Bajo el velo de una sumisa y angelical monja que sana a los heridos en una ciudad infestada de demonios y avaricia corporativa, Verónica oculta una fuerza colosal y destructiva que late en sus mechas carmesíes, esperando el momento exacto para desatar a la bestia sagrada que lleva dentro.
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Capítulo 15: La Esposa de la Torre
Elena Hale se encontraba de pie en la terraza privada del piso 92 de la Torre hélix, envuelta en una bata de seda negra que costaba más que el salario anual de cualquier habitante de los Barrios Bajos. El viento de la madrugada era frío y cortante, pero los sistemas de climatización del pent-house lo suavizaban hasta convertirlo en una brisa casi agradable. Desde esa altura, la ciudad parecía un tablero de ajedrez roto: luces brillantes en las zonas premium, oscuridad salpicada de incendios residuales en los distritos bajos, y el constante parpadeo de drones de vigilancia como luciérnagas mecánicas.
Tomó un sorbo lento de su copa de vino tinto importado de un viñedo francés que ya no existía después de una incursión demoníaca menor hacía dos años. El sabor era profundo, con notas de cereza y tierra húmeda. Elena lo saboreó sin prisa. A sus cuarenta y tres años, mantenía una belleza fría y calculada: cabello castaño oscuro cortado en capas elegantes, piel impecable gracias a tratamientos genéticos mensuales y ojos verdes que rara vez mostraban emoción genuina.
Las noticias holográficas flotaban frente a ella en una pantalla semitransparente. El Cardenal Giovanni Rossi hablaba con voz firme y serena desde el Vaticano, respondiendo directamente a las acusaciones de las corporaciones. Elena escuchaba con la misma indiferencia con la que observaba el clima.
«…basado en informes detallados de campo, queda claro que la amplificación irresponsable de fisuras por parte de entidades corporativas fue el factor desencadenante…»
Elena soltó una risa baja, casi inaudible. Helix, Eclipse, Kurogane… todos jugaban el mismo juego. Marcus estaba en medio de eso, por supuesto. Su esposo. El gran Vicepresidente Ejecutivo que ahora posaba como héroe guerrero después de haber luchado personalmente contra los zánganos. Ella sabía la verdad: Marcus no lo hacía por heroísmo. Lo hacía porque calculaba que esa imagen generaba contratos.
Y a ella, en realidad, no le importaba.
—Otra vez con sus discursos de fe y transparencia —murmuró para sí misma, apagando la proyección con un gesto de la mano—. Como si eso cambiara algo.
Se giró y entró al salón principal del pent-house. El espacio era un monumento al lujo discreto: muebles de diseño italiano, obras de arte originales de artistas que ya habían muerto o desaparecido, y un sistema de IA que anticipaba cada uno de sus deseos. Pidió un té de hierbas relajante y se sentó en el sofá blanco inmaculado.
Su matrimonio con Marcus Hale había sido estratégico desde el principio. Ella provenía de una familia con influencias políticas residuales; él tenía ambición y poder económico en ascenso. Se complementaban. Él manejaba el imperio, ella mantenía las apariencias: eventos de caridad selectiva, cenas con esposas de otros ejecutivos y una imagen pública de elegancia serena. El amor, si alguna vez existió, se había evaporado hacía años, reemplazado por una cómoda indiferencia mutua.
Ahora, con la ciudad en crisis después de la invasión zángano, Elena observaba todo desde su torre como quien ve una tormenta desde una ventana blindada.
Las corporaciones rivales seguían atacándose. Eclipse y Kurogane intentaban culpar a Hélix, Hélix contraatacaba señalando sus experimentos fallidos. A Elena le daba lo mismo. Ganara quien ganara, el sistema permanecía igual. Los ricos seguirían pagando por protección, los pobres seguirían muriendo, y las fisuras seguirían abriéndose.
Su comunicador personal vibró. Era Marcus.
—Elena, ¿estás despierta?
—Siempre estoy despierta cuando tú estás en medio de una crisis —respondió ella con voz calmada y ligeramente burlona—. ¿Cómo va tu imagen de salvador corporativo?
Marcus soltó una risa seca al otro lado.
—Bien. Los números suben. Pero el Vaticano acaba de lanzar una contraofensiva fuerte. Esa monja del convento… sus informes están siendo usados como base. Rossi llegó hoy con un contingente.
Elena tomó otro sorbo de té.
—¿Y eso te preocupa?
—No realmente. Solo complica las negociaciones políticas. Pero podemos manejarlo. ¿Tú cómo estás?
—Igual que siempre —dijo ella con indiferencia—. Mirando la ciudad arder desde arriba. ¿Necesitas que asista a alguna cena para mostrar unidad familiar?
—Todavía no. Pero mantén la agenda abierta.
La llamada terminó. Elena dejó el comunicador a un lado y se acercó al ventanal. Abajo, muy abajo, podía distinguir las luces del convento y los refugios. Se preguntaba, de forma vaga y distante, quién sería esa monja de la que todos hablaban. La de las mechas rojas. Alguien que escribía informes tan detallados que incluso el Vaticano los tomaba como referencia.
«Interesante», pensó sin verdadera curiosidad. «Pero irrelevante.»
Elena pasó el resto de la madrugada revisando informes financieros privados. Hélix había ganado un 14% en valor de acciones desde la invasión. La gente tenía miedo, y el miedo compraba protección. Las rivalidades con Eclipse y Kurogane eran solo ruido. Marcus ya estaba planeando adquisiciones agresivas si alguna de ellas se debilitaba demasiado.
