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Lula, la princesita de los cuatro CEO

Lula, la princesita de los cuatro CEO

Status: Terminada
Genre:CEO / Autosuperación / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:8.6k
Nilai: 5
nombre de autor: kiyoe

Tenía cinco años, el estómago vacío y un don que nadie le creía: Lula entiende lo que dicen los gatos, las plantas y hasta los peces del estanque. También ve lo que los demás no ven: una niebla negra que se enrosca en el cuello de quien está a punto de morir.

Cuando una desconocida se desploma frente a ella en plena avenida, la niña hace lo imposible para salvarla... y, sin saberlo, cambia su destino. De dormir sobre cartones pasa a una mansión de mármol, vestidos de seda y una familia que no se parece a nada de lo que conoció.

Los Valderrama no son una familia cualquiera. Adrián, el mayor, es un CEO helado que jura no ablandarse por una mocosa parlanchina (y ya le está sirviendo el desayuno en la boca). Sebastián, médico en ciernes, lo analiza todo con lógica y gafas. Cristóbal arma escándalos de payaso con tal de verla reír. Y Dante, el más gruñón, esconde las orejas rojas detrás de un «yo no hice nada».

Pero el mundo de los ricos es cruel, y una niña recogida de la calle tiene demasiados enemigos: socios traidores, maestras clasistas, compañeras que susurran «niña de mala suerte» y rivales dispuestos a todo por el negocio. Que se atrevan a tocarle un solo cabello a la pequeña Lula... y los cuatro hermanos les harán pagar mil veces.

Mientras tanto, el don de Lula guarda un secreto que alguien, desde muy lejos, lleva tiempo buscando.

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Capítulo 17

La mansión de los Valderrama amaneció bajo un cielo despejado.

Bernardo estaba en el comedor, tomándose con calma su café negro. En el televisor, frente a él, pasaban las noticias económicas de la mañana.

—Las acciones de Empresa Sol se desplomaron tras perder su mayor proyecto logístico —se oyó con claridad la voz de la presentadora.

Bernardo esbozó una sonrisa leve ante aquella pequeña victoria. Era solo el comienzo de la caída del imperio de Sergio Lozano.

Tap, tap, tap.

Unos pasitos bajaron corriendo por la escalera. Lula apareció con un vestido de flores azul claro, y en el pelo, bien puesto, el broche de conejito que le había regalado Adrián.

—¡Buenos días, Papá! ¡Ya estoy lista para ir a pasear! —gritó, llena de entusiasmo.

Bernardo dejó la taza y abrió los brazos. Lula se lanzó al abrazo de su padre adoptivo, riendo feliz.

—Vaya, qué linda está hoy mi princesa. ¿Qué juguete quieres comprar en el centro comercial? —le preguntó con ternura.

—Quiero comprar un cuaderno de dibujo y lápices de colores, Papá —contestó Lula con sencillez.

—¿Solo eso? Puedes comprarte una juguetería entera si quieres —intervino una voz grave desde la escalera.

Adrián bajaba con una camisa casual blanquísima, mucho más relajado que de costumbre. Detrás de él venían Cristóbal y Dante, ya arreglados. Era domingo, así que todos descansaban del colegio y del trabajo.

—¡Lula tiene que comprarse un oso de peluche del tamaño de una casa! —propuso Cristóbal, alborotado.

Dante le dio una patadita en la pantorrilla desde atrás.

—No le enseñes a la niña a ser tan glotona como tú —le espetó—. Y si compra un peluche tan grande, la habitación se queda chica, tonto.

Marina los alcanzó con su bolso de lujo.

—¿Están listos todos? Vamos ya, antes de que el centro comercial se llene de gente —los apuró.

Sebastián no pudo ir, porque tenía guardia en el hospital. Bernardo también debía ir a la oficina a vigilar los movimientos de las acciones del enemigo. Así que la expedición al centro comercial la formaban Marina, Adrián, Cristóbal, Dante y, por supuesto, Lula.

