Luke Evans pasó su infancia protegiendo a su hermana de un hombre violento. Ahora, a los veintisiete años, tiene un taller mecánico en Grecia y una oportunidad de empezar de cero. Solo hay algo que amenaza su tranquilidad:
Aria Greco.
La hija consentida de un poderoso mafioso es todo lo que Luke cree que debe evitar. Sin embargo, un solo beso basta para hacerle perder el control y despertar miedos que lleva años escondiendo. Asustado, se aleja y comete el peor error: decirle que besarla fue una equivocación.
Aria ha crecido rodeada de amor, pero jamás había sentido algo tan intenso como lo que Luke despierta en ella. Herida en su orgullo, decide mantener las distancias. El problema es que ninguno consigue olvidar aquella tarde.
Él teme convertirse en el hombre que más odia. Ella se niega a mendigar amor.
Pero algunas tentaciones son imposibles de resistir.
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Mujeres con carácter
Aria
Poco después, Dimitris anuncia que necesita otra bebida.
Matteo decide acompañarlo.
Elena se queja de que le duelen los pies y Sofía aprovecha para ir al baño.
Alessandro me observa.
—¿Vienes?
Niego.
—¡Quiero terminar esta canción!
Sonríe.
—¡No desaparezcas!
—¡No soy una niña!
—¡Eso dile a tu padre!
Le muestro el dedo medio.
Él suelta una carcajada y se aleja con los demás.
Me quedo bailando. La canción es demasiado buena como para abandonarla a mitad.
Cierro los ojos unos segundos.
Dejo que la música marque mis movimientos.
El aire está caliente.
Las luces cambian de color sobre mi piel.
Mi cabello se desliza por mi espalda mientras giro ligeramente las caderas.
Estoy feliz. Realmente feliz.
No tengo que madrugar mañana.
No tengo trabajos pendientes.
No tengo que estudiar.
Y, por una vez, no estoy preocupada por lo que alguien pueda pensar de mí.
Abro los ojos.
Un hombre está frente a mí.
No lo conozco.
Debe tener unos veinticinco o veintiséis años.
Es alto, lleva una camisa blanca con varios botones abiertos y sostiene un vaso en una mano.
Me sonríe.
—Hola, preciosa.
Le devuelvo una sonrisa educada.
—Hola.
—¿Bailas sola?
—Por ahora.
Su sonrisa se amplía.
—Entonces tienes suerte.
Levanto una ceja.
—¿Ah, sí?
—Acabas de encontrar compañía.
Ah. Uno de esos.
Sonrío ligeramente.
—Gracias, pero estoy bien.
Me giro para continuar bailando.
Supongo que entenderá la indirecta.
Error.
Un error bastante importante.
El hombre se mueve conmigo y se coloca otra vez frente a mí.
—Vamos, preciosa. No seas tímida.
Lo miro.
—No soy tímida.
—Entonces baila conmigo.
—No, gracias.
Su expresión cambia apenas.
Nada demasiado evidente, pero lo noto.
—¿Tienes novio?
Qué pregunta tan irritante.
Como si la única razón válida para rechazar a alguien fuera pertenecerle a otro hombre.
—No.
Sonríe.
—Perfecto.
—Pero tampoco quiero bailar contigo.
Su sonrisa se endurece.
—Qué carácter.
Me encojo de hombros.
—Buenas noches.
Intento alejarme hacia el otro lado de la pista.
Él vuelve a interponerse.
Fantástico.
—Espera un segundo.
Suspiro.
—¿Qué?
Me observa de arriba abajo.
Despacio. Demasiado despacio.
—Estás demasiado buena para estar bailando sola.
Mi sonrisa desaparece.
—No necesito compañía.
—Vamos, cariño. No te pongas difícil.
Se acerca y yo retrocedo.
—No estoy interesada.
Mira mi vestido. Después vuelve a mirarme los ojos.
—Con ese cuerpo deberías saber perfectamente lo que provocas.
Siento una molestia inmediata.
No por el comentario sobre mi cuerpo.
Estoy acostumbrada a recibir cumplidos. Y no tengo ningún problema con ellos cuando son respetuosos.
Pero esto no es un cumplido. Es una advertencia disfrazada de coqueteo.
—Voy a volver con mis amigos —respondo.
Intento rodearlo.
El hombre se mueve otra vez y me bloquea el paso.
—¿Por qué tanta prisa?
Miro hacia nuestra mesa.
Alessandro está en la barra hablando con Matteo.
Dimitris parece estar discutiendo con el camarero sobre algo.
Ninguno está mirando hacia aquí.
No importa. Puedo solucionar esto sola.
—Apártate —digo.
Mi tono cambia.
El hombre parece notarlo.