Por la mañana, Elena se preparó con su rutina habitual. Masaje facial, tratamiento capilar, elección de un vestido elegante pero sobrio. Bajó al piso 85, donde se encontraba el centro de operaciones sociales de Hélix: un área destinada a “responsabilidad corporativa” que en realidad servía para lavar imagen.
Allí se reunió con un grupo de esposas de otros ejecutivos. Hablaban de la crisis con esa mezcla de preocupación fingida y cálculo real.
—Mi esposo dice que el Vaticano está desesperado —comentó una de ellas, esposa de un director financiero—. Enviaron a ese cardenal Rossi solo para recuperar terreno.
Elena sonrió con gentileza, removiendo su café.
—Que hagan lo que quieran. La fe no paga armaduras ni sistemas de contención. La gente terminará entendiendo eso.
Su indiferencia era absoluta. No sentía odio hacia la Iglesia, ni admiración. Simplemente no le importaba. El mundo funcionaba por poder y dinero. Todo lo demás era decoración.
Después de la reunión, Elena decidió bajar a uno de los refugios premium que Hélix mantenía para clientes de alto valor. No por caridad genuina, sino porque Marcus le había pedido “presencia visible”. Allí vio a familias de ejecutivos medios, protegidas y bien alimentadas. Comparado con los campamentos del Distrito Medio, era un paraíso.
Una mujer se acercó a ella, con lágrimas en los ojos.
—Señora Hale, gracias por todo esto. Si no fuera por Hélix…
Elena colocó una mano en su hombro con elegancia practicada.
—Mi esposo hace lo que puede. Todos hacemos lo que podemos.
Por dentro, no sentía nada. Ni satisfacción, ni culpa. Solo el vacío cómodo de quien ha aceptado las reglas del juego.
Por la tarde, Marcus regresó al pent-house. Traía consigo el olor a ozono de armaduras y un cansancio que intentaba ocultar. Elena lo recibió con una copa de whisky.
—Cuéntame —dijo ella, sentándose frente a él.
Marcus se aflojó la corbata y se dejó caer en el sofá.
—El Vaticano está jugando bien. Usan los informes de esa monja, Verónica. Son demasiado buenos. Detallan todo: cómo Eclipse amplificó las fisuras, cómo respondimos nosotros, incluso patrones de comportamiento demoníaco. Rossi está usando eso para presionar políticamente. Quieren leyes que limiten experimentación privada con fisuras.
Elena levantó una ceja, pero su expresión permaneció serena.
—¿Y tú qué piensas?
—Que es molesto, pero manejable. Estamos preparando contraataque. Revelaremos algunos de nuestros propios datos para mostrar que advertimos sobre riesgos. Además, mi intervención personal en la batalla sigue dando dividendos en imagen.
Elena lo observó. Su esposo era inteligente, ambicioso y capaz de matar personalmente cuando era necesario. Pero también era predecible. Siempre calculando el siguiente movimiento.
—¿Y las rivales? —preguntó sin verdadero interés.
—Eclipse está sangrando. Kurogane intenta posicionarse como alternativa “ética”. Patético. Al final, todos queremos lo mismo: control.
Elena asintió y miró hacia la ciudad. El sol se ponía, tiñendo los rascacielos de rojo. Pensó brevemente en la monja. Alguien capaz de escribir informes que movían al Vaticano. Alguien que, según rumores, curaba con magia sutil y había sido vista en los barrios bajos.
«¿Qué se siente creer en algo tan fuertemente?», se preguntó por un segundo. Luego descartó el pensamiento. La fe era para los débiles o para los que necesitaban consuelo. Ella tenía lujo, poder indirecto y una vida sin sobresaltos emocionales. Era suficiente.
Marcus se acercó y la besó en la frente, un gesto mecánico.
—Gracias por mantener las apariencias.
—Siempre —respondió ella con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Esa noche, mientras Marcus trabajaba en su oficina privada, Elena se quedó en la terraza nuevamente. Las luces de la ciudad brillaban. En algún lugar allá abajo, el Cardenal Rossi y su contingente se reunían con la monja de mechas carmesí. En los refugios, gente como Elena Vargas y Mateo Ruiz seguían luchando.
Y ella, Elena Hale, observaba todo con la misma indiferencia elegante de siempre.
El mundo podía arder. Mientras la torre permaneciera en pie y su posición asegurada, nada de eso realmente importaba.
**Desarrollo de la jornada completa**
Elena pasó el día siguiente acompañando a Marcus a una reunión estratégica. Observó en silencio cómo discutían contraofensivas mediáticas, nuevas armas basadas en esencia demoníaca y formas de explotar la división pública. Su indiferencia le permitía ver los patrones con claridad: todos temían perder poder. La Iglesia incluida, aunque ellos lo disfrazaban de vocación.
Visitó brevemente un hospital privado de Hélix donde atendían a heridos de la invasión. Habló con familias, ofreció palabras vacías de consuelo y posó para fotos. Todo parte del rol.
Por la noche, sola nuevamente, revisó más noticias. El impacto de los informes de Verónica era evidente. La opinión pública se dividía, pero la Iglesia ganaba terreno moral. Elena no sentía amenaza. Solo curiosidad distante sobre cómo terminaría el juego.
Marcus llegó tarde, exhausto pero triunfante por un nuevo contrato millonario.
—Las cosas se están estabilizando —dijo.
Elena sonrió.
—Siempre lo hacen.
Y así, en la cima de la torre, mientras el mundo abajo se recomponía entre fe, alianzas y mentiras corporativas, Elena Hale permanecía indiferente. Una reina en un reino de cristal que no le importaba si se rompía, siempre y cuando ella no cayera con él.