La noche en que mataron a sus padres, Vanessa de la Vega dejo de ser una niña.
Criada a golpe de disciplina por su abuelo, un hombre con más sangre en las manos que perdón en el alma aprendió que el poder no se mendiga: se arranca. Hoy es la Reina de la mafia. Inteligente, seductora y letal, gobierna un imperio donde la lealtad es todo y la traición se paga con la vida.
Pero la venganza que la sostiene también amenaza con destruirla. Porque en su mundo, las alianzas son frágiles, los enemigos tienen rostros ocultos y el amor es un lujo más peligroso.
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Capitulo 19
Llegaron a la heladería. Era un sitio pequeño, con bancos de madera, luces tenues y olor a gofre. Mariana entró primero, saludando a los camareros como si fueran amigos de toda la vida. Carlo se quedó atrás y le sostuvo la puerta a Vanessa.
Ella le sonrió, agradecida.
Pidieron los helados. Mariana escogió fresa con lunetas de chocolate. Carlo pidió chocolate con café. Vanessa, pistacho, aunque casi ni lo probó.
Carlo la miraba de reojo. Quería decirle algo, pero no sabía cómo empezar.
Mariana se dio cuenta.
—Si no te decides a hablar, te empujo —dijo en voz baja.
Carlo se puso rojo.
—¿Qué? No… a mí no me pasa nada.
—Claro —respondió Mariana.
Vanessa los observó.
—¿Pasa algo?
—No —dijeron los dos a la vez.
Mariana se rio.
—Está bien, no digo nada más.
Vanessa apoyó el codo en la mesa y respiró hondo. No paraba de pensar. Casosola Holdings. La firma digital de Boston. Que Carlo trabajara para esa empresa… algo tenía que significar. No podía creer que alguien que le importaba estuviera metido en algo que pudiera perjudicarlo más adelante y... ahora, el mensaje de Andrew.
Carlo, sin poder aguantar más, dijo:
—Vanessa… te veo tensa últimamente. No quiero meterme donde no me llaman, pero… si puedo ayudarte…
Ella lo miró con una calma que daba miedo a la vez.
—Gracias por decírmelo. Pero estoy bien.
Carlo ladeó la cabeza, enfadado consigo mismo.
—Solo… si alguna vez necesitas hablar con alguien, puedes contar conmigo. En serio.
Vanessa sintió algo raro. Algo pequeño, agradable. Algo que no esperaba sentir.
Pero no podía.
—Lo tendré en cuenta —dijo suave.
Carlo sonrió un poco. De esa forma que dice más de lo que parece.
Mariana miraba todo como si fuera una serie.
—Voy por servilletas —dijo, y se levantó, dejándolos solos a propósito.
La tensión entre ellos se notaba más.
Carlo respiró hondo.
—Ayer te vi preocupada cuando hablé de lo de rastrear cosas —dijo con cuidado—. ¿Te asustó algo?
Vanessa lo miró fijo.
—No me asusta nada tan fácil.
—Ya lo sé —contestó él—. Pero sí que parecía que algo te llamó la atención —Vanessa se calló.
Era peligroso decir la verdad y jugársela.
Carlo no esperaba que ella respondiera, pero aun así murmuró:
—Confío en ti, aunque no me digas nada.
Vanessa sintió algo por dentro... “Confiar”.
Esa palabra, en su mundo, era más rara que el amor.
Pero antes de que pudiera decir algo, el celular de Carlo vibró. Lo miró sin ganas, pero al leer el mensaje, se le cambió la cara; se quedó pálido.
Vanessa lo notó de inmediato.
—¿Pasa algo? —Carlo no sabía qué decir.
—Es mi equipo —dijo despacio—. Han visto algo raro en mi red de Boston. Alguien intentó rastrear algo.
Vanessa no se movió, pero por dentro todo encajó de golpe. Era demasiada casualidad.
Carlo añadió:
—No es grave, creo. Pero sí que es… raro.
Vanessa no sabía si alegrarse, tener miedo o sentirse culpable. Porque ella sabía que no era casualidad.
Seguro que alguien de los suyos había intentado rastrearlo, o puede que… no.
No podía sacar conclusiones todavía.
—Ten cuidado —dijo al final—. A veces lo que parece mentira, no lo es tanto.
Carlo la miró fijo.
—Tú sabes algo. —Vanessa no se movió.
