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Mi sugar daddy millonario

Mi sugar daddy millonario

Status: En proceso
Genre:CEO / Posesivo / Diferencia de edad / Romance oscuro
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18

Capítulo 18: Mi cuerpo solo te reconoce a ti

Adrián estaba sentado en la orilla de un sillón de piel, al fondo, con un vaso en la mano izquierda y la derecha vendada sobre la rodilla. No se levantó.

Dulce se quedó en la puerta. Traía el vestido blanco que Chayo le regaló cuando cumplió veinte, el único que tenía sin una sola mancha, y la chamarra de mezclilla hecha bola dentro de la mochila, porque con ese vestido se veía de tianguis. Antes de pedir el Uber se había bajado en Constitución a ver el poste. El anuncio ya no estaba; entre el de los tamales y uno nuevo de amarres quedaba un cuadrito de metal más limpio que el resto.

—¡Llegó! —Un señor de cara roja y copa en alto le señaló la puerta a todo el cuarto—. ¡Esta es la novia del señor Valdés!

—¡Qué calladito se lo tenía! —gritó alguien desde la herradura de sillones.

Dulce sintió una docena de caras voltearse al mismo tiempo. Un hombre de traje azul marino, con la camisa abierta y un encendedor plateado entre los dedos, la recorrió despacio de los tenis al pelo y sonrió de lado. Adrián volteó a verlo. El del encendedor levantó las manos, se rio y se puso a platicar con la muchacha que tenía junto.

Adrián la miró a ella. Tenía la cara igual que en el pasillo de Casa Valdés.

—No está acostumbrada a estos lugares —dijo, sin moverse del sillón—. Lupe, llévala a esperar afuera.

Don Lupe apareció a su lado, le tocó el codo y la sacó al pasillo. La puerta se cerró detrás de ellos con la música a todo volumen. A Dulce le ardían los ojos. Bajó las escaleras viendo sus tenis, escalón por escalón, para no darle a nadie el gusto.

* * *

En la camioneta, don Lupe prendió la calefacción y le acercó las rejillas. Dulce se sentó atrás, con la mochila en las piernas.

—Esto va para largo, señorita. Una hora, dos. Ya ve cómo es don Humberto.

—Lo espero lo que sea.

Afuera, los valets corrían con las llaves. Don Lupe sacó un termo y le sirvió café en la tapa sin preguntarle.

—Don Lupe, ¿puedo preguntarle algo?

—Pregunte.

—¿Cómo es su casa? La de él, digo. Su familia.

Don Lupe se tardó en contestar. Se acomodó en el asiento del chofer, de lado, para verla.

—Su mamá estaba sin estar, ¿me entiende? Vivía en la casa y era como si no. Luego se divorciaron y se fue a Miami, y hace años que no viene. —Se sobó la rodilla—. Don Rogelio nomás tiene cabeza para la empresa. Ahorita está en Querétaro, en el hospital. Tuvo un accidente en la carretera la semana pasada; ya salió de peligro.

—¿Por eso trae la mano así?

—Eso pregúnteselo a él. —Don Lupe tomó un trago de su propio café—. Al patrón lo criaron sus abuelos, allá en Bosques. Los dos se murieron antes de que él se casara. Desde entonces ese muchacho no ha tenido a nadie que le pregunte si ya comió.

Dulce apretó el vestido entre los puños, sobre las rodillas, hasta que se le arrugó la tela.

—Entonces lo voy a querer yo.

Don Lupe la miró por el retrovisor. No dijo nada; le subió un punto a la calefacción.

A las once menos diez ya se le habían dormido los pies y el café estaba frío. El celular de don Lupe se iluminó en el tablero. Él se lo pasó por encima del asiento para que lo leyera ella misma: Tráela al mismo privado.

* * *

En la escalera se toparon con todo el cumpleaños bajando. El señor de cara roja iba adelante, arreando gente con los brazos.

—¡Vámonos a un privado más grande, que aquí ya no cabemos! ¡Órale, órale!

El del encendedor bajaba abrazado de dos amigos, con la corbata en la cabeza y los ojos a media asta. Al pasar junto a ella la volvió a mirar, frunció las cejas como quien trata de acordarse de algo, y lo jalaron para abajo. Una señora de lentejuelas le tomó una foto con el celular y le dijo a su marido que era para el grupo.

El pasillo del tercer piso quedó vacío. Dulce abrió la puerta del privado, entró y le puso el seguro. El clic se oyó más fuerte que la canción que se había quedado sonando en la pantalla.

Adrián seguía en el mismo sillón. Se había quitado el saco y arremangado la camisa. Ella se quedó a tres o cuatro pasos, con la mochila colgando de una mano. Había ensayado en el Uber, en voz baja, con el chofer viéndola por el espejo. Se le olvidó todo menos el principio.

