En un reino donde las leyendas nunca mueren, una joven noble comienza a tener sueños con una vida que no recuerda y una tragedia que aún no ha ocurrido. Mientras la sombra de una antigua profecía vuelve a extenderse sobre el imperio, su destino se entrelaza con el del príncipe heredero, un hombre marcado para morir antes de reclamar el trono.
Cada recuerdo la acerca a una verdad capaz de cambiar el curso de la historia, pero también despierta a quienes han esperado siglos para impedir que el pasado se repita. En un mundo donde nadie es completamente inocente y cada decisión tiene un precio, proteger al príncipe podría significar condenarse a sí misma una vez más.
Porque algunas promesas sobreviven a la muerte... y hay destinos de los que ni siquiera una nueva vida puede escapar.
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Capitulo 12— Llévala al palacio imperial.
Las últimas palabras de mi padre quedaron suspendidas en el aire.
Aliados.
Enemigos.
Nunca antes había escuchado aquellas dos palabras juntas en una conversación que me incluyera. Para mí, un enemigo era el niño que no quería compartir un juguete o el ganso del lago que insistía en perseguirme cada vez que llevaba pan en las manos, no podía imaginar algo peor que eso.
Miré a Cassian esperando que él también pareciera confundido, lo estaba. Aunque intentaba disimularlo cruzándose de brazos como hacía siempre que quería parecer mayor.
—¿Por qué tendríamos enemigos? —preguntó.
Mi padre caminó lentamente alrededor del escritorio antes de detenerse frente a la enorme ventana, desde allí podían verse los jardines donde tantas veces habíamos jugado.
—Porque ustedes nacieron siendo Valmont.
Ninguno de los dos respondió.
Él continuó hablando con una calma que hacía que cada palabra pareciera más importante que la anterior.
—El mundo sería mucho más sencillo si las personas fueran juzgadas únicamente por su corazón. Pero los nobles cargamos con el peso de nuestro apellido desde el día en que nacemos. Hay familias que respetan a la nuestra. Otras la envidian. Algunas desearían verla desaparecer.
Sentí un pequeño nudo en el estómago.
—¿Nos odian... aunque no nos conozcan?
Mi padre se volvió hacia mí. Durante un instante vi tristeza en sus ojos.
—A veces, sí.
No entendía cómo eso podía ser posible.
¿Cómo alguien podía odiar a otra persona sin haber hablado nunca con ella? Yo apenas tenía seis años. Cassian solo seis más que yo. ¿Qué daño podíamos haberle hecho a nadie?
—Eso es injusto... —murmuré.
Mi padre sonrió con suavidad.
—Lo es.
Se acercó hasta donde estábamos y se agachó frente a mí.
—Por eso quiero que recuerdes algo, Seraphine.
Tomó una de mis manos entre las suyas.
—Nunca permitas que el odio de otros decida la clase de persona que vas a ser.
Asentí despacio, no estaba completamente segura de haber entendido todo, pero sabía que aquellas palabras eran importantes, muy importantes.
Cassian permanecía pensativo, era extraño verlo tan callado durante tanto tiempo, finalmente levantó la vista.
—¿Conoceremos al príncipe heredero?
—Sí.
—¿Y cómo es?
Mi padre soltó una pequeña risa.
—Me temo que no puedo responderte.
—¿Nunca lo has visto?
—Lo vi cuando nació.
—Entonces era un bebé.
—Exactamente.
No pude evitar intervenir.
—¿Y los bebés pueden ser príncipes?
Cassian soltó una carcajada.
—Claro.
Fruncí el ceño.
—Pero los bebés no saben gobernar.
—Por suerte todavía no les toca.
Mi padre negó con la cabeza, divertido.
—Aún faltan muchos años para eso.
Me quedé pensando unos segundos, después hice la pregunta que llevaba un rato rondando mi cabeza.
—¿Él también tendrá seis años?
—Cumplirá siete.
—Entonces es mayor que yo...
—Solo un poco.
—¿Y jugará con nosotros?
Mi padre no respondió enseguida, su expresión volvió a tornarse seria.
—Eso dependerá de muchas cosas.
—¿Como cuáles?
—Como de si le permiten comportarse como un niño.
Aquella respuesta me dejó completamente desconcertada.
—¿No lo dejan jugar?
