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Su Juguete de Seda

Su Juguete de Seda

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Completas
Popularitas:8.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Chiquitas

ADVERTENCIA DE CONTENIDO Y SINOPSIS EDITORIAL
“Su Juguete de Seda” es una novela de erotismo explícito y romance oscuro destinada exclusivamente a un público adulto (+18). Esta obra contiene escenas de alta intensidad sexual, dinámicas de poder complejas, lenguaje crudo y situaciones de dominación y sumisión que pueden herir la sensibilidad de algunos lectores. Se recomienda discreción.
La Historia:
Valeria Soler, una talentosa restauradora española, viaja a la idílica y lujosa Costa Amalfitana con un único objetivo: devolverle la vida a un mural erótico oculto en la propiedad más exclusiva de Italia. Sin embargo, al cruzar las puertas de Villa Obsidiana, descubre que el verdadero arte no está en las paredes, sino en los deseos prohibidos de su dueño.
Alexander Cavalcanti no es solo un magnate naviero; es un hombre que rige su vida y su alcoba bajo un código de control absoluto. Para Alexander, Valeria no es solo una empleada, es el desafío que ha estado esperando. Tras un contrato car

NovelToon tiene autorización de Chiquitas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13: El Vals de las Máscaras

El aire de la ciudad era radicalmente distinto al de la costa. Mientras que en Villa Obsidiana el ambiente olía a sal y a los químicos de restauración de Valeria, el hotel donde se celebraba la Gala Benéfica Anual de Arte Contemporáneo apestaba a perfumes caros, champán de reserva y secretos corporativos. Valeria se sentía como una intrusa en su propio cuerpo. El vestido que Alexander había seleccionado para ella esta vez era una pieza de alta costura en seda negra, tan ceñido que cada respiración era un desafío, con una abertura lateral que subía hasta la mitad del muslo, revelando la liga de encaje donde, minutos antes, había ocultado la llave que Sergio le entregó.

Alexander Cavalcanti caminaba a su lado, con una mano posesiva apoyada en la parte baja de su espalda. Lucía un esmoquin que parecía haber sido esculpido sobre su torso. Su sola presencia silenciaba las conversaciones a su paso. Era el rey regresando a su corte con un trofeo nuevo, y Valeria sabía que todos en ese salón la miraban buscando rastros de Elena María Santoro en sus facciones.

I. Entre Lobos y Diamantes

—Mantén la cabeza en alto, Valeria —le susurró Alexander al oído, su aliento rozando la piel sensible que él mismo había marcado la noche anterior—. En este salón, la mitad de las personas quieren ser yo, y la otra mitad quiere destruirme. Tú eres mi mejor defensa y mi mayor tentación.

—No soy un escudo, Alexander —respondió ella en voz baja, forzando una sonrisa para los fotógrafos que disparaban sus flashes a escasos metros—. Soy una restauradora que debería estar trabajando en un mural, no posando como una joya más de su colección.

—Esta noche, eres ambas cosas. —Él apretó ligeramente su agarre, un recordatorio silencioso de quién tenía el control—. Sonríe. El director del Museo Nacional se acerca, y necesito que le hables de la técnica de la seda como si fuera tu religión.

La conversación con los dignatarios del arte fue un ejercicio de hipocresía. Valeria hablaba con elocuencia sobre el lapislázuli y las veladuras de aceite, mientras sentía el peso metálico de la llave contra su muslo. Sus ojos buscaban constantemente a Sergio, quien se mantenía en la periferia del salón, vigilando las entradas con su habitual expresión de granito. En un momento dado, el guardia le hizo una señal casi imperceptible con la cabeza hacia el ala oeste del hotel, donde se encontraban las oficinas privadas y la caja fuerte de seguridad.

II. La Brecha en la Vigilancia

La oportunidad surgió durante el brindis principal. Alexander fue rodeado por un grupo de inversores extranjeros, y Valeria aprovechó un descuido para deslizarse hacia la penumbra de un pasillo lateral. Su corazón martilleaba con tanta fuerza que temía que el vestido se rasgara. Sabía que tenía menos de diez minutos antes de que Alexander notara su ausencia.

El pasillo era una galería de retratos antiguos. Valeria corrió hacia la oficina 402, la que Sergio le había indicado. Al llegar, sacó la llave de su liga con manos temblorosas. El metal estaba caliente por el contacto con su piel. Introdujo la llave en la cerradura y, con un giro seco, la puerta se abrió.

El interior de la oficina era sobrio: muebles de roble, una biblioteca de cuero y, detrás de un cuadro de un paisaje renacentista, la caja fuerte empotrada. Valeria no sabía la combinación, pero Sergio le había dicho que la llave activaba un bypass mecánico si se introducía en el orden correcto. Trabajó con la precisión que usaba para limpiar un lienzo antiguo. Un clic, dos clics... y la puerta de acero se entreabrió.

