Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.
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Capítulo 2
Capítulo 2
Todo lo que ella quiere
Valentina se desabrochó los tirantes del camisón de espaldas a Mariana. Se lo quitó por la cabeza y lo dobló. Debajo no llevaba nada.
—Toma.
Se lo tendió sin girarse, pero Mariana ya no estaba viendo la prenda. Estaba viendo las marcas.
Marcas rojas, desiguales, repartidas desde la base del cuello hasta los hombros, bajando por la clavícula. Mordidas y chupetones que bajaban hasta donde la bata no cubría, y la huella de unos dedos en la cadera izquierda que todavía no se desvanecía.
Mariana dio tres pasos hacia ella y le giró la cara agarrándole la barbilla.
—Te dije que fueras a concebir, no a seducirlo. —Le temblaba la voz—. ¿Qué carajo hiciste ahí arriba?
—Lo que me pediste.
—¡No te pedí que te revolcaras con él como una perra en celo!
Mariana alzó la mano. Un reflejo viejo. En la casa Solís, cuando Valentina no respondía lo bastante rápido, cuando derramaba algo, cuando existía, la respuesta siempre era esa: un golpe.
Valentina le agarró la muñeca en el aire.
Apretó. Lo suficiente para que Mariana abriera los ojos.
—Hermana. —Le sonrió con la boca, no con los ojos, y le apretó la muñeca hasta que Mariana hizo una mueca—. ¿Qué estás haciendo?
Mariana trató de zafarse. No pudo. La miró con una mezcla de furia y algo que nunca había sentido frente a Valentina: desconcierto.
La Valentina de antes no le agarraba las manos. La Valentina de antes agachaba la cabeza y recibía.
—Suéltame.
Valentina la soltó. Dio un paso atrás y se puso la bata de dormir que colgaba del gancho de la puerta.
—Estaba borracho —dijo, con esa calma que parecía mansa pero no lo era—. Me confundió contigo. ¿Por qué otra razón iba a tocarme?
Mariana respiró. Eso tenía sentido. Claro que tenía sentido. Un hombre como Alejandro Quirós jamás se fijaría en alguien como Valentina. Si la tocó fue porque tenía su cara, su cuerpo, su nombre. Nada más.
—Más te vale.
—Hermana. —Valentina se sentó en la orilla de la cama angosta del cuarto de servicio—. Tú y yo estamos en el mismo barco. Si yo me hundo, te hundes conmigo. Si yo hablo, tú pierdes todo. Ni tú quieres eso, ni yo quiero eso. Así que a lo mejor... conviene que las dos tengamos cuidado. ¿No te parece?
Las palabras sonaron razonables. Suaves. Perfectamente empacadas.
Y debajo de cada una, Mariana escuchó lo que realmente decían: "Vuelve a pegarme y te arrepientes."
Le hervía la sangre. Pero no era estúpida.
—Que te quede claro, Valentina Reyes. —Le clavó el índice en el pecho—. Tu madre era una empleada doméstica que se metió en la cama de mi padre borracho. Tú existes porque mi mamá fue lo bastante generosa para no obligarla a deshacerse de ti. La familia Solís te crió, te dio techo, te dio de comer. Y ahora lo único que te pido es que me des un heredero. Lo haces, consigo que mi padre te reconozca legalmente y te dé tu parte de la herencia. No lo haces... —Se acercó hasta que sus caras casi se tocaban—. Ya sabes lo que pierdes.
Valentina no parpadeó.
—Por supuesto, hermana. Haré lo que me pidas.
Mariana buscó rebeldía en sus ojos. No encontró nada. La misma mirada baja de siempre, la misma voz dócil de siempre.
—Así me gusta.
Se dio la vuelta y salió de la habitación. Iba a subir al dormitorio principal a dormir junto a Alejandro. Llevaba tres años de compromiso sin que él la tocara; ahora que "ya habían dado ese paso", seguro podían compartir la cama.
La puerta se cerró.
Valentina se quedó sola.
Miró el camisón rosa que Mariana no había recogido. Lo levantó entre dos dedos, lo observó un segundo y lo tiró a la basura.
Fue al baño diminuto del cuarto de servicio. Se lavó. El agua caliente le escoció en las marcas del cuerpo y le aflojó los músculos adoloridos. Cuando salió, se sirvió un vaso de agua, sacó del forro interior de su bolso la pastilla de emergencia que había escondido, y se la tragó.
No iba a darle un hijo a nadie. No todavía. No así.
Se acostó. Buscó por costumbre el reloj de bolsillo que su madre le había dejado —el que tenía adentro la única foto de Aurora Reyes a los diecisiete años—, pero sus dedos encontraron la almohada vacía. Mariana se lo había quitado hacía semanas.
"Solo tienes que aguantar", pensó. "Aguantar hasta que todo lo que ella tiene sea tuyo."
Cerró los ojos.
…
Arriba, Mariana abrió la puerta del dormitorio principal con el corazón acelerado.
La cama estaba vacía.
—¿Qué haces aquí?
La voz de Alejandro le llegó desde el vestidor. Salió con un pijama negro de seda, abrochándose el último botón del cuello. Recién bañado. Frío. Como si nada hubiera pasado.
Mariana tragó saliva. Se suponía que, después de lo de esa noche, las cosas entre ellos serían diferentes. Se suponía que él la buscaría, le hablaría distinto, le haría espacio en la cama.
