Cuatro años atrás, Lara Rivas lo perdió todo en una sola noche: su familia, su prometido, su nombre y casi la vida. Traicionada por su propia hermana, desapareció sin mirar atrás.
Ahora vuelve a Buenos Aires con otro rostro, otro nombre y dos hijos que son todo su mundo. Solo quiere recuperar lo que le arrebataron y hacer caer a quienes la destruyeron.
Pero Sebastián Ferrer aparece otra vez.
Frío, poderoso y acostumbrado a que nadie le diga que no, Sebastián no logra entender por qué esa mujer le resulta tan familiar. Tampoco por qué sus hijos se parecen tanto a él.
Entre secretos, heridas viejas y una atracción que ninguno de los dos pidió, Lara intenta mantenerse lejos.
El problema es que sus hijos ya eligieron bando.
Y esta vez, el pasado no piensa quedarse enterrado.
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Capítulo 11
Marta se puso más nerviosa.
Nicolás se quedó duro.
—¿Será porque la dejamos sola?
Sebastián apretó los labios.
Tomás Aguirre, que seguía junto a Mateo, miró de uno a otro.
—¿Quién es Dulce?
—Después te explico —dijo Nicolás, apartándolo con una mano.
Volvió junto a Sebastián.
—¿Voy a buscarla? Le pido perdón, la traigo un rato...
Sebastián miró la hora.
La noche ya estaba cerrada.
—Mañana.
—Sí. Ya debe haber cenado y estar por dormir. Además Mateo recién se calmó.
Aguirre se quedó en la residencia por si Mateo tenía otra crisis. El chef preparó cena, pero sin Dulce en la mesa Sebastián no tuvo hambre. Subió directo al cuarto de Mateo después de bañarse.
Mateo dormía con el suero puesto.
Sebastián se acostó a su lado. El nene, incluso dormido, pareció sentirlo y se acercó apenas.
—Dormí —murmuró Sebastián.
Mateo dejó de moverse.
El frasco de suero todavía estaba por la mitad. Sebastián calculó el tiempo y puso una alarma para veinte minutos después.
Antes de bloquear el celular, vio el chat de Lara.
Pensó en lo que había dicho Marta.
Llamó por WhatsApp.
En Torres del Río, Lara estaba dibujando sobre la mesa del comedor cuando apareció la llamada.
Sebastián Ferrer.
Por un segundo pensó en ignorarla.
Había vuelto a Buenos Aires para trabajar, criar a sus hijos y cobrar lo que le debían. No para enredarse con un hombre como Sebastián Ferrer. Él imponía demasiado. A su lado una sentía que el verano se apagaba de golpe.
Lara era friolenta.
Suspiró.
Mora tenía razón en algo: no convenía ofenderlo sin necesidad.
Atendió.
No habló.
Esperó que él dijera algo.
Del otro lado tampoco hubo sonido.
—¿Apretaste sin querer?
—No.
La voz fría la sobresaltó tanto que casi se le cayó el celular.
—Sebastián, ¿necesitás algo?
—Sí.
Silencio.
Lara cerró los ojos.
Hablar con él era una prueba de paciencia.
—No leo mentes.
—Perdón.
—¿Perdón?
—Por Dulce.
Lara dejó el lápiz.
—¿Te referís a que volvió triste?
—Sí.
Otra pausa.
—No sé qué pasó —dijo Lara—, pero llegó bajoneada. Dijo que no quiere volver a tu casa.
—Sé por qué.
—Entonces...
—Mañana voy a buscarla. Se lo explico.
Lara tardó en procesarlo.
—Sebastián, no sé si ella va a querer verte.
—Voy igual.
—Eso sonó bastante a orden.
—No.
—Sonó.
—Costumbre.
—Mala costumbre.
Él no discutió.
—Mañana.
Cortó.
Lara miró la pantalla.
—Qué tipo imposible.
El celular vibró otra vez. Pensó que era él de nuevo, pero era Candela.
Candela pedía los diseños de invierno de Dawn cuanto antes.
Lara sonrió sin alegría.
Llevaba dos días en la empresa y ya sentía la presión desde todos los ángulos. En diseño había varias personas que la miraban con resistencia, pero la más obvia era Milagros Rivas, prima de Candela. Milagros había estudiado diseño de moda, entró a Dawn como asistente y fue subiendo hasta diseñadora. Desde que Lara llegó, cada comentario suyo tenía filo.
No hacía falta ser brillante para saber quién la empujaba.
Candela había visto su nombre argentino y se había puesto blanca.
Lara lo había hecho a propósito.
Todavía no tenía pruebas de lo que Candela le hizo, pero podía dejarla vivir con miedo. Podía entrar cada día a Dawn con su cara nueva y su nombre viejo, y obligarla a preguntarse si los muertos de verdad vuelven.
Contestó con un sticker de “OK” y dejó el celular a un lado.
Después volvió a pensar en la familia Ferrer.
Mora decía que Candela llevaba años pegada a ellos.
¿A cuál?
Nicolás parecía más probable. Era coqueto, hablador, demasiado cómodo con las mujeres. Sebastián, en cambio, tenía esa alergia extraña y una distancia que no parecía actuada.
Por eso Lara no se había opuesto con más fuerza a que Dulce ayudara con la comida.