Él miró por la ventana.
—Los herederos de una corona suelen tener una infancia muy distinta a la de los demás.
Sentí una punzada de tristeza, no podía imaginar una vida sin correr por los jardines, sin discutir con Cassian o sin esconderme en la cocina para robar galletas.
—Pobrecito... —susurré.
Cassian me dio un suave codazo.
—Todavía no lo conoces.
—No hace falta.
—¿No?
Negué convencida.
—Si nunca puede jugar, ya me da pena.
Mi hermano sonrió.
—Eres demasiado buena.
—¿Eso es malo?
—No.
Respondió tan rápido que me sorprendió.
—Solo procura que nadie se aproveche de eso.
La conversación continuó durante casi una hora, mi padre comenzó a explicarnos cómo debíamos comportarnos en el Palacio Imperial, no podíamos correr por los pasillos, no podíamos entrar en habitaciones sin permiso.
Debíamos hacer una reverencia frente al emperador y la emperatriz. Y, sobre todo... No interrumpir cuando los adultos estuvieran hablando.
Cassian levantó la mano.
—Tengo una duda.
Mi padre ya parecía conocer el tipo de pregunta que iba a hacer.
—Dime.
—¿Puedo comer antes del banquete si me da hambre?
Lo miré indignada.
—¡Eso era lo único que entendiste!
Él se encogió de hombros.
—Es una duda importante.
Mi padre soltó una risa.
—Sí podrás comer, siempre que no vacíes la cocina imperial.
Cassian sonrió satisfecho.
—Perfecto.
—Aunque sospecho que los cocineros no pensarán lo mismo.
Yo me reí junto con ellos, era agradable volver a escuchar la risa de mi padre,sentía que hacía horas que no lo veía realmente tranquilo.
Cuando la reunión terminó, mi padre se acercó hasta una pequeña estantería situada junto a la chimenea, sacó un viejo mapa enrollado y lo extendió sobre el escritorio.
—Acérquense.
Corrimos hasta él, el mapa era enorme, mostraba todo el Imperio. Había montañas, bosques, ríos y ciudades marcadas con delicados trazos dorados. Mi padre señaló un punto situado casi en el centro.
—Aquí está la capital.
Después deslizó el dedo hacia el oeste.
—Y aquí estamos nosotros.
Abrí mucho los ojos.
—¡Está lejísimos!
—Lo está.
—¿Cuánto tardaremos?
—Si el clima nos acompaña...
Pensó unos segundos.
—Unos diez días de viaje.
—¡Diez días!
Nunca había estado tanto tiempo fuera de casa, la idea me emocionaba tanto como me asustaba.
—¿Dormiremos en posadas?
—Algunas noches.
—¿Y veremos otros castillos?
—Sí.
—¿Y bosques?
—También.
—¿Y...
Cassian me interrumpió riéndose.
—Padre, creo que si la dejas seguirá haciendo preguntas hasta mañana.
—Todavía me quedan muchas.
—Lo sé.
Mi padre enrolló nuevamente el mapa.
Después nos miró con una ternura que pocas veces dejaba ver.
—Quiero que disfruten este viaje. Porque quizá sea el último en el que puedan comportarse únicamente como niños.
No entendí del todo aquella frase. Pero, por alguna razón... Hizo que el despacho pareciera mucho más silencioso.
Aquella noche, mientras Margaret me ayudaba a prepararme para dormir, no pude dejar de pensar en el viaje, un palacio, un príncipe, diez días atravesando el Imperio.
Todo sonaba como uno de los cuentos que mi padre solía leerme, cuando Margaret apagó la última vela y salió de la habitación, me acerqué lentamente a la ventana.
La luna volvía a iluminar los jardines.
Llevé una mano al bolsillo de mi vestido, saqué la pequeña llave plateada, la sostuve frente a la luz.
La luna creciente grabada sobre ella brilló con un resplandor tan intenso que tuve que entrecerrar los ojos y entonces descubrí algo que juraría no estaba allí aquella tarde.
En el otro lado de la llave había aparecido una diminuta inscripción, tan pequeña que apenas podía leerse, contuve la respiración mientras acercaba la llave a la ventana, solo eran cuatro palabras.
Cuatro palabras que hicieron que un escalofrío recorriera todo mi cuerpo.
"Llévala al Palacio Imperial."