Sangre y Cenizas
"Te mataría si pudiera dejar de amarte"
Maya es cazadora de vampiros. Lucien es el vampiro que debería haber
muerto hace años.
Entre encuentros clandestinos y besos prohibidos, descubren que existe
un amor más peligroso que cualquier arma: uno que te envenena desde
adentro, que te hace traicionar todo lo que eres, y que solo termina
de una manera.
En la oscuridad, donde el bien y el mal se desdibujan, dos almas
rotas aprenderán que algunos fuegos nunca deberían encenderse.
Pero algunos ya arden.
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CAPÍTULO 5: El Precio de la Verdad
Maya no volvió a casa esa noche.
Pasó las horas antes del amanecer en el loft de Lucien, un lugar que nunca supo que existía. Era enorme, con techos altos y paredes de ladrillo expuesto. Había instrumentos musicales esparcidos por todas partes: un piano de cola negro en una esquina, violines colgados en las paredes, partituras antiguas sobre mesas de madera oscura.
—¿Aún compones? —preguntó Maya, corriendo sus dedos sobre las teclas del piano.
—A veces —respondió Lucien desde el sofá, observándola—. Cuando el dolor es demasiado grande para expresarlo con palabras.
Maya se sentó en el banquillo del piano y comenzó a tocar. No sabía tocar, pero sus dedos encontraron una melodía de todas formas, algo triste y hermoso que parecía salir de lo profundo de su alma.
Lucien se acercó, de pie detrás de ella, sus manos frías colocándose sobre las suyas.
—Tienes talento —susurró.
—Tengo dolor —corrigió Maya—. Es diferente.
Lucien la giró en el banquillo para que lo enfrentara. La luz del amanecer comenzaba a filtrarse por las ventanas, y él se alejó de ella, hacia las sombras.
—Tengo que irme —dijo—. El sol...
—Te quema —completó Maya.
—Me destruye. —Lucien se recostó contra la pared, en la oscuridad total—. Es una de las pocas cosas que pueden matarme. Eso, el agua bendita, y una estaca de fresno en el corazón.
Maya se levantó y caminó hacia él. Podía sentir el calor del sol en su piel, pero él estaba completamente en las sombras, como si fuera parte de ellas.
—¿Hay otras cosas que deberías saber sobre mí? —preguntó Lucien.
—Sí —respondió Maya—. Quiero saberlo todo.
Lucien tomó su mano y la llevó a su pecho, donde su corazón no latía.
—No tengo pulso. No respiro. No como como los humanos. Solo sangre. Y cada día sin ella es como morir lentamente. —Levantó su mano hacia su cuello—. ¿Ves estas cicatrices?
Había cientos de ellas, líneas finas que cruzaban su piel pálida.
—¿Qué son?
—Cada una es un día que no he podido matar a alguien. Cada una es un día que he elegido no ser el monstruo que soy. —Su voz era amarga—. Hace años que no mato. He estado viviendo de sangre de animales, de donantes voluntarios de clubes como Obsidiana. Pero es como vivir de aire. Es suficiente para sobrevivir, pero no para vivir realmente.
Maya besó una de las cicatrices.
—¿Por qué dejaste de matar?
—Porque estaba cansado de ser el monstruo. Porque después de doscientos años, me di cuenta de que la venganza no llena el vacío. —Lucien acarició su cabello—. Y luego te conocí, y de repente, el vacío se sintió un poco menos profundo.
Sonó su teléfono.
Maya lo sacó del bolsillo y vio tres llamadas perdidas de su padre y cinco mensajes de texto de su tía. El último decía: "Donde estás? Tenemos un problema".
—Tengo que irme —dijo Maya, aunque cada fibra de su ser quería quedarse.
—Lo sé. —Lucien la besó suavemente—. ¿Volverás?
—Sí.
—¿Me lo prometes?
Maya dudó. Las promesas eran peligrosas. Las promesas podían romperse. Pero miró esos ojos rojos, ese rostro hermoso y roto, y supo que no tenía opción.
—Te lo prometo.
Cuando Maya llegó a la casa de su padre, encontró a Thomas y Catherine en el estudio, mirando fotos satelitales de la ciudad.
—¿Dónde estabas? —demandó Thomas.
—Investigando —respondió Maya, tratando de sonar casual.
—¿Durante dieciséis horas? —preguntó Catherine, sus ojos azul pálido estudiando a Maya con la intensidad de un halcón—. Eso es mucho tiempo.