Dentro, entre documentos legales y fajos de billetes, encontró un sobre de papel manila con el sello de EMS Creaciones. Al abrirlo, el mundo de Valeria se tambaleó. No eran solo bocetos de Elena; eran contratos de propiedad intelectual que Alexander había falsificado para quedarse con los derechos de una técnica de tejido de seda que Elena había inventado. Pero había algo más: un informe médico que detallaba una serie de "accidentes" sufridos por Elena durante su estancia en la villa.

—La curiosidad no solo es una forma de sumisión, Valeria. También es una sentencia de muerte.

Valeria se congeló. Alexander estaba en el umbral de la puerta, con las luces del pasillo proyectando su sombra sobre ella. No parecía enfadado; parecía decepcionado, con una frialdad que calaba hasta los huesos.

III. El Castigo de la Verdad

Él entró en la habitación y cerró la puerta con llave. El espacio se volvió asfixiante de inmediato. Alexander se acercó a ella, arrebatándole los papeles con un movimiento violento.

—¿Creías que Sergio actuaba por su cuenta? —preguntó Alexander, su voz bajando a un tono peligroso—. Sergio hace lo que yo le ordeno. Quería ver si eras capaz de traicionarme, de buscar las grietas que Elena intentó explotar.

—¡Ella no explotaba nada, Alexander! ¡Usted le robó su trabajo y luego la rompió físicamente! —gritó Valeria, retrocediendo hasta chocar con el escritorio.

Alexander tiró los papeles al suelo y la sujetó por los hombros, acorralándola. Sus ojos brillaban con una intensidad salvaje.

—Elena era una aficionada que se creyó maestra. Tú tienes el talento, pero te falta la lealtad. Me has decepcionado, Valeria. Y en mi mundo, la decepción se paga con algo más que palabras.

Él la obligó a girarse, presionándola contra el escritorio de madera. Valeria sintió el frío de la superficie contra sus muslos mientras Alexander subía la falda de su vestido negro. El erotismo de la situación se mezclaba con una furia cruda. No había seda esta vez, solo la necesidad de Alexander de reafirmar su dominio en el corazón mismo de su imperio.

—¿Vas a usar tu palabra clave, Valeria? —le susurró al oído, su mano apretando su cuello con una firmeza que la dejaba sin aliento—. ¿Vas a decir "Ópalo" y huir de la verdad que acabas de encontrar? ¿O vas a aceptar que ahora que sabes quién soy, te pertenezco tanto como tú a mí?

Valeria cerró los ojos, sintiendo las lágrimas de rabia y deseo mezclarse. El poder que Alexander ejercía sobre ella era total, una red de seda técnica de la que no podía escapar.

—No voy a decirla —jadeó ella, clavando sus uñas en la madera del escritorio—. No hasta que me cuente qué hizo realmente con Elena.

Alexander soltó un gruñido y la poseyó allí mismo, entre los papeles robados y el lujo silencioso de la oficina, en un acto de posesión que buscaba borrar cualquier rastro de duda. Fue un encuentro frenético, marcado por la necesidad de control y la entrega desesperada de una mujer que acababa de descubrir que el hombre que amaba y temía era mucho más oscuro de lo que jamás imaginó.

IV. El Regreso a la Villa

El viaje de vuelta a Villa Obsidiana fue un funeral de palabras. Alexander conducía el deportivo negro a una velocidad suicida, mientras Valeria miraba por la ventana las luces de la costa desvanecerse. El vestido negro estaba arrugado, y su cuerpo se sentía marcado de forma permanente.

Al llegar, Sergio los esperaba en la entrada. El guardia evitó mirar a Valeria a los ojos. Ella comprendió entonces que Sergio era el instrumento de Alexander para poner a prueba su resistencia, una pieza más en el juego de dominación.

—Llévala a su habitación, Sergio —ordenó Alexander, saliendo del coche sin mirar atrás—. Y asegúrate de que no tenga acceso a nada que no sea su equipo de pintura. Mañana, Valeria, terminarás la figura central del mural. Y lo harás sabiendo que cada trazo que des es una confesión de tu propia complicidad.

Valeria subió las escaleras con las piernas temblorosas. Al entrar en su cuarto, se despojó del vestido y se metió en la ducha, dejando que el agua caliente borrara el rastro de la noche. Pero sabía que no podía borrar lo que había visto en los documentos. Alexander no solo era su captor y su amante; era el arquitecto de una mentira que ella ahora estaba obligada a embellecer con su arte.

V. La Sombra de la Maestra

Esa noche, Valeria no durmió. Se sentó frente a su caballete pequeño, el que Simón le había dado antes de que todo esto empezara. Empezó a dibujar a lápiz, no el mural, sino el rostro de la mujer de las fotos: Elena. Al hacerlo, se dio cuenta de que los rasgos de Elena en el mural estaban siendo reemplazados, pincelada a pincelada, por los suyos propios.

Alexander no estaba restaurando una obra de arte; estaba transformando a Valeria en la versión perfeccionada de la mujer que no pudo dominar. Y ella, atrapada entre el deseo y la verdad, estaba permitiendo que sucediera

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Lissbeth Prada
uff intenso Alex
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