Pero, en lugar de retroceder, sonríe.
—Uy. Me gustan las mujeres con carácter.
Qué desgracia.
A mí me gustan los hombres capaces de comprender una palabra de dos letras.
No.
Una palabra extraordinariamente sencilla.
Quizá debería escribirla en una servilleta. Con letras grandes. Y entregársela.
—No estoy interesada —repito, esta vez más despacio.
El hombre se inclina hacia mí. Su aliento huele a alcohol.
—No tienes que hacerte la difícil, preciosa. Podríamos pasarlo muy bien.
Retrocedo otro paso.
—Aléjate.
Su mirada vuelve a recorrerme.
—Apuesto a que sabes hacer cosas increíbles con ese cuerpo.
Aprieto la mandíbula.
No.
No voy a perder la paciencia.
Todavía.
—Buenas noches.
Me giro.
Y siento una mano cerrarse alrededor de mi muñeca.
Me detengo lentamente.
Bajo la mirada hacia sus dedos. Después levanto los ojos.
—Suéltame.
El hombre sonríe.
—Tranquila, cariño.
—He dicho que me sueltes.
Mi voz es perfectamente clara.
No estoy gritando.
No lo necesito.
Hay algo que mi padre y mis tíos me enseñaron desde pequeña.
La mejor manera de evitar un problema es reconocerlo antes de que se convierta en algo peor.
Y este hombre está haciendo un esfuerzo extraordinario por convertirse en un problema.
Finalmente suelta mi muñeca.
Bien.
Perfecto.
Podemos terminar aquí.
Me alejo, pero vuelve a seguirme.
—Vamos, preciosa. No te comportes así.
No respondo.
Busco con la mirada a mis compañeros.
Siguen cerca de la barra.
Estoy considerando ir directamente hacia ellos cuando el desconocido vuelve a hablar.
—Te juro que si vienes conmigo vas a pasar la mejor noche de tu vida.
Pongo los ojos en blanco.
—Lo dudo muchísimo.
Parece sorprendido.
—¿Qué?
Me giro.
—Que lo dudo muchísimo.
Su sonrisa desaparece por primera vez.
—¿Te crees demasiado buena para mí?
Suspiro.
—No te conozco.
—Podrías conocerme.
—No quiero.
—Eres una maldita creída.
Ahí está la transformación.
El momento en que un hombre que lleva varios minutos intentando convencerme de lo extraordinario que es decide insultarme porque no consigue lo que quiere.
Fascinante.
Casi debería incluirlo en mi próximo trabajo universitario.
Estudio de mercado: hombres incapaces de aceptar el rechazo.
Probablemente obtendría una calificación excelente.
—Que tengas una buena noche —respondo.
Vuelvo a girarme y entonces lo escucho detrás de mí.
—Con ese culo, apuesto a que te encanta hacer gritar a los hombres.
Me detengo.
Respiro profundamente.
Una vez.
Dos.
Tres.
Mamá estaría orgullosa.
Estoy demostrando una paciencia extraordinaria.
—Aléjate —repito.
—Vamos, cariño. Te prometo que voy a hacerte gritar en mi cama.
Siento que el estómago se me revuelve.
No por miedo. Por asco.
—No vuelvas a hablarme.
Doy un paso. Después otro.
Y entonces sucede.
Una mano se desliza sobre mi trasero.
No un roce accidental.
No alguien intentando pasar entre la multitud.
Una mano que me agarra deliberadamente con fuerza.
Durante una fracción de segundo todo parece detenerse.
La música.
Las luces.
Las conversaciones.
La sensación de sus dedos sobre mi vestido.
Después mi cuerpo reacciona.
Y mi paciencia desaparece.
No pienso.
Simplemente me muevo.
Me giro, aparto su mano y utilizo el impulso de su propio movimiento para hacerlo perder el equilibrio.
El hombre intenta sujetarme otra vez.
Error.
Un segundo después termina de espaldas contra el suelo.
El golpe se escucha incluso entre la música. O quizá lo imagino.
No estoy particularmente preocupada por el sonido.
Lo observo desde arriba.
Respira.
Se mueve.
Perfecto.
—Te dije que no me tocaras.
Mi voz sale fría.
Mucho más fría de lo que esperaba.
El hombre me mira con una mezcla de sorpresa y rabia.
Probablemente no esperaba terminar en el suelo.
Una noche llena de descubrimientos para ambos.
—¡¿Qué mierda te pasa, zorra?!
Levanto una ceja.
—¿Perdón?
Intenta incorporarse.
Lo consigue a medias.
—¡Maldita puta!
Aria ya te dijo que ella quiere todo contigo
ya luke será tan tonto en volver apartarla
creo que luke necesita ayuda