—Lo del hospital fue para callar a Yesenia —dijo—. Es la hija de la señora con la que se juntó mi papá cuando mi mamá lo dejó. Me oyó hablando con Mari, buscó su foto en internet, me enseñó quién era usted. Yo no sabía. Yo creía que usted era un señor de cincuenta años, del anuncio de un poste. Por eso estaba… de malas.

—¿De malas por qué?

Dulce se mordió el labio. Él no le quitaba los ojos de encima.

—Porque… —Soltó la mochila en el piso—. Porque me enamoré de un viejo de cincuenta años.

Adrián no se movió. El vaso se le quedó quieto a medio camino de la boca.

—Se lo juro por mi vida y por la de mi mamá. Marqué mal. Juro que marqué mal. El seis estaba borrado y yo lo vi como ocho. —Se le quebró la voz y la enderezó a la fuerza—. Hoy fui a buscar el anuncio para enseñárselo, y ya no estaba.

Adrián dejó el vaso en la mesa baja.

—Lo quitaron Lupe y Sam. —Se inclinó hacia adelante, con los codos en las rodillas—. Ya vi todo. El video de la señora del TikTok, el de Mari, lo del junior en Casa Valdés… y a ti de rodillas en el hospital, pidiendo que te dejaran pagar en abonos.

Dulce se quedó con la boca abierta. Le dio una vuelta todo lo que había ensayado.

—¿Ya sabía? —Dio un paso—. ¿Desde cuándo sabía?

—Desde el lunes.

—¿Y me dejó esperando dos horas en la camioneta?

—Una hora y veinte.

—¡Dos horas! ¡Se me durmieron los pies!

Adrián se echó para atrás en el sillón, abrió las piernas y apoyó los brazos en el respaldo. Era la misma postura de la primera noche, en el sillón de Bosques, con el pelo mojado.

—Si quieres que te perdone… —Se le curvó la boca—. Ven. Compláceme.

—¿Que usted me perdone a mí? —A Dulce se le fue el aire—. ¡Usted me bloqueó!

Pero ya iba caminando. Se subió al sillón con una rodilla de cada lado de él, igual que aquella vez, con el vestido blanco arrugado en los muslos. Esta vez no tuvo que preguntar dónde poner las manos. Le agarró la cara con las dos, y él le miró de reojo los dedos de la izquierda, las dos ampollas secas. Dulce le pasó esa mano a la nuca, donde él no la viera.

—Ya no se enoje, ¿sí?

Lo besó ella primero. Y esta vez abrió la boca, como él le había dicho en el huerto que hiciera la próxima vez. Adrián hizo un ruido bajo, de garganta, y la apretó de la cintura con la mano buena hasta que ella sintió cada uno de sus dedos a través de la tela.

Cuando se separaron para respirar, Dulce no le soltó la cara.

—¿Y su exesposa? —dijo bajito—. Esa noche…

Adrián le tomó la mano, la de las ampollas, y se la puso plana sobre el pecho, encima de la camisa. El corazón le daba golpes contra la palma.

—Mi cuerpo solo te reconoce a ti.

Dulce se le quedó viendo, muy cerca. No le salió nada que decir.

—Haz conmigo lo que quieras —dijo él.

* * *

La cargó. Ella se agarró de su cuello con un gritito, y él cruzó el privado así, con ella colgada, hasta la consola del karaoke. Apretó un número al azar con el codo. Empezó una balada de los ochenta, de las que ponía Chayo los domingos para trapear, a un volumen que tapaba todo lo demás.

—¿Aquí? —le preguntó él contra la oreja.

—Aquí. —Dulce le desabrochó el primer botón de la camisa—. Ya cerré con llave.

La dejó en el sillón largo, el de la pared. La piel estaba fría y se le pegó en la espalda cuando él le bajó el cierre del vestido; con una sola mano batallaba, y ella terminó de abrirlo sola. Adrián le besó el hombro, el cuello, la clavícula, despacio al principio y luego con una prisa que no tenía nada que ver con el hombre que la había hecho esperar en la camioneta.

Dulce le jaló la camisa por la cabeza sin acabar de desabrocharla. Un botón saltó contra el piso. Él soltó una risa corta y la calló con la boca, sujetándola de la nuca mientras la otra mano le bajaba el vestido hasta la cintura. La luz del karaoke les pintaba la piel de azul y después de rosa. Dulce lo vio mirarle el pecho y, en vez de cubrirse, le agarró la mano buena y se la puso encima.