—Vine a dormir contigo —dijo, con una sonrisa tímida que llevaba meses perfeccionando.
Alejandro la miró. Los ojos se le detuvieron en su cara un segundo. Dos. Tres.
Tenía la misma cara y los mismos rasgos, pero algo le faltaba. No supo qué. Descartó el pensamiento.
—No tengo costumbre de dormir acompañado.
—Pero nosotros ya... —Se le calentaron las mejillas—. ¿No podríamos intentarlo?
—No.
Sin explicación. Sin disculpa. Se metió en la cama solo, apagó la luz de su lado y le dio la espalda.
Mariana se quedó de pie en la oscuridad con las manos apretadas y los nudillos blancos.
Tres años rogándole una migaja de atención. Una noche en la que por fin habían cruzado esa línea —o eso creía— y él seguía tratándola como a una extraña.
Salió del cuarto sin hacer ruido. Caminó por el pasillo a oscuras hasta la escalera.
"No importa", se dijo. "En cuanto el bebé venga, todo cambia. Un heredero Quirós. Con eso me basta."
Pero al cerrar los ojos esa noche, en la habitación de huéspedes, lo que vio fueron las marcas en el cuerpo de Valentina.
Marcas que a ella, en tres años, nadie le había dejado.
…
A la mañana siguiente, Valentina abrió los ojos a las seis. El cuarto de servicio era pequeño, limpio, con una ventana alta que dejaba entrar una franja de luz gris. Olía a detergente y a madera vieja.
Se vistió con el uniforme de servicio que Mariana le había preparado: pantalón oscuro, blusa blanca, delantal gris. Se recogió el pelo en un chongo bajo y se pegó la marca de nacimiento falsa en la mejilla derecha con adhesivo médico. La mancha oscura le cubría media mejilla y alteraba a primera vista el contorno del pómulo.
En el espejo ya no era Valentina Reyes. Era Lucero Vargas, asistente personal de Mariana. Meses antes, Elena la había presentado ante el personal como hija de una prima lejana de Arturo; si alguien advertía el parecido, la explicación familiar ya estaba preparada.
Salió al pasillo. La mansión a esa hora estaba en movimiento silencioso: dos mucamas limpiaban el recibidor, un jardinero podaba los setos que se veían por las puertas de cristal, y desde la cocina llegaba olor a café recién molido y pan dulce.
La residencia de Lomas era más grande de lo que se imaginaba. Tres pisos. Un jardín central con una fuente que hacía ruido de agua corriente todo el día. Pisos de mármol claro, techos altos, muebles que costaban más que todo lo que ella había tenido en su vida. En el segundo piso, la puerta cerrada del estudio de Alejandro. Prohibido. Eso ya lo sabía.
Guardó cada detalle. Cada puerta. Cada pasillo. Cada escalera de servicio. Si iba a vivir aquí con dos caras, necesitaba conocer la casa mejor que nadie.
La cocina. Grande, con barra de granito y una estufa industrial que parecía sacada de un restaurante. Una mujer de unos cincuenta años —cara redonda, mandil bordado, manos que no paraban de moverse— la miró de arriba abajo cuando entró.
—Tú debes ser Lucero. Soy Nana. Aquí mando yo.
—Buenos días, Nana. Mucho gusto.
—Siéntate. Desayuna antes de que empiece el ajetreo. El señor baja a las siete y media, ni un minuto antes ni un minuto después. El café lo quiere sin azúcar, cargado, en la taza negra. Si le llevas la taza equivocada, te mira como si le hubieras escupido dentro. Ya te acostumbrarás.
Valentina sonrió. La primera sonrisa real en horas.
Se comió un pan con café y memorizó la rutina: horarios de comida, qué le gustaba a Alejandro, qué odiaba, a qué hora salía, cuándo volvía, quién entraba al estudio y quién no.
A las siete y media en punto, escuchó los pasos en la escalera.
Valentina estaba de pie junto a la barra de la cocina, con el mandil puesto y la marca falsa en la cara. Cabeza baja. Manos juntas. Lucero Vargas.
Alejandro entró al comedor. Traje oscuro, corbata gris, el pelo todavía húmedo. Se sentó a la cabecera sin mirar a nadie. Nana le puso el desayuno delante. Él tomó la taza de café, le dio un trago, y levantó la vista.
No miró a Nana.
La miró a ella.
Valentina sintió esos ojos como un peso físico. Mantuvo la cabeza baja.
Alejandro dejó la taza en la mesa. Siguió mirándola.
—Lucero.
—Señor.
—Acércate.
Dio tres pasos. Se detuvo a un metro de distancia. Prudente. El corazón le latía en la garganta.
Alejandro ladeó la cabeza. La estudió como quien examina un cuadro que vio antes en otro museo.
—¿No te parezco conocido?
Valentina parpadeó.
—Disculpe, señor. No entiendo la pregunta.
Él la miró dos segundos más. Después tomó otro trago de café y volvió a su teléfono.
—Nada. Retírate.
Valentina se dio la vuelta y caminó hacia la cocina con las piernas temblándole debajo del pantalón.
"¿No te parezco conocido?"
¿Qué significaba eso? ¿La había reconocido? ¿Sabía que anoche...?
No. Imposible. La marca de nacimiento le cubría media cara. La ropa era completamente distinta. La voz, la postura, todo era diferente.
Pero el pulso no se le calmó en toda la mañana.