuela. Se sentó junto a la ventana y comenzó a sacar sus cuadernos.
La pulsera de hilo que Mateo le había regalado seguía en su muñeca.
Camila la vio inmediatamente.
—Todavía la tienes.
Valeria escondió la mano debajo de la mesa.
—Claro.
—¿Y?
—¿Y qué?
—No me vas a contar nada.
Valeria sonrió.
—No hay nada que contar.
Camila se sentó a su lado.
—Te conozco desde hace años. Cuando dices que no pasa nada y sonríes así, significa que pasa todo.
Valeria soltó una carcajada.
—Mateo me dijo que le gusto.
Camila abrió los ojos.
—¡Lo sabía!
—Habla más bajo.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que él también me gusta.
Camila la abrazó rápidamente.
—¡Por fin!
Valeria se rio.
—No hagas tanto escándalo.
—Estoy feliz por ti.
En ese momento Mateo entró al salón.
Sus ojos buscaron inmediatamente a Valeria.
Cuando la encontró, sonrió.
Ella también.
No necesitaron decir nada.
Aquella sonrisa fue suficiente.
Durante la clase, Mateo deslizó discretamente una pequeña hoja de papel sobre el pupitre de Valeria.
Ella la abrió debajo del cuaderno.
¿Quieres ir al río después de clases?
Valeria tomó el lápiz y escribió:
Sí.
Cuando le devolvió el papel, Mateo sonrió.
Era así como comenzaron sus pequeños secretos.
Notas escondidas.
Miradas durante las clases.
Caminatas después de la escuela.
Y conversaciones que parecían no tener final.
Aquella tarde se sentaron nuevamente junto al río.
Mateo llevaba una pequeña bolsa con dos panes y unas frutas.
—Mi mamá preparó esto —dijo.
Valeria tomó uno.
—Gracias.
—Le dije que iba a estudiar con un amigo.
—¿Y no sospechó nada?
—No.
Valeria sonrió.
—Entonces somos buenos mintiendo.
Mateo la miró.
—Yo no quiero mentir.
Ella se quedó seria.
—¿Por qué?
—Porque no quiero esconderte.
Valeria bajó la mirada.
—Pero somos muy jóvenes.
—Lo sé.
—Y tus padres...
Mateo suspiró.
—¿Qué pasa con ellos?
—No sé. Desde que llegaste, siento que no les agrado.
Mateo guardó silencio.
Sabía que ella tenía razón.
Su madre había comenzado a hacer preguntas.
Su padre le había advertido que no pasara tanto tiempo con Valeria.
Pero Mateo no quería pensar en eso.
—No importa lo que ellos piensen —dijo finalmente.
Valeria lo miró.
—Sí importa.
—Para mí, no.
—Mateo...
Él tomó su mano.
—Yo quiero estar contigo.
Valeria sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, aunque sonrió.
—Yo también.
Se quedaron así durante unos minutos.
Sin grandes promesas.
Sin imaginar el futuro.
Simplemente disfrutando de estar juntos.
Pero al regresar a casa, Mateo descubrió que sus padres lo estaban esperando.
Su padre estaba sentado en la sala.
Su madre permanecía de pie junto a la ventana.
—¿Dónde estabas? —preguntó su padre.
—Con un compañero.
—¿Con Valeria?
Mateo se quedó callado.
No quería mentir.
—Sí.
Su padre apretó los labios.
—Te hemos dicho que no queremos que estés todo el tiempo con esa muchacha.
—¿Por qué?
—Porque sabemos qué clase de familia es.
Mateo frunció el ceño.
—¿Y qué clase de familia es?
Su padre se levantó.
—No es una familia para ti.
—Eso no tiene sentido.
—Mientras vivas bajo este techo, tendrás que respetar nuestras decisiones.
Mateo sintió una mezcla de rabia y tristeza.
—Ella no me ha hecho nada.
—No estamos diciendo que sea una mala persona.
—Entonces ¿cuál es el problema?
Su madre intervino.
—El problema es que queremos algo diferente para ti.
—¿Diferente cómo?
Ninguno respondió inmediatamente.
Mateo entendió.
No querían que se enamorara de Valeria.
