A pocos días de su boda, Valentina descubre que su hermana está embarazada de su prometido y que su familia apoyaba esa infidelidad. Valentina no lloro, no grito, no reclamo, solo hizo las maletas y salió de esa casa donde siempre ha sido la que sobra.
Pero justo cuando ella creía estar sola, aparece en su vida Mateo Alcázar, el hermano mayor de su ex prometido. Mateo siempre llega en el momento justo cuando ella necesita respaldo y para poder protegerla de todo lo que está por venir, Mateo le pide que se case con él, así estará bajo su protección y nadie podrá volver a humillarla.
¿Aceptara Valentina la propuesta? ¿Por qué Mateo está dispuesto a protegerla?
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Capítulo 9
Capítulo 9
Mateo dejó una carpeta marrón sobre la mesa del comedor.
No dijo nada.
Eso ya me puso de mal humor.
—¿Qué es?
—Información sobre Camila.
Sentí una punzada rara. No de sorpresa. De cansancio. Con Camila siempre había algo más. Una mentira dentro de otra mentira, como esas muñecas rusas horribles.
—¿Qué tipo de información?
—Fechas. Clínica. Pagos.
Entendí antes de abrirla.
El bebé.
No toqué la carpeta.
—No.
Mateo me miró.
—No tenés que leerla.
—Pero vos sí la leíste.
—Sí.
—Claro. Porque vos podés saberlo todo y después decidir qué parte me toca.
—No es eso.
—Se parece bastante.
Me levanté y caminé hasta la ventana. Puerto Madero brillaba abajo como si la ciudad no estuviera llena de gente mintiendo en restaurantes caros.
—¿El bebé es de Federico? —pregunté.
Mateo tardó un segundo.
—No está claro.
Me reí, pero me salió horrible.
—Obvio.
—Valentina...
—No. No me hables con esa voz.
—¿Cuál?
—La de “te voy a decir algo feo pero mírame como si fuera por tu bien”.
Mateo cerró la carpeta.
—No quería usarla sin preguntarte.
Eso sí me frenó.
—¿Preguntarme?
—Es tu hermana.
—Media hermana.
—Sigue siendo tu decisión.
No sabía qué hacer con ese pequeño gesto de respeto. Me había acostumbrado demasiado rápido a pelearle todo.
—No quiero ser como ella —dije.
—No lo sos.
—Si uso eso, sí.
—Si ella te ataca, no.
—Siempre hay una excusa para ensuciarse.
Mateo se quedó callado.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Decilo.
—Estoy de acuerdo.
Me giré.
—¿Conmigo?
—No te acostumbres.
No quise sonreír.
Sonreí un poco.
Esa tarde fui a la galería. Necesitaba estar en un lugar donde nadie dijera “acciones”, “apellido” o “embarazo”. Duró poco.
Tomás apareció con dos cafés.
—No me insultes. Uno es sin azúcar.
—¿Por qué todos creen saber cómo tomo el café?
—Porque sos predecible cuando estás nerviosa.
—Buenísimo. Otra virtud.
Nos sentamos entre cuadros envueltos. El lugar olía a madera y polvo. Me calmó un poco.
—No vine a pelear con tu marido —dijo.
—Qué lástima. Ya había vendido entradas.
Tomás sonrió, pero se le apagó rápido.
—Valen, en serio. Los Alcázar no hacen favores. Mateo menos.
—Eso ya lo sé.
—No, no lo sabés. Lo intuís. Es distinto.
—¿Y vos sí lo sabés?
—Mi viejo trabajó para una sociedad de ellos. Hace años. Cuando tu familia empezó a caerse.
Me enderecé.
—¿Por qué nunca me dijiste?
—Porque cuando me enteré, vos ya estabas afuera y no contestabas mensajes.
Me dolió. Justo.
—Perdón —dije.
Tomás negó.
—No vine por eso. Vine porque están moviendo papeles viejos. Y porque Federico está desesperado.
—Federico siempre fue desesperante.
—Desesperado es peor. Hace estupideces.
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.
Mateo entró.
No golpeó. No saludó.
Qué sorpresa.
—Tenemos que irnos —dijo.
Tomás se levantó.
—¿Otra orden?
Mateo ni lo miró.
—Camila entró a tu departamento.
Se me heló el cuerpo.
—¿Qué?
—Rompió la cerradura. Está con Federico.
No pensé. Corrí.
Cuando llegamos, mi puerta estaba abierta. Camila revolvía cajones como una loca. Federico intentaba frenarla, pero con esa energía tibia que tenía para todo.
—¿Qué hacés? —grité.
Camila se dio vuelta con mis bocetos en la mano.
—¿Dónde está?
—¿Qué cosa?
—¡El informe!
Federico la miró.
—¿Qué informe?
Camila se quedó pálida.
Mateo entró detrás de mí.
—Ese, supongo.
No levantó la voz. Igual todos entendimos.
Federico miró a su esposa.
—Camila.
—No le creas —dijo ella—. Quiere separarnos.
Me acerqué y le saqué mis bocetos de la mano.
Uno estaba arrugado. Otro roto en una esquina. Un dibujo de mi madre.
Ahí sí me tembló la voz.
—Salí de mi casa.
—Valentina...
—Salí, Camila. Ahora.
—Siempre haciéndote la víctima.
—No. Esta vez hago la denuncia si no te vas.
Federico la agarró del brazo.
—Vamos.
—¡No! Ella tiene algo mío.
—Lo que tenés miedo de perder no está en mi casa —dije—. Está en tu mentira.
Camila me miró con odio.
Se fueron.
Cuando la puerta quedó cerrada, me senté en el piso y junté los pedazos del dibujo de mi madre.
Mateo se agachó frente a mí.
—Lo puedo mandar a restaurar.
—No todo se arregla pagando.
—Lo sé.
—No, Mateo. No lo sabés.
Me miró, serio.
—Entonces enseñame.
No contesté.
Porque esa frase, en ese momento, me hizo más daño que todo lo demás.
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Pero me está aburriendo esta novela. Mucho misterio.
Pero me está aburriendo esta novela. Mucho misterio.