Si Dulce de verdad servía para mejorar el apetito de Sebastián, la familia Ferrer le quedaría debiendo un favor enorme. Y cuando ella y Candela llegaran al punto de romperse la cara, no necesitaba que los Ferrer la ayudaran.
Solo necesitaba que no ayudaran a Candela.
En el cuarto de al lado, Benja no dormía.
Tenía la notebook abierta y los dedos listos.
—¿Qué hacés? —susurró Dulce desde la cama.
—Le voy a dar una lección al papá trucho.
—¿Por hacerme llorar?
—Por hacerte llorar.
Atacó la primera barrera.
Después la segunda.
La tercera le costó más. Frunció el ceño, aceleró el ritmo y siguió hasta abrirse paso.
—Listo.
Sonrió con una maldad chiquita.
—Papá inútil, para que aprendas.
En la residencia Ferrer, Nicolás irrumpió con una notebook en brazos.
—Hermano, mal. Hackearon la web del grupo.
Mateo se movió en sueños.
Sebastián le lanzó una mirada de advertencia.
Nicolás se tapó la boca y bajó la voz.
—Los programadores están intentando arreglarlo, pero no pueden. Tenés que verlo.
Marta quedó junto a Mateo.
Sebastián esperó a que el nene volviera a dormirse profundo. Recién entonces se levantó, salió del cuarto y caminó al despacho.
Nicolás iba detrás, desesperado.
—Pasó hace cinco minutos. El sitio está caído. Si esto dura, perdemos una fortuna por minuto.
El Grupo Ferrer tenía áreas de tecnología, electrónica y casas inteligentes. Les sobraban programadores buenos. Que nadie pudiera resolverlo en minutos era una vergüenza.
Sebastián se sentó frente a la pantalla.
Había código roto, caracteres sin sentido y una página congelada.
Sus dedos empezaron a moverse.
Rápido.
Muy rápido.
La pantalla azul desapareció. El sitio volvió.
Nicolás soltó el aire.
Entonces apareció una carita de perro con la lengua afuera, exageradamente burlona.
Sebastián levantó una ceja.
—Interesante.
No eliminó el virus.
Lo siguió.
En el departamento, Benja vio caer su primera defensa.
Después la segunda.
—No puede ser.
Sus dedos volaron sobre el teclado. Levantó una pared, después otra. El ataque del otro lado era demasiado fuerte.
Empezó a transpirar.
La última defensa cayó.
Benja cortó internet de golpe.
Se quedó quieto, respirando rápido.
—Uff. Por poquito.
No era un viejo cualquiera.
El papá trucho no era fácil.
Cerró la notebook.
Mejor no provocarlo demasiado.
En el despacho, Sebastián miró la conexión caída.
—¿Lo rastreaste? —preguntó Nicolás.
—No completo. Está en Buenos Aires.
—¿Robó algo?
—Pérdidas.
Nicolás revisó los informes.
—Cero. Ni plata, ni archivos, ni bases de datos. Nada borrado.
Sebastián miró la carita de perro.
No había sido robo.
Era una advertencia.
A la mañana siguiente, Lara se despertó tarde.
Había trasnochado con los bocetos y ya no alcanzaba a hacer desayuno. Se lavó la cara, se ató el pelo como pudo y salió con una remera larga y shorts de dormir apenas escondidos debajo.
Abrió la puerta para bajar a comprar medialunas.
Sebastián y Nicolás estaban en el pasillo.
Lara se quedó dura.
—¿Qué hacen acá?
Nicolás se despegó de la pared con dramatismo.
—Esperarte. Dos horas. Tu vecino ya cree que somos parte de la decoración.
Lara miró a Sebastián.
—¿Por qué no tocaron timbre?
—Dulce podía estar durmiendo.
Ese detalle la desarmó un poco.
Sebastián había desviado la mirada en cuanto vio sus piernas. Lara no lo notó. Nicolás sí, y se tragó la risa.
—Venimos por Dulce —dijo Nicolás—. Ayer nos fuimos mal, sin explicarle. Queremos pedirle perdón.
—Anoche dijo que no quería volver.
—Por eso vine —dijo Sebastián.
Lara quiso contestar, pero desde el baño salió Dulce, todavía con espuma de pasta en la boca.
—¿Vino el se...?
Se frenó.
Por un segundo se le iluminaron los ojos.
Después recordó que estaba enojada.
—No voy.
Sebastián se agachó frente a ella.
—Traje algo.
Sacó un chupetín importado.
Dulce miró el envoltorio.
Era caro.
Y de su sabor favorito.
Apartó la cara con esfuerzo.
—No me comprás con uno.
Sebastián sacó cinco más.
La mano de Dulce los tomó antes de que su orgullo pudiera reaccionar.
Lara se tapó los ojos.
Una bolsa de chupetines.
¿En serio?
¿Ni un poquito de dignidad?
entonces no es la madre de Sebastián
ahora o nunca !!!
pero un poquito más y sacan a la diabla que lleva por dentro /Facepalm//Facepalm//Facepalm/
deja de meterme relleno a la historia y empieza a acomodar las cosas entre Sebastian y Lara, 60 capítulos y no avanzan
busquen ...rápido