—Sé que hay que tener cuidado —respondió en voz baja—. Nada más.
Carlo notó algo en la garganta.
Afuera, los guardaespaldas se acercaron un poco. El ambiente en la heladería se volvió más extraño, aunque nadie se dio cuenta.
Mariana volvió con las servilletas sin saber lo que había pasado.
—Ya estoy aquí. ¿Qué pasa? ¿Por qué tienen esa cara?
Vanessa sonrió un poco.
—Nada importante.
Carlo también intentó sonreír, pero no pudo.
La heladería se empezó a llenar.
Entraron dos estudiantes riéndose. Un niño pequeño pedía un helado de vainilla. Unas amigas se hacían fotos para redes.
Pero Vanessa notó algo más, un escalofrío le recorrió la espalda. Una sensación pequeña, pero clara.
Alguien la estaba mirando, miró hacia la ventana.
Un tipo, en una moto, la estaba mirando desde fuera. No llevaba casco y tenía una mirada oscura, desafiante. No se escondía. Y eso era lo raro.
Los guardaespaldas también lo vieron. Marco habló por el intercomunicador:
—Alguien está mirando fijo a la reina. ¿Hacemos algo?
Vanessa no dejó de mirar al de la moto, el sonrió un poco como si supiera algo que ella no sabía.
—No —dijo Vanessa sin mover los labios—. Todavía no, solo siganlo —hizo una seña imperceptible.
Mariana seguía hablando de cualquier cosa.
Carlo bebió agua sin saber por qué sentía que algo iba mal.
Vanessa, sin decir nada, decidió que ese día empezaba algo nuevo.
Algo que lo iba a cambiar todo.
Para ella, para sus amigos, para su familia y lo mejor... Para sus enemigos.
Y para los que se creían que podían hacer lo que quisieran con los de la Vega Villanueva.
Cuando salieron de la heladería, el de la moto ya no estaba.
Pero daba más miedo que no estuviera.
Carlo iba a su lado, intentando acercarse sin que se notara demasiado. Vanessa notaba que estaba nervioso, que tenía curiosidad, que quería protegerla sin saber de qué.
Y por primera vez, ella no quería que él se metiera en esto.
Porque esto no era para gente inocente; ni para gente que se asusta fácil.
Mariana se adelantó al coche.
—Mañana quiero otro helado. Me he comido este muy rápido.
Carlo se rio.
Vanessa respondió:
—Tú necesitas estar más tranquila.
—Ni hablar —dijo Mariana—. Si no pasa nada, me aburro.
Carlo se acercó a Vanessa mientras Mariana abría el coche.
—Vanessa… si te pasa algo, quiero que sepas que…
Ella lo cortó con una mirada dulce pero firme.
—Carlo.
—Lo digo en serio —insistió él—. Si tienes problemas, no tienes que solucionarlos sola.
Ella suavizó la cara.
—No estoy sola —dijo en voz baja.
Los guardaespaldas se alejaron para no llamar la atención. Pero Carlo no los vio.
Solo veía a Vanessa. Y Vanessa, por un momento, casi dijo la verdad.
—Pero tampoco quiero que te metas en algo que no entiendes —añadió.
Carlo se enfadó un poco.
—¿Crees que soy tonto? —Ella negó con la cabeza.
—Creo que eres demasiado bueno.
Carlo sintió algo por dentro.
Vanessa se acercó un poco más, para que solo él la oyera.
—Y la gente buena suele salir mal parada en guerras como la mía. —Carlo tragó saliva.
—A lo mejor no soy tan bueno como crees.
Vanessa lo miró fijo. Como si pudiera verle el alma. Y lo que vio… la asustó.
Porque Carlo no era un santo. Quiza tenía algo oscuro. Algo que todavía no había mostrado.
Vanessa se giró hacia Mariana.
—Cuídate. Nos vemos mañana.
—Sí, sí —contestó Mariana—. Tú también, y ten cuidado por el camino.
Carlo soltó una risa nerviosa.
Vanessa se arregló el pelo, se giró hacia él y dijo:
—Gracias por venir.
Carlo sonrió de esa forma que lo hacía parecer más joven.
—Siempre iría.
Ella sintió algo profundo, escondido, peligroso. Algo que no debía permitir, pero lo ignoró.
Se despidieron al caer la noche. Vanessa, sin saberlo, acababa de abrir otra puerta.
Una que quizá no supiera cerrar.
de secretos