—Encontré algo —mintió Maya—. Hay reportes de actividad vampírica en el barrio este. Creo que es donde se esconde el vampiro antiguo.
Thomas y Catherine intercambiaron una mirada.
—Bien —dijo Catherine—. Porque tenemos un problema. Anoche, cinco personas fueron encontradas muertas en el club Obsidiana. Todas drenadas de sangre. Todas con marcas de colmillos.
El estómago de Maya se hundió.
—¿Quién?
—No sabemos —respondió Thomas—. Pero sabemos que fue un vampiro antiguo. Solo alguien con ese poder podría matar a cinco personas en una noche sin dejar rastro.
Maya sintió que su corazón se aceleraba. Lucien había dicho que no mataba. Pero ¿y si estaba mintiendo? ¿Y si todo había sido una mentira para manipularla?
—Necesitamos que entres en ese club —continuó Catherine—. Necesitamos que encuentres a ese vampiro y lo traigas a nosotros. Y esta vez, no lo dejarás ir.
—¿Cómo se supone que lo haré? —preguntó Maya.
Catherine se acercó y le pasó una pequeña botella de cristal.
—Esto es una droga que hemos estado desarrollando. Un sedante que funciona en vampiros. Una dosis pequeña en su bebida y estará inconsciente durante horas. Suficiente tiempo para llevarlo a nuestro sótano.
Maya tomó la botella, sintiendo su peso en las manos.
—¿Y luego?
—Y luego lo interrogamos. Descubrimos dónde está su nido, cuántos hay, qué planean. Y luego lo matamos. —Catherine sonrió, pero no fue una sonrisa amable—. Así es como ganamos, Maya. No con honor. Con astucia.
Esa noche, Maya fue al club Obsidiana nuevamente.
Lucien estaba allí, en su rincón oscuro de los VIP, pero esta vez no estaba solo. Había una mujer con él, una rubia hermosa que estaba claramente bajo hipnosis, ofreciéndole su cuello.
Maya sintió que la rabia la consumía.
Lucien levantó la vista y la vio. Sus ojos se encontraron con los de ella, y por un momento, Maya vio culpa en ellos. Luego apartó a la mujer y se levantó.
—Maya —dijo, acercándose—. Pensé que no volverías hasta mañana.
—¿Quién es ella? —preguntó Maya, su voz fría.
—Nadie. Solo alguien que ofrece su sangre voluntariamente. No la toqué, si eso es lo que te preocupa.
—¿Por qué estaba ofreciéndote su cuello?
—Porque es lo que hacen aquí. —Lucien intentó tomar su mano, pero ella la apartó—. Maya, ¿qué pasa?
—Cinco personas fueron encontradas muertas anoche. Todas en este club. Todas drenadas de sangre.
Lucien palideció.
—Yo no fui.
—¿Cómo sé que no estás mintiendo?
—Porque si te estuviera mintiendo, ya estarías muerta. —Su voz se volvió peligrosa—. He pasado doscientos años aprendiendo a ser lo suficientemente fuerte como para matar a cualquiera sin esfuerzo. Si quisiera mentirte, podría hacerlo. Pero no quiero, Maya. Contigo, quiero ser honesto.
Maya quería creerle. Quería creerle tan desesperadamente que le dolía.
—¿Entonces quién mató a esas personas?
—No lo sé. —Lucien miró alrededor del club—. Pero si fue un vampiro antiguo, entonces hay alguien más aquí. Alguien que es tan poderoso como yo. O más.
Luego la besó, y fue como si el mundo se detuviera de nuevo.
Pero esta vez, mientras lo besaba, Maya metió la mano en su bolsillo y sacó la botella de sedante. La abrió con los dientes y vertió el contenido en la copa de champán que había en la mesa cercana.
—Bebe —susurró contra sus labios—. Por favor.
Lucien la miró, confundido, pero obedeció. Bebió la copa completa.
Durante un momento, nada pasó. Luego, sus ojos comenzaron a cerrarse, su cuerpo se volvió pesado.
—¿Qué hiciste? —susurró, mientras caía hacia adelante.
Maya lo atrapó, sus brazos sosteniéndolo mientras caía inconsciente.
—Lo siento —susurró—. Lo siento, lo siento, lo siento.
Luego levantó su teléfono y llamó a su padre.
—Lo tengo —dijo—. Vengan a buscarlo.