Su padre finalmente dijo:
—Todavía eres joven. Esto se te pasará.
Mateo negó con la cabeza.
—No saben lo que siento.
Subió a su habitación antes de que pudieran detenerlo.
Aquella noche miró la pulsera que llevaba Valeria en una fotografía que ella le había enviado.
No quería perderla.
No quería que sus padres decidieran por él.
Mientras tanto, Valeria también estaba preocupada.
Su madre notó que estaba más callada de lo habitual.
—¿Te pasa algo?
—No.
—¿Es por un muchacho?
Valeria se quedó paralizada.
—¿Por qué preguntas?
Su madre sonrió.
—Porque alguna vez también tuve quince años.
Valeria se sentó junto a ella.
—Se llama Mateo.
—¿El chico nuevo?
—Sí.
—¿Y te gusta?
Valeria asintió.
Su madre le acarició el cabello.
—Solo quiero que tengas cuidado.
—¿Por qué?
—Porque el primer amor puede ser muy bonito, pero también puede hacer mucho daño.
Valeria la abrazó.
—No quiero pensar en eso.
—No tienes que hacerlo ahora. Solo vive cada etapa a su tiempo.
Valeria sonrió.
Pero la vida no siempre respeta las etapas que uno quiere vivir.
Los meses siguientes fueron los más felices que ambos habían conocido.
Mateo esperaba a Valeria todas las mañanas en la entrada de la escuela.
A veces le llevaba una flor.
Otras veces una golosina.
Valeria guardaba todas esas pequeñas cosas como si fueran tesoros.
Un viernes, después de clases, caminaron hasta una colina desde donde podían observar todo el pueblo.
El cielo estaba teñido de naranja.
Mateo se sentó junto a ella.
—Cuando sea grande quiero conocer muchos lugares.
—Yo también.
—¿Y si algún día nos vamos juntos?
Valeria lo miró.
—¿Juntos?
—Sí.
Ella sonrió.
—¿Y dónde viviríamos?
—Donde tú quieras.
Valeria apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Entonces prométeme que nunca me vas a olvidar.
Mateo tomó su mano.
—Nunca.
—Aunque estemos lejos.
—Aunque estemos lejos.
—Aunque pase mucho tiempo.
Mateo la miró.
—Aunque pasen cien años.
Valeria soltó una risa.
—No vamos a vivir cien años.
—Entonces tendré que recordarte durante todos los años que sí viva.
Ella lo abrazó.
No sabían que aquella promesa sería puesta a prueba mucho antes de lo que imaginaban.
Porque mientras ellos soñaban con un futuro juntos, los padres de Mateo ya habían comenzado a pensar en cómo separarlos.
Su madre había hablado con una familiar que conocía a la familia de Valeria.
Su padre había empezado a considerar la posibilidad de enviar a Mateo a estudiar fuera del pueblo.
Todavía no habían tomado una decisión.
Pero cada día estaban más convencidos de que debían intervenir.
Una tarde, la madre de Mateo encontró una fotografía de Valeria entre sus cosas.
La sostuvo durante unos segundos.
No sentía odio hacia aquella muchacha.
Pero tampoco estaba dispuesta a permitir que su hijo construyera su futuro con ella.
—Esto tiene que terminar —murmuró.
Su esposo la miró.
—Terminará.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Y si Mateo se rebela?
Su esposo suspiró.
—Entonces tendremos que darle una razón para olvidarla.
Ninguno de los dos sabía todavía cuál sería esa razón.
Pero el destino ya estaba preparando una separación que cambiaría para siempre la vida de dos adolescentes.
Mientras tanto, ajenos a todo, Valeria y Mateo seguían caminando juntos por las calles del pueblo.
Ella llevaba la pulsera de hilo.
Él llevaba en el bolsillo una pequeña fotografía de ambos.
Eran jóvenes.
Eran felices.
Y estaban completamente convencidos de que su historia apenas comenzaba.
No sabían que, algunas veces, el primer amor no termina porque deje de existir.
A veces termina porque la vida obliga a dos personas a tomar caminos diferentes.
Y muchos años después, cuando esos caminos vuelven a cruzarse, el corazón recuerda aquello que nunca pudo olvidar.