Adrián cerró los dedos. Le acarició con el pulgar hasta que el pezón se endureció contra su palma y Dulce tuvo que apretar las rodillas alrededor de su cintura. Él se inclinó y la sustituyó con la boca. El primer tirón suave le bajó directo entre las piernas; el segundo la hizo arquearse sobre el sillón, olvidándose de la venda, de la gente dos pisos abajo y de la posibilidad de que alguien golpeara la puerta.

—Andrés…

El nombre le cambió la cara. Adrián le subió el vestido hasta sacárselo por los pies y metió la mano debajo de sus calzones. Dulce ya estaba mojada. Él la tocó sin la paciencia de la primera noche, con los dedos seguros, buscando enseguida el lugar que le hacía perder la voz. Ella escondió un gemido en su cuello y le mordió la piel.

—Más —le pidió, pegada a su oído.

No tuvo que pedírselo otra vez. Adrián la acarició hasta que los muslos le temblaron alrededor de la mano. Cuando la presión reventó, Dulce se apretó contra él y dejó escapar su nombre, esta vez sin equivocarse entre usted y tú.

Él sacó un condón de la cartera con los dientes, torpe por la venda. Dulce se lo quitó, abrió la envoltura y terminó por él, mirándolo a la cara mientras lo hacía. Adrián le agarró la cintura y la sentó encima de sus piernas.

—Ahora tú —dijo, con la voz rota.

Dulce se acomodó sobre él. Sintió la presión gruesa entre sus piernas y bajó despacio, respirando por la boca hasta tenerlo entero dentro. La primera noche él le había enseñado a besar. Esa noche ella aprendió a moverse: primero con las manos en sus hombros, insegura, luego agarrada del respaldo, subiendo y bajando con un ritmo que hacía crujir el sillón.

Adrián le sostuvo las caderas y la ayudó a encontrar el ángulo. Cada vez que la bajaba, entraba más hondo. Dulce dejó caer la cabeza hacia atrás. Él le besó el cuello y el pecho, marcándole la piel con la boca mientras ella lo montaba bajo la luz cambiante de la pantalla.

La balada terminó. Empezó otra más rápida. Adrián la giró sin salirse, la acostó de espaldas y le subió una pierna al hombro sano. El siguiente empuje le arrancó un grito que la música apenas alcanzó a tapar. Él se movió con fuerza, sosteniéndole la pierna y la cintura, y Dulce dejó de contar canciones. Oía su respiración en el oído, el sillón golpeando la pared y su propio nombre repetido con aquella voz que ya no tenía nada de tranquila.

Se vino otra vez con él encima, cerrándose alrededor de su cuerpo. Adrián apretó los dientes, dio dos embestidas más y terminó hundido en ella, temblando contra su cuello.

Cuando empezó la tercera canción, Dulce estaba encima de su pecho, con el vestido hecho bola debajo de una pierna y el pelo pegado a la frente. Él se quitó el condón, lo envolvió en pañuelos de la mesa y volvió a atraerla con el brazo bueno. Le acariciaba la espalda con la mano vendada, arriba y abajo, mientras el corazón le bajaba de velocidad debajo de la mejilla.

* * *

—Señor —dijo ella después de un rato, con la boca pegada a su piel—, ¿ya no está…?

Adrián le mordió la oreja. No fuerte.

—Ya no me hables de usted. Y no me digas Valdés.

Dulce levantó la cabeza. Tenía el pelo en la cara y se lo quitó con un soplido.

—¿Entonces cómo?

—Andrés. —Él le acomodó un mechón detrás de la oreja—. Así nomás me decían mis abuelos.

Andrés. El nombre que le dio a su mamá en el hospital, la noche que fue a conocerla, cuando ella creía que se lo había inventado para la ocasión. No se lo había inventado. Dulce se lo repitió en la cabeza y luego en voz alta, probándolo, igual que se prueba el agua de la regadera antes de meterse.

—Andrés… —Tragó saliva—. ¿Ya no estás enojado?

Se oyó rarísimo. Él cerró los ojos un segundo y sonrió con la boca apretada, sin enseñar los dientes.

—No.

—¿Seguro?

—Pregúntame otra vez.

—¿Ya no estás enojado, Andrés?

—No.

En la pantalla, la tercera canción se fue apagando hasta que quedó solo el menú azul, con la lista de éxitos girando despacio. Dulce volvió a acostar la mejilla en su pecho. Le pasó un dedo por el borde de la venda, sin tocarla.

—¿Y ahora… qué somos?

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Hilda Estrada
Dulce, ya eres adulta, decide x ti, si lo amas lucha x el, tus papás ya vivieron su vida😡
Hilda Estrada
x que los papás arrastran a su hija de sus problemas con la familia de Andrés, que feo, los hijos no tienen la culpa 😡
Maria Consuelo Rodriguez Berriz
Pobre niña todo lo que paso por su mam'a
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