Subieron a una camioneta negra de lujo, conducida por un chofer nuevo de total confianza. El trayecto hasta el centro comercial más grande del corazón de la ciudad duró unos cuarenta minutos. Al llegar, a Lula se le abrió la boca de par en par ante el edificio gigantesco que se alzaba hacia el cielo.

—Qué alto es, Cristóbal. ¿No se va a caer? —preguntó, asombrada.

Cristóbal soltó una carcajada.

—Claro que no se cae. Los cimientos son firmes como el acero —respondió, tomándola de la mano derecha.

Dante, que caminaba a la izquierda de Lula, le tendió la mano de repente.

—Agárrame fuerte. Allá adentro hay gente mala que secuestra niños —la asustó, con cara de pocos amigos.

En realidad, lo que pasaba era que le daba vergüenza admitir que quería llevar a su hermanita de la mano.

Lula sonrió de oreja a oreja y se la apretó con firmeza.

—¡A la orden, Dante gruñón! Te agarro bien fuerte —respondió, obediente.

Adrián y Marina iban detrás, sonriendo ante la compenetración de los tres hermanos. Recorrieron los pasillos amplios y luminosos del centro comercial.

Marina los guio directo a una tienda de ropa infantil de marca cara. Le probaron a Lula toda clase de blusas, vestidos y zapatos preciosos. Cada vez que salía del probador, Cristóbal y Dante aplaudían con alboroto.

—¡Guau, mi hermanita parece una princesa de verdad! —la elogió Cristóbal, exagerando.

—No está mal. No tan fea como esta mañana —comentó Dante, que en el fondo estaba igual de maravillado.

Adrián esperaba callado junto a la caja, sacando su tarjeta negra sin límite.

—Envuelva todo lo que se probó. Que no se quede nada —le ordenó a la dependienta.

La dependienta temblaba de la emoción: acababa de dar con un cliente multimillonario.

Sin que ellos lo notaran, un par de ojos los vigilaba desde fuera de la tienda. Un hombre de chaqueta de cuero negra y gorra, con la mirada baja y el celular en la mano. Era el espía enviado por Sergio Lozano. Fotografió a Adrián desde lejos y le envió la imagen a su jefe.

Jefe, el objetivo está sano y salvo. Ni rastro de huesos rotos, escribió en un mensaje de texto.

El hombre de la chaqueta negra siguió a la familia Valderrama a una distancia prudente.

Terminadas las compras de ropa, se trasladaron a la zona de restaurantes elegantes para almorzar. Lula comió con muchas ganas su pasta con queso, sabrosísima.

Ring, ring.

El celular de Adrián sonó. Vio el nombre de su padre en la pantalla y contestó enseguida.

—Hola, Papá. ¿Qué pasa?

—Adrián, hay un documento importante mal ordenado en el correo. Necesito ahora mismo la contraseña de tu computadora —dijo Bernardo desde el otro lado de la línea.

Adrián se puso de pie.

—Te la mando por mensaje, Papá, pero aquí casi no hay señal —explicó. Luego se dirigió a su madre—: Mamá, salgo un momento del restaurante a buscar señal.

Marina asintió, mientras le limpiaba la boca a Lula con una servilleta.

—Sí, ve con cuidado, Adrián. No tardes.

Lula, que ya había terminado de comer, sintió de pronto ganas de ir al baño.

—Mamá, me hormiguea la pancita. Quiero ir al baño —dijo, sobándose el vientre.

Cristóbal se levantó de un salto.

—Yo la llevo, Mamá. De paso me lavo las manos, que me manché de salsa de la pasta —se ofreció.

Dante chasqueó la lengua.

—Cuidado con la niña, no me la vayas a dejar olvidada en el baño —le advirtió, seco.

Cristóbal le sacó la lengua a Dante, tomó a Lula de la mano y salió con ella del restaurante.

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